SEGUNDA SECCIÓN: LA MISIÓN DEL HIJO
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Capítulo 3: Para ser como Jesús |
Este capítulo presenta la figura de Jesucristo, que debe ser conocido, amado y seguido con el fin de identificarnos con él. Como discípulos, nos ponemos a la escucha del Maestro y avanzamos en el camino de su seguimiento: aprender a ser discípulos que, en comunidad, reciben una misión y se deciden y comprometen a ser apóstoles.
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El plan de amor del Padre culmina en la persona de su Hijo. Por tanto, nosotros somos llamados en Jesucristo y para identificarnos con él. «Sabemos que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman. De aquellos que han sido llamados según su designio. Pues a los que de antemano conoció, también los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que él fuera el primogénito entre muchos hermanos» (Rom 8,28-29).
El camino de la espiritualidad en la Iglesia, de cualquier carisma, y, por tanto, también del carisma marianista, no es otro que el seguimiento de Jesucristo. Su persona, presencia activa del Dios amor para con nosotros, es a la vez cercanía humana y misterio insondable. Su amor sale al encuentro nuestro.
Sus palabras son un llamamiento continuo: «Sígueme» (Mc 1,14), «Vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo. Luego, ven y sígueme» (Mc 10,21), «Yo soy el camino, la verdad y la vida» (Jn 14,6).
Este seguimiento que define el ser cristiano se presenta primeramente como discipulado. Ser discípulo significa estar a la escucha de él, aprender de él. Esta dimensión formativa del seguimiento es primordial, como lo fue en la primera comunidad de discípulos: Jesús enseñaba a los doce (Mc 9,31), a sus amigos (Lc 10,39). María, su madre, antes de actuar invitaba a escuchar a Jesús (Jn 2,5).
Seguimiento y discipulado atañen, en primer lugar, al ser y luego al hacer. Y el primer "hacer" del discípulo consiste en estar con él, vivir con él (Jn 1,38-39) para identificarse y transformarse en él: «Para mí, la vida es Cristo» (Flip 1,21). «La vida espiritual no es otra cosa que la vida de Jesucristo, la vida vivida según el espíritu de Jesucristo» (Chaminade, Retiro de 1822).
El segundo paso vocacional cristiano está en el apostolado o envío. Seguir a Jesús es escuchar cómo soy enviado por él al mundo, para ser testigo de él y de la Buena Noticia (Mc 3,14; 6,7-13). Seguir a Jesús como enviado supone tener las prioridades de él, actuar como él, tener los rasgos de Jesús en su misión:
a) la relación de intimidad con el Padre (oración, cumplimiento de la voluntad del Padre);
b) dedicación prioritaria a los pobres, pecadores, y enfermos (Jesús lleva a culmen la obra liberadora de Dios comenzada en la revelación de la zarza, Ex 3);
c) el anuncio del reino de Dios con palabras y signos;
d) la relación con los demás en el diálogo, la misericordia, la amistad nueva, la formación y preparación para asumir el Reino y la misión que éste entraña. Es Jesús mismo el que envía. La fe que de Jesús hemos recibido se fortalece dándola y compartiéndola en la tarea evangelizadora.
Ser discípulo y apóstol de Jesús significa asumir el Evangelio, la Buena Noticia del Reino que ha llegado, ante la que respondemos con la conversión y la fe (Mc 1,15). Ser como Jesús sólo es posible encarnando en la vida el Evangelio. Para ello, primero lo tengo que hacer vida en mí, después debo llevarlo como mensaje y buena noticia para la vida de los demás.
Ser como Jesús supone, finalmente, vivir con él el misterio pascual: muerte y vida plena vividas en la biografía personal y en comunión con la pascua de nuestro mundo. La prueba definitiva del seguimiento de Jesucristo pasa necesariamente por la entrega de la vida. Esta dimensión pascual es evidentemente la más costosa y crucial en el proceso del seguimiento. Pero es el verdadero sello de la veracidad de nuestra fe cristiana. Por eso los mártires son para la Iglesia los modelos de respuesta a Aquél que nos amó primero (Jn 15,13). «Renazcamos en Jesucristo. Llega la Pascua. Tratemos de ser dignas de resucitar con él y de comenzar una vida nueva» (Adela de Trenquelléon, Cartas, 27 de marzo de 1805).
La espiritualidad marianista tiene en su centro la persona de Jesucristo. Las escenas evangélicas que subrayan nuestro carisma, como la Anunciación (Lc 1,26-38), las Bodas de Caná (Jn 2) o las palabras de Jesús desde la cruz a su madre y al discípulo amado (Jn 19,25-27), muestran a María, la madre y discípula, encarnando a Cristo, llevándolo a los hombres, acogiendo a su Iglesia. María nos lleva siempre a Cristo y a la comunidad eclesial.
Guillermo José Chaminade bebió de las fuentes de la Escuela francesa de espiritualidad, especialmente del Seminario de San Sulpicio, fundado por Juan Jacobo Olier. De este centro de formación brota un cristocentrismo que se concreta en la famosa fórmula: «Jesús ante los ojos, Jesús en el corazón, Jesús en las manos». Nuestro Fundador toma de ahí el triple objetivo de «mirar a Jesús, sentir como Jesús, actuar como Jesús».
Nuestra oración es, como la de Jesús, un diálogo de intimidad y amor con el Padre (Mc 1,35; Lc 10,21). La oración por excelencia de la Iglesia, la plegaria eucarística, es oración de Jesús al Padre. Por eso Jesús es el mediador en nuestra oración. Pero, al mismo tiempo, Jesús está presente, él mismo nos habla en la oración, porque él es la Palabra, la Buena Noticia. Orar es escucharle y hablarle para seguirle mejor. Cristo ora en nosotros, porque vive en nosotros.
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1. Jesús ante los ojos (Conocerle - conocer desde él)
Para entender y vivir mi itinerario de fe como un seguimiento de Jesús, y después de haber escuchado su llamada e iniciado el camino, necesito conocerle a él, su persona. No nos referimos tanto a un conocimiento intelectual, teórico, sino vital, que abarca la persona entera: «Conocerle a él, el poder de su resurrección y la comunión en sus padecimientos hasta hacerme semejante a él en su muerte, tratando de llegar a la resurrección de entre los muertos» (Flip 3,10-11).
Conocerlo implica conocer su mensaje, comprender la Buena Noticia del Evangelio. No puedo tener verdadera comprensión de la persona de Cristo si no escucho su palabra personalmente y en la comunidad eclesial, que es su cuerpo.
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Sugerencias 1. Sigue a Jesús en la lectura continua del Evangelio que hace la Iglesia cada día del año. Este Evangelio orienta la celebración eucarística y alimenta tu oración personal. Anota en tu cuaderno la impresión que te queda de lo que en la jornada te dejan las lecturas bíblicas de turno. 2. Formación permanente sobre Jesús: intenta leer cada año un libro, asistir a un curso sobre Jesús, o verlo plasmado en el arte religioso. 3. Déjate contagiar por la manera de mirar de Jesús. Aprende a mirar como él. Recorre cada rostro tratando de mirar a la gente como lo haría él. Recorre cada rostro tratando de adivinar qué se esconde detrás de las expresiones de cansancio, indiferencia, preocupación, serenidad... Deja brotar en ti la súplica de Jesús hacia ellos. |
2. "Jesús en el corazón" (Amarle - amar desde él)
De los ojos hay que pasar al corazón. Tras la comprensión primera debo llegar a un conocer más profundo: «Para que seáis fortalecidos por la acción de su Espíritu en el hombre interior, que Cristo habite por la fe en vuestros corazones para que, arraigados en el amor, podáis comprender» (Ef 3,16-18). Me identifico con Jesús en la medida en que pienso, siento, valoro y actúo como él (Flip 2,5).
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Sugerencias |
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1. Al final de esta semana, haz una lista de los principales encuentros con personas, y de los sucesos más destacados que has vivido. ¿Cómo ha sido tu actuación? ¿Cómo habría sentido, hablado, actuado Jesús, en estas circunstancias? ¿En qué necesitas crecer? 2. Dedica un tiempo con alguien, o en grupo, a hacer una valoración fraterna de vuestra vida a la luz del Evangelio (corrección de lo negativo y afirmación de lo positivo). 3. Cuando termines de leer un texto del Evangelio, toma conciencia de los frutos que en ti quedan: - el de la presencia de Jesús: él se ha hecho presente, y así se le siente cuando se proclama el Evangelio, - el del mensaje que de Jesús llega: algo nuevo se aprende o se recuerda; el Evangelio renueva nuestra mente y la despierta; nos ilumina y nos saca del error o de la duda, - el de la acción: al escuchar a Jesús que habla, hay una acción misteriosa en nosotros. |
3. "Jesús en las manos " (Vivir y actuar como él)
Este ultimo paso de identificación con Cristo es el más importante y definitivo. Se trata de transformar la vida a imagen de Jesús. Supone un proceso de conversión interior: desde el "yo cerrado", orientado hacia la absolutización o idolatrización del tener, el placer y el poder (el antievangelio), hasta el "yo abierto", o en disponibilidad, orientado hacia Jesús y los demás.
"Jesús en las manos" significa, en resumen, vivir como Jesús, amar como Jesús; y hay que llegar a hacer eso realidad en el día a día, en la práctica, en lo cotidiano, con los extraños y con los más conocidos.
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Sugerencias 1. Los santos, canonizados o no, son los testigos más cualificados de Jesús, los que han llevado a cabo ese ser como él. Lee alguna buena biografía, que te ayude a incorporar a tu vida alguna de esas actitudes cristianas que ellos encarnan. 2. Este mes voy a comprometerme a realizar ese gesto o acción evangélica que tengo pendiente: pedir perdón o acercarme a una persona concreta, visitar a aquel enfermo que he olvidado, animar una comunidad que se acaba de formar... 3. Por este camino se llega a ser de Cristo. El cristiano es de él, lleva su nombre, forma parte de su familia, es su propiedad, actúa en su nombre, trabaja para él. Nada ni nadie le separa de él; la fuerza que tenemos viene de Cristo y nos une a todos los creyentes. ¿Cómo expresarías el ser de Jesús? ¿Vivo la certeza de que todo lo mío es suyo y todo lo suyo mío? |
"Orar entrando en el Evangelio"
Qué es
1. Ignacio de Loyola, uno de los grandes maestros de la vida espiritual, nos ha dejado en su camino de oración y discernimiento de los Ejercicios espirituales una serie de métodos para orar que tienen todos como finalidad llegar al conocimiento interno del Señor (Ej. 104), «porque no el mucho saber harta y satisface el ánima, más el sentir y gustar de las cosas internamente» (Ej 2).
2. Entre las formas de oración que propone Ignacio, destaca sobre todo la que define como "contemplación". La aplica a cualquier escena de la vida de Cristo, a partir de la segunda semana de los Ejercicios. Quiere llegar a captar los misterios de Jesús. Se trata de "entrar" en la escena evangélica, penetrar en el texto llegando imaginativamente hasta el lugar y los personajes. A ello invita con tres expresiones típicas que resumen este método: «ver las personas, oír lo que hablan, mirar lo que hacen».
3. Se trata de contemplar la vida de Jesús, entrando en el Evangelio «como si presente me hallase». Es estar ante Jesucristo «nuevamente encarnado para mí». Cuando nos introducimos de esa manera, surge una nueva visión; como cuando descubrimos la imagen en relieve escondida mirando con atención una postal estereoscópica.
4. Todo ello nos debe llevar a una respuesta vital y comprometida. Conocerle a él conociéndome a mí, «para que más le ame y le siga». Orar acercándome a Jesucristo y a su Evangelio desencadena el seguimiento y la elección del Reino.
5. Guillermo José Chaminade, formado en la Escuela francesa de espiritualidad, conoció la fórmula sulpiciana «Jesús ante los ojos, Jesús en el corazón, Jesús en las manos», y la tuvo en cuenta en su pensamiento. Igualmente tuvo que conocer, por su hermano Juan Bautista, el cristocentrismo de los Ejercicios ignacianos. Con los influjos recibidos, y sobre todo con su experiencia de fe y de vida, esta centralidad de Jesucristo la transmitió a nuestra espiritualidad. Nosotros queremos vivirla y afianzarla en nuestra oración.
Cómo orar
1. Creo un ambiente de silencio y de escucha.
2. Pido la gracia de acoger su Palabra y de conocer mejor al Señor en este rato de oración; descubrir qué quiere de mí.
3. Leo pausadamente el texto evangélico elegido. Para este tipo de oración se recomienda una escena con personajes, un relato, pero no un discurso; por ejemplo, una narración de la infancia de Jesús, de su vida pública, o relatos pascuales.
4. Una vez leído, me detengo por partes:
a) «Ver las personas»: Me pongo a mirarlas. Ejercito mi imaginación. Sólo hago eso: miro, observo, veo cómo son Jesús, María, Pedro, Marta, la samaritana, Zaqueo, etc. Me doy cuenta de que nunca había mirado a Jesús así, despacio... Me fijo, incluso, en detalles de su rostro.
b) "Oír lo que hablan": Ahora escucho lo que dicen. Primero me detengo en las palabras que transmite el texto. A partir de ahí sigo escuchando otras cosas que dicen y comentan. Incluso oigo algo que María me dice, un comentario que me hace el apóstol Juan, o Pablo. Me dirijo a Cristo y le hablo.
c) "Mirar lo que hacen": Observo la acción, los gestos, el movimiento dirigido a curar a un enfermo, a atender María al niño, a repartir los panes y los peces a la multitud... Voy metiéndome tranquilamente en la escena. Soy, incluso, invitado a actuar yo también: corro con Pedro y Juan al sepulcro, sigo a Jesús por el camino junto a sus discípulos...
5. Termino centrando la atención en la persona de Jesús: qué quiere decirme al final de este rato; qué quiero decirle yo.
6. Reflexiono sobre esta oración. Apunto lo que ha ocurrido y lo que me ha aportado.
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El Rey prometido - Salmo 72
Israel soñaba con un rey ideal: el garante de la justicia y de la paz, el defensor de los pobres, el guardián de la Alianza, el impulsor de una política de progreso y felicidad para todos; un hombre honesto, amado por todos, y cuya fama de bondad y libertad, de fe y fidelidad traspasaba todas las fronteras. Ese rey lo ensayó David, un rey «según el corazón de Dios». Pero el pueblo siguió después esperando un rey definitivo, el Rey-Mesías. Con este salmo puedes no soñar, sino reconocer que ese Rey ya ha empezado a reinar. Su reino ya está aquí, entre nosotros, reconocible en la humildad de lo cotidiano: en la fe servicial y comprometida de los creyentes, en el amor entregado de los no creyentes, en el clamor de los que sufren. El rey prometido, Mesías para los pobres, es Jesucristo.
Dios mío, confía tu juicio al rey,
tu justicia al hijo de reyes,
para que rija a tu pueblo con justicia,
a tus humildes con rectitud.
Que los montes traigan paz,
y los collados justicia;
que él defienda a los humildes del pueblo,
socorra a los hijos del pobre
y quebrante al explotador.
Que dure tanto como el sol,
como la luna de edad en edad;
que baje como lluvia sobre el césped,
como llovizna que empapa la tierra.
Que en sus días florezca la justicia,
y la paz hasta que falte la luna.
Que domine de mar a mar,
del Gran Río al confín de la tierra.
Que en su presencia se inclinen sus rivales;
que sus enemigos muerdan el polvo;
que los reyes de Tarsis y de las islas
le paguen tributo.
Que los reyes de Saba y de Arabia
le ofrezcan sus dones;
que se postren ante él todos los reyes
y que todos los pueblos le sirvan:
porque él librará al pobre que clamaba,
al afligido que no tenía protector;
él se apiadará del pobre y del indigente
y salvará la vida de los pobres;
él rescatará sus vidas de la violencia,
su sangre será preciosa a sus ojos.
Que viva, y que le traigan el oro de Saba,
que recen por él continuamente
y lo bendigan todo el día.
Que haya trigo abundante en los campos
y susurre en lo alto de los montes,
que den fruto como el Líbano
y broten las espigas como hierba del campo.
Que su nombre sea eterno
y su fama dure como el sol;
que él sea la bendición de todos los pueblos,
y lo proclamen dichoso todas las razas de la tierra.
Bendito sea el Señor, Dios de Israel,
el único que hace maravillas;
bendito por siempre su nombre glorioso,
que su gloria llene la tierra.
¡Amén, amén!
Estaba durmiendo, mi corazón en vela - Cant 5,2- 6,3
El Cantar de los Cantares es a la vez un canto, un poema, y una obra teatral. El novio y la novia viven su juego de encuentros y desencuentros, el juego serio del amor. Ponle nombre al novio: Jesús. Ponle nombre a la novia: la comunidad eclesial. Y déjate llevar no sólo por la magia poética y la belleza de las palabras y las imágenes (corazón que vela, paloma perfumada, voz del amado en la noche, etc), sino por su significado para ti que sigues a este novio. Ora con este texto buscando tu noche, la llamada de Jesús a tu vida en este momento, tus búsquedas y tu enfermedad de amor, sus silencios, tu confesión de fe: «Yo soy para mi amado, y mi amado es para mí» (6,3).
Estaba durmiendo,
mi corazón en vela,
cuando oigo a mi amado que me llama:
Ábreme, amada mía,
mi paloma sin mancha,
que tengo la cabeza
cuajada de rocío,
mis rizos, del relente de la noche [...].
Ya me he levantado
a abrir a mi amado:
mis manos gotean
perfume de mirra,
mis dedos, mirra que fluye
por la manilla
de la cerradura.
Yo misma abro a mi amado,
abro, y mi amado se ha marchado ya.
Lo busco y no lo encuentro,
lo llamo y no responde.
Me encontraron los guardias
que rondan la ciudad.
Me golpearon e hirieron,
me quitaron el manto
los centinelas de las murallas.
Muchachas de Jerusalén,
os conjuro
que si encontráis a mi amado,
le digáis... ¿qué le diréis?...
que estoy enferma de amor.
El siervo - Is 42,1-9; 49,1-6; 50,4-9; 52,13-53,12
Con cualquiera de los "cantos del siervo" puedes entrar en esta experiencia de revelación que es descubrir lo que Dios le dice al elegido que se ha puesto a escuchar en total disponibilidad y confianza. Ese elegido es el Pueblo de Dios, Israel, abierto a la acción de Iahveh incluso en el momento de exilio. Es el profeta que se dispone a ser instrumento dócil en manos de Dios. Pero ese siervo se ha revelado de forma definitiva en la persona de Jesucristo. Seguir a Jesús supone identificarse con el espíritu de estos cantos de servicio. Servicio hasta la cruz de salvación (53,4-5).
Mirad a mi siervo, a quien sostengo;
mi elegido, a quien prefiero.
Sobre él he puesto mi espíritu,
para que traiga el derecho a las naciones.
No gritará, no clamará,
no voceará por las calles.
La caña quebrada no la quebrará,
el pábilo vacilante no lo apagará [...].
Yo, el Señor, te he llamado con justicia,
te he cogido de la mano,
te he formado y te he hecho
alianza de un pueblo, luz de las naciones.
Para que abras los ojos de los ciegos,
saques a los cautivos de la prisión,
y de la mazmorra a los que habitan las tinieblas [...].
Escuchadme, islas,
atended, pueblos lejanos:
Estaba yo en el vientre, y el Señor me llamó;
en las entrañas maternas, y pronunció mi nombre.
Hizo de mi boca una espada afilada,
me escondió en la sombra de su mano;
me hizo flecha bruñida,
me guardó en su aljaba
y me dijo: "Tú eres mis siervo [Israel],
de quien estoy orgulloso" [...].
Mi Señor me ha dado una lengua de iniciado,
para saber decir al abatido
una palabra de aliento.
Cada mañana me espabila el oído,
para que escuche como los iniciados.
El Señor me abrió el oído,
yo no me resistí ni me eché atrás:
ofrecí la espalda a los que me apaleaban,
las mejillas a los que mesaban mi barba;
no me tapé el rostro ante ultrajes ni salivazos.
El Señor me ayuda,
por eso no sentía los ultrajes;
por eso endurecí el rostro como pedernal,
sabiendo que no quedaría defraudado [...].
Mirad, mi siervo tendrá éxito,
subirá y crecerá mucho.
Como muchos se espantaron de él
porque, desfigurado, no parecía hombre
ni tenía aspecto humano [...].
Sin figura, sin belleza,
lo vimos sin aspecto atrayente,
despreciado y evitado de los hombres [...].
Él soportó nuestros sufrimientos
y aguantó nuestros dolores [...].
Nuestro castigo saludable cayó sobre él,
sus cicatrices nos curaron [...].
Como cordero llevado al matadero,
como oveja ante el esquilador,
enmudecía y no abría la boca.
Sin defensa, sin justicia se lo llevaron.
¿Quién meditó en su destino? [...].
Por los trabajos de su alma verá la luz.
Mi siervo justificará a muchos,
porque cargó con los crímenes de ellos.
El misterio de la vida cristiana - Rm 8
Una de las páginas más definitivas del Nuevo Testamento, en una carta magistral de Pablo. Densidad de pensamiento, donde nuestra fe encuentra suelo y consuelo. Lee primeramente todo el capítulo sin detenerte, dejándote inundar por este río de la verdad del Espíritu, que nos revela quién es Jesús, hasta dónde llega el amor del Padre y la permanencia de la entrega de Jesús (8,35.39). Quizá después de leerlo entero no quieras sino entrar en ti o en Él. O a lo mejor no has podido terminarlo porque te ha agarrado Él en alguna esquina (hay muchas en este capítulo (v v 1,11,15,22,26,28,29,38,39). En este trozo extraordinario seguramente encontrarás nuevas formas de orar: decir solamente y muchas veces: «¡Abbá, Padre!», dejar que el Espíritu ore en ti con gemidos inefables, o cantar: «¿Quién nos separará del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús?».
Ahora no pesa condena alguna sobre los que están unidos a Cristo Jesús, pues por la unión con Cristo Jesús, la ley del Espíritu de vida me ha librado de la ley del pecado y de la muerte.(...) Si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en vosotros [...]. Habéis recibido no un espíritu de esclavitud, para recaer en el temor, sino un espíritu de hijos adoptivos, que nos hace gritar: ¡Abbá! (Padre) [...]. Porque sabemos que hasta hoy la creación entera está gimiendo toda ella con dolores de parto. Y no sólo eso: también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos en nuestro interior, aguardando la hora de ser hijos de Dios, la redención de vuestro cuerpo [...]. Pero además, el Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad, porque nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables [...]. Sabemos también que a los que aman a Dios todo les sirve para el bien: a los que ha llamado conforme a su designio. A los que había escogido, Dios los predestinó a ser imagen de su hijo, para que él fuera el primogénito de muchos hermanos [...]. Pues estoy convencido de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad ni criatura alguna podrá apartarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro.
No vivo yo, es Cristo quien vive en mí - Gal 2, 20
A veces, nuestra lectura es un capítulo; pero otras, como en este caso, es un sólo versículo. La experiencia es similar a la de otros grandes pasajes: conciencia de trascendencia, estupor, sentimiento de profunda pobreza, agradecimiento sin palabras. Este versículo de la "Carta de la libertad" es una lección sobre el sentido de la vida. De la nuestra y de la de todos. La vida está en el Hijo, en su amor, como dirá Juan con insistencia en su Evangelio y en su primera carta. Esa vida que es Cristo, que él trae en plenitud, se nos mete dentro de la nuestra; más que vivir nosotros, es él quien "nos vive". Y nuestra respuesta no puede ser más que la de vivir en la fe del hijo de Dios, vivir de la fe. Orar es tomar conciencia, en el silencio de esta interpenetración, de su vida y mi vida.
Estoy crucificado con Cristo: vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí. Y mientras vivo en esta carne, vivo de la fe en el hijo de Dios, que me amó hasta entregarse por mí.
A lo que Dios llama felicidad - Mt 5,1-12; Lc 6,20-26
Las bienaventuranzas son, en primer lugar, un retrato de Dios. Nos dan su imagen verdadera, sobre todo, porque son pronunciadas por Jesús, el icono perfecto del Padre. Dios está con los pobres, con los que sufren, lloran, tienen hambre de que reinen la justicia y la paz definitivamente. Este es nuestro Dios, que ardió en la zarza (Ex 3), guió a Abrahán y consoló a Job; el Dios liberador y santo que luchó con Jacob, dio la victoria a las mujeres de coraje (Débora, Judit) y de fe (Rut, María de Nazaret, María Magdalena). Reza así con las bienaventuranzas: fíjate cuándo Dios ha sido así contigo, cuándo ha aparecido hoy, en estos años, en los que se dejaban guíar por él, siendo sencillos, misericordiosos, y a la vez como constructores de paz y sufridores a causa de la justicia del Reino. Las bienaventuranzas son siempre el telón de fondo de la oración evangélica.
Al ver el gentío, subió a la montaña, se sentó, y se acercaron sus discípulos; y él se puso a hablar enseñándoles:
Dichosos los pobres en el espíritu,
porque de ellos es el Reino de los Cielos.
Dichosos los sufridos,
porque ellos heredarán la tierra.
Dichosos los que lloran,
porque ellos serán consolados.
Dichosos los que tienen hambre y sed de la justicia,
porque ellos quedarán saciados.
Dichosos los misericordiosos,
porque ellos alcanzarán misericordia.
Dichosos los limpios de corazón,
porque ellos verán a Dios.
Dichosos los que trabajan por la paz,
porque ellos se llamarán "los hijos de Dios".
Dichosos los perseguidos por causa de la justicia,
porque de ellos es el Reino de los Cielos.
Dichosos vosotros cuando os insulten y os persigan,
y os calumnien de cualquier modo por mi causa.
Estad alegres y contentos
porque vuestra recompensa será grande en el cielo,
que de la misma manera persiguieron
a los profetas anteriores a vosotros ( Mt 5, 1-12 ).
Cruz y gloria - Filip 2,1-11
Uno de los himnos a Jesucristo más antiguos que conservamos en el Nuevo Testamento. Pablo nos lo ha transmitido al invitar a la comunidad de Filipos a llevar una vida comunitaria más basada en la unidad y en un amor como el de Jesús. «No os encerréis en vuestros intereses individuales», dice con energía Pablo. El himno presenta entonces cuál fue el camino de Cristo: del servicio humilde al reconocimiento y exaltación. Jesús llegó a ser Señor siendo primero el servidor (esclavo) de todos y cada uno. Este Dios «a los pies» del mundo sigue siendo hoy un mensaje que rompe todos nuestros esquemas de poder y de estructura social. Pero si queremos identificarnos con Jesús, no hay más camino que el suyo.
Si queréis darme el consuelo de Cristo y aliviarme con vuestro amor, si nos une el mismo Espíritu y tenéis entrañas compasivas, dadme esta gran alegría: manteneos unánimes y concordes, con un mismo amor y un mismo sentir. No obréis por rivalidad ni por ostentación, dejaos guiar por la humildad y considerad siempre superiores a los demás. No os encerréis en vuestros intereses, sino buscad todos el interés de los demás. Tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús.
Él, a pesar de su condición divina,
no se aferró a su categoría de Dios;
al contrario, se despojó de su rango
y tomó la condición de esclavo,
pasando por uno de tantos.
Y así, actuando como un hombre cualquiera,
se rebajó, obedeciendo hasta la muerte,
y una muerte de cruz.
Por eso Dios lo levantó sobre todo
y le concedió el "Nombre-sobre -todo-nombre";
de modo que, al nombre de Jesús, toda rodilla se doble
en el cielo, en la tierra y en el abismo,
y toda lengua proclame:
¡Jesucristo es Señor!
para gloria de Dios Padre.
Al pie de la cruz - Jn 19, 25-27
Cuando ponemos en Navidad un "nacimiento", todas la figuras se encaminan hacia el portal; todo confluye hacia el Niño. Pero cuando llega el Calvario, todos huyen del hombre rechazado, torturado y crucificado. ¿Todos? No, el discípulo amado y las mujeres, entre ellas María, la mujer y madre de la vida, están al pie de la cruz de Jesús. Con esta escena, tan querida por la espiritualidad marianista, puedes hacer la prueba de "permanecer" en el amor, tal como el mismo Jesús pedía antes de morir (Jn 15). Orar para conformar tu vida con Jesús. Y escuchar las palabras de Jesús, que comprometen al discípulo y a la madre. También puedes, en esta "hora de salvación" de la cruz, acompañar a María en su itinerario de fe, que tiene en este momento un hito fundamental. María, la peregrina de la fe, madre y discípula, se convierte para todo discípulo amado en el modelo de la Iglesia, madre de los creyentes.
Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María la de Cleofás, y María la Magdalena. Jesús, al ver a su madre y, cerca, al discípulo que tanto quería, dijo a su madre: Mujer, ahí tienes a tu hijo. Luego dijo al discípulo: Ahí tienes a tu madre. Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa.
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1. Nacer de María para vivir la vida de Cristo
Dios se hizo humano en María. «Y acampó entre nosotros». Jesucristo es, desde entonces, la vida entre nosotros. Y ya sólo es posible vivir desde esa vida, en esa vida y por esa vida. De ahí que ya sólo sea posible ser humano desde la humanidad del Verbo. Pero hay que comenzar a vivir esa vida desde las raíces: dejándonos formar en el seno de María, y naciendo a la vida de Dios desde María. Es una de las vivencias clave transmitidas por el Fundador, uno de los lugares teológicos fundamentales del carisma.
Una persona realmente cristiana no puede ni debe vivir más que de la vida de Nuestro Señor Jesucristo.
Esta vida divina debe ser el principio de todos sus pensamientos, de todas sus palabras y de todas sus acciones.
Jesucristo fue concebido en el seno de la augusta María por obra del Espíritu Santo. Jesucristo nació del seno virginal de María. Concebido por obra del Espíritu Santo, nacido de María Virgen.
El bautismo y la fe hacen que empiece en nosotros la vida de Jesucristo. Por eso, somos como concebidos por obra del Espíritu Santo. Pero debemos, como el Salvador, nacer de la Virgen María.
Jesucristo quiso formarse a nuestra semejanza en el seno virginal de María. También nosotros debemos formarnos a semejanza de Jesucristo en el seno de María, conformar nuestra conducta con su conducta, nuestras inclinaciones con sus inclinaciones, nuestra vida con su vida.
Todo lo que María lleva en su seno, o no puede ser más que Jesucristo mismo, o no puede vivir más que de la vida de Jesucristo. María, con un amor inimaginable, nos lleva siempre en sus castas entrañas como hijos pequeños, hasta tanto que, habiendo formado en nosotros los primeros rasgos de su hijo, nos dé a luz como a él. María nos repite incesantemente estas hermosas palabras de san Pablo: Hijitos míos, por quienes de nuevo sufro dolores de parto hasta que Cristo se forme en vosotros (Gál 4,19). Hijitos míos, que yo quisiera dar a luz cuando Jesucristo se haya formado perfectamente en vosotros (La Compañía de María, considerada como orden religiosa, Cuaderno D, 1828-1838. En El Espíritu que nos dio el ser, p. 259, nn. 335-339).
2. Predestinados a ser conformes a Jesucristo (Rom 8,29)
Los "principios de dirección" de Guillermo José Chaminade están contenidos en el famoso "Cuaderno D", escrito de su puño y letra, apuntes personales para preparar la Reglas definitivas. Lo que encontramos en el núcleo de este importante documento es la conformidad con Jesucristo. Toda la formación inicial y permanente de cualquier persona y grupo cristiano se encamina a esta identificación con Jesús. Si esto no está en el corazón de los procesos, ni hay fundamentos ni hay dirección.
María fue la primera que fue concebida en Jesucristo según el espíritu, como Jesucristo fue concebido según la naturaleza en su seno virginal. Es decir, María fue formada interiormente a semejanza de Jesucristo, su adorable Hijo, y desde ese momento fue asociada a todos sus misterios, tanto en lo que tienen de exterior como en lo que tienen de interior, para que la conformidad fuese lo más perfecta posible, o más bien, para que hubiese entre ellos toda la uniformidad posible.
Así pues, Jesucristo es el primero de los predestinados, y no habrá más predestinados que los que sean conformes con Jesucristo, y todos los predestinados habrán sido concebidos y formados en María. Tu seno es un montón de trigo (Cant 7,3).
La fe en que el hijo de Dios se hacía hombre fue para María, en el momento de la encarnación, ese grano de trigo sembrado en su alma, que le hizo concebir, por la operación del Espíritu Santo, a Jesucristo y a todos los predestinados (Principios de Dirección, Cuaderno D, 1828-1838. En El Espíritu que nos dio el ser, pp. 265-267, n. 467).
Jesús es verdaderamente el Hijo de María: ex qua natus est Jesus (cf. Mt I,16). Nadie podrá salvarse más que teniendo una gran conformidad con Jesucristo. Dios no predestina a nadie sino para ser conforme a Jesucristo (Resumen de los Principios de Dirección, Cuaderno D, 1828-1838. En El Espíritu que nos dio el ser, p. 269, n. 483).
3. De los misterios exteriores a los interiores
Como «lo esencial es lo interior», es decir, como el espíritu de las fundaciones marianistas es «el espíritu de María», la identificación con Jesucristo se realiza interiorizando. Esto supone, según el Fundador, dos pasos: el primero, parecerse a Jesús, viviendo desde la fe lo que él vivió; el segundo, entrando en sus sentimientos y actitudes interiores. Son las dos "leyes de la conformidad con Cristo".
Primera conformídad que debemos tener con Jesucristo.
Todos estamos obligados a ser conformes a Jesucristo. San Pablo nos lo enseña cuando dice que Dios nos ha predestinado a ser conformes a la imagen de su Hijo (Rom 8,29).
Ahora bien, esta conformidad consiste, en primer lugar, en parecerse a él en sus misterios exteriores, que han sido como los sacramentos de los misterios interiores que debía obrar en las almas. Así, si Jesucristo ha sido crucificado exteriormente, es preciso que nosotros lo seamos interiormente, y lo mismo cabe decir de su muerte y sepultura. La vida interior, expresada por los misterios exteriores, junta con las gracias adquiridas por esos misterios, deben estar en todos, puesto que han sido merecidas para todos. Estáis muertos (Col 3,3).
El espíritu de los santos misterios se nos comunica por el bautismo, que está produciendo en nosotros gracias y sentimientos que tienen relación y conformidad con los misterios de Jesucristo. A nosotros sólo nos corresponde dejarle obrar y, en virtud de sus gracias y de sus luces, actuar sobre nosotros y sobre los demás en conformidad con esos santos misterios.
Segunda conformidad que debemos tener con Jesucristo.
Es la conformidad que debemos tener con el interior de los misterios, de modo que nuestras almas, en sus sentimientos y disposiciones interiores, lleguen a ser conformes no sólo al exterior de los misterios, como acabamos de ver, sino también a las disposiciones y sentimientos interiores que Nuestro Señor tenía en esos mismos misterios (Principios de Dirección, Cuaderno D, 1828-1838. En El Espíritu que nos dio el ser, pp. 268-269, nn. 471-474).
4. "Nos invitan a caminar": el seguimiento de Cristo
Los dos Institutos de Vida Consagrada marianista (El "Instituto de María" en el lenguaje primitivo de la Fundación) tienen en el centro de sus objetivos la invitación a seguir a Jesucristo. Es otra manera de decir que se es cristiano. Hablamos de conformidad con Cristo, pero de una conformidad activa, "responsable", no de la conformidad del que imita un estilo moral o espiritual sin más, sino de la responsabilidad del que ha comprometido la vida a acompañarle, e incluso a anunciarle, yendo delante de él.
La Compañía de María y el Instituto de Hijas de María emiten los tres grandes votos que constituyen la esencia de la vida religiosa y que tienen como finalidad elevar a sus respectivos miembros a la cima de la perfección cristiana. Esta perfección consiste en la semejanza lo más perfecta posible con Jesucristo, el divino modelo. Por eso, los dos Institutos invitan a sus miembros a caminar en seguimiento del Salvador, que fue pobre, casto y obediente hasta la muerte de cruz, y para ello se obligan, con la santidad supremo del voto, a la pobreza, a la castidad virginal y a la obediencia evangélica (Carta a los predicadores de retiros, 24 de agosto de 1839. En El Espíritu que nos dio el ser, p. 61, n. 70).
5. Marcados por una señal: al pie de la cruz
El espíritu de fe, el espíritu de María, está continuamente presente en la correspondencia de Adela. La vida de sus comunidades es vista desde los misterios de Jesucristo: participando tanto de los gloriosos como de los dolorosos. Lleva a sus hermanas de la mano, a través del año litúrgico y de los acontecimientos, para llegar a la gran solemnidad de la Pascua. Pero mientras esa Vida se espera y se prepara, es preciso estar, como María, en el rincón apartado de la Cruz de Jesús. Desde ahí se "hace" misteriosamente mucho más que desde la acción.
† J.M.J.T. 28 de marzo de 1825
¡Oh Jesús, graba profundamente en mi corazón el recuerdo de tus sufrimientos!
Mi querida hija:
Lo mismo que tú, estoy muy impresionada por el estado en que se encuentra la querida y buena Madre. Por favor, dame a menudo noticias de ella [...]. Aquí hemos comenzado de todo corazon una novena por su pronto restablecimiento.
¡Ánimo, querida hija, Dios nos aflije, resignemonos a su voluntad!
La cruz es la señal de los elegidos, es el sello con el que son marcados. Yo leía el otro día que los enfermos son una fuente de bendiciones para las comunidades, y que hacen mucho más por el bien de las mismas que otras personas con buena salud. Miremos las cosas a la luz de la fe, y permanezcamos, como María, de pie junto a la cruz. Nuestra resignación nos atraerá más gracias y nos librará incluso de los males que nos amenazan. La resignación es la verdadera señal de la virtud.
Soy muy consciente de la necesidad que tenéis de una hermana conversa para salir y trabajar. En cuanto sea posible, os la enviaremos. Aquí tenemos una que parece muy conveniente para un internado, y si la enviamos a Condom, entonces podríamos enviaros a Sor Agueda. Nuestras hermanas van a tomar el hábito muy pronto, pienso que será el mes próximo.
La cuenta de la tela resulta a veinte soles la vara, y otros doce para limpiarla y teñirla, lo que hace en total unos treinta y dos soles la vara.
Os enviamos un velo para sor Natividad y otros dos para las que más lo necesiten.
Te deseo, querida hija, una gran conformidad con Jesucristo durante estos días santos. Sigámosle en sus dolores, en sus tristezas; muramos a nosotras mismas, y así podremos esperar resucitar con él en la gran solemnidad de la Pascua.
Te abrazo en el Corazón de Jesús que sufre.
Sor María T.
(Adela de Trenquelléon, Cartas. n. 568. A Sor Dositea Gatty. Tonneins).
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La "Oración de las tres" es una plegaria típicamente marianista, que conservamos desde nuestra fundación y que nos recuerda el misterio de la redención. Es una cita que tenemos a la hora de nona, las tres de la tarde, hora en que murió el Señor (Mc 15,34). Tradicionalmente atribuida al Padre Chaminade, un análisis histórico muestra que se usó primero en la Obra de la Misericordia (1801), gracias a Teresa de Lamourous, y más tarde en la asociación de Adela de Trenquelléon (1804). Desde entonces aparece recomendada por el Fundador entre los seglares ("Congregación Estado"), y finalmente en las dos congregaciones religiosas marianistas. A través de las dos co-fundadoras de Chaminade, se puede rastrear el origen de esta oración hasta llegar al Carmelo. La redacción ha ido cambiando a lo largo de estos doscientos años, pero su objetivo central continúa siendo el mismo: permanecer, como María y el discípulo amado, junto a Cristo que se entrega, y entregarnos nosotros mismos a la misión eclesial que se abre con la hora del Hijo que ahora sí ha llegado.
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ORACIÓN DE LAS TRES Señor Jesús, aquí nos tienes reunidos al pie de la cruz, con tu madre y el discípulo que tú amabas. Te pedimos perdón por nuestros pecados, que son la causa de tu muerte. Te damos gracias por haber pensado en nosotros en aquella hora de salvación y habernos dado a María por madre. Virgen Santa, acógenos bajo tu protección y haznos dóciles a la acción del Espíritu Santo. San Juan, alcánzanos la gracia de acoger, como tú, a María en nuestra vida, y de asistirla en su misión. Amén. |
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