Cruzando la Puerta santa con el P. Chaminade
Como hermanos y hermanas al encuentro
del nuevo milenio
"Con
la mirada puesta en el misterio de la encarnación del Hijo de Dios, la Iglesia
se prepara para cruzar el umbral del tercer milenio"[1] y para
ir al encuentro de su Señor con una renovada fidelidad sostenida por la
esperanza del encuentro último y definitivo.
"Es como una invitación a una fiesta nupcial" ha definido el
Papa esta celebración jubilar[2]:
son las bodas de Dios con la humanidad, a través de la encarnación de su Hijo
en el tiempo; se ha hecho hombre, se ha encarnado, se ha “casado” con nosotros.
"Dios ha puesto su tienda en medio de nosotros" (Jn. 1,14), para
morar y dialogar con nosotros; para liberarnos de toda esclavitud y para
enseñarnos el camino de la solidaridad y del servicio. Para el marianista este
tiempo y este acontecimiento no es una encrucijada mítica ni mágica ni menos un hecho folclórico o anecdótico; es
un jubileo.
En
Cristo Jesús fijan la mirada los Marianistas al celebrar el segundo gran
jubileo de su historia como lo hicieron los judíos en la Sinagoga de Nazaret
(Lc 4, 20). También la Familia marianista quiere vivirlo como un evento de gracia, un paso que la renueve en la
fidelidad creativa. Los grandes temas del Jubileo, como la peregrinación, la
puerta santa, la purificación de la memoria, la reconciliación, la alegría
jubilar, el testimonio de los mártires, la nueva solidaridad profética... deben
tener vivas resonancias en nuestro corazón y en nuestra fe. La
beatificación del P. Chaminade en este tiempo nos hace intensificar nuestra fe
y nuestra esperanza para vivir todos estos aspectos con la certeza de que
estamos en tiempo de especial bendición. Queremos recuperar el gozo de los
orígenes y las ganas de vivir en plenitud. Así podremos celebrar la fiesta de
la beatificación como un tiempo de promesas realizadas.
Para
que el Jubileo no se reduzca a simples apariencias se debe celebrar en nuestro
mundo real y a partir de nuestro mundo concreto; con conciencia clara del
contexto real en el que estamos. Nos toca clarificar y tomar conciencia de
cómo están presentes en el mundo actual
el bien y el mal, la vida y la muerte, el desencanto y sobre todo los
recursos que nos permiten humanizar y “divinizar” la realidad. En los días de
Jubileo recibiremos especial ayuda del Señor para descubrir la parte de
misterio de salvación y de iniquidad que hay en nosotros y en torno nuestro. No se podrá celebrar bien sin
descubrir y alimentar las razones de esperanza de los pobres y sin conseguir
que éstos mantengan viva la esperanza del resto de la humanidad. El primer
Jubileo, nos recuerda el Levítico, fue
una gran fiesta para los pobres; recuperaron y
recibieron lo que era suyo. Así por uno u otro camino la vida de cada
uno recibe sentido y orientación. Y también para los ricos; se vieron liberados
de lo que les sobraba porque no era suyo. El presente, si quiere ser auténtico,
deberá ser Jubileo de los pobres y de las víctimas del mundo actual. Jubileo
es, pues, renuncia y denuncia; y es, también, anuncio nuevo y renovado de la
buena noticia de Jesús, noticia que seguirá convirtiendo nuestros corazones de
piedra en corazones de carne. Esta conversación será a la verdad, la justicia,
la libertad y el amor. Así ha sido siempre en la conversión evangélica. Y
especial sintonía con estos valores han tenido los marianistas a través de su
historia. Llevar a la práctica hoy las normas del año jubilar tal como las
encontramos en el levítico no tiene sentido. Pero las actitudes que aparecen en
esas normas sí nos invitan a revisar y convertir nuestro estilo de vida.
Para
conseguirlo estamos invitados a volver a la sobriedad esencial de nuestra tradición
como hicieron nuestros hermanos y hermanas santos promotores y
inspiradores de fundaciones, refundaciones y revitalizaciones. El año jubilar
son días para mirar al pasado y al presente, pero sobre todo al futuro hacia el
cual nos guía el Espíritu a través de los desafíos de los signos de los tiempos
y de los lugares. Son sobre todo días de “jubileo” y de alegría. Nos toca gozar
con el perdón del Señor y de los hombres; con el que damos y con el que
recibamos. Así haremos el descubrimiento lleno de misericordia y de bondad. El
que permite verdaderamente llevar una vida renovada.
I.
Miremos a nuestro Fundador
Muchos
son los motivos que tenemos para fijar especialmente nuestra mirada en el P.
Chaminade. También la Iglesia agradecida pondrá su mirada en él el día de su
beatificación.
1.
Una historia dinámica
En los orígenes de nuestra Familia no ha habido una figura
carismática solitaria. Ha habido un grupo de peregrinos, que han acertado
a ponerse "al servicio del
Señor"; han querido compartir
aspiraciones y experiencias; se han reagrupado en torno a Burdeos y a la
Magdalena en un contexto de gran fervor y han apostado por una renovación
radical de la Iglesia en el seguimiento de Cristo pobre y maestro de
fraternidad; han hecho un itinerario de fe que aún sigue siendo válido y
sirve para recomponer los grandes ideales del evangelio y para proponer un
camino de fe y de esperanza al hombre y la mujer de hoy.
Los
lugares significativos de la historia de la
salvación cuentan mucho en esta historia nuestra y en nuestras vidas. A veces
nos exigen determinadas presencias y siempre nos comprometen en una relectura de los grandes eventos y de
las grandes figuras conectadas a esos
diversos lugares. Así se entiende el testimonio histórico con el que se
inicia nuestra historia. El año jubilar es para volver la vista a lo importante y central, a lo original y a
la fuente de vida, a Jesús y a María.
Es para poner los pies en los lugares donde ha surgido vida nueva. Los
tiempos especiales también cuentan, por supuesto, en esta historia. Estamos invitados a vivir con intensidad los
momentos en los que pareciera que se para el tiempo; a escuchar las palabras
que engendran vida y compromiso. A reconocer que ha habido días de gracia y jornadas
oportunas para recibir bendición. Así escucharemos palabras que engendran vida
y compromiso y nos pondremos en contacto con quienes tanto han hecho para que
el carisma marianista esté vivo en la Iglesia.
De
un modo sencillo podemos decir que se trata de volver a los orígenes, a
los tiempos y lugares originales de los
marianistas. Al origen de nuestra fe, a Cristo Jesús, a Jerusalén; a María y a
Nazaret; al origen de nuestra Familia Marianista; de cada Provincia o Región,
Cada Unidad ha tenido, también, su tiempo y lugar para comenzar o su
oportunidad para recomenzar. Volver a Chaminade, M. Adela, M. Lamourous... He
ahí nuestro origen. Nuestros padres estaban guiados por un propósito e
intención: el seguimiento generoso y estimulante de Jesús, en el dar a conocer,
amar y servir a María, en el enseñar para educar... Esto se tradujo en una
forma comunitaria de vida inspirada en
la meditación continua y orante de la Palabra,
en el diálogo y el discernimiento común, el trabajo misionero y el
servicio mutuo, la comunión de bienes, la sobriedad y sencillez de estructuras
y de espacios, la centralidad de la formación en la fe. Esta tradición
espiritual se debería mantener viva con
diversos medios: la oración personal, el silencio, la purificación del corazón, la lucha espiritual, la especial
relación con María, la unión sin confusión y la espera vigilante de la vuelta
del Señor, la estructura de familia, la multiplicación de los creyentes...
En
el crecimiento de la Familia marianista estos
propósitos se conservaron en los diversos grupos de hombres y mujeres,
laicos y religiosos y jóvenes y adultos. Esto permitió elaborar sabias
adaptaciones del núcleo carismático inspirador sin comprometer las grandes
intenciones orientadoras que vienen de una fuente carismática donde nos
encontramos todos. El proceso de desenraizamiento de Francia y de
implantación en los otros países de
Europa, América, Asia o Africa requirió
opciones valerosas y una fidelidad dinámica. También tuvo y tiene errores que
una año jubilar debería evidenciar y corregir. Sobre todo debería relanzar con
más pasión y audacia el espíritu misionero que animen esta historia marianista.
2.
Dinamismo para afrontar nuevos desafíos
La
Familia Marianista tiene que enfrentar nuevos desafíos en este tiempo, cuando
se están realizando los grandes cambios
de la modernidad y la postmodernidad, al imponerse la racionalidad y al
aflorar de una nueva manera la conciencia de la dignidad de la persona y de su
autonomía y al llegar con fuerza a lo
sencillo y lo concreto, al afecto y al grupo, a lo diverso y lo reunido. Surgirán en este tiempo numerosas
"reformas" que propondrán una vuelta al ideal primitivo. Fruto de
ello nacerá una forma de vivir el carisma marianista que deberá ser significativa para el hombre y la mujer de
hoy y fiel a la gran intuición
fundacional. Este sería el mejor fruto de Jubileo. Esta forma necesitará
también de nuevas estructuras. Por tanto más que de renovación y de
reestructuración se trata de llegar a una verdadera refundación. Para ello
se necesitan modelos e inspiración. La beatificación del P. Chaminade nos pide
fidelidad y capacidad para hacer
significativa su propuesta y sobre todo el carisma recibido para el hombre y la
mujer de hoy.
Para
lograrlo se necesita un ardiente pasión por la Iglesia, experiencia mística, relación intensa con
María y gran sensibilidad para ver y asumir las necesidades más fuertes de la
sociedad y la Iglesia hoy. No hay duda que al mirar al Fundador como mediador
de la gracia del Señor que sana, hecho
que nos permite llamarlo beato habrá algunos que recibirán especial
llamada a hacer lo mismo que hizo en su tiempo pero al modo y manera que
corresponde a nuestros días y serán capaces, también, de levantar la voz y
convocar a la Familia marianista a un tiempo de revitalización de grandes
consecuencias. Así los frutos de
santidad y de vida se multiplicarán.
3.
Una nueva toma de conciencia
Este
último siglo nos ha ayudado, con sus cambios rápidos y profundos, a recuperar
conciencia de la importancia de nuestro carisma y de nuestra espiritualidad. Al
final de un periodo señalado por la
secularización, por la búsqueda de la justicia y la libertad y al mismo tiempo
de la globalización y la técnica, se está imponiendo también una irrupción
planetaria de la necesidad de espiritualidad e incluso de experiencia mística
que nos harán situarnos de forma distinta ante la verdad, el bien y la
libertad.
En el
horizonte de esta sensibilidad que aparece con extrema claridad en el ocaso del
siglo, podemos interpretar la reconversión, por parte de la Familia marianista
de su carisma y de su misión. Han contribuido a esta nueva visión varias
figuras de hombres y mujeres, de laicos y de religiosos que han vivido en estos
dos siglos de historia. Ellos nos
ayudan a profundizar y a tratar de inculturar el carisma marianista y encontrar
caminos para hacerlo. Conviene evocar algunos de sus nombres y saber que vienen
de Alemania y de Austria, de Japón y de USA, de España y de Costa de Marfil, de
Argentina y de Fracia, de Perú y de la India.
Ellos,
de hecho, han sentido los nuevos problemas emergentes y los han señalado.
Recordamos algunos: la espiritualidad ordinaria y la sed de fraternidad más
universal por una parte y más concreta por otra, el misterio de María y el
desafío de la cultura que respiramos y en la que estamos “plantados”, un nuevo rostro de Iglesia y la
memoria de nuestra raíz educativa, la nueva comunicación y la conciencia de la
comunidad, la cercanía a los jóvenes y el servicio a los pobres, la centralidad del Salvador y la verdadera
libertad del cristiano maduro sabiendo
que es la verdad lo que nos hace libres. Nos han señalado, también,
nuevos enfoques y nuevo lenguaje, inspirado en nuestro propio patrimonio pero muy elocuente para
las nuevas generaciones.
A
lo largo de los últimos años se ha recuperado buena parte de la riqueza de los
orígenes: la sólida tradición mariana,
la praxis pastoral, la realidad de la Familia marianista, la cercanía a
los laicos y a los jóvenes. Felizmente se ha recuperado la originalidad de la
fundación marianista sin negar su continuidad con los elementos vitales de los
dos siglos de historia. Hemos tenido también la gracia de la celebración de
varios aniversarios y la inscripción en
el catálogo de los beatos de
varios hermanos. Este camino nos coloca de frente a una
importante empresa: la llamada a responder con fidelidad creativa al Señor que
habla a nuestros corazones en los signos de los tiempos y de los lugares en el
umbral del tercer milenio y en los días del año jubilar. Esta llamada se
traducirá en la formulación más clara con estos elementos del camino espiritual
marianista y en la invitación más fuerte a recorrerlo con la esperanza de
recoger los frutos de la fecundidad y de la fidelidad.
II. Cruzar el umbral del nuevo milenio con identidad renovada
Uno
de los símbolos más evocativos del Jubileo es el atravesar la puerta santa.
El primero que la ha cruzado ha sido el
Papa en la noche de Navidad, "mostrando a la Iglesia y al mundo el Santo
Evangelio, fuente de vida y de esperanza para el próximo tercer milenio"[3].
Todos nos acercamos a la "puerta santa" como peregrinos, y
cruzándola daremos un ulterior paso: el encuentro definitivo con Cristo Señor.
Hay
gestos y símbolos de año jubilar que nos evocan valores vitales. Los que han
marcado nuestra identidad, y la deben todavía animar y orientar. Entre esas
expresiones están: la peregrinación y el camino, el silencio, el encuentro con Cristo, la puerta de la vida, y también la
purificación del corazón, de la mente y de
la memoria, el martirio, la reconciliación con Dios y con la comunidad,
la gozosa fraternidad, el cántico de liberación y otras. Ellas han
caracterizado las épocas más vivas de nuestra espiritualidad, y todavía
permanecen como fuente de inspiración.
El
signo o el significado del paso de la puerta santa “evoca el paso que todo
cristiano está llamado a dar: pasar del pecado a la gracia. Jesucristo ha
dicho: “Yo soy la puerta” (Jn 10,7)... Con este espíritu el Papa atravesó la puerta santa en la noche del día 24 de
diciembre de 1999. La puerta es un signo importante en una casa. En nuestro
caso este signo sirve para invitar a que los ojos de todos se pongan en Jesús y
a “abrir nuestra puerta a Cristo” y dejarle entrar en nuestra casa. Las puertas
se deben abrir a Cristo y a los demás;
cada uno de nosotros está
invitado a convertirse en puerta que se abre a los otros y por supuesto
a “estar a la puerta y llamar” (Apoc
3,20). No hay duda que si damos este paso
en los campos marianistas
volverá a florecer la esperanza.
Cruzando
el umbral de la puerta santa, llevamos con nosotros nuestra memoria histórica y
tomamos la buena dirección para entrar, con identidad claramente definida, en este nuevo milenio. Señalamos
algunas pistas para orientarnos en este camino.
1.
Vivir en peregrinación. La experiencia de la
peregrinación está sin duda arraigada en nuestra historia. Debemos volver
continuamente a ella: ponernos en camino hacia la periferia, hacia otras
situaciones socio-culturales para explorar nuevas posibilidades de encuentro,
de testimonio y de compromiso. La sabiduría
que orienta de nuestra espiritualidad nos señala metas precisas y
adecuados métodos, para vivir la libertad cristiana y ponernos al servicio de
nuestros hermanos y de nuestras hermanas. Para llegar a la vida consumada meta
de nuestra peregrinación de fe tenemos que pasar por los días de purificación
confiados en que no nos faltarán tiempos de encuentro místico con el Señor y
con María. Para vivir bien la vocación marianista se debe tener talante de
peregrino, caminar con paso ligero, con poco peso y con los ojos puestos en la
meta.
2.
Con el júbilo en los labios. El año jubilar trae como fruto el júbilo.
En él la Iglesia quiere que “se alegren hasta los árboles del bosque”. Este júbilo nace de la reconciliación, de
hacer justicia, de conseguir que todo esté como en el comienzo, como en los
días de la creación. Cuando esto se da podemos entonar un “canto nuevo”. Recuperar
la alegría es una buena tarea para el año jubilar. Esto va muy unido a
recuperar la esperanza y recuperar la esperanza es un fruto claro de la
justicia y la verdad. La paz y la alegría se sostienen con “la justicia y el
derecho”. Cuando se hace ese proceso nos inunda una nueva luz y esplendor ya
que la alegría es un signo claro de un año de gracia. En la tradición marianista este gozo ha estado y está muy
especialmente unido a María, causa de nuestra alegría. Los días de fiesta de
nuestra Señora y los lugares de María, sus santuarios, son ocasiones para
ahondar en la alegría cristiana y compartirla con los demás.
3.
Fieles a una tradición. Un aspecto muy
evidente desde nuestros orígenes, ha sido el enraizamiento en la tradición
espiritual que poco a poco se ha ido haciendo y que últimamente estamos formulando de un modo sencillo y orientado al
conjunto de la Familia marianista. Esto ha dado origen a la búsqueda de una
relación vital con María; esa realidad se
presenta en el documento post sinodal Vita consagrata como la
mejor ayuda para saber testimoniar una existencia transfigurada y vivida en el
gozo y la esperanza[4]. Los
diferentes documentos de los diversos grupos de la Familia marianista asumen
fielmente la sabiduría espiritual, ascética y orante de la Iglesia. La intensa
devoción a Santa María del Pilar es una gracia carismática: Ella es para
nosotros Madre, Patrona, hermana,
Inmaculada y testigo de la fe; Ella nos muestra y nos centra en Jesús; de ahí
arranca y recibe aliento toda la espiritualidad. Ella es inspiración de nuestro
camino para acercarnos a Jesús y hacer de Él el centro de nuestra vida. María
es el hilo conductor de esta tradición que podemos afirmar que se orienta a
vivir de Cristo y para Cristo.
4.
Pedimos perdón. Nuestro pasado y nuestro presente tienen sombras. Sobre
todo porque de uno u otro modo hemos
falsificado el evangelio y hemos antepuesto nuestros intereses y proyectos a
los valores del Reino. Nos ha costado seguir la veta de la vida y de la
creatividad de nuestro Fundador. Por las veces que la actitud de apertura y
acogida compasiva de los otros ha estado ausente le pedimos perdón al Señor.
También necesitamos pedir perdón porque María no ha ocupado el puesto que le
corresponde en nuestras vidas según el pensamiento de nuestro Fundador. Nos ha
faltado vivir la fraternidad con profunda alegría y sentido de la fiesta. Por
todos los muros de separación que hemos construido sin necesidad y que han
multiplicado las divisiones también corresponde pedir perdón. En los días de
Jubileo queremos experimentar el poder reconciliador de Dios y la fuerza
renovadora del perdón. Es buen tiempo
para seguir el sabio consejo de la antigua Regla de Vida: no rechazar como malo
lo que no es del todo bueno y hacer todo para unir lo que está disperso.
5.
Centrados en Cristo que es nuestra puerta santa.
El Cristocentrismo esencial de nuestro Fundador, que se ha expresado siempre en
el seguimiento de Jesús hijo del Padre,
hecho hijo de María, para la salvación de los hombres [5]
connota todo el camino de fe marianista
y sus diversas dimensiones, como movimiento estructural interno, y como
prospectiva de la venida del Reino [6].
Esta
impostación ha tenido en estos dos siglos, notables ampliaciones, y también
preciosos enriquecimientos. Quienes en la Familia marianista han asimilado la
espiritualidad marianista han tenido una pasión particular por la búsqueda del
rostro del Señor por el diálogo de corazón a corazón con El, por la elaboración
de un lenguaje nuevo, necesario para describir el recorrido de la plena
transformación en Cristo. Según las sensibilidades lingüísticas, éticas y
espirituales de los lugares y de los tiempos, las diferentes generaciones
marianistas han contribuido a mantener como algo central el misterio de Cristo
en el modelo de santidad y a explorar las insondables riquezas de su
encarnación. Cuando el marianista ha acertado a descubrir que Jesús es su
fuente de vida ha visto brotar en él un
fuerte anhelo de comunión y de empeño misionero. La vuelta a Jesús ha sido
siempre el verdadero aguijón de la fidelidad creativa. Seguirlo de cerca nos
hace libres. En este año jubilar estamos
invitados a continuar estas experiencias y a vivirlas en diálogo con nuestra
tradición espiritual y con la religiosidad popular. María ha sido y es la mejor
maestra y compañera para el marianista que hace este camino. Ella nos enseña que el fulgor de la belleza
de Jesús y la fuerza de su amor purifica y transforma nuestras existencias
heridas por la prisa y el individualismo de nuestra sociedad moderna.
6.
La meditación constante de la Palabra del Señor.
La meditación de la Palabra es otra estructura vital del proyecto de una vida marianista en el seguimiento de Cristo. Ha cobrado
fuerza en los últimos años. Las
expresiones "meditantes" y "vigilantes" expresan el
movimiento del leer y meditar, del orar y del reconocer con los ojos del
corazón la presencia del Señor en su Palabra y en todos los acontecimientos de
nuestras vidas; expresan, también, la capacidad de comprometerse para que la
verdad y la justicia reinen. Uno de los aspectos que se está destacando
últimamente en nuestro Fundador es su buen conocimiento de la Biblia. Son
abundantes las referencias bíblicas en sus
“palabras y en sus escritos”. En los tres volúmenes ya publicados de
“Ecrits et Paroles” se confirma esta dirección.
Este
"meditar la Palabra del Señor",
prepara a la oración como diálogo de amistad con Dios y a la
contemplación como unión con El, Palabra de Dios encarnada. Nuestro carisma
contemplativo y la renovada praxis de la "lectio divina", tienen que
ayudarnos a poner la luz del bien en nuestra vida y el acontecer de cada día en
nuestra oración. Nuestra espiritualidad es apostólica. Para ejercitarse en ella
tenemos que recuperar espíritu para leer la realidad de cada día no de una
manera plana y superficial sino con ojos de quien acierta a taladrarla y así
descubre en ella el mensaje y la acción de Dios. Debemos vivir esta lectura de
la Palabra no solamente para nosotros, sino también para expresarla en la
presentación de la espiritualidad, en los encuentros de "lectio
divina", en una metodología pastoral que enseñe al pueblo de Dios un
enfoque existencial, contemplativo y orante
por haber llegado a descubrir las numerosas riquezas de la Palabra.
Escuchamos la Palabra como María en la anunciación; la palabra penetra en
nosotros y sale de nosotros y se transforma en el cuerpo de Cristo, en mensaje
de Cristo; en su presencia y en su acción.
7. La interpelación de la sed de
espiritualidad. Nuestra tradición
espiritual está provocada y estimulada de modo saludable por el fenómeno de una
sed de espiritualidad. El P. Chaminade es un formador de hombres y mujeres del
Espíritu. A la luz de la experiencia y de la doctrina de hombres y mujeres de
la Familia marianista movidos por el Espíritu estamos invitados a dar
indicaciones y propuestas prácticas, a ofrecer inspiración y orientación, a
actuar un discernimiento evangélico, para superar el riesgo de experiencias
superficiales de lo sagrado. Estamos llamados a vivir una espiritualidad vital
y encarnada, inculturada en las diversas realidades y que sea no sólo teoría
sino experiencia de vida hecha de solidaridad con los gozos y esperanzas, tristezas y angustias de las personas. Sabemos bien que son muchas las personas que no saben bien cómo
orientar su existencia. El consumo se
encarga de rellenar de mil maneras el vacío. Sería triste que esperasen de
nosotros una propuesta de sentido, de orientación y una verdadera sanación y se
encontraran solo con hombres y mujeres ocupados en hacer cosas e incapaces de
señalar un camino espiritual o una experiencia de vida plena. Lo mejor que se
puede hacer a una persona es acompañarle hasta las fuentes de la Escritura, los
sacramentos, la oración, la caridad a fin de que pueda saborear el tesoro de
Jesús y disfrutar del amor de un Padre que nos ama sin condiciones[7].
8.Nuestra
fecundidad jubilar. El proyecto de una
fraternidad acogedora y respetuosa, orante y solidaria, pobre y acogedora, aparece
evidente en la tradición marianista y en el esfuerzo de refundación actual. Hoy estamos en condición de entender mejor
el valor de aquel modelo original basado en la comunión sin confusión y de
apreciarlo y vivirlo. Percibimos al mismo tiempo nuevos retos para una
fraternidad auténtica, abierta a dimensiones más globales de solidaridad y para
crecer una "espiritualidad de comunión"[8]
que se dilata en los horizontes de la evangelización de los pueblos, pasión de
los marianistas. El P. Chaminade en el
fondo consagra toda su vida y su obra a esta dimensión apostólica de la fe orante y de la comunidad fraterna. Por
eso cuando la vida comunitaria es intensa nace una gran pasión para que el
Reino venga. Nos corresponde vivir la disponibilidad para compartir esta pasión
por el Reino y dar calidad a nuestra acción apostólica. El año santo nos
sorprende con una fuerte exigencia de productividad presente en torno nuestro y
que se traduce en la dura ley: “tanto produces, tanto vales” y nos recuerda que
para ser fecundos hay que permanecer unidos a Jesús (Jn 15,5) y conseguir que
nuestras obras sean expresión del amor derramado en nuestros corazones y de la
confianza puesta en Dios.
III. Orientaciones prácticas para cruzar el umbral del nuevo milenio
La
evocación simbólica del "cruzar el umbral" unidos al Padre
Chaminade abre delante de nosotros
nuevos desafíos y nuevos horizontes. Vivimos un año de gracia y en él
celebramos la gracia que se ha manifestado en la vida y en el mensaje del Padre
Chaminade. Las dos realidades juntas son una invitación para compromisos
concretos nacidos de las llamadas del año santo y de los escritos y palabras del
Fundador.
1.
Fidelidad creativa: peregrinos hacia la autenticidad. Somos herederos de una larga y rica tradición que ha buscado y
tratado de juntar verdad y libertad y una santidad que gira en torno a un
carisma que se quiere vivir plenamente y compartir generosdamente. En torno a
la figura del P. Chaminade tenemos que poner la de Madre Adela y de M.
Lamourous; y la del P. Gapp, de Carlos, Jesús, Fidel, Faustino, Schelord,
Domingo... Al atravesar el umbral de un
nuevo milenio estamos llamados a permanecer fieles a esta tradición espiritual
que pide asumir la espiritualidad marianista como una opción de vida [9], “hacer todo lo que El nos diga”, y a mostrar
que el evangelio se puede vivir con el rigor de su letra y de su espíritu. Al
mismo tiempo se nos llama a
reinterpretar todos los medios de un modo creativo para que las generaciones
futuras puedan continuar dando vida y conducir a muchos a través de la
vigilancia y la audacia a hacer que Cristo de ser nuestro amante se transforme en
nuestro Amado.
2.
Caminando con María, Madre y hermana.
María es una constante presencia en la vida marianista. Ella nos guía y nos
acompaña para seguir las huellas de Cristo su Hijo. Nos enseña a reflexionar en
nuestros corazones todo lo que acontece, a alabar a Dios por lo que se realiza
en nosotros y a través de nosotros. Entrando en el nuevo milenio, afrontamos el
desafío de ofrecer a María a las nuevas generaciones de tal modo que pueda
seguir siendo proclamada bendita; para ello nos esforzaremos en presentarla
como una buena noticia. Esto requiere de nosotros meditar profundamente los
valores centrales de nuestra devoción mariana tradicional, para ser capaces de
ofrecer modos de relacionarnos con la Madre de Dios que hablen al corazón de la
gente en medio de la que vivimos.
Nuestra relación con María debería dar un salto de cualidad y se debería
mostrar en nuestro diario vivir en el darla a conocer, amar y servir. “Vida, dulzura y esperanza nuestra” la
llamamos y nuestra inspiración y auxilio es. A la vida nos acerca de un modo especial. Nos ayuda a apostar por la vida. Lo cual nos exige
alumbrar vida, vigilarla y sustentarla. En una palabra el Jubileo nos puede
hacer comprender que nuestro futuro es María y a proceder en consecuencia.
El
marianista anuncia y testimonia que el auténtico amor a María siempre genera un
amor entusiasta por Jesús. Este amor se extiende a la Iglesia, se convierte en
compromiso por la misericordia y la justicia. Esto nos desafía en este año
jubilar a acertar a poner a María en el lugar que le corresponde en nuestras
vidas. Tarea difícil pero importante. Tenemos
bastantes orientaciones concretas que vienen de nuestros Fundador. Una
de las más importantes es su propio testimonio: Desde hace mucho tiempo no vivo
ni respiro más que para dar a conocer, hacer a amar y servir a María (P.
Chaminade).
3.
Lectio divina: caminar con la Palabra.
La Iglesia ha redescubierto en los últimos años los antiguos tesoros de la
lectio divina que ha guíado a muchos a
las alturas de la contemplación. La Palabra de Dios, reflexionada y orada, debe
acompañar de todo lo que nosotros hagamos.
Algunos Marianistas han aprendido a andar por la vida con la Biblia en
la mano y es una imagen adecuada para caminar en buena dirección: al escuchar
la Palabra de Dios, sus corazones han ardido, se han renovado sus vidas y
reavivado el carisma marianista. La Palabra de Dios da vida. Han aprendido
también que cuando se sumergían en esta Palabra se convertían en inspiración y estímulo para los demás. "Una
Palabra habló el Padre que fue su Hijo, y esta habla siempre en eterno
silencio, y en silencio debe ser oída del alma"[10].
“Encarnar la Palabra” debería ser la meta de nuestra oración y de nuestra vida
para que nuestra vida sea creativa y se abra a la realidad total que nos
rodea.
4.
Vocaciones: para reavivar nuestro carisma.
No hay duda que querríamos atravesar la puerta santa con el Padre Chaminade y
acompañados de muchos jóvenes marianistas. Al menos debemos atravesar ese umbral con la certeza de que el carisma
marianista hace feliz y fecunda la existencia de aquellos que lo asumen y lo convierten en una forma
de vida ya sea esta religiosa o laical. La pastoral vocacional debe hacerse
jubilar. En algunos lugares tienen que comenzar de nuevo, ser la propia de una
año de gracia, tener el aire de un nuevo punto de partida. Los que nos
precedieron respondieron con todo el corazón a lo que entendían que Dios les
decía. Del mismo modo nosotros también debemos tratar de leer los signos de los
tiempos y de los lugares para seguir a Dios allá donde Él nos está conduciendo.
El salto de calidad en nuestra pastoral vocacional supone hacer más y hacer
mejor. Si no los resultados seguirán siendo los mismos y la esperanza no
renacerá. Cuando nace esta esperanza se reaviva nuestra vocación y se habla
menos de crisis y se viven los frutos de una oración confiada y de una acción
intensa e inteligente.
5.
Formación: iniciar a otros en la espiritualidad marianista. Tenemos una gran tarea por delante: ofrecer la mejor formación
posible a los que Dios nos manda a la Familia marianista, sean laicos sean
religiosos. Hay una gran sed de Dios en nuestro mundo y la espiritualidad
marianista tiene inmensas posibilidades para responder a esta sed y conducir la
gente de modo más atinado en su relación con Dios. Hemos subrayado en los
últimos años la importancia de la formación y hemos creado programas formativos
tanto para religiosos y religiosas como para los laicos marianistas. Un nuevo
paso vital consistiría en concentrar la atención en la formación de nuestros
formadores; ellos sí tienen que pasar la puerta Santa y en compañía del P.
Chaminade para que puedan inculcar el espíritu marianista. Cada uno da de
aquello que tiene. Cuanto más estemos
enraizados en nuestra tradición espiritual, tanto más tendremos para ofrecer a los que se inician en la vida
marianista.
6.
Vida comunitaria: caminar juntos.
Nos damos cuenta de que vivimos en una época de creciente individualismo y que
debemos afrontar con realismo el desafío se ser hermanos y hermanas en la
sociedad actual y de vivir como tales. La vida comunitaria es una estructura y
un don para asumir esta condición. En la Iglesia y en la sociedad a pesar del individualismo creciente, la gente está a la búsqueda de verdaderas
comunidades. De este modo el testimonio de nuestra vida tiene la posibilidad de
hacerse más visible y significativo. Por lo mismo es urgente para nosotros
favorecer la fraternidad y formar a los integrantes de esta Familia marianista
a vivir en ella.
La
vida de comunidad en el conjunto de la Familia marianista es el mejor exponente
de nuestras debilidades y de nuestras fuerzas. El año jubilar es invitación a
hacerse hermanos y a estar juntos y a vivir y trabajar hermanos. Por tanto nuestro esfuerzo de conversión
debe pasar por nuestra opción renovada por la vida comunitaria. A su vez, la vida comunitaria también necesita
conversión de tal forma que el que quiere ser hermano, pobre, misionero y
contemplativo reciba apoyo para serlo del grupo o comunidad en el que se
encuentre.
7.
Misión: guiar a los otros en el camino.
Nosotros miramos hacia el futuro con esperanza y con fe; convencidos de que los marianistas tenemos
algo importante que ofrecer a las próximas generaciones. La gente espera
precisamente de los Marianistas y de las Marianistas que sean capaces de ser
guía segura a partir de su experiencia de Dios. Nuestra misión es grande, es la
obra de María (P. Chaminade). La meta
del viaje espiritual es el de convertirse a Cristo y vivir ya una nueva
creación. Muchos desean crecer en su relación con Dios pero frecuentemente no
tienen quién les instruya sobre cómo caminar con experiencia a través de la purificación
hacia la montaña que es Cristo Señor. En toda las formas apostólicas asumidas
por nosotros es importante que respondamos a las necesidades que la gente tiene
de guías espirituales, eso fue sobre todo el P. Chaminade, un hombre de Dios
para los demás, y, al mismo tiempo,
permanecer abiertos a los testimonios que nos evangelizan y hacerlo más posible
para abrir a los demás a la acción de Dios. La tarea principal del marianista
consiste en dirigir la mirada a la persona, orientar la conciencia y la
experiencia de los grupos hacia el misterio de Cristo; dicho con otras
palabras, hacer de Cristo el centro del mundo. Así se llega a tocar la esfera
más profunda del hombre, su espíritu, su conciencia y su vida (RH 10).
8.
Justicia y paz: entrar para salir.
La autenticidad de cualquier experiencia de Dios se prueba en la vida
cotidiana. Una verdadera experiencia de Dios desemboca en un deseo para que el
Reino de Dios pueda llegar y en un compromiso más profundo con sus valores. La
puerta santa es la puerta de la justicia. Los Marianistas tratarán naturalmente
de difundir el amor y el conocimiento de Aquél que han encontrado en su
oración. Cuando vemos que mucha gente no puede satisfacer las necesidades
humanas más elementales, nuestro amor a Dios es el que nos impide aceptar
tranquilamente esta situación. La contemplación, que cada vez la vemos más en
el núcleo del carisma marianista, se expresa espontáneamente en un genuino amor
por el prójimo. Desde ahí se hace bien la pregunta del por qué existen tantas
injusticias en nuestro mundo. Un compromiso por la justicia y la paz van muy
bien con una vocación fuertemente contemplativa. Sin este compromiso toda
experiencia de oración es sospechosa y se hace difícil cantar el Magnificat. Ser marianista y trabajar por la justicia se
han comenzado a ver, sobre todo en los últimos años, como caminos inseparables.
La dimensión mariana de nuestra espiritualidad hace que nuestro compromiso por
la justicia no pase tanto por las grandes propuestas y por los cambios radicales
e institucionales, por la ideología y la totalidad. Nos lleva a lo concreto y a
una acción marcada por la misericordia y la ternura, la cercanía y la ayuda.
9.
Cruzar la puerta de nuestra historia.
Hay puertas que no conseguimos atravesarlas con toda libertad y sinceridad: se
trata de nuestra misma historia, de las relaciones pasadas y presentes entre
los Marianistas, de los grupos de una y de otra procedencia y formación. Se
trata del influjo que susceptibilidades culturales y nacionales arrojan también
en las relaciones entre nuestras provincias, grupos de compromisos con motivo
de diferentes tradiciones espirituales y sensibilidades ascéticas, o aún
simplemente de prejuicios y cerrazones entre personas individuales. Debemos
hacer una relectura liberadora de ciertos episodios de esta historia dominados por tensiones marcadas por la falta de
comunión. Hemos comenzado a hacer la historia de la Compañía y al avanzar en
este trabajo ha cobrado relieve la necesidad de reencuentro y reconciliación.
Estamos llamados a dar testimonio de un diálogo de paz y de perdón recíproco
humilde y sincero, de una nueva época de fraternidad y de convivencia sana con
las diferencias. Las múltiples formas de diálogo y de comunión deben involucrar a las personas y a las instituciones.
El nivel de la vida fraterna en comunidad será siempre el punto de arranque
para un diálogo y para una comunión más amplia que puede y debe comprometer
también a los laicos que desean participar de un modo más intenso en la
espiritualidad y en la misión marianista [11].
La
Familia marianista está viviendo en una encrucijada y de ella quiere salir. La
realidad del año santo y la beatificación del P. Chaminade son momentos
importantes para poder tener la intensidad y la dirección justa que nos
permitan salir de esta situación. Es tiempo oportuno para enfrentarnos a las
fuerzas que nos bloquean y frenan y reforzar la dinámica de la santidad. Esta
dinámica nos capacitará para responder creativamente a los retos que el
evangelio nos presenta hoy. Cruzar la puerta santa puede ser el símbolo para
iniciar lo que tanto deseamos.
Bajo
la tutela de María, contemplada y experimentada como madre y hermana en la
tradición espiritual marianista, cruzamos el umbral del tercer milenio. Ella
continúa acompañándonos con su fidelidad en el
" seguimiento de Cristo", con el ejemplo de la reflexión
orante del corazón, con la invitación a hacer aquello que el Maestro nos dice,
con el cántico de gratitud y de liberación, con la presencia junto a la cruz
del Hijo humillado, con la maternidad espiritual en medio de los discípulos,
con la apertura a la acción del Espíritu en Pentecostés y con la presencia en
medio del pueblo pobre y humilde a través de los siglos. Cruzamos la puerta
santa de una nueva época en compañía de María. Ella nos muestra a Jesús en el
santuario y en la vida.
Cruzamos
la puerta de una nueva época en compañía del P. Chaminade. A él le tocó vivir
el Jubileo del 1800 después de haber peregrinado por España y haber oído la voz
del Señor en el Pilar de Zaragoza. Pero fueron muchas las veces que debió atravesar el umbral de nuevas tierras y
fronteras y peregrinar por el mundo para recibir gracia.
Cruzamos
el umbral de nuestra interioridad para reconocer allí, a la luz de Cristo, las
huellas de la gracia y de la misericordia; cruzamos el umbral del perdón para
reconocernos hijos y hermanos; atravesamos el umbral cerrado de toda las
puertas que separan, bloquean la comunicación, dividen y contradicen la
fraternidad y la comunión.
Cruzamos
la puerta de este nuevo milenio, con fe viva y una esperanza activa para servir
al Señor de los siglos con corazón puro y una generosidad total. Así entramos
en el año de gracia y de todo bien y caminaremos por sus días movidos y
orientados por las señales de ruta de la paz, la justicia, la libertad y el
amor.
Roma
Chaminade 22 enero 2000
José
María Arnaiz
[1]Incarnationis mysterium (IM), Bula de convocación del gran Jubileo, n. 1.
[2]IM 4.
[3]IM 8.
[4]Vida consagrada (VC) 84.
[5] RV SM 2
[6] RV SM 9-11
[7] “la respuesta espiritual a la búsqueda de lo sagrado y a la nostalgia de Dios es la meta insustituible de todo itinerario religioso sinceramente abierto a la transcendencia” VC 103
[8]Cfr. VC 46, 51.
[9] Carta fundacional LMC n. 2
[10]S. JUAN DE LA CRUZ, Puntos de amor, 21.
[11]Cfr. Vida consagrada, 54.