Capítulo 3: La oración marianista

Cada espiritualidad hace su especial propuesta sobre el modo de entrar en contacto con Dios, de estar en el mundo y de relacionarse consigo mismo y con los demás. La oración es fundamental en el modo de dar estos pasos. Para asimilar, desarrollar y transmitir una espiritualidad, se necesitan grandes orantes. La calidad de nuestra oración manifiesta la calidad de nuestra espiritualidad. Nuestros Fundadores son reiterativos al hablar de la importancia de la oración: Guillermo José Chaminade nos recuerda repetidamente que los marianistas nos mantendremos firmes en la fe y creceremos en el amor, por la oración. Adela, desde muy joven descubre el valor de la oración, y en ella a Jesucristo como su amigo y Señor. La oración nos hace marianistas, ya que es un medio privilegiado para el contacto auténtico con el carisma.

Pero, a su vez, la espiritualidad marianista marca nuestra oración. Oramos como lo que somos: como cristianos marianistas. Si nuestro modo de proceder pastoral evidencia nuestra identidad y nuestras capacidades, la oración lo hace de un modo más explícito. Ella nos da el aire de familia. El espíritu de nuestra espiritualidad pasa a nosotros, sobre todo, por la oración, que se transforma en expresión de fe. Nuestra espiritualidad nos motiva para orar y para orar de una determinada manera. La oración es parte primordial del camino espiritual marianista.

En la Familia marianista existe una tradición de oración. En ella se enseña y se aprende a orar, y se enriquece y se progresa en la oración. Está constituida por un grupo de creyentes y de orantes. Existe entre nosotros una tradición viva de oración. Ha habido y hay maestros de oración; se cuidan los lugares de oración y se hacen propuestas de caminos de oración. En una palabra, hay una vida de oración que se puede identificar y que se debe cuidar y compartir, ya que es el corazón de nuestra mejor tradición marianista.

Los marianistas colocamos en el origen de esta tradición de oración a Jesús orante y a María, ya que ellos nos inspiran y acompañan en nuestro camino personal y comunitario de oración. Para nosotros es importante saber cómo rezaban ellos, qué rezaban, por qué lo hacían. Nuestra oración es una prolongación de la suya. Somos Iglesia de un modo significativo cuando nos juntamos con María a orar para que el Espíritu del Señor sea derramado sobre el mundo.

Es también una prolongación de la oración del Padre Chaminade y de Madre Adela. Tenemos que ser fieles a la tradición que hemos recibido de nuestros Fundadores y de los marianistas del pasado. Se necesita situar esa tradición en el pasado marianista, y, desde el presente, proyectarla hacia el futuro. Se necesita también recoger la experiencia de nuestros días y compartirla. Es lo que pretendemos hacer.

En la iniciación en la oración es importante que se responda a estas preguntas:

* ¿Por qué ora el marianista?

* ¿Cómo es la oración del marianista?

 

1. Los motivos de nuestra oración

Oramos «para que Jesús llegue a ser el centro de nuestras vidas. [Y así] dedicamos generosamente una buena parte de cada día a la práctica de la oración» (RVSM, 48).

«La oración, corazón de nuestra vida [...], nos permite penetrar en la intimidad de Jesucristo y acoger su amor al Padre y a los hombres» (RVFMI, I,52).

Oramos porque necesitamos entrar en comunión con Jesucristo y el Evangelio, al descubrir, cultivar y difundir el carisma marianista. «Cuanto más se dedica el religioso al ejercicio de la oración, tanto más se acerca a su fin, que es la conformidad con Jesucristo [...]. La oración mental es la fuente común y única de todas las virtudes» (Constituciones de 1939, art. 34). «Cuanto más nos dedicamos a la oración, tanto más nos acercamos a nuestro fin: la conformidad con Jesucristo» (RVFMI, I,61). «Para ser sinceros, generosos y fieles a nuestra misión, nos es esencial ser hombres y mujeres fuertes en la fe, seguros en la esperanza y constantes en el amor. Buscamos esta fuerza en la oración» (Comunidades Laicas Marianistas, Declaración de Llíria 3,2).

Como vemos, las Reglas de Vida de las religiosas y de los religiosos marianistas y los documentos de las CLM piden generosidad en nuestra entrega a la oración.

También crecemos en la identidad carismática, en la fidelidad a la oración. Por la oración llegamos a lo que estamos llamados a ser. Para el marianista, la oración es una necesidad y no tanto una obligación (1 Tes 5,17). Sin embargo, cuesta orar. Es bueno saber que la oración no siempre brota espontáneamente del interior. Hasta el cristiano más fervoroso puede experimentar aburrimiento y desinterés. En la vida moderna, que nos sumerge en la acción, la imagen y el ruido, nos resulta difícil hacer el esfuerzo de concentración que nos pide la oración. Por lo tanto, podemos afirmar que es preciso que la espiritualidad de hoy, reavivada con el contacto de la revelación bíblica, se inserte plenamente en la vida actual, se arraigue en la antropología y se exprese con las grandes intuiciones de nuestra época. En nuestros días, una de las realidades que se cuestionan es la oración. Sin embargo, podemos afirmar que es posible, y vale la pena, orar en el contexto cultural y social actual.

Por la oración, el marianista se mantiene fiel a la vocación recibida y a la misión que de esa vocación se deriva. Por ello no puede pasarse sin orar. La oración, se nos ha recordado, es tan importante como la respiración. En consecuencia, todo lo que dificulte o imposibilite a un marianista orar es incompatible con su vocación. El Padre Chaminade era claro en este aspecto: «Todo empleo que pusiese a un Hermano en la imposibilidad de hacer oración será incompatible con la santidad del estado que ha abrazado» (Constituciones SM, 1891, art 99). La oración le renueva, le recrea y le dispone a colaborar con la acción de salvación que el Señor continúa realizando en el mundo.

Nuestra espiritualidad, como todo carisma por lo demás, tiene una clara dimensión mística y teologal, que se profundiza y asimila con una vida de oración sostenida. Al Padre Chaminade le gustaba repetir que sin la oración dejábamos de tener contacto con la fuente de la que nos viene nuestra fuerza, y con el fin al que aspiramos, que es el bien supremo al que tendemos: Dios. Para el Fundador, la fidelidad a la oración viene motivada por la fidelidad al don recibido de Dios. Cuando esto ocurre, se llega a ser perfecto discípulo de Cristo como lo fue María.

Reavivamos esta necesidad porque:

* Queremos saciar nuestra ansia de ver, amar, adorar y estar con Dios, nuestro Padre; de vivir en su presencia y movidos por su acción (Chaminade, Escritos de Dirección, II,190 ; y Método de oración sobre el Símbolo. En El Espíritu que nos dio el ser, nn. 511-517, pp. 294 ss). Queremos satisfacer la «sed de lo absoluto», la sed de Dios, y ahondar la dimensión teologal de su vida.

* Queremos conformarnos con Jesucristo. Para ello precisamos contemplar detenidamente las actitudes, palabras y acciones de Jesús, y asumirlas.

* Queremos vivir bajo el dominio del Espíritu y discernir los movimientos del mismo en su vida. Orar es ser movido por el Espíritu del Señor y aprender a ver cómo está a la obra en la realidad cotidiana. «De la oración brota la vitalidad de nuestra fe, que transforma nuestra mirada sobre las personas y los acontecimientos» (RVFMI, I,52).

* Queremos ser fieles al carisma y a la vocación marianista. «Para ser fieles a nuestra vocación marianista y crecer en la vida de la fe, dedicamos una hora diaria a la meditación» (RVSM, 55).

* Queremos profundizar la vida comunitaria, y sabemos que la comunidad se constituye a partir de la oración y, sobre todo, de la celebración de la eucaristía (RVSM, 50; RVFMI, I,55) y del sacramento de la reconciliación. Nada como la oración auténtica genera alegría, gratitud fraterna, unión de corazones y apoyo recíproco en el camino de la fe. Al estar juntos se experimenta la necesidad de rezar, y cuando se reza se incrementa la comunión entre los miembros de la comunidad.

* Queremos reavivar la llamada a la misión, y para ello se precisa orar para descubrir los signos de los tiempos y responder a sus exigencias: «La oración nos vivifica para la misión» (RVFMI, I,52).

 

2. Algunas características de nuestra oración

El Padre Chaminade tenía conciencia viva de la originalidad de su obra y del carisma recibido del Señor. Por ello oraba y enseñaba a orar de acuerdo con ese don de Dios, con nuestro carisma y nuestra espiritualidad.

La oración será abundante y frecuente, cercana al ritmo de nuestra vida e inspirada en María. De ello encontramos estímulo y ejemplo en el propio Padre Chaminade. «Jamás le vi perdiendo no digo un día, sino ni siquiera una hora de su tiempo en algo que no tuviera que ver con Dios o con la conducción de las personas por los caminos del Señor. Desafío a quien quiera a que me presente un escrito, una carta, un informe, una instrucción, un ejemplo o un consejo suyos que no lleven a la piedad; no hay otra forma de definir a este hombre sino llamándole hombre de Dios» (Testimonio del Padre Lalanne, recogido por José Simler en Guillermo-Jose Chaminade, biografía que escribió sobre el fundador).

Por ello la oración del marianista se caracteriza por ser:

a. Una oración centrada en Jesús y en su Palabra, es decir, una oración de fe

La oración nos arraiga en la fe. Podemos estar seguros de que cuanto más se afirman y extienden las raíces -la fe-, más vigoroso será el árbol (Chaminade, "Segunda conferencia a las Hijas de María Inmaculada, sobre la fe", Escritos de oración, 261).

b. Una oración mariana

Nuestra oración se inicia con María y se realiza en su compañía y bajo su inspiración. Ello supone orar como María, orar con María, orar a María.

Orar como María

María nos acompaña en nuestro camino de oración. Este camino está señalado por las diferentes actitudes que María tuvo ante la Palabra. María la escuchó, la meditó, respondió a lo que esa Palabra le pedía; la encarnó, la dio a luz, la proclamó, la siguió. Estas actitudes de María inspiran nuestra oración.

Orar con María

Al orar, renovamos nuestra fe en Dios, en la presencia maternal de María. María está con nosotros al suplicar y al agradecer, al pedir perdón y en la alabanza al Padre. Esta presencia reaviva nuestra esperanza y nuestro amor, y nos lleva a vivir el Evangelio como lo vivió María. María está en la oración y en la vida ordinaria: «Me es imposible hacer oración sin María. Unámonos, pues, a ella en la meditación, y roguémosle que nos haga conocer a su Hijo» (Chaminade, Escritos marianos, II, n. 736).

Orar a María

El "A tu amparo", una de las oraciones más antiguas de la Iglesia dirigidas a María, nos sitúa de un modo muy claro en esta actitud de intercesión confiada en María. La oración mariana es uno de los temas frecuentes de nuestro Fundador. A ella invita con convicción y con mucha precisión: «Si los sueños de la naturaleza y de los sentidos oscurecen los resplandores de la fe, si la concupiscencia se exacerba, si el gusto por las cosas espirituales se debilita, si el Pan de la vida, las prácticas piadosas y los ejercicios religiosos producen hastío, si sopla el viento de la tribulación, si la desgracia derrama su amarga copa, María está siempre ahí velando con solicitud, haciéndose toda a todos y ayudando con diversos auxilios según las necesidades de cada uno. María enriquece al pobre, protege al tímido, desarma al furioso, toca el corazón del ingrato y no abandona a nadie. Es verdad que la virtud le complace extraordinariamente, pero también el pecador encuentra en ella protección y refugio» (Chaminade, Breve tratado del conocimiento de María, cap. 6, en El Espíritu que nos dio el ser, p. 108, n. 496).

c. Una oración comunitaria

La imagen que inspira la oración marianista es la de María rodeada de los apóstoles, que permanecen en oración y esperan juntos la efusión del Espíritu del Señor. El marianista reza bien, sobre todo en comunidad. La oración para él, aún en el encuentro más íntimo posible, más personal, no es un hecho aislado, un acontecimiento individual. Pertenece al bien de la comunidad y de la Iglesia. Es una riqueza comunitaria compartida. De hecho, en la corriente espiritual actual marianista, la oración es cada vez más una realidad compartida y comunitaria. Esta oración comunitaria pide: orar como comunidad, orar con la comunidad, orar por la comunidad.

 

Orar como comunidad

Toda comunidad marianista tiene momento para trabajar, programar sus actividades, dialogar... Tambien los tiene para reunirse y constituirse en una comunidad orante formada por personas que interceden. La oración es para ella la fuente de su vida fraterna y de su generosidad para la entrega a la misión compartida.

Orar con la comunidad

Estimula orar con un grupo de hermanos y hermanas. A su vez, la imagen de una comunidad reunida en oración es un testimonio que mueve a la fe; invita a entrar en oración. María también supo permanecer en oración con la comunidad de los apóstoles para que el Espíritu llenase la tierra.

Orar por la comunidad

Cada uno de los miembros de una comunidad marianista es invitado a orar por todos sus integrantes y por las necesidades de la comunidad en su conjunto. Pide la gracia de llegar a tener un solo corazón y una sola alma, a ejemplo de la primera comunidad de Jerusalén.

d. Una oración interior

El marianista vive con mucha interioridad su oración; deja que desde el corazón se contemple el mundo, la vida personal, las relaciones interpersonales. El Espíritu del Señor que ora en nosotros hace que nuestra oración salga de nuestro corazón, dónde él derrama el amor, principal fruto de la misma.

e. Una oración abierta al mundo que nos rodea

Rezamos desde la vida. Sólo orando se ve bien el mundo, y sólo desde el mundo se puede orar al Padre en Espíritu y en verdad. Nuestra espiritualidad, centrada en el misterio de la encarnación, y nuestra cercanía a María nos ayudan a orar desde la realidad cotidiana. Estamos más habituados a pensar y a sentir que la vida va por un lado y la oración por otro; incluso, a concluir que la vida hay que dejarla aparte cuando vamos a la oración, o que la vida es causa de "distracciones" o dificultades en la oración... Sin embargo, hay que llevar la vida al encuentro con Dios, y hay que dejar que Dios nos lleve a la vida. «Para un cristiano, todo puede y debería convetirse en oración. Hagamos todo por Dios, mi querida amiga, y entonces todo se volverá oración»(Adela de Tranquelléon, Cartas, n. 277, a Águeda Diché).

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SIGLAS:

RVSM: Regla de vida de la Compañía de María
RVFMI: Regla de vida de las Hijas de María Inmaculada