Capítulo 2: El camino marianista

En la historia de la Iglesia se ha recibido siempre como un verdadero don del Señor la comprensión especial de alguno de los mensajes o misterios de Jesús. Así, en cierto modo, el conjunto del Evangelio se profundiza desde ángulos diversos. Determinadas escenas o palabras de Jesús hacen vibrar la fe y la caridad, y se transforman en la puerta para entrar a la totalidad de la propuesta que nos llega del Evangelio. Ese es el sentido de los itinerarios espirituales específicos. Las varias espiritualidades que han aparecido en la historia de la Iglesia no son más que aplicaciones particulares de la espiritualidad del Evangelio. La persona, o grupo, que las inician subrayan sin duda un aspecto de la espiritualidad evangélica que constituye el centro de la vida concreta, pero de hecho, si la espiritualidad es auténtica, ese centro privilegiado no es más que el foco para vivir la totalidad del Evangelio.

Cada fundador o fundadora ha recibido inspiración para ayudar a los miembros de su comunidad a seguir a Cristo, a vivir con plenitud la vida cristiana y a realizar un aspecto de la misión confiada a la Iglesia. Estos itinerarios, además de poner intensidad a nuestra vida cristiana, dan una originalidad a la misma, la orientan en una determinada dirección.

Todo camino específico hay que situarlo y entenderlo

* desde una perspectiva bíblica,

* desde una tradición espiritual, teológica y pastoral,

* y desde la realidad cultural en la que se nace y en la que se vive.

Todos estos caminos son una lectura del Evangelio hecha en un lugar y en un tiempo, y con un determinado sesgo y desde una perspectiva concreta. Desde estas diversas realidades podemos comprender y describir el itinerario marianista propuesto por el Fundador en el siglo XIX en Francia.

Todo camino espiritual parte de la Biblia. Esta es también la fuente primera del camino marianista. Sólo poniéndose a la escucha de la Palabra podemos iniciar y continuar bien el camino marianista. De esa Palabra nos llega inspiración y gracia para responder a la llamada que, a través de la misma Escritura, nos hace el Padre. Por ello, algunos mensajes de la Biblia deben producir una especial resonancia en el marianista, ya que de ellos nacen las grandes convicciones que dan profundidad a su vida. De una manera más concreta, el marianista ora y crece en la oración con la Biblia en la mano. Por ello está invitado, y así lo hacemos en este libro, a ahondar en determinados pasajes de la Escritura para reavivar el don de Dios.

La contribución de los Fundadores ha sido decisiva a la hora de formular y de proponer este camino. Sus escritos y sus palabras, su testimonio y su intercesión nos permiten compartir su identidad carismática y vivir conducidos por el Espíritu.

La experiencia de un par de siglos de vigencia de este camino marianista le da variedad y riqueza. Los hombres y mujeres que lo han recorrido han ido creando una cierta tradición.

Para la formulación de este camino hay que tener muy en cuenta las aspiraciones y necesidades del hombre y de la mujer de nuestros días. Hay que acertar a responder con la espiritualidad marianista a esas necesidades.

Para identificar mejor este camino, se precisa responder a estas inquietudes:

 

 

¿Cuáles son los rasgos peculiares que constituyen la originalidad del camino marianista?

¿Cuál es su punto de partida?

¿Cuál es el punto de llegada, la meta, el objetivo que se da el cristiano que entra en ese camino y lo sigue hasta el final?

¿Cómo se presentan las etapas?

¿Cuáles son algunos principios o leyes que nos ofrece la experiencia de los que ya han hecho ese camino?

¿Con qué espíritu se recorre ese camino?

 

1. El punto de partida del camino marianista

¿Cómo se percibe la llamada a iniciar este camino marianista? En la espiritualidad marianista, como, por lo demás, en cualquier otro carisma, se trata de vivir el Evangelio o la novedad cristiana según algunas acentuaciones. En nuestro caso, la atención se centra en Jesús de Nazaret, hecho hijo de María para salvar a los hombres. Todo parte de un gran deseo y de una gran llamada: la llamada a vivir con Cristo, a llegar a «un mismo ser con Cristo», a ser un evangelizador y a tener un amor filial y comprometido a María. Con esta motivación se tiene el ánimo y la fuerza suficientes para comenzar el recorrido marianista.

Este deseo se expresa en una llamada que viene del Espíritu. Un día se escucha esa llamada, y después de escucharla y discernirla, cuando se comienza a responder, se inicia el camino. Se trata de una vocación, de un don y de una invitación que viene del Espíritu, a hombres y mujeres, a laicos y religiosos, a través de una comunidad o grupo de Iglesia, para que las personas que nos rodean se conviertan y lleguen a su plenitud en Dios. No se debe iniciar este camino si no ha habido llamada. Para responder bien y seguir esa llamada, hay que comenzar a caminar con espíritu nuevo, y quizás en dirección distinta de la seguida previamente. Todo camino supone conversión.

De forma práctica, hay que decir que un cristiano da el paso para iniciar este camino marianista, en una comunidad o grupo con el que se reúne para compartir la llamada recibida. La respuesta se transforma en un compromiso para que el Reino de Dios venga. Una persona puede leer un libro o escuchar una presentación sobre la espiritualidad marianista, y dar sola el primer paso. Con todo, la mayor parte de los marianistas entran en este camino participando en las reuniones y en la vida de una comunidad en la que la espiritualidad marianista es compartida y presentada a los demás.

Lo que mueve para vivir esta espiritualidad, el detonante para dar el primer paso y querer hacer un proceso, la puerta para entrar en esta aventura del espíritu es diversa según los casos. Estas son algunas de las experiencias que se convierten, para el marianista, en punto de partida de todo proceso de acercamiento a Jesucristo:

Una experiencia intensa de fe

Es decir, el vivir una determinada realidad que sólo se toca y se percibe desde la fe: la presencia del Señor en la propia vida, la acción misericordiosa del Señor con uno mismo, el descubrir que el Señor me habla a través de la Biblia, la acción salvífica con ocasión de la celebración de alguno de los sacramentos, el encuentro con un enfermo o excluido de nuestra sociedad. De una u otra forma, bien podemos decir que la intensidad de la fe es siempre una vuelta a la radicalidad del Evangelio.

La experiencia concreta de misión

Es decir, la experiencia de ser capaz de realizar algo significativo que ayude a cambiar las vidas de los otros. La participación en una tarea pastoral puede llevar a sentir la presencia y la acción del Señor.

La iniciación en el sistema de virtudes

Para sostener esa fe, se precisa el apoyo de una espiritualidad. La espiritualidad marianista es apostólica y anima la caridad pastoral.

Una rica experiencia de encuentro con María

María es don de Dios para la humanidad y para cada uno de los creyentes. María puede llegar a ser para un marianista una vocación dentro de la vocación cristiana. María nos llama, nos convoca, nos reúne y nos envía en misión.

 

2. El objetivo del camino marianista

¿De dónde a dónde nos lleva este camino cuando se entra en él con ganas de recorrerlo hasta el final? ¿Qué se pretende alcanzar cuando se inicia el proceso que nos propone la espiritualidad marianista?

El objetivo del camino marianista es la conformidad y la unión con Jesús en su misión de hacerse hombre y de redimir el mundo. El camino marianista tiene el mismo recorrido que el camino de Jesús; es un camino para vivir con Jesús y como Jesús, y también para vivir de Jesús y para Jesús; nos pone en condiciones para reproducir en cada uno de nosotros la imagen de Jesús; más aún, para ser movidos, estimulados y atraídos por él.

En María encontramos este objetivo encarnado y realizado. El Espíritu Santo la ha cubierto con su sombra y la ha hecho imagen fiel y memoria viva de Jesús. En ella, como ella y con ella aprendemos de modo muy concreto a hacer este camino. El espíritu de María nos anima. Por ella nos llega gracia para iniciarlo y proseguirlo.

El camino marianista lleva:

De un centrarse en sí mismo a un centrar la propia vida en Cristo

Lo que le llega a interesar a un marianista es, sobre todo, Cristo. Cristo se transforma en camino, verdad y vida. El signo de que este paso se ha dado es el servicio generoso a los demás. La espiritualidad marianista lleva al necesario olvido de sí para poner la atención y el interés en Jesús y en los demás. En esta espiritualidad se presenta un proceso de preparación y de purificación que "consuma" nuestro recorrido centrándonos en Jesús.

De las palabras y la teoría a la experiencia

Las palabras son muy importantes, pero hay que saber llegar, a partir de ellas, a la experiencia y al vivir cotidiano. La Palabra se hizo carne, y continúa inspirando y ayudando la encarnación y la puesta en obra de nuestras palabras. El camino marianista nos hace entrar en procesos y a transformar el diario vivir. Hay que "encarnar la Palabra".

De la fe a la caridad

La espiritualidad marianista nos lleva a una fe que actúa por la caridad y que se hace visible en el amor. La meta de esta transformación está en vivir la misericordia y descubrir la fecundidad que viene de la caridad. En la espiritualidad marianista se pone mucho énfasis en cultivar la fe y en crecer en la fe. En esa espiritualidad, cuando se madura, se vive para amar. La fe nos hace familia, y por ella vivimos animados por el espíritu de familia y por el amor. Esa es la «fe del corazón» de la que habla el Fundador y que nos capacita para amar lo que creemos. El dinamismo interno de la fe, tal como se presenta entre los marianistas, lleva necesariamente a los demás.

De la promoción humana a la acción evangelizadora

La espiritualidad marianista lleva a un anuncio espontáneo del Señor. Se vive para dar a conocer a Jesús y para hacerlo amar. Nos hace misioneros. Es importante ayudar a crecer en humanidad al ser humano, y, para ello, aprovechar cuantas ocasiones se ofrezcan para hablar de Jesús, comunicar su espíritu, hacerlo presente. La promoción humana que se logra por la educación o la ayuda social es importante, pero no podemos olvidar que se educa para formar en la fe. Para nosotros, la fe y la justicia están entrañablemente enlazadas por la misericordia, que es el mejor modo de testimoniar a Cristo Jesús al hombre y a la mujer de hoy.

Del proyecto a la realización

La espiritualidad marianista no nos deja mirando al pasado. Nos lleva hacia el futuro; a realizar una nueva andadura; a implicarnos en las nuevas luchas -Nova bella, que diría el Fundador-; a encontrar nuevas estrategias personales y comunitarias. Esta es la mejor manera de alimentar la esperanza y de comunicar entusiasmo misionero.

 

3. Las dimensiones de este camino

El camino marianista nos introduce en un proceso del que nos interesa conocer la meta, pero también las etapas y lo que podríamos llamar el centro o núcleo, el verdadero hilo conductor de todo este recorrido. Sabemos que este camino es algo existencial; tiene historia. No es una realidad ordenada y lineal. Es una historia en la que se entremezclan e interfieren continuamente las iniciativas imprevistas de Dios, la libertad de la persona humana y las circunstancias diversas de la vida. En ese camino hay ascética y hay mística. No es sólo para iniciados, sirve para todas las etapas de la vida espiritual.

El camino marianista es un proceso gradual. En él se avanza a través de crisis, estancamientos, retrocesos, crecimientos y progresos. La imagen que mejor refleja esta realidad es la espiral: al mismo tiempo que uno avanza, vuelve a encontrarse con las mismas experiencias de la etapa anterior, que hacen retroceder para retomar de nuevo el camino e ir hacia adelante y hacia arriba.

Por lo mismo, cuando en el camino marianista hablamos de etapas, no podemos olvidar que nos estamos refiriendo a aspectos o dimensiones de la vida cristiana que se cultivan de modo especial, se refuerzan, se afirman y siempre se trabajan. En un determinado momento se pondrá de relieve uno u otro, y ello de acuerdo con las necesidades o exigencias del proceso.

Algunos de los elementos de este camino los encontramos en el llamado "Método de virtudes". Varias de las enseñanzas del Fundador sobre el progreso en la vida espiritual están recogidas en torno a este método, que nos dispone a revestirnos del hombre nuevo con una vida plenamente motivada por la fe, la esperanza y la caridad, y orientada a Jesús.

Dimensión de iniciación

Esta etapa es de punto de partida, de llamada, de apertura a la acción del Espíritu y de docilidad a sus iluminaciones. Corresponde al tiempo de sembrar grandes deseos. En ella no puede faltar el entusiasmo y el idealismo del que se inicia y quiere llegar a la meta final sin olvidar las realizaciones concretas.

A ello ayuda la oración personal, el ejercicio de determinadas virtudes y los trabajos pastorales. Estos elementos suelen estar interrelacionados en la experiencia de la mayor parte de los marianistas. En esta misma experiencia, alguno de esos elementos suele cobrar un relieve especial y predominante. En este tiempo es muy importante una oración en la que uno busca, discierne, interpela a Dios, trata de interpretar los signos de los tiempos de la propia existencia y de la humanidad.

En esta etapa, además de saber de dónde se parte, importa conocer cómo es la persona que inicia este recorrido. ¿Quién es y cómo es? ¿Cuál es su pasado y su historia? ¿Hacia dónde apunta en el futuro? En otras palabras, se debe dar mucha importancia al conocimiento de sí, conseguido con la ayuda de las ciencias humanas y de la palabra del Señor. La meta no es otra que conocerme como Dios me conoce. El examen personal es una actividad indispensable. El ejercicio del discernimiento ayuda a poner la mirada fija en la realidad que nos rodea, y el oído atento al eco que produce en nosotros. Esto ya es, como veremos en la segunda parte, un modo de orar.

Este es también el momento de recordar algo importante en el camino de oración: orar con nuestro cuerpo. Lo conseguimos cuando nuestro cuerpo se une a nuestro espíritu en la alabanza, el perdón o la súplica que dirigimos al Señor. La oración marianista es la propia de un espíritu encarnado en un cuerpo. Por tanto, para tener nuestra comunicación con el Señor, se debe prestar atención a la respiración, la relajación, la postura, el lugar y el momento. Nuestro ritmo de vida y de trabajo influye en nuestra oración. Cuando oramos, sentimos el cuerpo y lo podemos escuchar, recibimos sus estímulos y sus llamadas. Juegan un papel importante en nuestro proceso de oración la preparación y ambientación de la misma, la duración y la conclusión. La oración es una realidad vital y, por supuesto, también corporal.

Sin embargo, a veces no estamos corporalmente dispuestos para orar. Cuando se trata de enfermedades físicas o de incomodidades, apenas podemos hacer otra cosa que cuidar mejor nuestra salud y aceptar nuestras limitaciones. Podemos, sin embargo, poner el máximo empeño en disponernos físicamente para una oración concentrada. El yoga que enseña los asana (posturas) no se comprende como una forma de gimnasia, sino como oración. Los monjes cristianos de oriente desarrollaron disciplinas semejantes en sus enseñanzas para centrarse en la oración (el Hesicasmo ).

Dimensión de purificación

Esta dimensión y actitud se requiere para responder bien a la vocación, para lo cual se necesita conocer y superar los obstáculos, tanto interiores como exteriores, mediante la purificación de la mente y del corazón. Sólo así se llega a centrar la vida en Cristo. Se necesita también desarrollar las cualidades o actitudes que nos preparan para la responsabilidad y el servicio. Así se comienza a tener una sensibilidad especial para vivir determinados "misterios" de la vida de Cristo. Con Cristo morimos y por él resucitamos; con Cristo nos renovamos y nos abrimos a la nueva vida, que es una vida de fe, esperanza y caridad. Pasamos por la muerte, como el Señor, para resucitar a la nueva vida después de haber sido bautizados en su muerte. Vivimos en la tentación y la prueba. Descubrimos que para fructificar hay que ser podados como la vid (Jn 15,2) y hay que crecer en la oración.

Cuando se pasa por tiempos de purificación, se pone el acento en ser redimido y liberado, y también en ayudar a redimir y liberar a los demás; en recibir más que en dar; en ser probado para abrirse a la plena libertad y al amor. En tiempo de purificación, cuando se ora, se experimentan también las limitaciones, la fatiga, la ausencia de determinadas consolaciones.

Si no acepta y asume la purificación, el creyente probablemente se quedará en la mediocridad durante toda su vida. Guillermo José Chaminade nos ha prevenido con insistencia contra este peligro. Con frecuencia se prefiere buscar otro camino, en lugar de superar las dificultades reales que están delante de nosotros. La espiritualidad, en determinados momentos, cuando quiere ayudar a dar un paso nuevo, "pone en crisis", es decir, produce cambios en el diario vivir. Esta espiritualidad asume, cada vez con más fuerza, los valores fundamentales, y en cierto modo los va resumiendo en el amor. Por este amor a sí mismo, a los demás y, sobre todo, al Señor, que brota en la oración, el marianista sale de sí mismo y se olvida de sí mismo. Toma el camino de la generosidad. Se inicia una oración de alabanza y de agradecimiento, sin que falte la oración penitencial. Esta dimensión corresponde, en el fondo, al momento en que se descubre el misterio de Jesús; a Jesús que, siendo el hombre para los demás, en el momento de la oración en el desierto y en Getsemaní se abre a la entrega definitiva.

Nuestros problemas con la oración tienen, a veces, menos que ver con la misma oración que con el estilo de vida que nos aleja de ella. Por ello es bueno reflexionar sobre los obstáculos que impiden o deterioran nuestra vida de oración. Citemos algunos ejemplos:

1. La oración será un momento vacío si la experiencia de la vida misma está vacía.

2. A menudo sentimos una tensión, más que una integración entre la oración y el trabajo. Las espiritualidades, tanto de Oriente como de Occidente, también reconocen la validez de la actividad como un acercamiento a Dios (espiritualidad apostólica, karma yoga), pero tiene que serlo desde una postura de coherencia personal y de sinceridad (a veces, invocar que "la vida ya es oración" no es sino una excusa para no encontrar tiempos de silencio y soledad).

3. La oración no puede darse si nuestras mentes están llenas de sensaciones, imágenes y lecturas superficiales. El Fundador consideraba fundamental al comienzo de la vida espiritual crear y enriquecer el silencio interior para llegar a escuchar la palabra verdadera. Nuestra espiritualidad tiene un verdadero tesoro en "los cinco silencios".

4. Existe un profundo vínculo entre la oración y el tiempo de sosiego (un paseo, el contacto con la naturaleza, un ejercicio de relajación...).

5. La adicción es un tema de importancia creciente en la vida actual: el trabajo, las relaciones, la comida, la bebida, el tabaco, el juego, el consumo, las compras... se convierten fácilmente en el objetivo de nuestro corazón, en vez del tesoro de la experiencia de Dios.

6. La meditación sobre la Escritura y la lectura espiritual no parecen ser temas prioritarios en la vida de muchos de nosotros. Sin embargo, vemos que creyentes de otras religiones son mucho más exigentes en la utilización de estos medios.

Dimensión de consumación y plenitud

Esta realidad se vive cuando se pasa por la experiencia de permitir a Cristo que viva plenamente en nosotros y nos revestimos de él. Vivimos con él, y nuestra vida es una vida nueva, como la de Cristo resucitado. Sigue habiendo muerte, y una muerte que toca lo más profundo de nuestro ser y desde ella resucitamos. Cristo habla y nosotros escuchamos; la oración es la disposición de apertura y de disponibilidad que permite que el Señor actúe y haga su obra en nosotros, y que su Espíritu nos inspire, nos ilumine y nos dé fuerza.

Si se crece en la experiencia de purificación y se superan las actitudes egoístas, se llega a una disposición tal que uno puede gozar de los frutos del Espíritu Santo en nosotros, presentes en nuestra vida y en nuestro trabajo. Se entra en una nueva etapa. En ella se vive de la fe y del amor. Se ama sirviendo y se sirve amando. El contacto con Cristo resucitado abre al amor y a poner amor en todo. Los misterios de Jesús y los de la existencia de cada uno de nosotros se encuentran y se entrelazan. La oración y la participación comunitaria en la misión nos ayudan a ahondar en esta experiencia. Este paso pide una oración de presencia, orientada a alcanzar amor, y, sobre todo, una oración contemplativa.

 

4. El núcleo o hilo conductor de este camino

El núcleo es Cristo Jesús, hijo de Dios, hecho hijo de María para la salvación de los hombres. En torno a él se reúnen las personas que entran por el camino de la espiritualidad marianista. En él se encuentran la llamada y la respuesta. De él vienen la decisión para comenzar a andar y la fidelidad para llegar a la meta. Él nos da la fuerza para recorrer las diferentes etapas y alcanzar la meta final. Mejor aún, él es la llamada y la meta, la fuerza y la luz para hacer bien la andadura.

En Cristo, el marianista consigue unificar la fe y la entrega evangelizadora, la intensa devoción a María y la vida comunitaria, elementos centrales del carisma y de la espiritualidad marianista. Con él y por él se integran vida espiritual, vida personal, vida social, tareas, sufrimientos, la obra del Espíritu realizada por medio de nosotros y en nosotros, y la experiencia de colaboración personal y de inagotable entrega a servir a los demás. Cristo no está sólo en la meta, y la meta no es sólo la conformidad con él. Cristo acompaña y guía.

María no es el centro pero está en el centro. Desde ahí nos centra en Cristo y nos lleva a él. Nos muestra a Jesús, fruto bendito de su vientre, y nos introduce en su misterio y en sus misterios. Nos forma en su seno materno a la imagen de su Hijo primogénito, el primero entre muchos hermanos. Con Pablo VI podemos decir que la devoción a María, sobre todo para los marianistas, es «un elemento calificador» e «intrínseco» de nuestra vida cristiana. El marianista llega a descubrir que en María todo está referido a Cristo, y todo depende de él (Mc 25) y, por tanto, lleva a él. Cuando quiere dar un paso más de fidelidad a Cristo, el marianista mira a María, a la que ve como alguien que es toda de Cristo y está dedicada totalmente al servicio de los hombres y mujeres de nuestros días.

Por María nos llega el espíritu de Jesús. Así podemos hacer las mismas opciones y realizar las mismas acciones de Cristo. Esa es nuestra misión. Seguimos a Cristo, que se quiso encarnar y acercar a las personas; que vivió con un grupo su entrega a la misión recibida; y que asumió su condición de hijo de María.

 

5. Algunos elementos de una pedagogía espiritual marianista

En toda experiencia espiritual se necesita siempre un acompañante para que haya verdaderos discípulos de Jesús. Esa experiencia no se puede hacer en solitario, ni el maestro se puede limitar a ofrecer teorías abstractas. Sabe que trata con personas; dialoga con hombres y mujeres que necesitan ayuda. En esta interacción, poco a poco se va haciendo una tradición; en otras palabras, se crea una verdadera escuela. La influencia de los maestros llega a través de testimonios y palabras, por medio de los cuales se ofrecen criterios y orientaciones para avanzar en la vida en el Espíritu.

En esta pedagogía marianista hay algunos elementos que son fundamentales. Marcan el espíritu con el que se vive la espiritualidad y se identifican con los criterios que orientan el proceso de oración.

Es una pedagogía en la libertad

La libertad es condición indispensable para cualquier paso en la vida del Espíritu. Somos libres para alguien y para algo, y sin ser libres es muy pobre nuestro amor y nuestra fe. Nada se construye en el orden de la gracia si se construye sobre la negación, el rechazo, el miedo o la simple renuncia. La verdadera liberación no pasa por rechazar lo que uno es, sino por aceptar lo que nos abre al amor y la comunión. La lucha por la libertad no se lleva a cabo por ejercicios de voluntarismo, sino bajo el signo del Espíritu Santo. Este Espíritu se caracteriza por aunar en sí la fuerza y la suavidad, el vigor y la ternura, la ley y la gracia. Por eso mismo podemos juntar, por una parte, la aceptación de lo que nos toca vivir, y, por otra, la superación de la realidad en la que estamos inmersos.

Desde el momento en que uno ha tomado conciencia de que se acepta a sí mismo, desde ese mismo momento ha salido de sí. En ese momento se hace realidad la orientación tan querida de los marianistas: la verdad nos hace libres (Jn 8,32); y la libertad nos permite amar en verdad. Estamos invitados a disfrutar de la libertad que nos da el amor. Esta es una respuesta de fe, que se madura en la oración. El contacto con el Señor es lo que nos hace libres. Cuando ese contacto es real, nos regala el Señor el don de la libertad, que es el mejor don que el Señor puede hacerle al hombre. Un don que no debe infundirnos temor, ya que conlleva la fuerza y la suavidad del Espíritu.

Es una pedagogía evolutiva

En ella se tiene en cuenta el tiempo: se necesita tiempo para crecer y madurar. El Espíritu Santo no tiene plazos, pero el hombre que está implicado en el proceso sí los tiene. La gradualidad es la forma de crecer del creyente, que poco a poco llega a entrar en los planes del Señor.

En esta evolución hay que recordar que «todos murieron sin haber conseguido el objeto de las promesas» (Hb 11,13). No alcanzaron a verlas cumplidas, al menos en su plenitud. Se esforzaron por fijar los ojos en Jesús, en la meta; en el que soportó la cruz (Hb 12,2). No se contentaron con hacer generosa profesión de fe cristiana. Trataron de vivir lo mejor posible las exigencias del Evangelio; buscaron trabajar sin descanso por instaurar en el mundo los valores del Reino.

Esta pedagogía pide saber convertir la espiritualidad marianista, y por tanto la oración, en proceso y no sólo en meta. Se parte de un lugar y en un momento, y desde ahí se llega a una meta. «En aquellos días, el Señor dijo a Abrahán: "Sal de tu tierra y de la casa de tu padre hacia la tierra que yo te mostraré [...]. Te bendeciré". Abrahán marchó, como había dicho el Señor» (Gn 12,1-4).

Es una pedagogía que cultiva la virtud, o dinamismo interior

Para sostener y promover una espiritualidad vigorosa, se precisa redescubrir y profundizar el sentido de la virtud. La virtud es fuerza y es don; es un modo de encauzar hacia el bien el dinamismo moral y religioso que tenemos; es esfuerzo al que pueden acompañar la satisfacción y el gozo. Los dones del Señor son permanentes, y nuestro empeño por recibir esos dones y compartirlos tiene que ser constante. La virtud estructura la espiritualidad, y en ella pone consistencia y alegría para hacer el bien con generosidad. Por la virtud, el empeño espiritual dura y se superan las circunstancias adversas.

Es una pedagogía de la acogida del don y del compartir el don

La llamada inicial es un don, y la fidelidad a la oración también. Un don que se recibe y se acoge como algo que llega gratuitamente. La mejor manera de multiplicarlo y hacerlo crecer es darlo. La fe, el amor y la esperanza, cuanto más se dan más se tienen; cuando se comparten se multiplican. Cuando se guardan para sí mismo, se pierden y pierden su sentido. La solidaridad unida a la generosidad son indispensables en nuestra vida.

Es una pedagogía de la integración y de la comunión

El camino marianista comienza en una persona humana. La persona humana es creada por Dios para alabar y servir al Señor y para vivir en comunión con los demás. Desde ahí accedemos al misterio de Dios a través de la humanidad y del misterio de Jesucristo, y a la comunión con los seres humanos y con el cosmos. A la luz de la fe se puede vivir en Jesús la unidad del misterio de Dios que se hace presente en Jesucristo.

Esta pedagogía toma al hombre como un todo. El hombre, cuerpo y espíritu, es capacidad de conocer, de amar y de poner por obra. La calidad de su dinamismo le pide juntar la oración con el estudio, la reflexión y la oración con la actividad de cada día, el examen con la vida; supone amar lo que se cree y se conoce.

En el camino marianista es muy importante mostrar la unidad del recorrido y la interdependencia de los elementos, y, sobre todo, el verdadero centro o núcleo del conjunto. También es importante señalar el hilo conductor que lo une todo y por el que pasa la gracia, que se transforma en fuerza y luz para caminar. En el misterio de Cristo hay misterios y tiempos que respetar. No se puede vivir todo al mismo tiempo, como no se puede hacer cuaresma en navidad. Pero hay una pascua que nos espera y una compañía ininterrumpida que nos conduce a vivir del amor. La pascua es Cristo resucitado.

Por lo mismo, en esta andadura todo debe estar íntimamente trabado. Debe ser como el despliegue progresivo del único misterio de Cristo. A su vez, en cada momento y en cada dimensión y período debe estar presente el conjunto del camino. Lo que se debe escuchar al final es la música del camino marianista: ir de la encarnación a la resurrección pasando por la cruz, para terminar en la efusión del Espíritu; partir de la iniciación, asumir la purificación y llegar a la plenitud del amor. Eso es lo que nos muestran también la persona y el misterio de María. Ella es para nosotros el ejemplo de esta dinámica.

El marianista que ora tiene necesidad de volver constantemente a la experiencia fundante de su fe y de su vocación marianista, y a su espiritualidad. La renovación diaria de la consagración mariana le lleva a una adhesión filial y fraterna con todos; en esa consagración revive la gracia del bautismo, y lo hace con el espíritu de María. La oración nos da una fuerte conciencia de la presencia y de la acción del Dios en nuestra vida; por la oración se toma conciencia de que la realidad está preñada de Dios. Se trata de caer en la cuenta de esta realidad, y de descubrirla en su hondura y verla como un lugar de ese encuentro con Dios. Profundizar en la oración el misterio de la encarnación en compañía de María nos permite hacer ese descubrimiento. Eso nos recuerda la parábola del pez joven:

- Usted perdone -le dijo un pez a otro-. Usted es más viejo que yo y tiene más experiencia, por lo que probablemente podrá ayudarme.

- Dígame.

- ¿Dónde puedo encontrar eso que llaman océano? He estado buscándolo por todas partes pero sin resultado.

- El océano -respondió el pez grande- es donde estás ahora mismo.

- ¿Esto? ¡Pero si esto no es más que agua! Lo que yo busco es el océano -replicó el pez joven totalmente desilusionado, mientras se marchaba nadando a buscar en otra parte.

En la espiritualidad marianista es importante tomar conciencia de la presencia del Señor en todo lo que acontece, y dejarnos inundar de gozo con este hallazgo; es indispensable un talante místico para ver a Dios en todo. Ahí nos quiere llevar esta espiritualidad. Entonces lo humano se convierte en lugar de culto y en lugar sagrado por excelencia. Esta experiencia repetida de cómo Dios nos cuida hace brotar una confianza básica en el amor y en la ternura del Señor y de María, y esto es la fuente de nuestra felicidad. Así la vida se va integrando y encauzando en el texto de Miqueas: «Respetar el derecho, amar la misericordia y caminar humildemente con tu Dios» (Miq 6,8), que con nosotros está.