Otra
Navidad es posible (y necesaria)
Propuestas para una Navidad alternativa
José Eizaguirre,
SM
Artículo
publicado en la revista Vida Nueva, nº 2.406, 20-27 de diciembre
de 2003
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ÍNDICE:
- Introducción
- La Navidad, ¿según san
Mateo o según santa Claus?
- Un “gesto”
- Un gesto “profético”
- Un gesto profético compartido
- Algunos ejemplos:
- Ante
un consumismo desmesurado, consumo solidario.
- Ante el “¡que la suerte
te acompañe!”, que nos acompañe otro Espíritu
- Ante la cultura del regalo, regalos
contraculturales
- Ante la estética del espumillón,
una decoración alternativa
- Ante una tradición importada,
la importancia de nuestra tradición
- Ante la avalancha de imágenes
y mensajes, silencio mediático
- Ante un sentimentalismo barato,
una auténtica comunicación personal
- Ante el “vuelve a casa por
Navidad”, invitar a nuestra casa a los que no pueden
- De consumidores pasivos a voceros
de la Navidad
- Conclusión
- Tres citas para terminar
Es difícil moverse entre tanta
gente que abarrota esta tarde la planta de juguetes del centro comercial. ¡Y
cuántos juguetes hay! Una sección que han ampliado
especialmente para estas fechas próximas a la Navidad. No
es la única sección así en este centro comercial;
igualmente populosas están la de cosmética, informática,
productos para el hogar, alimentación y... realmente, no hay
rincón que se escape a esta fiebre compradora que se ve por
todas partes en estos días. Un ajetreo convenientemente ambientado
por la decoración especial que lo invade todo: hojas de acebo,
lazos de colores, gorros colorados y muñecos de nieve ¡Felices
compras!
Dejo el ambiente abigarrado del centro comercial y salgo a la calle, no menos
transitada. Hoy parece que todo el mundo camina más deprisa. ¡Hay
tantas cosas que hacer estos días! Preparar la cena de Nochebuena, tener
a punto los regalos, los desplazamientos... La luz del sol ha dado paso a la
iluminación artificial, a la que desde hace más de un mes se
añade la de millones de bombillas que decoran las calles formando estrellas,
y campanas luminosas que acompañan los rótulos benevolentes: ¡Felices
fiestas! Si no recuerdo mal, el Ayuntamiento instaló la iluminación
navideña a finales de noviembre. ¡Antes de empezar el Adviento
ya vivíamos con mentalidad navideña! Es así: cada año
comienza antes la ambientación de las fiestas de Navidad. Recuerdo haber
leído que la Secretaría de Estado de Comercio aseguró en
cierta ocasión que “la práctica de adelantar el ambiente
navideño sienta bien al consumo interno, crea ambiente de fiesta e incluso
atrae el turismo de compras” (1). ¡Bendita
Navidad!
No hay ningún escaparate ajeno a la decoración navideña: árboles
con luces de colores, angelitos voladores y estrellas brillantes. En esta calle
céntrica y concurrida parece que todas las tiendas se han puesto de
acuerdo para ofrecer al público su mejor imagen además de horarios
más prolongados. Es normal. Los comercios incrementan considerablemente
su actividad durante las fechas de Navidad y hay que responder a la demanda. ¡Felicidades!
Sigo mi paseo, dándome cuenta de toda la gente que lleva bolsas y paquetes
envueltos en brillantes papeles. Frente a un puesto de lotería, una
fila de personas aguarda pacientemente, ajena a la pandilla de adolescentes
que se embadurnan unos a otros con espumas de colores. Un poco más adelante,
un sudamericano vestido de Santa Claus reparte octavillas anunciando una gran
fiesta-cotillón de Nochebuena en una discoteca famosa. ¡Sólo
50 euros, barra libre hasta las doce, concurso de baile y actuación
sorpresa! ¡Feliz Nochebuena!
El escaparate de una agencia de viajes presenta un aspecto radiante: “Disfrute
de otra forma de pasar las vacaciones de Navidad”. “Navidades en
Egipto, Navidades en Río de Janeiro, Navidades blancas en los Alpes...” ¡Ay,
quién pudiera pasar las Navidades en el Caribe!... También he
leído hace poco en el periódico (2) que,
según un estudio elaborado por la Confederación de consumidores
y Usuarios (CECU-Madrid), los gastos durante las fiestas navideñas se
dedican cada vez más al ocio y tiempo libre en detrimento de un consumo
más tradicional como es el de la alimentación. No me extraña
que las salas de fiesta y las agencias de viajes “hagan su agosto” en
Navidad...
Sigo paseando sin rumbo fijo. Creo que ha sido un acierto venir al centro de
la ciudad simplemente para ver el ambiente. No lejos se oye la música
de un acordeón que entona villancicos populares. El músico es
un inmigrante de algún país de Europa del Este. La verdad es
que no lo hace mal y pone una nota musical y festiva que acompaña al
decorado general. Al acercarme veo a sus pies, junto a la funda vacía
del instrumento, la foto de dos niños con los mismos rasgos que su padre... ¡Qué pena!
Seguro que este hombre va a pasar la Navidad lejos de los suyos. No suelo hacerlo,
pero hoy es distinto; estamos en Navidad, me siento generoso y echo unas monedas
antes de seguir andando... y pensando. Espero que este inmigrante tenga al
menos un sitio donde dormir. Recuerdo que apenas hace un mes, el último “Día
de los Sin Techo” (23 de noviembre) Caritas denunció que España
sólo cuenta con 10.000 plazas de alojamiento cuando son más de
30.000 las personas que no tienen un hogar y no pueden acceder a servicios
básicos como la ducha o el baño. Eso significa que en nuestro
país más de 20.000 personas duermen cada noche en las calles (3).
Levanto mi mirada y descubro la iluminación callejera. Espectacular. ¿Cuántos
cientos de miles de bombillas dijeron que había puesto el Ayuntamiento
este año?
Más gente con paquetes, más anuncios de todo tipo, más
escaparates con decoración navideña. En el de una joyería
han cuidado con esmero la colocación de las piezas. Incluso no falta
el Portal de Belén con el Niño Jesús de plata sobre un
precioso pesebre de alabastro. El Niño Jesús... El recién
nacido Jesús, que, según Lucas, no tuvo sitio en la posada...
El Verbo de Dios hecho carne, acampado entre nosotros... La gran noticia, incomprensible
noticia, de un Dios que se despoja de su rango y toma la condición humana...
La
Navidad, ¿según san Mateo o según santa
Claus?
Hay momentos en que la Navidad nos deja un sabor agridulce. Quizá no
sea más que ese sentimiento contradictorio que en algún instante
nos llega todos los años por estas fechas al experimentar la dicotomía
entre lo que sabemos que celebramos y la manera como vemos que se está celebrando.
Pero ¿qué es lo que estamos festejando en Navidad? Otros, ya
lo vemos; nosotros, los cristianos, celebramos que Dios, el Dios infinito,
invisible e inefable, se ha encarnado, se ha hecho uno como nosotros en la
persona de Jesús de Nazaret. Y además, naciendo de una muchacha
virgen en una aldea remota de una región remota de un imperio. Y lo
ha hecho por su voluntad soberana y, sobre todo, por el desmedido amor que
nos tiene, para enseñarnos a vivir como hijos suyos, miembros de una única
familia, y para acercarnos a Él. ¿Cabe celebrar misterio más
asombroso y alegría más inconcebible?
Sin embargo, es fácil constatar cómo la celebración de
la Navidad se ha ido progresivamente banalizando en nuestra sociedad. Entre
tanta parafernalia se hace cada vez más difícil encontrar el
misterio de ese Dios que se abaja desmesuradamente, haciéndose ser humano
y además, instalándose en la periferia de la sociedad. Con los
relatos evangélicos en la mano –y en el corazón–,
la celebración de la Navidad debería suscitarnos unas vivencias
muy distintas a las que nos invitan las costumbres sociales o los medios de
comunicación.
Es así. En la cultura del consumismo en que vivimos, las fiestas Navideñas
parecen precisamente la gran fiesta del derroche donde todo el mundo echa el
resto, algo así como las fiestas patronales del consumismo, la gran
celebración donde se manifiesta la grandeza del sistema (ocultando sus
miserias). Y ello precisamente tomando como pretexto la Navidad. ¿No
es un insulto para los cristianos?
Del mismo modo que nos ofende y molesta la manipulación social que se
hace de algunos sacramentos, no podemos dejar de sentir un cierto amargor e
indignación ante esta otra manipulación. Cuando uno piensa que
todo este despliegue se realiza precisamente ahora porque coincide con la celebración
de la Navidad, ¿cómo no sentirse ofendido?
Siendo fieles a la verdad, hay que reconocer la parte de responsabilidad que
tenemos los cristianos en que hoy se celebre la Navidad con estos excesos.
No en balde son los llamados “países cristianos” los que
están a la cabeza del consumismo. Pero una vez hecho este necesario
acto de contrición, ¿no podríamos hacer algo para corregirlo?
No basta que procuremos cada uno vivir la Navidad de la mejor manera posible,
no basta que “nosotros” vivamos la Navidad cristianamente mientras
fuera, en la calle, se utiliza el nombre de nuestro Dios en vano. De alguna
manera debemos expresar que la Navidad no es eso y que –¡por el
amor de Dios!– no se confundan las cosas.
¿Pero qué podemos hacer? Desde luego nada si pensamos en “cambiarlo
todo”. Pero, tal vez sí podamos hacer pequeños gestos de
afirmación y rebeldía. Estas páginas quieren ser precisamente
una invitación a comenzar por aquí, a empezar por algún “gesto
profético” que muestre que “otra Navidad es posible” (y
necesaria).
Un “gesto”
Podemos decir que un gesto es una acción visible que remite a un significado.
Cuando, por ejemplo, durante la celebración de la eucaristía
el presidente nos invita a “intercambiar entre nosotros un gesto de paz”,
lo que hacemos es hacer visible con una pequeña acción la realidad
que queremos significar: que somos hermanos, unidos en Cristo, partícipes
de una misma Cena.
Pero los gestos no solo remiten a un significado real; a veces, con nuestros
gestos expresamos simplemente aquello que queremos vivir y que no siempre vivimos.
En ocasiones no es primero el significado y luego el signo sino al revés.
Volviendo al ejemplo, ¿no sucede a veces así con el gesto eucarístico
de la paz? Seguro que alguna vez nos ha pasado: tengo ciertas reservas con
alguien a mi lado por un incidente que hemos protagonizado hace poco, llega
el momento de la paz y... “sea, es verdad, no tiene sentido seguir dolido;
por mi parte está todo olvidado, la paz sea contigo”. En este
caso, el gesto no ha sido signo de la paz que reina entre nosotros sino precisamente
su detonante; el gesto litúrgico nos ha ayudado a “hacer las paces”.
Los gestos nos ayudan así a vivir aquello que queremos vivir; mejor
dicho, aquello que ya vivimos, aunque todavía no del
todo.
Éste puede ser un sentido claro de nuestro gesto. Expresamos no sólo
lo que ya vivimos sino sobre todo lo que queremos vivir y todavía no vivimos
en plenitud. Y confiamos en que nuestro gesto nos ayude a ello.
En el caso que nos ocupa, con nuestro gesto navideño no sólo
queremos denunciar una situación no querida por Dios, también
estamos moviéndonos en la dirección en que nos queremos mover.
Nuestro gesto nos ayuda a vivir la Navidad como el Evangelio nos invita a vivirla
y no como nos invita el “mundo”.
Un
gesto “profético”
Pero aunque nosotros mismos seamos los primeros destinatarios de nuestro gesto,
no debemos olvidar su dimensión visible, su repercusión externa.
La Biblia es constante al reflejar que en toda acción profética
hay una doble componente de anuncio y de denuncia. Los profetas
del Antiguo Testamento, el mismo Jesús y luego sus discípulos
fueron gestos vivos de denuncia de una situación no querida por Dios
y de anuncio de una buena noticia de salvación.
Algunos gestos proféticos fueron especialmente llamativos, como los
pedidos por Dios a Jeremías, realizados generalmente “a vista
de todos” (Jr 19, 10; 32, 12). Otros son más modestos en su proclamación
pública, pero no menos exigentes en su realización. En cualquier
caso, todo gesto profético ha de ser mínimamente visible, pues
de eso se trata, de denunciar públicamente una situación
no querida por Dios y de anunciar un mensaje de conversión
y de salvación.
Un
gesto profético compartido
Cada uno de nosotros somos gestos vivos de muchas cosas; es la expresión
natural de lo que somos y de los dones que hemos recibido. Somos así “profetas” que
mostramos con nuestro actuar tal o cual aspecto del Evangelio. Pero cuando
es toda la comunidad cristiana la que se pone de acuerdo para insistir en determinado
aspecto del Evangelio, ¡eso sí es un signo llamativo! En esta
sociedad que fomenta el individualismo, el que un grupo de personas obren a
la par y de común acuerdo es algo que llama la atención y que
cuestiona.
A eso estamos precisamente llamados como miembros de la Iglesia, a ser en comunión
signo de salvación, sal de la tierra y luz de las gentes: No se
enciende una luz para meterla debajo de la cama sino para ponerla en el candelero
y que alumbre a todos los de la casa. Alumbre también vuestra luz a
los hombres; que vean el bien que hacéis y glorifiquen a vuestro Padre
del cielo (Mt 5, 15-26).
Y esto sin olvidar que, además, hacia dentro todo proceso de búsqueda
y de puesta en práctica de algo que realizamos juntos siempre tendrá una
repercusión positiva, en cuanto contribuye a la comunión y a
la búsqueda conjunta de la voluntad de Dios. Por eso, las propuestas
que vienen a continuación –concebidas inicialmente para comunidades
de vida consagrada– pueden realizarse a título individual, pero
es mejor si se llevan a la práctica conjuntamente.
Algunos
ejemplos
Ante
un consumismo desmesurado, consumo solidario.
No hace falta insistir en la irracionalidad del consumismo excesivo durante
las fiestas navideñas, un consumismo que ignora y ofende a esos dos
tercios de la humanidad que sobreviven con lo imprescindible o con menos que
eso.
¿Podríamos hacer algún gesto que recordara la existencia
de esa “periferia” del sistema? Una periferia en la que sabemos que
nuestro Señor vino a poner su morada. No se trata de abstenerse de consumir,
cosa que al fin y al cabo necesitamos –aunque nunca vendrá mal que
moderemos nuestro consumo–, sino de hacerlo de otra manera, con otro sentido.
¿Qué tal sonaría una cena de Navidad compuesta exclusivamente
(o, al menos, tanto como se pueda) por productos de Comercio Justo? Seguramente
nos costará encontrar pavo o pescado de Comercio Justo, pero ahí está la
creatividad y el abrirnos a otro tipo de menú. Nuestra cena será menos “tradicional” pero
más solidaria. No dejaremos de celebrar por ello el nacimiento de nuestro
Salvador y sí realizaremos un gesto precioso de compartir las alegrías
y las penas de los que luchan por unas relaciones comerciales justas. ¡Una
cena de Navidad alternativa!
Ante
el “¡que la suerte te acompañe!”, que
nos acompañe otro Espíritu
Si las navidades son las fiestas patronales del consumismo, el sorteo de la
lotería de Navidad es uno de sus eventos culminantes. Cada año
se baten nuevos “récords históricos” de recaudación.
Sirva un detalle: ¿alguien recuerda algún año en que alguno
de los premios mayores haya revertido a la Administración porque precisamente
ese número no llegó a venderse? Según el Organismo Nacional
de Loterías y Apuestas del Estado (4),
en el año 2002 se vendió el 95% de la emisión. Si se repite
el mismo porcentaje, este año los españoles nos gastaremos 2.382.600.000
euros, que repartidos entre los 42,6 millones que somos resulta una media de
55,93 euros por persona (5).
Son cifras que hablan por sí mismas. ¿Nos apuntamos al juego?
Pero más allá de las cantidades, nos enfrentamos aquí al “espíritu
de la lotería”, ese eslogan laico de “¡Que la suerte
te acompañe!”, con el que cedemos una vuelta de tuerca más
a la progresiva desaparición de Dios de nuestro lenguaje. Pero, sobre
todo, un eslogan y un espíritu transmisores de unos valores que, cuando
menos, debemos juzgar a la luz del Evangelio.
Es verdad que muchas veces compramos participaciones de lotería de parroquias,
asociaciones y entidades sin ánimo de lucro que con este sistema cubren
parte de sus ingresos anuales. Bien está el colaborar con nuestro dinero
a todas estas causas, pero, nuevamente, ¿por qué para ayudar
a otros hay que entrar en el juego de la lotería?
En rigor, los juegos de azar no son en sí mismos contrarios a la justicia,
aunque resultan moralmente inaceptables cuando se destinan a ellos cantidades
desorbitantes que privan a las personas de atender a sus necesidades o a las
de los demás (6).
Y ciertamente que es normal en nuestra sociedad jugar a la Lotería de
Navidad. Pero lo que aquí se propone es precisamente ir más allá de
lo que todos vemos como “normal” y adelantarnos en un gesto intencionadamente
profético. Que quienes nos conozcan sepan que nosotros, que estamos
celebrando otra cosa, no queremos participar en un juego cualitativa y cuantitativamente
tan ajeno a nuestro “espíritu de la Navidad”. Y si no tenemos
más remedio que comprar alguna participación, procuremos deshacernos
de los boletos antes del día del sorteo. ¡Ese sí que puede
ser un gesto profético y llamativo!
Ante
la cultura del regalo, regalos contraculturales
La cultura consumista ha sido muy hábil para disfrazar el desmesurado
consumo navideño a través de la justificación de los regalos.
Es verdad que gastamos mucho en Navidad, pero no es para nosotros sino para
regalar a otros. La buena noticia de la encarnación de Dios nos hace
estar tan contentos que transmitimos nuestra alegría acompañándola
de un obsequio. Tiene su sentido... pero al final, también tiene su
trampa. Si me han regalado, yo también tendré que regalar. Tenemos
que hacer un regalo a... porque es lo “tradicional”. Al final,
entre todos los regalos que nos hacemos unos a otros, es difícil no
caer en el cebo consumista que nos hace perder el sentido gratuito de todo
regalo.
¿Podríamos reaccionar ante esta cultura del regalo entrampado?
He aquí varias posibilidades:
- Transmitamos el gozo de la Navidad con regalos que no cuesten dinero: una
tarjeta que lleve algo de nosotros, una carta reposada, una llamada oportuna,
un largo rato pasado con quien nos necesita... Y para aquellos más hábiles
o creativos, ¿por qué no regalar algo hecho por nosotros, algo
que lleve algo de nosotros mismos? Y, de paso, pensemos en destinar a los pobres
el dinero que habíamos previsto gastar en regalos.
- Diferir los regalos en el tiempo. Si tenemos que regalar algo, hagámoslo
en otro momento del año. Desde luego que nuestro regalo será así más
gratuito e inesperado. Esto puede ser especialmente recomendable si tenemos
que regalar algo a niños sabiendo que en estas fechas van a estar literalmente
sepultados en juguetes. Apenas notarán un regalo menos y sí lo
agradecerán, por inesperado, cuando se lo demos pasado un mes o dos.
- Hacer regalos alternativos. Regalos que lleven algo de Dios y del Niño
que no tuvo sitio en la posada. Por ejemplo ¿qué tal hacer un
donativo en nombre de otro y mandarle el recibo a su nombre? “Pensando
en ti he dado este dinero para esta causa; he preferido dedicar el dinero que
iba a gastarme en ti en darlo a otros que lo necesitan más. Espero que
sepas comprender este gesto, que te hace a ti también más generoso,
y te invito a repetirlo”. O también regalar productos artesanales
procedentes del Tercer o Cuarto Mundo, acompañados de la correspondiente
explicación. ¿Y por qué no regalar una suscripción
a una revista religiosa o solidaria?
- Anunciar de antemano que rechazamos todo regalo. Convenzamos a nuestros familiares
y amigos que no necesitamos regalos para creer en su amistad; y que si quieren
hacerlo, que preferimos que su generosidad se vuelque en aquellos que están
más necesitados. “El mejor regalo que me puedes hacer por Navidad
es un recibo de un donativo tuyo a una ONG”. ¿Qué tal suena
esto?
- Pedir en nuestras empresas que la cesta de Navidad tradicional esté compuesta
este año por productos de Comercio Justo, ofreciéndose si es
preciso a preparar los paquetes. Y animar a otros compañeros de trabajo
a hacer lo mismo, explicando razonadamente nuestros motivos.
Ante
la estética del espumillón, una decoración
alternativa
¿Alguien se ha preguntado de dónde procede la estética navideña
y qué sentido tiene? No es suficiente responder que tanta lucecita y tanto
espumillón son signos de alegría y fiesta; en otras fiestas que
celebramos a lo largo del año la decoración no es la misma. El
belén tiene una larga tradición católica (y cierto fundamento
bíblico), sobre todo en España, pero ¿sabemos el sentido
que tiene llenar un árbol de luces de colores?
En el fondo, la pregunta importante es: ¿Qué queremos que nos
recuerde la decoración navideña de nuestra casa? ¿Está expresando
los valores evangélicos o más bien otro tipo de valores? ¿Nos
está ayudando a vivir las claves cristianas de la Navidad? ¿Cuáles
son los sentimientos que queremos que nos suscite? ¿Y qué estamos
transmitiendo con esta decoración navideña a quienes vienen a
nuestra casa?
Y a continuación: ¿es ésta la decoración más
adecuada para todo esto? Más allá del “siempre hemos decorado
la casa así”, este año tenemos la oportunidad de decorarla
de otra manera, de modo que a nosotros nos lo recuerde y a quien entre en nuestra
casa en estos días le haga darse cuenta: “es verdad: aquí se
vive la Navidad de otra manera...”.
¡Claro que hay que decorar la casa y engalanarla de fiesta! Pero de tal
manera que nuestra decoración nos recuerde siempre el motivo de nuestra
alegría. Y aquí en cada lugar tendremos que dar nuestra propia
respuesta. Vayan, no obstante, algunas pinceladas temblorosas:
- ¿Por quién se ha encarnado Jesús? Por ti, por mí,
por todos los de la casa. Pues decorémosla con fotos nuestras, que nos
recuerde que somos nosotros lo más importante en ella. Tal vez cuando
nos encontremos en el pasillo o en la cocina las fotos de los demás,
surgirá una oración de agradecimiento y petición... “Es
verdad, Jesús se ha encarnado por ti”.
- ¿Por quién más se ha encarnado Jesús? Por todos
los seres humanos, y especialmente por aquellos más necesitados. Pues
decoremos la casa con fotos de todos ellos: los hambrientos, los refugiados,
los mendigos... ¿Mal gusto? Al contrario: es el gusto originario de
la Navidad (¡que se lo digan a María!)... Ellos, como los pastores
de Belén, siguen siendo los primeros destinatarios de la Buena Noticia.
- ¿Qué ha venido a traer Jesús a la tierra? El don de
la paz. Pues decoremos la casa con motivos que nos lo recuerden.
- ...Y así podríamos seguir.
Ante
una tradición importada, la importancia de nuestra tradición
Seguro que en este punto hay opiniones para todos los gustos, pero no quiero
dejar de recordar lo fácilmente que vamos incorporando a nuestro universo
navideño imágenes y conceptos importados de otras culturas (sobre
todo, la anglosajona). Un señor gordinflón vestido de rojo que
viaja en un trineo volador tirado por renos y que sobrevuela los tejados nevados
y entra en las casas por la chimenea para dejar regalos en los calcetines no
es precisamente algo que encaje naturalmente en nuestra cultura.
Respetemos y valoremos otras tradiciones culturales, pero sepamos también
apreciar la importancia de la nuestra. A la hora de decorar nuestra casa, de
elegir un papel para envolver un regalo, de aceptar una bolsa en una tienda,
de enviar una felicitación navideña... Puestos a elegir entre
el Portal de Belén con sus pastorcitos y Papa Noel con sus renos voladores, ¿todavía
vamos a dudar?
Ante
la avalancha de imágenes y mensajes, silencio mediático
En la cultura de la imagen en que vivimos, las fiestas navideñas también
parecen ser el momento culminante de los recursos publicitarios: anuncios luminosos,
montajes que cubren las fachadas de los grandes almacenes, reportajes publicitarios
en televisión, espectáculos y galas especiales... Podemos preguntarnos
qué valores están transmitiendo todos esos mensajes que nos inundan
estos días. ¿Son los valores evangélicos o por el contrario
son más bien los valores del “mundo”?
¿Qué tal sonaría una acción protesta ante tanta avalancha
de mensajes “anti-navideños”? ¿Qué tal sonaría
una familia o una comunidad religiosa que decide pasar todo el tiempo de Navidad
sin encender la televisión (salvo, tal vez, los informativos)? No es dar
la espalda al mundo, es un gesto de protesta y denuncia de que en estas fechas
los medios de comunicación están desvirtuando el sentido cristiano
de la Navidad. ¡Silencio para la caja tonta!
Porque si hay una época del año cristiano en que se impone el
silencio –después del Viernes Santo– es Navidad. ¿Quién
puede captar lo que supone el misterio de la Encarnación? Ante un abismo
así, ante una maravilla extraordinaria que supera nuestra capacidad,
hagamos un silencio igualmente extraordinario.
Y, de rebote, ese “silencio de televisión” podría
favorecer otro tipo de comunicación entre nosotros...
Ante
un sentimentalismo barato, una auténtica comunicación
personal
Es un hecho que la Navidad nos enternece el corazón. La propia publicidad
utiliza con frecuencia esta especial receptividad a lo sensible que todos tenemos
en estas fechas. Nos volvemos más tiernos, más cariñosos,
nos decimos cosas bonitas y nos deseamos los mejores deseos... pero debemos
preguntarnos: ¿hay verdadera ternura, auténtica comunicación
personal, acercamiento sincero a la realidad del otro? La respuesta tiene mucho
que ver con esta otra pregunta: ¿qué queda de todo esto pasadas
las fiestas?
He aquí un gesto que será poco visible en el momento, pero tal
vez con repercusiones profundas a medio plazo: aprovechemos estos días
para ahondar en nuestra comunicación. Si nos ponemos “sentimentales”,
que lo sea de verdad.
Seguramente más de una vez hemos recibido como auténtico regalo
una confidencia, una corrección fraterna, unas palabras sinceras acerca
de nosotros mismos y de cómo nos perciben los demás. Pues bien,
tal vez esta Navidad puede ser una excelente ocasión para “regalarnos
sinceridad”. Podría ser esa conversación que lleva tanto
tiempo esperando. O mejor una carta en la que, con la tranquilidad que da la
expresión escrita, nos atrevemos a decirnos lo que habitualmente nos
reservamos. O, para familias o comunidades, tal vez sea la ocasión de
realizar una dinámica de grupos, si es preciso con la ayuda de algún
profesional.
“Es Navidad; regale sinceridad”. ¡Qué mejor eslogan
para estas fechas! ¡Qué mejor homenaje a Aquel que para eso
ha nacido y para eso ha venido al mundo: para ser testimonio de la Verdad (Jn
18, 37)!
Ante
el “vuelve a casa por Navidad”, invitar a nuestra
casa a los que no pueden
Las fiestas navideñas son las fiestas familiares por antonomasia. Todos
hacemos un esfuerzo por reunirnos en estos días con el núcleo
familiar o con la comunidad religiosa. Son días de especial convivencia.
Nadie “ajeno” al ámbito familiar o comunitario suele compartir
con nosotros unas celebraciones tan íntimas.
Pues bien, excepcionalmente, ¿por qué no abrirnos a quienes no
tienen con quien compartir estos días? Me refiero a personas del entorno
que sabemos que pasan la Nochebuena solos. Puede ser bonito compartir así esa
noche la intimidad de la celebración.
Todavía más: Salid a las plazas y calles de la ciudad y haced
entrar al banquete a los pobres y lisiados, a los ciegos y cojos (Lc 14,
21). Es verdad que “sentar un pobre a la mesa” en Navidad y despedirle
después puede resultar contradictorio y hasta escandaloso. Pero tal
vez se nos ocurran fórmulas para compartir la mesa con los “pobres
y lisiados”. ¿Por qué no pensar en pasar la Nochebuena
en un albergue de transeúntes o en un asilo de desahuciados?
Por ejemplo, desde hace años miembros de la Comunidad de San Egidio
en Madrid y Barcelona preparan y sirven una comida el día de Navidad
para todos aquellos sin techo con quienes se viene tratando a lo largo
del año (el año pasado fueron más de seiscientos). Es
una iniciativa más entre otras para mostrar que Jesús nace entre
los pobres. Seguro que todos tenemos a mano alguna iniciativa parecida a la
que apuntarnos.
De
consumidores pasivos a voceros de la Navidad
Hemos partido de un cierto malestar ante cómo se está desvirtuando
el sentido de la Navidad en nuestra sociedad. Y hemos propuesto unas cuantas
sugerencias que pueden ayudarnos a vivir aquello que queremos vivir. En primer
lugar por nosotros mismos, pero también por lo que nuestro gesto puede
tener de anuncio y denuncia de otra Navidad posible y necesaria.
¿Queremos seguir anunciando y denunciando? Entonces aún tenemos
tarea por delante:
- Si, por ejemplo, nos parece mal que nuestras autoridades municipales dediquen
tanto dinero a iluminar las calles mientras hay personas sin techo que duermen
en ellas, ¡digámoselo! Escribamos una carta a nuestro alcalde
expresando que, como ciudadanos y como cristianos, no estamos de acuerdo con
ese aspecto de su gestión municipal y que preferimos que el dinero de
nuestros impuestos se dedique en Navidad a atender las necesidades de los marginados
antes que a kilovatios superfluos. Nuestra carta será como una gota
perdida en un océano, pero ¿y si el alcalde recibiera cien o
mil cartas como ésa?
- Si nos disgusta la utilización de motivos navideños como instrumento
comercial para vender más, ¡hagámoslo saber! Escribamos
a los centros comerciales diciendo que, como clientes y como cristianos, nos
ofende que utilicen motivos religiosos como reclamo publicitario y que mientras
lo sigan haciendo elegiremos otros establecimientos más respetuosos
con nuestras creencias. Nuevamente nuestra carta no ocasionará más
que una leve sonrisa al Director Comercial, pero ¿y si fueran cien o
mil cartas las que recibiera?
- Y si nos desagrada el que los medios de comunicación –empezando
por la telebasura– cuenten parcialmente la realidad y nos presenten una
Navidad de cava y mazapán, ¡no nos conformemos! Sigamos escribiendo
una y mil cartas a los medios pidiendo que no oculten estos días ese
rostro sombrío de quienes se quedan al margen. Que además de
las fiestas de los ricos, queremos que nos retransmitan cómo pasan la
Navidad los que no tienen nada y aquellos que los acompañan.
¿Todavía nos parece poco? Si, además de estas cartas, queremos
que nuestra voz llegue realmente a la calle, ¡salgamos a la calle! ¿Qué tal
una manifestación silenciosa por una zona comercial en hora punta con
petos o pancartas al estilo de “Recuerda: en Etiopía también
es Navidad”? O poner carteles en el barrio con el lema: “¿Y
tú qué celebras realmente en Navidad?”. O fabricar chapas
o pegatinas y llevarlas encima todos estos días: “¡Quien ha
venido es Jesús, no Santa Claus!”... Son propuestas creativas y
vistosas, probablemente no para todos, que llevadas a cabo siempre con respeto
pueden ser tan válidas como las anteriores. Si otros hacen estas cosas
para anunciar sus productos o sus ideas, ¿por qué no nosotros,
los cristianos?
Conclusión
Aquí van algunas sugerencias a modo de ejemplos. Seguro que más
de una es ingenua o irrealizable. No importa; no se ofrecen como recetas a
copiar sino como ideas a desarrollar, para que se intuya que es mucho lo que
podemos hacer para mostrar que la Navidad es otra cosa distinta de lo que nos
ofrece hoy nuestra sociedad. Por eso tan importante –o más– que
el gesto en sí es el proceso que nos ha de llevar a él: por qué y
para qué hacemos lo que hacemos. En el fondo no se trata más
que de preguntarnos qué es la Navidad para nosotros, cómo queremos
vivirla y qué podemos hacer para ayudarnos a vivirla como queremos.
Celebremos el misterio de la Encarnación, ¡claro que sí!
Juntémonos a comer, regalémonos lo mejor de nosotros mismos,
vistámonos de fiesta, compartamos con otros nuestra alegría y
reservemos también algún tiempo para el silencio. Pero busquemos
también gestos que nos ayuden a nosotros mismos y que manifiesten a
quienes nos contemplan qué es realmente lo que estamos celebrando: el
misterio de un Dios que nos quiere tanto que se ha hecho uno como nosotros.
O, mejor dicho, uno como los últimos de nosotros.
Tres
citas para terminar
Hay un proverbio escocés que, gracias a Internet, se está haciendo
universal:
Muchas cosas pequeñas,
en muchos lugares pequeños,
hechas por mucha gente pequeña,
pueden transformar el mundo.
No está mal. Una frase
ilusionante que nos pone en línea con los grandes sueños
que nos mueven. ¿Quién no ha soñado alguna vez
con transformar el mundo? ¿Quién no sigue soñando
con otro mundo distinto?
Bien. De acuerdo. Probablemente no vayamos a transformar el mundo. Probablemente
no consigamos cambiar las políticas de nuestros ayuntamientos, ni las
estrategias comerciales de las grandes superficies, ni las tendencias sesgadas
de los medios de comunicación. Tal vez seamos “soñadores
más modestos”. Quizás entonces sintonicemos mejor con la
cita de Eduardo Galeano:
Son cosas chiquitas.
No acaban con la pobreza, no nos sacan del subdesarrollo,
no socializan los medios de producción,
y, de cambio, no expropian las cuevas de Alí Babá.
Pero quizás desencadenen la alegría del hacer y la traduzcan
en actos.
Y, al fin y al cabo, actuar sobre la realidad y cambiarla, aunque sea un
poquito,
es la única manera de probar que la realidad es transformable.
Sí, es legítimo
y cristiano aspirar a transformar el mundo, pero probablemente lo más
que lleguemos a transformar sea un poquito la realidad de nuestro espacio
inmediato. No es poco, porque demostraremos que la realidad es transformable.
Pero aún en el caso de que ni siquiera ese entorno cercano pueda ser
cambiado, todavía nos queda el cuento genial de Tony de Mello:
Una vez llegó un
profeta a una ciudad
con el fin de convertir a sus habitantes.
Al principio la gente le escuchaba cuando hablaba,
pero poco a poco se fueron apartando,
hasta que no hubo nadie
que escuchara las palabras del profeta.
Cierto día, un viajante le dijo al profeta:
«¿Por qué sigues predicando?
¿No ves que tu misión es imposible?».
Y el profeta le respondió:
«Al principio tenía la esperanza
de poder cambiarlos.
Pero si ahora sigo gritando
es únicamente para que no me cambien ellos a mí» (7).
Esto sí que no nos
lo quitará nadie. Aunque nos parezca que nada cambia a nuestro
alrededor, aunque no veamos el resultado de nuestro gesto, al menos
seguiremos siendo fieles a nosotros mismos y a la manera como queremos
vivir la Navidad. Y, en esta fidelidad, seguiremos voceando que otra
Navidad es posible (¡y necesaria!). Merece la pena.
NOTAS:
1- EL
MUNDO, 15-12-97.
2- ABC,
5-12-03
3-
LA RAZÓN, 23-11-03
4-
EL MUNDO, 18-11-03
5-
El estudio de la CECU mencionado estima que cada madrileño
se gastará este año 149 euros en Lotería
de Navidad.
6-
Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 2413.
7-
Anthony de Mello, El canto del pájaro. Sal Terrae 1982,
p.82
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