La reflexión teórica sobre los sacramentos se ha ido perfilando por las comunidades de cristianos con el paso de los siglos, aunque fueron instituidos por Jesús a lo largo de sus años de vida pública y practicados, de forma más o menos consciente, por las primeras comunidades cristianas. Se establecen como los siete que ahora celebramos hace sólo aproximadamente cuatro siglos, a mediados del siglo XVI (Concilio de Trento).
No se puede decir que fueran instituidos
conceptual o reglamentariamente por Jesús. El testimonio recogido en los evangelios
indica que más que definirlos, indujo a sus seguidores a la práctica de los
mismos. Durante los años de su vida pública no parece que pensara en organizar
ninguna comunidad, aunque sí constituyó un grupo de discípulos que le siguieron
en sus viajes. Se dedica fundamentalmente a extender la noticia de un Dios cercano
a los hombres (Dios padre, frente al Dios justiciero del Antiguo Testamento,
que pide misericordia más que sacrificios), y del comienzo de su Reino en este
mundo. Mediante su forma de actuar, recogida en los evangelios, nos enseña lo
que ahora llamaríamos un “estilo de vida saludable” en el que tiene mucha
importancia las relaciones humanas solidarias, el afecto, el ser capaz de
disfrutar de las pequeñas cosas cotidianas. La reflexión teórica vino después,
de la mano de las primeras comunidades cristianas, y seguirá desarrollándose
mientras dichas comunidades estén vivas. Es decir, Jesús creó una realidad
existencial que comunica al hombre con
lo trascendente. Los conceptos y normas que definen esta realidad han sido y
serán elaborados por la razón humana, en su intento de asimilación del
testimonio de Jesús.
Después de la Resurrección sus discípulos,
dispersos durante el proceso que le llevó a la muerte, se reúnen de nuevo por
la acción unificadora de su Espíritu. Empieza a organizarse el germen de lo que
será la Iglesia. Comienzan a reflexionar sobre el modo de vida de Jesús y a
intercambiar recuerdos. Durante 20 o 30 años, los primeros cristianos debieron
relatar sus experiencias sin pensar en escribirlas. La cultura judía era, por
entonces, fundamentalmente oral. Cuando la buena noticia (evangelion, en griego) salió del ambiente judío para penetrar en
los círculos helenizados de Jerusalén y, más tarde, de Antioquía, en donde se
hablaban por igual griego y arameo, el campo fue diferente. En los círculos
griegos apenas existían las costumbres mnemotécnicas propias del estilo oral.
Para poder relatar a los oyentes lo esencial, nació pues la práctica de recoger
los recuerdos en pequeños libros. Lucas alude a estos esbozos que precedieron a
su evangelio (Lc 1, 2-4). Sobre los años 50-55 Mateo redactó su libro en
arameo, según Papías (año 130). Entre los años 55 y 62 se escribió el evangelio
de Marcos, judío helenista que vivió en Jerusalén, que conocía a Pedro aunque,
por razón de juventud, no había sido discípulo directo de Jesús. Hacia el año
100 ya se habían escrito los sinópticos, los Hechos de los apóstoles, el
Apocalipsis y, finalmente, el evangelio de San Juan. En estos primeros escritos
la preocupación principal fue recoger aspectos de la vida y de las enseñanzas
de Jesús, organizadas éstas últimas en cuatro grandes bloques: el sermón de la
montaña, las parábolas, los consejos a sus discípulos y discursos
escatológicos. La coexistencia de escritos y palabra duró mucho tiempo. Después
de generaciones los seguidores elaboran, inspirados por el Espíritu del Resucitado,
algunos momentos en la vida del Maestro de especial relación con su Padre,
constituyéndolos como celebración:
1.
Aquel
en el que Jesús, antes de iniciar su vida de compromiso social, recibe el bautismo
de Juan. (Mt 3, 11; Mc
1, 8; Lc 3, 16; Jn 1, 33; Hch 1, 5; 11, 16; 19, 3-5)
Piensan sus compañeros que,
mediante la celebración bautismal, Dios se manifiesta de forma especial como
fuente de energía vital y creadora. En los relatos evangélicos postpascuales se
recoge la recomendación de Jesús con respecto a la práctica del bautismo (Mt
28, 26-20; Mc 16, 15-17) y cómo los apóstoles ofrecen éste a quien crea en
Jesús, judío o pagano (Hch 2, 41; 8, 12-13; 10, 48; 16, 15, 31-33). Distintas
cartas de S. Pablo recogen reflexiones en torno a este sacramento (Rm 6, 3-4;
Col 2, 12; 2 Co 5, 17; Ga 6, 15; Tt 3, 5). En la Didaché (escrito entre el año
70 y el 150) se describe una celebración del bautismo.
2.
En
repetidas ocasiones Jesús prometió la efusión del Espíritu (Lc 12, 12; Jn 3,
5-8; 7, 37-39; 16, 7-15; Hch 1, 8). Cumplió la promesa tras su Resurrección (Jn
20, 22; Hch 2, 11; 2, 17-18). Los que creyeron y se hicieron bautizar, recibieron
a su vez el don del Espíritu Santo (Hch 2, 38). La invocación-recepción del
Espíritu Santo que se comenzó a realizar mediante la imposición de manos es el
origen de la confirmación. Hasta el siglo XI bautismo y confirmación se celebraban
conjuntamente, después en Occidente se retrasó la confirmación hasta la edad
del uso de razón. En Oriente se sigue administrando en la misma ceremonia que
el bautismo.
3.
El
reino de Dios, “que ya está entre nosotros”, se manifiesta de diversas formas
durante la vida pública de Jesús mediante curaciones de enfermedades o expulsión
de demonios, e incluso en el gesto de perdonar los pecados, como se relata en
la curación del paralítico y del leproso en Cafarnaúm, o en la curación del
poseso al otro lado del mar de Galilea, o en el episodio de la mujer adúltera,
o cuando, en casa de Simón, le dice a la pecadora arrepentida “tus pecados te
son perdonados”. (Mt 9,
2 ss; Mc 1, 40-42; Mc 2, 5-12; Mc 2, 17; Mc 5, 1 ss; Lc 7, 36 ss; Jn 8, 3 ss). Jesús nos presenta una imagen de
Dios como Padre siempre dispuesto a perdonar (Lc 15, 11 ss), e introduce a sus
doce compañeros en la práctica que él había iniciado enviándolos a curar
enfermedades y expulsar demonios (Lc 9, 1-3). Después de resucitado, encomienda
a sus apóstoles el anuncio del Reino y el perdón de los pecados (Mt 21, 28-31;
Lc 24, 45 ss; Jn 20, 21-23).
De alguna manera los discípulos, reflexionando sobre
las experiencias de curación, instituyen el sacramento del perdón en torno a la
misma estructura. Es decir, en éste se da un momento personal de reconocimiento
de la necesidad de curación, una invocación al Cristo para recibir su ayuda y una respuesta sanadora de Jesús a través
de la absolución impartida por su representante, el sacerdote. El Pastor, de
Hermas (siglo II) ya formula explícitamente la práctica de la penitencia.
Durante el siglo VII, los misioneros irlandeses, inspirados en la tradición
monástica de oriente, trajeron a Europa la práctica privada de la penitencia.
4. Algunas veces en los años de vida pública, especialmente en su última cena, Jesús manifiesta la voluntad de permanecer siempre cerca de quienes lo invoquen. (Mc 14, 22-25; Jn 6, 1-13, 32-40; Jn 13, 33-35).
Se manifestó a sus compañeros como “el pan de vida”
(Jn 6, 48-59). Por ello, una de las
formas de reconocimiento del Jesús postpascual fue, para sus amigos, el momento
de partir el pan. Así, desde el principio, cuando los discípulos dispersos se
reúnen tras la experiencia del encuentro con el Resucitado empiezan a celebrar
la Eucaristía, el más antiguo de los constituidos como sacramentos, que implica
además desde su institución compromiso de solidaridad con los más necesitados
(Lc 24, 13 ss; Hch 2, 44-47). S. Justino, en su Apología (siglo II), describe la celebración eucarística según
unas líneas generales que han permanecido invariables hasta nuestros días. La
Iglesia nos enseña que Cristo está especialmente presente entre nosotros en las
especies eucarísticas (SC 7; Jn 6, 48
ss).
5.
Fue
Jesús especialmente sensible al sufrimiento humano que genera la enfermedad,
identificándose con los enfermos, “estuve enfermo y me visitaste” (Mt 25,
36) hasta el punto de, en ocasiones,
devolver la salud próxima ya la muerte o, en otros casos, como el del ladrón
crucificado, proporcionar palabras de consuelo y perdón para acompañar en ésta.
(Mc 5, 22 ss; Lc 23,
39-43; Jn 11, 17-45). La
misión de curar, para El tan querida, la encomendó a sus apóstoles los cuales
“ungiendo con óleo a muchos enfermos, los curaban” (Mc 6, 13).
Era necesario que la comunidad
constituida por sus seguidores recuperase esta faceta de su estar en el mundo.
La tradición de la Iglesia ha visto el texto clave de la unción de enfermos en
la epístola de Santiago (5, 14-16). “¿Alguno entre vosotros enferma?. Haga
llamar a los presbíteros de la Iglesia y oren sobre él, ungiéndole con óleo en
el nombre del Señor, y la oración de la fe salvará al enfermo, y el Señor le
hará levantarse y los pecados que hubiere cometido le serán perdonados”.
6.
El
ministerio sacerdotal se basa en el relato de la institución de la Eucaristía.
(Mt 26, 26 ss). No hubo por parte de Jesús ningún rito especial de ordenación
de los apóstoles en la Santa Cena, pero ellos ya ordenaron sacerdotes
imponiendo manos (según consta en Hch 20, 28; 1Pe 5, 1-2). Los sucesores de los
apóstoles reciben el Espíritu de Jesús para actuar en su nombre (Jn 20, 21-23;
Lc 24, 47; Mt 28, 18-20).
7.
El
matrimonio tiene carácter religioso en las civilizaciones primitivas, basándose
fundamentalmente en el misterio de la fecundidad.
Jesús, con su presencia y
actuación en las bodas de Caná (Jn 2, 11 ss), reconoce la importancia de este
tipo de relación humana y pone su acento, más que en la fecundidad, en el
carácter de compromiso indisoluble (Mc 10, 2 ss). Tertuliano (siglo II)
reflexiona sobre la característica específica del matrimonio como sacramento,
consistente en la voluntad y el deseo de los esposos de amarse con el Amor de
Dios. ¿Cómo es ese Amor?, desde muy pronto los cristianos, en boca de S. Pablo,
lo definen (1Cor 13, 1-9).
El Reino de Dios en toda la predicación de Jesús tiene una estrecha relación por un lado con la búsqueda de la voluntad del Padre, por otro con la justicia, o la ausencia de mal en el mundo (Mt 25, 31-46). En consecuencia, la participación en los sacramentos instituidos por El nos transmite, de manera eficaz, comunicación con la fuente de vida que es el Padre en tanto nos encontramos de alguna manera comprometidos con el hermano, es decir, en tanto en cuanto participamos de algún modo en tareas orientadas a facilitar el desarrollo del Reino de Dios en este mundo. Resultarán sin embargo un rito incomprensible, una práctica carente de sentido o un formalismo vacío, en tanto en cuanto acudimos a ellos para asegurarnos nuestra parcela de “felicidad”, de “buena conciencia” o de certeza de salvación (1Cor 11, 17-27).
·

Descubrir el misterio como parte complementaria de la razón
en el hombre y en el mundo.
· Descubrir y aceptar la vida de grupo como lugar de crecimiento en la relación con Jesús Resucitado.
· Reconocer y aceptar a Jesús como modelo de persona creyente.
· Suscitar una actitud consciente y libre frente a la práctica sacramental.

·
Actividades
1. El catequista escribe en un mural una de las afirmaciones del anexo 1 e invita al grupo a una lluvia de ideas sobre el tema: Cada miembro escribe una palabra, frase, dudas o preguntas relacionadas
Escribir individualmente cuestiones que se quieran aclarar sobre los sacramentos. El catequista elige algunas para contestarlas o generar debate
2. Comunicación dos a dos sobre estas preguntas, y posterior puesta en común:¿Qué experiencias o personas han influido en mi práctica sacramental?¿Qué dificultades encuentro?. ¿Con quién hablo de este tema?
Los seguidores de Jesús, que inicialmente se
dispersaron tras su muerte, encontraron después el impulso suficiente como para
organizarse de nuevo. Esto sucedió tras un acontecimiento históricamente no
demostrable y que los creyentes llamamos Resurrección de Jesús. Que no sea
históricamente demostrable no quiere decir que la historia lo pueda negar. La
historia no puede negar que, tras la diáspora inicial, algo surgió con una
energía tan redoblada que, con el paso de los siglos, ha llegado a constituir
una de las fuentes más importantes de religión (la cristiana) y de cultura (la
occidental). Es decir, aunque la Resurrección no es científicamente
reproducible, ni dejó más huella material que los relatos de los amigos de
Jesús y el sepulcro vacío (reconocido hasta por los detractores), la energía de
Cristo ha tenido como efecto la creación de uno de los grandes focos mundiales
de cultura y espiritualidad. Y eso también es evidente incluso a quienes se
resisten a creer. Los cristianos lo atribuimos a la acción creadora de vida del
Espíritu del Resucitado.
Pues sus seguidores, una vez reunidos de
nuevo, comienzan a recuperar lo que consideran esencial del estilo de Jesús, su
forma entender la vida en los detalles cotidianos, su escala de valores, su
manera especial de relacionarse con Dios. Y recuperan, por ejemplo la noticia
de que Dios, más que justiciero o vengativo, es educador y padre. Al iniciar la
difusión de la noticia de que Jesús vive, más allá del círculo de cultura judía
tradicional, comienzan a relatarla por escrito. En reflexiones posteriores, a
lo largo de los siglos, van estructurando, en lo que llegarán a ser siete
sacramentos, aquellos momentos de mayor intensidad existencial en los cuales
Jesús se comunicaba de manera especial con el Padre, y los recuperan para apoyarse
espiritualmente en ellos de la forma en que indicó el Maestro. El comienzo de
esta reflexión se puede encontrar ya en los primeros documentos escritos, los
Evangelios.
En ningún momento los evangelios recogen la
afirmación de que lo más importante es cumplir con las prácticas piadosas. Todo
lo contrario Jesús, según se relata en ellos, reprochaba a los fariseos su
obsesión por cumplir a toda costa las obligaciones religiosas llamándoles
sepulcros blanqueados. Pero esto no quiere decir que las prácticas piadosas
sean inútiles. Lo inútil es centrarse en ellas en vez de hacerlo en intentar
construir un mundo más solidario y habitable. Por otra parte, vivir sin
apoyarse en la oración, que es el diálogo con Dios, y en los sacramentos, que
son la mano que Jesús resucitado nos tiende, hace más difícil la tarea de
humanizar el mundo, ya que en ese caso uno trabaja exclusivamente con las
propias fuerzas. Si un hombre solo hace menos que organizado en sociedad, es
decir, no puede crear civilización y por tanto pierde una parte importante de
su desarrollo personal, de igual forma, si no cuenta con la voluntad de Dios,
que es quien da el sentido más profundo a la realidad, de alguna manera se
mutila como persona. Bien es verdad que si hubiera que elegir entre ambos aspectos,
Jesús valora más el comportamiento solidario que el piadoso, como lo manifiesta
en el relato del juicio final (“...porque tuve hambre y me disteis de comer,
... Mt 25, 31 ss), en las críticas que hace de las clases cultas de su época (“guardaos
de los escribas, que gustan... ocupar los primeros puestos en los banquetes, mientras devoran las casas
de las viudas y simulan largas oraciones. Estos tendrán un juicio muy severo”
Mc 12, 38-42; “...haced lo que os digan escribas y fariseos, pero no los
imitéis en las obras, porque dicen y no hacen...” Mt 23, 2 ss), y en el
recuerdo que quedó a sus amigos del amor de Jesús (“... el que no ama a su
hermano a quien ve, no es posible que ame a Dios, a quien no ve. Nosotros
tenemos de El este precepto...” 1 Jn 4, 20 ss).
Con los sacramentos celebramos la presencia
continua, vigilante y amorosa de Dios en el mundo, “he venido para que tengan
vida y la tengan en abundancia” (Jn 10, 10). Dios presente, pero velado, como
un padre que deja dar los primeros pasos balbucientes al niño que aprende a
andar, pero sigue de cerca su trayectoria, para echarle una mano o cogerlo en
brazos nada más éste lo pida. Es pues fiesta, si sabemos prepararla como tal,
en la que se celebra la acción salvadora de Dios. Como cualquier fiesta, tendrá
mayor significado para las personas que no asistan a ella como espectadoras
externas, sino que se impliquen. La disfrutará más quien participe en los
actos, quienes vayan preparados (sobre todo interiormente) de forma adecuada,
quienes además de querer recibir intenten aportar algo. Pero, aunque la
preparación es importante, no es lo definitivo. En la celebración sacramental
los cristianos sabemos que hay algo que sobrepasa a la energía positiva que pueda
emanar de las personas presentes: el Espíritu creador de vida. Esta vida del
Espíritu no hay que entenderla en términos espiritualistas. Es el mismo
Espíritu que sopló sobre las aguas en la creación del mundo, por tanto esta
vida asume la totalidad del ser y lo redime también en su materia.
Mediante el Bautismo, como Jesús, decimos sí
a la presencia de Dios dentro de nosotros (“... y descendió el Espíritu...Tú
eres mi Hijo amado”). Entramos a formar parte del cuerpo espiritual de la
Iglesia. La práctica de bautizar niños pequeños está atestiguada explícitamente
desde el siglo II, aunque es muy
posible que se haya dado desde el comienzo de la predicación, cuando se
bautizaban familias enteras (Hch 16, 15; 18, 8; 1Co 1, 16). La unción con el
crisma, para confirmar la iniciación cristiana comenzada mediante el bautismo,
se reservó en Occidente al obispo. Ello fue la causa de la separación temporal
entre ambos sacramentos. Con dicha separación se llega a la Confirmación a una
edad en la cual se puede optar, libre y consciente, por recibirla o no. Tanto
uno como otro no son el final de una etapa, sino el comienzo del compromiso
como miembro de la comunidad cristiana.
Los sacramentos restantes no fueron recibidos
por Jesús, sino iniciados por éste a lo largo de su trayectoria vital para seguir
permaneciendo entre nosotros después de su muerte. Mediante ellos intercedió
durante su existencia en la tierra ante Dios Padre, de una vez para siempre,
por todos los hombres. Por ellos nos puede acompañar de forma especial a lo
largo de nuestra vida. Con ellos sana nuestras heridas interiores. En ellos
permanece oculto hasta su segunda venida, cuando todos resucitaremos. El
sacerdote solo es el ministro consagrado que los administra. En la Eucaristía
es Jesús el que se acerca a nosotros y nos participa de su vida. Mediante el
Perdón, El mismo nos ayuda a aceptarnos como somos y nos da fuerzas para seguir
intentando mejorar. Con la Unción de enfermos Jesús se aproxima a quienes
sufren enfermedad o vejez, les recuerda que la muerte, aunque inevitable, será
derrotada. A través de la Ordenación sacerdotal confiere a quienes la reciben
la gracia suficiente para atender al ministerio de la palabra, la liturgia y la
caridad con disponibilidad absoluta. El amor en el que quieren crecer los
esposos que acuden al Matrimonio eclesiástico no es meramente humano sino el
Amor de Dios, ese descrito por S. Pablo (1Cor 13, 1 ss) mediante el cual la
ternura de Jesús en las bodas de Caná hizo que se transformara en vino el agua,
para evitar un mal a los esposos, a pesar de que a El mismo el problema le parecía
poco importante.
Esto no quiere decir que quienes practican
los sacramentos automáticamente se santifican. Su acción salvadora se realiza
no de forma súbita, como sucede en la magia, sino al ritmo lento en que sucede
cualquier proceso natural (como el cambio de aspecto de una persona a lo largo
de su vida). Dios, que ha creado el mundo, y sus ritmos, y las leyes físicas de
la materia, respeta sus principios cuando interviene en él. Solo de forma
excepcional se manifiesta, en los milagros, transgrediendo las leyes físicas.
Por otro lado, sólo quien se presta a ser
instrumento de Dios en el mundo y testigo de su Amor universal, comprometiéndose
dentro de sus posibilidades en acciones solidarias, da pleno sentido a su participación
en los sacramentos. Los que olvidan esta segunda parte de la práctica
sacramental, de algún modo se puede decir que están tomando el nombre de Dios
en vano.
Toda reflexión en torno a los sacramentos, como en torno a cualquier realidad existencial más compleja que la capacidad humana de análisis, tiene que ser siempre incompleta. La reflexión que surge del análisis científico también es incompleta y la historia del conocimiento científico está llena de rectificaciones a teorías antiguas. La ciencia evoluciona mediante el cambio de paradigmas. Así, por ejemplo, los conocimientos astronómicos de este momento nos muestran un universo en expansión, contradiciendo la suposición anterior de que era estático así como lo que nos puede decir el sentido común apoyado en nuestra percepción. La teoría de la relatividad de Einstein modifica los conceptos de la física clásica y nos muestra una realidad de cuatro dimensiones (las tres del espacio y la línea de expansión del tiempo o cono espacio-tiempo). El concepto actual de átomo contradice la definición inicial de éste como partícula indivisible, los conocimientos actuales de física nuclear nos muestran una materia en la que predomina el espacio vacío entre electrones frente a la consistencia del núcleo, es decir, en la que predomina la nada frente a la consistencia que aparentemente percibimos al tocar un objeto. Gracias al desarrollo de esta misma disciplina, podemos afirmar, contrariamente a los que nos dice la percepción cotidiana del mundo en que nos movemos, que la materia atómica y molecular tampoco es estática sino que las partículas nucleares y describen movimientos de rotación sobre sí mismas y alrededor de una órbita, de manera similar a los descubiertos hace ya siglos en los grandes cuerpos espaciales. Por tanto, el que no seamos totalmente capaces de comprender el mundo sobrenatural que se nos ofrece a través de los Sacramentos, no necesariamente indica falsedad de éste. Perfectamente puede ser consecuencia de la incapacidad de nuestra mente para percibir y aprehender ese misterio en toda su magnitud. Si el mundo natural tiene tal complejidad, ¿cuánto más no será inabarcable el mundo de lo divino?. También en esto Jesús nos plantea una realidad paradójica “Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a gente sencilla. Si, Padre, así lo has querido tú... “ (Mt 11, 25-30; Lc 10, 21-23).
·
Actuamos
Utilizando la frase “Se puede ser buena persona y no practicar los sacramentos. Entonces, ¿qué sentido tienen?. ¿Los cristianos son mejores personas que los demás?” u otra que sea polémica, los catecúmenos, en dos grupos, entrevistan a un familiar y a un amigo . Se leen en voz alta ambos escritos y se comentan ¿qué destacamos de la forma de vivir los sacramentos cada una de estas personas?. ¿Qué podemos aprender de ellas?
¿Cuáles son las principales dificultades que yo encuentro para la práctica de los sacramentos?. ¿Qué puedo hacer?.