Un recorrido rápido por los cuarenta últimos
Es difícil hacer un recorrido por las más de ciento veinte
cartas que hemos recibido. ¿De qué nos hablan? ¿Con
qué palabras resumiríamos lo que estas personas nos han
escrito? A riesgo de hacer una selección parcial, ofrecemos un
posible resumen. Por supuesto, nada puede sustituir a la lectura completa
de las cartas.
Las ganas de hacer amigos de
los adolescentes
Algunas de las personas que nos han escrito son muy jóvenes. Como
Ridwan y Nimcan, dos adolescentes somalíes
que viven en un campo de refugiados en Etiopía y que caminan una
vez a la semana hasta un lugar que, a cambio de unas monedas, les permite
acceder al mundo a través de Internet. Si en un principio creen
haber encontrado una puerta de salvación a través de la
relación electrónica, después se encuentran desconcertadamente
con la dificultad de hablar con “el norte” sin ningún
fin en concreto, ni para recibir ayuda, ni para ayudar ellos. Solo después
de un tiempo, tras nuestra insistencia en que nos interesa saber algo
acerca de sus vidas, acaban creyendo en la posibilidad de entablar algún
tipo de “amistad”, que puede comenzar por mandar una foto
de un futbolista es decir, una invitación a hablar de lo que “importa”
a partir de algo común.
La voz de los jóvenes
Como no podía ser de otro modo, bastantes autores son personas
jóvenes, muestra del enorme peso que tiene la juventud en las pirámides
de edades de estos países. Seguramente uno de los testimonios más
impactantes sea el que nos ha llegado de Timor Oriental, uno de los países
más “jóvenes” del mundo, que apenas cuenta con
siete años desde que fue reconocida su independencia. “Al
ser una nación nueva es evidente que no tenemos mucha experiencia
en casi nada”, nos dice Ozias, que a sus 23 años
nos cuenta que quiere ser “uno de los que encuentre la forma de
dinamizar y crear un ambiente positivo en mi entorno para motivar a los
jóvenes a que abandonen la pasividad y se impliquen en el desarrollo
de nuestra nación”.
La misma edad tiene Clémence, que desde Burkina
Faso y en un candoroso francés nos escribe: “Yo tengo 23
años y trabajo para el desarrollo y el bienestar de la gente de
mi pueblo, pues como tengo el diploma BEPC, no tengo primero trabajo pagado
y sigo siempre siendo voluntaria. Yo trabajo con la Caritas por los niños
huérfanos de sida. Cada mes visito 20 niños en sus casas
para enterarme de sus necesidades y saber si están en buena salud.
No tenemos nada que dar a esos niños y a sus familias y no es fácil
para nosotras ir a visitarles con las manos vacías, pero espero
que mi presencia y mis palabras sean para ellos aliento que les ayude
a vivir.”
Y también con 23 años nos escribe la mozambiqueña
Elisa contándonos las dificultades por las que
atraviesa para compaginar trabajo y estudios: “Al final del primer
mes de servicio, constaté que mi salario es tres veces menos que
el que necesito para pagar los estudio y el transporte. Son 90 kms. Los
que tengo que recorrer cada día hasta mi trabajo, además
con la irregularidad de los medios de transporte que tenemos en Mozambique.”
Aún un cuarto testimonio edificante: el de Myora,
de Madagascar. Con 24 años es licenciada en español y una
de las pocas personas que nos ha escrito en nuestra lengua. Tras conocer
a muchos españoles que van a visitar el país o a colaborar
en alguno de los proyectos de educación y desarrollo, nos abre
su corazón con una encantadora inocencia que desarma al más
precavido: “Ahora mi sueño es poder visitar un día
España, pero claro el billete es muy caro y con lo que gano pues
nunca llegaré a pagarlo, con mi trabajo actual gano 150.000 ariary
(unos 60 euros más o menos), imaginaos, pero bueno también
los sueños nos ayudan a vivir.” ¿Encontrará
Myora a alguien que le ayude a cumplir su sueño?
Sueños, deseo de superación, capacidad de sacrificio y voluntad
de ponerse al servicio de su comunidad es lo que también encontramos
en Joseph y John, dos jóvenes
de la etnia Pokot, que estudian en la universidad en Nairobi. Los Pokot
son una tribu ganadera que está atravesando por una situación
extrema debido a las sequías acaecidas en los últimos años
en la zona norte de Kenia. El P. Tomás Herreros, a través
de quien hemos recibido sus carta, atestigua el mérito y tenacidad
de estos jóvenes al haber sido capaces de acceder a la Universidad,
conociendo el entorno del que proceden.
¡Como no sentirse interpelado por estos testimonios (y por otros
similares que, por una mera cuestión de espacio, no podemos traer
aquí)! ¡Cómo no valorar la tremenda fuerza de la juventud
en estos países! Cono todo, la vida no siempre es fácil…
Una condiciones de vida difíciles
“Aquí en Burundi vivimos en una situación difícil”.
Así comienza la breve carta de Désiderate
Hatumgimaha –34 años, esposa y madre de tres hijos–,
escrita en un francés rudimentario, en la que nos presenta las
cuentas de su permanente déficit doméstico después
de que su marido perdiera el empleo por pedir un salario acorde con su
formación.
Como ella, otros autores de las cartas dejan traslucir las difíciles
condiciones en que se desarrolla su vida, difícilmente comparables
a la de la mayoría de los habitantes de los países desarrollados:
“Si yo fuese español, me sorprendería saber que en
alguna parte, en el mismo planeta que el mío, un hombre de mi edad
pudiera vivir y mantener a su familia de varios hijos con menos de 100
dólares al mes; y además siendo funcionario del Estado”,
nos cuenta Gilbert Longwa Kisuba (44 años) desde
la República Democrática del Congo.
En otros casos, la distancia entre sus condiciones de vida y las nuestras
son abismales: “Vivo en un barrio congestionado, en una casa de
zinc con una sola habitación. No tenemos agua corriente, ni cocina
para cocinar, no tenemos condiciones adecuadas para vivir, de hecho no
tenemos un lugar para dormir adecuado, ni medicamentos, ni ropa. Vivo
una vida difícil. Mi familia también vive una vida dura.”
Es el testimonio elocuente de Mamoud Mansaray, de Sierra
Leona.
En el precario asentamiento donde vive Charles Ori con
su mujer y sus dos hijos tampoco hay agua ni electricidad. Mucho menos
servicio de correos: su carta ha llegado a través de las Siervas
de San José, ejemplo de cómo la Iglesia, a través
de los religiosos y religiosas, llega hasta los tugurios más remotos
del planeta. En este caso, nos encontramos en un suburbio de Puerto Moresby,
la capital de Papúa-Nueva Guinea, un país que desde este
año tiene el triste honor de encontrarse entre los cuarenta menos
desarrollados del mundo.
Pero si hay un país en el mundo donde la precariedad de las condiciones
de vida es generalizada, ése es Zimbabue ¡Qué
difícil ha sido obtener una carta de una persona de Zimbabue! A
través de un intermediario, publicamos la dramática carta
de una mujer de 55 años cuyo nombre desconocemos: “La vida
en Zimbabue es muy triste. La mayoría de los servicios sociales
no funciona. La electricidad está cortada casi todo el tiempo y,
en la mayoría de los sitios, no sale agua de los grifos porque
no hay divisas para comprar las sustancias químicas que la hagan
potable. Las carreteras que estaban bien pavimentadas hace unos años,
ahora están llenas de baches. No se recoge la basura de las casas
aunque el ayuntamiento manda las facturas cada mes. En los hospitales
no hay suficientes médicos ni suficiente atención médica
porque la mayoría de los médicos y de las enfermeras han
abandonado el país.”
La emigración: necesidad
y espejismo
Esta situación de necesidad extrema está en relación
directa con el fenómeno de la emigración. Yayi Bayam,
de Senegal, lo señala con certeza: “Los jóvenes no
encuentran empleo y faltan salidas; se vive en una familia en la que hay
más de seis jóvenes todos en el paro; es una catástrofe
para nuestra sociedad actual, así como una de las causas mayores
de la emigración.” Ella y otras mujeres de su pueblo, Thiaroye-Sur-Mer,
cerca de Dakar, conoce mejor que nadie el drama de los jóvenes
que mueren intentando llegar a las Islas Canarias: en febrero de 2006
su hijo y ochenta jóvenes más perdieron la vida en un cayuco,
en la misma difícil travesía que ya ha sepultado en el mar
a miles de africanos. Poco después Yayi convocó a las otras
madres y lideró la creación de la “Agrupación
de mujeres para luchar contra la emigración clandestina en Senegal”,
que actualmente cuenta con más de 300 mujeres.
Joseph Mwasha, desde Tanzania, apunta un dato más
que contribuye a la emigración: la imagen que muchos africanos
tienen de Europa, posiblemente tan deformada como la que muchos de nosotros
tenemos de ellos: “la Europa a la que ellos quieren llegar es la
de la televisión, una Europa ficticia, y huyen de un África
también televisiva, un África hecha sólo de malas
noticias. Los jóvenes africanos, hoy, ven al hombre europeo como
si fuera dinero en movimiento, y los jóvenes europeos ven a los
africanos sólo como refugiados y emigrantes. Pero todo es falso:
es a causa de esta visión deformada que los jóvenes africanos
sacrifican su vida sobre el altar de la emigración clandestina;
es esta visión deformada la que hace a Europa infinitamente lejana
de África. Para muchos llegar a Europa es el único programa
de vida.
Sin haber puesto de acuerdo a los autores, es impactante constatar las
coincidencias y repeticiones en sus cartas. Oga Luc Ayéna,
desde Níger, corrobora a sus 23 años esa visión deformada
de nuestros continentes: “Parece que entre vosotros la miseria es
invisible y el dinero corre como el agua, en todo momento y para todo
el mundo. No me tratéis de ignorante, sino de pueblerino, ya que
África en general no es sino un pueblo grande. Lo que cuento es
lo que oigo y veo en la tele. Se habla muy bien de ahí y del dinero
que se gana, y las personas que conozco que han ido ahí no vuelven;
envían una foto para decir que todo va bien.”
La experiencia de la emigración
Precisamente hemos querido incluir entre las cuarenta carta algunas de
personas que se encuentran entre nosotros después de sufrir la
experiencia de la emigración. Claudio Manuel João Antonio
(Paiva) llegó a Madrid con 13 años, donde
fue incorporado a una casa de acogida de menores inmigrantes de los padres
Mercedarios. Hoy, con 23 años, está encontrando su puesto
en la sociedad que le ha acogido.
No es ése el caso de otros tantos. La historia de Maria,
de Nigeria, aún espera su “final feliz” después
de un tortuoso viaje: “Salí de mi país porque quería
una vida mejor, aunque allí no vivía mal. Caminé
a través de Marruecos durante meses, y llegué a España
en una patera con unas 72 personas. Tuvimos un accidente en el que murieron
unas 22 personas en medio del mar. Esa experiencia fue horrible.”
Sólo el hecho de estar embarazada hizo que la policía la
permitiera quedarse. Pero cinco años y medio después de
su llegada, después de haber dado todos los pasos que el Gobierno
español traza para las personas como ella, aún no tiene
papeles y, por tanto, posibilidad de acceder a un trabajo.
Hadi Hazami, de Afganistán, ha tenido incluso
peor suerte…
Cartas desde un país
de asilo
Hay otro grupo de cartas que nos han llegado desde países distintos
a los de origen de los autores. Se trata de personas que han tenido que
buscar asilo fuera de su país al correr serio peligro en el suyo.
De este modo nos acercamos de primera mano a la experiencia de algunos
de los 32 millones de refugiados que, según el Alto Comisionado
de las Naciones Unidas para los Refugiados –ACNUR–, hay actualmente
en el mundo.
Uno de estos refugiados es Gonla Tommeussia Lambert,
un agricultor de 51 años de Costa de Marfil que tuvo que huir de
su país, tras el asesinato de algunos de sus hijos y de otros familiares,
con la mala fortuna de que después de cruzar la frontera de Liberia
fue capturado con su mujer por unos mercenarios y torturado. Una vez a
salvo bajo la protección del ACNUR, aún tuvo que recibir
la noticia del asesinato de su padre y resto de familiares que no habían
podido atravesar la frontera. Estremece leer todo esto en el tono sereno
y objetivo con que escribe.
Más dramático es el testimonio de Badame Gelete
Birru, que empieza su carta presentándose como “uno
de los refugiados etíopes que ha tenido que escapar a Yibuti”.
Una carta que encoge el estómago y que no deja indiferente a quien
la lee. Detenido, encarcelado y torturado repetidas veces, sin documentación
ni carta de refugiado en Yibuti, va desgranando con amargura los sufrimientos
de todo tipo por los que ha pasado.
También desde Yibuti hemos recibido la desesperada carta de un
ciudadano de Eritrea que escapó hace un año
de su patria. Eritrea ha sido uno de los países más difíciles
que nos hemos encontrado a la hora de buscar una persona que quisiera
escribir una carta para la campaña. Después de numerosos
intentos, hemos percibido el miedo a expresarse de una población
sometida a un férreo control por parte de un Gobierno autoritario
que, entre otras cosas, ha expulsado del país a los misioneros
extranjeros. Extrañamente, ésta es una situación
prácticamente desconocida para la opinión pública
occidental.
El panorama de las cartas remitidas por refugiados se completa con la
de Yaroub Akram Alí, que escribe desde Damasco
(Siria), donde vive con su mujer y sus cuatro hijos: “No puedo dejar
de pensar ni un momento en mi país o en la vuelta a Bagdad. Mi
alma está en Bagdad, en sus barrios, sus calles y entre mis amigos.
No nos gusta la vida aquí en Siria, pero no hay otra solución.”
Su carta se detiene especialmente en su experiencia en las cárceles
de su país, desvelando que los medios de comunicación no
siempre cuentan la verdad de lo que está pasando.
Una larga lista de reproches
Cuando se pide a los habitantes de los países más pobres
del mundo que nos escriban con libertad, ya sabemos de antemano que nos
aventuramos a leer los reproches que estas personas hacen a los países
desarrollados de los que somos ciudadanos. Pero si nos hemos propuesto
leer lo que ellos nos han querido contar, debemos seguir adelante en nuestra
lectura, sin ponernos a la defensiva ni buscar fáciles justificaciones.
¿Que tienen quejas contra nosotros? Leámoslas.
Una de las voces africanas más cualificadas para valorar la relación
entre la prosperidad de los países occidentales y la pobreza de
los africanos es Diadié Yacouba, exMinistro de
Cultura, de la Juventud y Deporte en Malí y coordinador general
del Foro Social Mundial que se celebró en enero del 2006 en su
país. En su carta expone sin ambages: “La verdad, la triste
verdad, es que la prosperidad de las naciones ricas del norte ha sido
construida sobre la explotación de las riquezas del suelo y subsuelo
de mi país y del continente africano. La verdad, la triste verdad,
es que mi país y el conjunto del continente africano han sido empobrecidos
por un sistema mundial injusto dividido en dos campos: el de los ganadores,
los pretendidos señores del mundo, y el de los perdedores, los
pueblos dominados y explotados. ¡Qué cinismo el continuar
hablando de lucha contra la pobreza, cuando ese sistema organiza metódicamente
el empobrecimiento sistemático de mi país y del resto del
continente africano!”
No es el único que escribe en este tono. Probablemente la carta
más completa que hemos recibido sobre la visión africana
del desarrollo sea la que nos ha dirigido desde Zambia Chongo
Prudential Mukupa, de 39 años. Un texto que debería
ser de obligada lectura en muchas facultades y que mete el dedo no únicamente
en las políticas de los países desarrollados sino también
en nosotros mismos, ciudadanos de estos países y corresponsables
de dichas políticas: “Cuando veo como ha sido explotada África,
desde la esclavitud al colonialismo y las políticas neocolonialistas
de hoy, me convenzo de que los ciudadanos de los países occidentales
han apoyado totalmente la subyugación de otros pueblos ya que no
se declaran en contra de tales injusticias.”
Autocrítica
No todo son reproches a los países occidentales. También
encontramos páginas de clara autocrítica. Como la que escribe
Togba Guemou Louis, de Guinea Conakry: “Los problemas
que conoce Guinea son esencialmente de orden político y provienen
a menudo de los hombres encargados de presidir los destinos de la nación.
La escasa voluntad política, la desidia administrativa en el seno
del aparato del Estado y el despilfarro y desbarajuste a toda máquina
han llevado al país a hundirse en el empobrecimiento.”
Armel Bayokolak, desde Camerún nos ofrece una
mirada aún más completa: “El neocolonialismo, al que
hemos de añadir el deterioro de las condiciones de intercambio
en el mercado mundial, constituye un fuerte grillete que impide el desarrollo
económico de algunos países pobres. Pero éstas no
son las únicas cadenas que conocemos. En efecto, estoy seguro de
que también nosotros, habitantes de las naciones que llaman del
Sur, tenemos una gran parte de responsabilidad en la situación
de precariedad que sufrimos hoy, porque no hemos demostrado una gran abnegación
al trabajo ni un sentimiento de confianza en nuestro país ni capacidad
de sacrificio por él. De todo ello pueden dar fe los occidentales.
Su profesionalidad y la velocidad que imprimen a la realización
de sus objetivos son, creo, elementos esenciales que explican la buena
marcha de sus empresas.”
Desde Haití, el único país americano en la lista
de los cuarenta últimos, la joven Michel Rose Flore
hace también examen de conciencia en primera persona del plural:
“En el plano social y cultural, no nos podemos unir realmente; cada
uno se ocupa de sus cosas y eso genera la inseguridad que en Haití
abarca diversos aspectos. Entre ellos: los secuestros, los robos, la falta
de confianza, la corrupción. Todo eso hace de Haití un país
subdesarrollado. Cada vez que se hace una reivindicación al gobierno,
en lugar de decir lo que se quiere, de pedir el cambio para nuestro país,
se prefiere destrozar edificios y monumentos. Eso hace de Haití
un país atrasado.”
La ayuda del Norte al Sur
Bastantes cartas aluden a la ayuda que los países del Norte estamos
ofreciendo a los del Sur, un terreno en el que también hay ambivalencias.
Algunos autores, de entre los más formados, señalan que
la Ayuda Oficial al Desarrollo ha sido muchas veces ineficaz y en ocasiones
contraproducente: “A pesar de la ayuda del PNUD desde 1968 hasta
ahora ninguna estrategia de desarrollo ha podido prosperar en nuestro
país”, afirma Raymond Bero, de la República
Centroafricana. Un análisis muy parecido al de Albert Padembana,
estudiante de economía en la universidad de Kara, en Togo: “Si
cerca de seis decenios de inversiones en África a través
de los gobiernos por medio de la ayuda pública y de préstamos
no han sido beneficiosos, ya es hora de parar y de cambiar de método.”
Profundizando más en sus razones, se descubre una decepción
y desconfianza hacia los gestores públicos de la ayuda –gobiernos–
y una petición a canalizar ésta a través de organizaciones
privadas –ONGs e instituciones religiosas– en quienes los
autores de estas cartas confían más. Por otra parte, alguno
recuerda que las Ayuda Oficial al Desarrollo por parte de los gobiernos
con frecuencia va vinculada al cumplimiento de condiciones contrarias
al propio desarrollo.
Otras veces la petición de ayuda se dirige directamente a los lectores
de las cartas (o, más directamente aún, a los coordinadores
de la campaña…). Peticiones implícitas o explicitas
a las que resulta difícil evadirse. ¿Cómo responder
en estos casos?
Agradecimientos
En cualquier caso, la ayuda que están recibiendo es reconocida
y agradecida. ¡Cuántas veces en la misma carta se juntan
el reproche y el agradecimiento! Son abundantes las expresiones de agradecimiento
por la ayuda material, especialmente la enviada con ocasión de
catástrofes. Por otra parte, conocedores del carácter religioso
de la campaña, muchos autores no pierden la ocasión para
ponderar la presencia y entrega de los misioneros y misioneras. Es particularmente
emotivo el testimonio de Fathia Bracewell, desde Liberia:
“Hemos perdido mucho, pero tenemos familias misioneras de hermanos
y hermanas que se ocupan de nosotros y nos enseñan el amor, el
amor real a Dios y al prójimo. Muchísimas gracias.”
Igualmente impactante es la carta de Esther Jamba, cuya
historia, una sucesión de calamidades familiares, cambió
radicalmente cuando entró en contacto con el Servicio Jesuita a
Refugiados: “Mis gracias sinceras a las personas del Primer Mundo
ya que ningún pariente o compañero africano me ayudó
y sin embargo los europeos sí.”
El último día de la cuaresma, el Domingo de Ramos, terminaremos
nuestra campaña leyendo una carta de un país que no estaba
el año pasado entre los cuarenta últimos: Nepal. Desde allí,
Anita Khawas –34 años y madre de cuatro
hijas–, escribió su carta con ayuda de un voluntario, ya
que ella interrumpió sus estudios en la escuela primaria. Sus palabras
no pueden dejarnos mejor ánimo al concluir la campaña de
este año: “Los misioneros nos recuerdan que todos los que
apoyan el proyecto, especialmente los de los países cristianos,
ayudan a sus hermanos necesitados de otras partes del mundo haciendo un
sacrificio continuado y creyendo en lo que realizan ¡Gracias por
acordaros de los pobres y de los necesitados! ¡Que Dios os bendiga!”
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