Capítulo 1: El camino cristiano

Todas las personas que se inician, o que inician a otras, en la vida del Espíritu hablan de hacer un camino y de recorrer un proceso. El camino es una imagen muy rica para entender y asimilar una espiritualidad, y particularmente expresiva al hablar de oración. Evoca y confirma el carácter dinámico de la vida en el Espíritu. Nos lleva a pensar y hablar de experiencia, andadura, recorrido, etapas, compañía; del espíritu y del cuerpo, de la partida y de la llegada a la meta, de los avances y de los retrocesos. La oración es una aventura, un camino que nunca se acaba de recorrer del todo.

Los cristianos, en general, hacemos recorridos parecidos. Así ocurre porque hay un camino cristiano: existe una propuesta de camino cristiano hecha por Cristo. Jesús ha inaugurado una experiencia de vida de fe y de caridad, que ha sido asumida por muchos en el pasado y que sigue siendo asumida en el presente. Por eso mismo se continúa proponiendo y enriqueciendo esta propuesta. Jesús, básicamente, hizo suyo el caminar de los pobres, del pequeño resto de Israel. Movido por el Espíritu, abrió las nuevas rutas del camino de comunión, contemplación de Dios como Padre, para que los sencillos, los mansos y los misericordiosos pudieran conocerlo, vivirlo y anunciarlo. Hizo de esta experiencia espiritual la fuerza que mueve la historia. Quien mejor siguió sus pasos fue María. Se convirtió en una discípula con categoría de maestra y discípula, de madre y hermana. María inspira y acompaña a muchos.

Es importante tomar conciencia de que el camino cristiano es original, en su recorrido, en relación con los demás caminos de la humanidad. El camino cristiano lleva hacia Dios; y a Dios se le encuentra a medio camino, porque Dios es Padre y sale al encuentro del hombre, que es hijo y hermano. Se manifiesta ante nosotros porque ya está presente en la ruta. Durante el mismo recorrido se produce el encuentro. Fruto de la gracia, el cristiano comienza a sentir y a darse cuenta de que Aquél a quien busca ya lo tiene, y es Dios, su Padre. Para el cristiano no se trata tanto de ascender y de llegar a una meta: se trata de estar en condiciones para recibir y acoger una presencia, un mensaje y un don; y para compartir lo recibido. La aventura espiritual del hombre cristiano se convierte en un acontecimiento que, fundamentalmente, es un encuentro interpersonal entre Dios Padre y el hombre.

No merece la pena entrar ahora en muchos detalles sobre esta experiencia cristiana o itinerario espiritual. Pero sí es oportuno describir sus elementos principales, y ver de qué manera afectan y orientan el camino marianista. Se trata, en el fondo, de entroncar el camino marianista con el Evangelio. Por lo mismo conviene señalar que este camino tiene un punto de partida: la iniciativa e invitación del Padre.

1. Un punto de partida: la iniciativa e invitación del Padre

Este camino se hace porque Dios nos llama a hacerlo. Parte del Padre y de su invitación a hacerlo. Él nos llama, revelándonos quién es y revelando lo que hace, y evocando nuestra historia y condición. Nos ha creado, y por Cristo nos ha redimido de un modo admirable. Toda llamada es una reactivación de la acción creadora y redentora del Señor.

Esta llamada necesita ser atendida y escuchada, ya que el hombre, por el pecado, a veces deja de oírla. Se hace ciego y sordo. Llega a no escuchar a quien le habla y a no responder a quien le llama. Esta llamada, en fin, es una invitación a juntarse con otros, y a vivir juntos, en comunidad, de la fe y la caridad.

Los llamamientos del Señor se dan en los momentos fuertes de cada historia personal. Estos encuentros llevan a alianzas hechas, renovadas y olvidadas, hasta llegar, cuando se aprende a ser fieles, a una alianza definitiva. Esta alianza se va preparando y se produce en la encarnación de Jesús con toda la humanidad y con cada uno de nosotros el día en que tomamos conciencia de los signos de la presencia del Señor en nuestras vidas.

2. Un hito central de este camino: el encuentro con Jesucristo

El acercamiento y encuentro con Dios se hace en Jesús, con Jesús y por Jesús. Jesús desciende y se encarna. Así Dios está con nosotros. El hombre asciende por la escalera de lo humano hacia lo divino, y por la fuerza puesta por Dios en cada ser humano. «A Dios nadie le ha visto jamás» (Jn 1, 18), pero en los tiempos nuevos se ha manifestado en Jesucristo, que se revela a los pequeños y sencillos.

Dios Padre es quien está en el origen de todo y por encima de todo. Jesús nos lleva al Padre y nos muestra al Padre. Sólo en Jesucristo el cristiano descubre a Dios y se une a él. La humanidad del Verbo encarnado es el lugar del encuentro perfecto y el lugar central de todo camino espiritual cristiano. Los misterios de Cristo nos ayudan a comprender al Padre y a participar en la misión de Jesús. La cercanía y trato con Jesús hecho hombre nos deja con su espíritu. Estas realidades son las que hacen cristiano un camino espiritual.

Algunos cristianos han tratado de minusvalorar este encuentro con la humanidad de Jesús. La misma Teresa de Jesús estuvo a punto de caer en la tentación de prescindir del encuentro con Jesús hecho hombre. Pero pronto se dio cuenta de que, tanto para el principiante como para el místico, no hay más que un camino: Cristo Jesús. O dicho más claramente: la gozosa, dolorosa y gloriosa humanidad de Cristo. Por tanto, se trata fundamentalmente de seguir los pasos que Jesús siguió, y así mirar, escuchar, orar y amar como él lo hizo.

Para el Padre Chaminade, «la vida del espíritu, la vida espiritual, o la vida del espíritu de Jesucristo son una misma cosa. Conducirse según el espíritu es obrar según el espíritu de Jesucristo» (Retiro de 1822, meditación 7ª. Notas de Retiro II, 87).

Basta también recorrer la vida de Adela, leer sus cartas (medio por el cual vivió la relación interpersonal), para caer en la cuenta de que la introducción en los misterios de Cristo, contemplados a través de la liturgia, forman parte de su vida. La contemplación de los misterios de la vida de Jesús es elemento central de la espiritualidad y oración marianista. Sólo por la humanidad de Jesús tenemos vida y vida en abundancia. Recuperar o familiarizarse con esta humanidad es decisivo para la espiritualidad marianista.

3. Un encuentro en el que recibimos el don del Espíritu

El Espíritu hizo fecunda a María y nos hace fecundos a nosotros. El ejercicio de fe y la oración se orientan a descubrir su presencia y su acción en la Iglesia y en el mundo hoy. Por obra del Espíritu Santo hacemos el bien y evitamos el mal; en otras palabras, nos convertimos en don para los demás. Este Espíritu es el espíritu con el que Jesús fue ungido, movido y enviado; es el espíritu que Jesús nos dejó y que anima la Iglesia.

A este encuentro responde el hombre por medio de la fe, la esperanza y el amor. Acepta encontrarse con Jesús y vivir en su compañía. Se confía a él. Eso es la fe. El amor y la fe son una respuesta libre. En los encuentros que Jesús tuvo con los hombres y mujeres de su tiempo, comenzando por su madre, siempre hacía la invitación a seguirle. En ese seguimiento, el hombre, convertido en amigo de Dios por la alianza en Jesucristo, entabla un diálogo hecho de confianza y de intimidad, de desafío y de exigencia. Este diálogo continuará hasta el final de los tiempos. La vida espiritual es la respuesta de amor y de fe dada en el seguimiento de Jesús.

El camino se prosigue con Jesús. Su compañía se transforma en búsqueda, encuentro, diálogo, asedio amoroso... Este encuentro es todo un símbolo y una invitación a dejarse seducir por el amor vivido en libertad, el que surge entre el creador y la criatura, entre Dios y su Pueblo, y entre Jesucristo y cada uno de nosotros.

La perfecta respuesta de esta fe y este amor la tenemos en María, ya que en su seno se dio el encuentro primero entre una criatura y su creador. María continúa la obra maravillosa de acercar el creyente a Cristo. En cierto modo, no se da ningún otro encuentro cristiano sin referencia a ese encuentro de María. Ella cuida de que todo cristiano tenga vida abundante y llegue a la madurez de la plenitud de Cristo.

Cuando el encuentro se prolonga y consolida, nos hacemos compañeros de Jesús. En ese seguimiento se permanece tanto en la misión como en la oración. Se hace lo que Jesús hizo: anunciar el Reino y trabajar para que el Reino venga. Es decir, se dedica la vida a evangelizar, curar y sanar, hacer comunidad y permanecer en oración al Padre.

En este itinerario de oración descubrimos «la anchura y la longitud, la altura y la profundidad» del amor de Cristo, que excede a todo conocimiento (Ef 3, 18-19). Cuando el hombre llega a experimentar esta anchura, descubre que ser cristiano es entregarse constantemente y darse generosamente en la misión. La verdadera realización personal pasa por la generosidad y el servicio.