CAPÍTULO IV.

 

UN ÚNICO CARISMA MARIANISTA
Y TRES FORMAS DE VIDA:

VIDA LAICAL, VIDA RELIGIOSA E INSTITUTO SECULAR.

 

 

1. COMUNIDAD, CARISMAS Y MINISTERIOS

                                                                                                                                 

            Trataré en este último capítulo de definir la identidad de cada una de las formas de vida marianista: laical, religiosa, instituto secular. Tradicionalmente se hablaba de tres estados: laicos, religiosos, sacerdotes, situados en dos órdenes laicado y jerarquía. Claro que las tres formas de vida marianista no corresponden a las de los tres estados. Hoy por hoy no existe una forma diocesana de vivir el carisma marianista, como hubo entre los congregantes del P. Chaminade. La vida de la Alianza Marial, como Instituto secular, es una vida consagrada como la vida religiosa. Con todo hablaré de tres formas de vida.

            El Vaticano II, al redescubrir la dimensión carismática de todo el pueblo de Dios, ha realizado una auténtica revolución copernicana [1] . Dios trae el reino. El reino es gracia. La gracia del reino es sobre todo el Espíritu. Este se manifiesta en sus múltiples carismas. Por carismas entendemos un don sobrenatural y gratuito del Espíritu en vistas de un determinado servicio a realizar para la edificación de la comunidad. El mundo está lleno de carismas porque el mundo está lleno del Espíritu. Allí donde hay reino de Dios, allí hay carismas del reino. En la medida en que el reino desborda la realidad de la Iglesia, instrumento al servicio del reino, el carisma adquiere un carácter universal que excede el ámbito de la Iglesia, pero en ella adquieren un particular relieve y concentración. Los carismas recaen sobre todos los miembros de Cristo, pastores, laicos y religiosos. Todos hacemos presente a Cristo en el mundo.  La vida según el Espíritu, condición del cristiano, viene antes de toda articulación y variedad en el interior de ésta. Ninguno en la Iglesia tiene derecho a la pasividad, a la división, al estancamiento o a la nostalgia del pasado. El Espíritu, en efecto, está siempre vivo y operante en todos con una imaginación y creatividad inagotable. En la Iglesia todos vivimos las mismas realidades pero de diversas formas.  Corresponsabilidad, comunión y apertura al futuro de Dios constituyan, por tanto,  el nuevo estilo de vida eclesial.

            En la línea del Vaticano II habría que superar el binomio jerarquía-laicado y el concepto mismo de laicado. La Iglesia no se identifica con el ministerio jerárquico, respecto al cual los otros bautizados si situarían como una totalidad indistinta, como un rebaño pasivo que guiar. No existe una Iglesia totalmente docente y una Iglesia totalmente aprendiz, ni una Iglesia que sólo da y una Iglesia que sólo recibe. Todos en la Iglesia han recibido el Espíritu y todos deben manifestarlo en el compromiso de la vida común. Todos son, cada uno según el don recibido, Iglesia docente  y todos Iglesia aprendiz. La Iglesia es el nuevo pueblo de Dios en el interior del cual el Señor da dones diversos, estableciendo diversos ministerios, entre los cuales el ministerio ordenado. La Iglesia es comunión, unidad profunda que brota de la iniciativa trinitaria y variedad riquísima suscitada por la multiplicidad de dones del Espíritu. Al binomio jerarquía-laicado hay que sustituirlo por el binomio comunidad-ministerios. De esta manera, mientras se subraya la unidad bautismal, eucarística y neumatológica de todo el pueblo de Dios, se pone en evidencia la variedad carismática y ministerial en el interior de él. Por eso aunque de una parte se debe hablar en general de cristianos, por otra parte lo que es necesario definir es el ministerio, la variedad en la unidad, lo específico en la totalidad. Con otras palabras, la característica propia del laicado no existe porque positivamente no existe el laicado. Existen los cristianos, los bautizados, a los que el Espíritu da dones y ministerios diversos. El problema es pues el de precisar lo específico de los diversos ministerios.

            Es en esta misma perspectiva en la que hay que superar el otro binomio usado para presentar el pueblo de Dios, el de religiosos-no religiosos. Ambas categorías pueden incluir laicos y ministros ordenados. Esta distinción se refiere al estado o forma de vida elegido por don del Espíritu Santo y con la aprobación eclesial, con vistas al fin común a todos, la santidad. El fundamento de la vida religiosa es la consagración bautismal. También aquí la unidad precede y vivifica la distinción y ésta tiene un valor funcional en orden a realizar el seguimiento de Cristo, según la vocación dada a cada uno. El binomio comunidad-carismas y ministerios expresa mejor la condición cristiana común, el carácter carismático de cada estado y su finalidad eclesial. El estado religioso es una estructura en la Iglesia en orden de alcanzar el fin de la santidad. Es una forma de vida que nace del don de Dios y del reconocimiento eclesial. Hace de los llamados un signo vivo del primado del Señor sumamente amado y del reino definitivo al que nos llama para la totalidad del pueblo santo. En esta eclesiología de comunión se subraya la riqueza neumatológica de la Iglesia,  y el Espíritu aparece actuando en toda la comunidad para hacer de ella el Cuerpo de Cristo. El suscita en ella la multiplicidad de carismas, que se configuran en la diversidad de ministerios al servicio del crecimiento común. De esta manera todo el pueblo de Dios aparece en sus dinamismos más profundos porque no está establecido de una vez para siempre de forma autosuficiente hasta el fin de los tiempos gracias al ministerio jerárquico. Por el contrario se le ve continuamente suscitado y vivificado por la fidelidad del Espíritu, que es al mismo tiempo novedad siempre nueva y actualización en el tiempo del único e irrepetible misterio de la encarnación del Verbo. Esta concepción abre la vía de una nueva madurez de los bautizados fundada sobre la conciencia de la propia dignidad cristiana y de la responsabilidad de discernir cada uno los propios carismas para ponerlos al servicio de todo el pueblo de Dios. Todas las formas de vida, pues,  son carismáticas y sus miembros tienen el derecho y el deber de ejercer diversos ministerios para la construcción de la Iglesia y del mundo.

             Por su parte la  teología de los carismas de los fundadores, como don a la Iglesia y utilidad de la misma, está suponiendo una verdadero cambio de perspectiva. El carisma de un fundador no es monopolio de sus religiosos que están llamados a vivirlo y mediarlo (ChL 24). Es un proyecto eclesial en el que deben comenzar a tomar parte los diversos integrantes de la misma Iglesia. El Instituto religioso no es más que una de las posibles formas de realización y de fecundidad del carisma de un fundador. Los carismas unen y reúnen a los de  identidades diversas; son un don para la misión y en esa misión nos reencontramos los marianistas.  El proyecto misionero del P. Chaminade de regenerar la Iglesia de su tiempo empezó con los seglares y sacerdotes diocesanos, pero abierto a la vida religiosa. A todos trató de inculcar su visión y su espiritualidad carismática.

 

  

2. LAS RELACIONES MUTUAS EN LA FAMILIA MARIANISTA

 

            Hoy día ya no es posible definir cada una de las formas de vida independientemente unas de otras y después ver qué tipo de relaciones establecen entre ellas. La identidad de cada una de las formas viene dada por su relación con las otras, por aquello que cada una es para las otras y lo que las otras son para ella.  Existe una distinción carismática dentro de lo común. Ponemos determinados acentos en lo que es de todos. Por eso la identidad no es identidad por exclusión sino por acentuación de elementos comunes a todos. De ahí nace la circularidad  de los carismas, del intercambio de dones. Es en la correlación donde adquirimos la identidad. La vida consagrada tiene identidad cuando es un verdadero carisma para la vida seglar. Y cuando los seglares dicen: sois un regalo para nosotros, entonces estamos siendo un regalo para la Iglesia o para los ministros ordenados. Y cuando los ministros ordenados son un regalo para nosotros, también son carisma para nosotros. Y en este intercambio de dones es cuando cambiamos de identidad. Por eso es una identidad dinámica, no es una identidad hecha de una vez para siempre. Es la identidad de la vida. Esto supera lo que son definiciones estáticas. Lo que sí podemos señalar es lo que cada una de las vocaciones es para las demás. Los laicos tienen como aspecto peculiar, si bien no exclusivo, el carácter secular, los pastores el carácter ministerial y los consagrados la especial conformación con Cristo virgen, pobre y obediente (VC 31). Esto confiere a la vida religiosa  sobre todo un carácter escatológico, al que apunta ante todo la virginidad (VC 26; ChL 55).

           

2.1. Unidad, diversidad, complementariedad

 

            Vita Consecrata pide colaboración, interacción y comunión (VC 54), sobre todo en el horizonte de la llamada nueva evangelización, responsabilidad de todo el pueblo de Dios [2] . También a los laicos les toca hacer el anuncio explícito del evangelio, el servicio a la persona humana y la promoción de la comunión entre los hombres (ChL 32-44). Así, de espectadores o destinatarios de la misión se convierten en protagonistas de la misma. Las relaciones mutuas entre las diversas formas de vida deben traducir en la práctica los principios de unidad, diversidad y complementariedad. En la Familia Marianista debemos:

            1) Poner de relieve lo que es común entre los  grupos para profundizarlo. Hay una común llamada a vivir el carisma marianista y su espiritualidad; hemos nacido de la misma intuición carismática. Todos reconocemos en la vida marianista nuestra particular vocación en la Iglesia. Tenemos una misión común y un padre y fundador común, Guillermo José Chaminade, una historia común y una meta común: la santidad misionera. Pero también el talante es común. Se expresa en el querer construir un modelo mariano de Iglesia. Todos formamos parte de la Familia Marianista. Esta es una familia abierta; hemos nacido del contacto con el mismo carisma.

            2) Indicar lo que es diverso para hacerlo complementario. La común llamada incluye vivir el mismo carisma diversamente. Es distinta la condición del marianista religioso y del marianista laico. Constituimos dos modos diversos de ser la misma cosa. Los religiosos pertenecemos a un Instituto religioso responsable a nivel de Iglesia ante la Congregación de Vida religiosa. En este Instituto  entramos a formar parte por la profesión publica de los votos y después de un largo período de iniciación y de probación. Las laicos pertenecen a “una asociación privada de fieles de derecho pontificio” y dependen del Consejo Pontificio de laicos.

             Para el religioso la Compañía de María asume los roles de una verdadera familia. Con ella hay que ser fiel en las alegrías  y en las penas; a ella se pertenece de por vida y de ella dependemos y ella depende de nosotros en las realidades concretas de cada día. En las Comunidades Laicas Marianistas en ellas se da una doble pertenencia: a su familia y a las Fraternidades; de esta doble pertenencia,  a diferencia de los religiosos, la primera es la primordial.

            La  misión es común, pero en ella participamos de manera diferente (ChL 15). Esta diversidad justifica y especifica, en cierto modo, el  papel de la Compañía en la Familia Marianista y su relación con las Comunidades Laicas Marianistas.  Esta diversidad también debe aparecer claramente en la pastoral vocacional y en la formación.

            3) Vivir la complementariedad. La experiencia de ciertas órdenes o Institutos religiosos que tienen ya una experiencia habla de un verdadera ósmosis entre los grupos religiosos y los laicales.  Para ellos todo puede ser complementario. Todos aprenden los unos de los otros. La participación histórica de los laicos en los carismas fundacionales ha aportado mucha creatividad, ha liberado al carisma de viejos esquemas del pasado, a ratos  vacíos. Les da un tono secular, renovador, relevante y por supuesto laical. A un movimiento laico le hace mucho bien la cercanía, presencia,  interacción e irradiación de lo que es específico de la Vida Consagrada. Esta ha sido siempre y continúa siendo una escuela de vida en la que cuentan la pasión en la entrega a los demás mantenida con una clara opción mística.

            Para hacer posible todo esto hace falta una escuela de formación a la vida marianista que sea si no totalmente en  común para los religiosos y laicos, sí en parte la misma y en todo complementaria. Hace falta crear espacios que faciliten el encuentro e intercambio carismático más allá de la presencia del asesor en una comunidad concreta de laicos, que continúa siendo la experiencia más importante del intercambio de carismas.

 

2.2. La Compañía de María y las Comunidades Laicas Marianistas

 

             Todas las ramas tienen que avanzar en esa complementariedad. Aquí quiero mencionar algunas tareas concretas que todas, y de manera especial la vida religiosa marianista, deben impulsar. Hablaré solamente de lo que podemos y debemos hacer los marianistas en este momento histórico.  Papel importante de la Compañía de María es poner en marcha todo lo que ayude a integrarse en la Familia Marianista, revitalizarla y hacerla crecer hasta llegar a compartir la vida, en distintos niveles, y la misión de diferentes formas y a relacionarse dinámicamente con las Comunidades Laicas Marianistas (RV 1.3). Ello comporta:

            1) Pensar como Familia Marianista: Ello supone incluir en el número de los que viven el carisma marianista también a los que no son religiosos y en concreto a los integrantes de las Comunidades Laicas Marianistas. Supone una nueva mentalidad para hacer nuestra historia, para describir nuestra geografía,  para orientar la formación, pensar la espiritualidad. Es importante acostumbrarse a ser compañero de misión y en concreto de trabajos pastorales concretos con los miembros de las Comunidades Laicas Marianistas y a que el horizonte sea la misión compartida.

            2) Sentir como Familia Marianista: El religioso se siente en familia cuando está en una de las Comunidades Laicas Marianistas. Con ella reaviva su vocación marianista y para ella da lo mejor de sí llamando con alegría y gozo a las personas que la pueden  integrar, entregándose  a la formación de las mismas o al acompañamiento de sus procesos de fe o compartiendo su amistad. Participa activamente en las diversas actividades y  acontecimientos de la Familia Marianista. Dedica tiempo a estas relaciones

            3)Actuar como Familia Marianista: Esta relación con las Comunidades Laicas Marianistas supone acciones importantes en las diferentes dimensiones de nuestra vida como son la calidad de la relación, la espiritualidad, la misión, la comunicación y la formación.

            Estas relaciones mutuas nos confirman que en la Familia Marianista podemos presentar y testimoniar un modelo de Iglesia en cierto modo nuevo; el de una Iglesia de comunión y participación, comunidad de comunidades, solidaria, fraterna.

 

 

3. LA VIDA DE LOS LAICOS MARIANISTAS (CLM)

 

3.1. El carisma de la vida laical

                                                                                  

             El documento elaborado en Santiago de Chile en 1993, Identidad de las Comunidades Laicas Marianistas, es el punto de referencia obligado para entender su forma de vida. Las Comunidades Laicas Marianistas son una asociación privada de fieles aprobada por el Consejo Pontificio para los Laicos. Se trata, por tanto, de comunidades cristianas al servicio de la misión de la Iglesia en el mundo. Forman parte de la Familia Marianista y se inspiran en el carisma del P. Chaminade y de la M. Adela. Como bautizados se sienten llamados a llegar a ser conformes a Cristo, hijo de Dios, hecho hijo de María para la salvación del mundo. Por la vocación marianista se quiere vivir la llamada a hacer presente a Cristo en el mundo, movidos por el Espíritu en alianza con María. La pertenencia a las comunidades laicas marianistas es una opción para toda la vida.

            La característica peculiar, aunque no exclusiva, de los laicos es la secularidad, pues en cierto sentido también caracteriza a los clérigos seculares y los miembros de los institutos seculares (LG 31 b). Más aún, toda la Iglesia, en cuanto arraigada en el misterio del Verbo encarnado, tiene una verdadera dimensión secular, inherente a su naturaleza y misión, realizada en formas diversas y específicas por sus miembros. Por tanto la secularidad como tal, en cuanto fundada en el sacerdocio común y en la consagración bautismal, es una realidad intrínseca a todo fiel y no sólo  a la condición de laicos. El ministerio sagrado y la consagración mediante los consejos evangélicos no hacen perder tal condición secular, pero dan un modalidad diversa y propia de vivirla. Pero los laicos no tienen sólo una misión en el mundo, sino que realizan la misión de todo el pueblo cristiano no sólo en el mundo sino también en la Iglesia. Por eso algunos autores consideran el laico como el fiel sin más y creen que el término no dice nada teológicamente sobre las personas.

            El carisma de la secularidad laical consiste en la búsqueda por parte de los laicos del reino de Dios tratando las cosas temporales, a las que están estrechamente unidos por vocación, y ordenándolas según Dios, contribuyendo desde el interior como fermento a la santificación del mundo [3] . La secularidad del laico es una realidad no sólo antropológica y sociológica sino también  teológica y eclesial. En efecto la realidad creada está destinada a encontrar en Cristo la plenitud de su significado y los laicos, como miembros activos de la Iglesia, en la realización de su misión en el mundo juegan un papel especial en la complementariedad entre las diversas categorías de fieles (ChL 15).

            El ámbito del orden temporal que abarca la secularidad propia de los laicos son los bienes de la vida, de la familia, de la cultura; la esfera de la economía y de la política; el mundo del trabajo, las artes y las profesiones; el campo de la ciencia, de la técnica, de la ecología, de la comunicación social; los problemas de la vida, de la ética profesional, de las solidaridad, de la paz, de las instituciones de la comunidad política; las relaciones internacionales y su desarrollo y progreso; la promoción de la justicia, de los derechos del hombre, de la educación y de la libertad, especialmente la religiosa.

            El fiel laico, al ejercer su carisma de la secularidad en la esfera de lo temporal, actualiza su profesión de fe y, por tanto, actúa de manera eclesial en cuanto el mundo es el ámbito y el medio de la vocación cristiana de los fieles laicos. Igualmente cuando realiza ministerios o servicios diversos en el ámbito de las instituciones eclesiales según la variedad de carismas recibidos, lo hace llevando al interior de todos ellos toda su dimensión secular de compromiso con lo temporal. Esto constituye la unidad del carisma laical, incluso si abarca dos esferas distintas, la espiritual en sentido estricto y la temporal (ChL 59)

            Como todos los fieles bautizados y confirmados, los laicos tienen el deber y el derecho de anunciar el evangelio, sobre todo en las situaciones en las que sólo puede ser anunciado por ellos.  Esta acción la pueden realizar de manera individual o asociados. Las Comunidades Laicas Marianistas son una asociación privada de fieles vinculada al carisma marianista, a la Familia Marianista. El anuncio del evangelio tiene lugar ante todo a través del testimonio de la vida que los laicos deben dar en su condición secular. En el compromiso con lo temporal, los laicos tienen libertad y autonomía en relación con la jerarquía eclesial, pero dentro de los límites establecidos por el hecho que su actuación debe estar llena del espíritu del evangelio y que deben tener en cuenta la doctrina del magisterio evitando exponer sus opiniones como si fueran la doctrina de la Iglesia. Esto vale sobre todo para la actividad política realizada por los laicos en todos los niveles.

            Los laicos casados tienen un específico deber apostólico: edificar el pueblo de Dios por medio del matrimonio y de la familia. A través de esas realidades, construyen también la sociedad civil. Por medio del matrimonio viven su condición secular en la Iglesia y en el mundo. El apostolado de los laicos consiste en manifestar con su vida la indisolubilidad y la santidad del matrimonio, en afirmar el derecho-deber de educar a los hijos, en defender la dignidad y la legitima autonomía de la familia. Obras propias del apostolado familiar son: adoptar como hijos a los niños abandonados, acoger con bondad a los extranjeros, contribuir a la dirección de las escuelas, asistir a los adolescentes con el consejo y medios económicos, ayudar a los novios a prepararse al matrimonio, colaborar en la catequesis, sostener a los matrimonios y familias en dificultades materiales o morales, proveer a los ancianos de los medios económicos, no sólo los necesarios sino también de los que les permitan participar del progreso económico.

            Los padres tienen la obligación grave y el derecho natural de educar a los hijos, sobre todo su educación cristiana según la doctrina de la Iglesia. La familia es una Iglesia doméstica en la que los padres deben ser para sus hijos los primeros maestros de la fe, testigos del amor de Cristo y ministros de su santificación. Se trata de un verdadero ministerio de los padres cristianos.

 

3.2. El estilo de vida

 

            Los miembros de estas comunidades buscan encarnar el  carisma en sus vidas, centradas en Jesús, evangelio de Dios y evangelizador viviente del mundo. Para ello hacen suyo el camino de María que responde libre y generosamente a la llamada del Espíritu. Tanto la vida de Jesús, sobre todo en su vida oculta, como la vida de María fue una vida laical. Como ellos, trabajan por construir el reino de Dios, atentos a los signos de los tiempos, plenamente encarnados en el mundo y solidarios con los pobres y marginados.

            Su vida en fraternidad se inspira también en el espíritu de María. Conviven  en un espíritu de familia basado en la acogida, en el servicio, el interés por el bien del otro, la alegría, la sencillez, el respeto a la persona y a su ritmo de crecimiento y compromiso. Todos se comprometen a  participar activamente en la vida comunitaria. Sus comunidades, signos de unidad, son también lugar de oración, formación, reflexión de la palabra, reconciliación y renovación del compromiso de servicio a los demás. Sus comunidades, como las comunidades religiosas,  son comunidades de fe, de vida, en misión permanente, en crecimiento continuo. Pero no existe una vida en común, ni una comunidad de bienes, ni una autoridad que guíe en la búsqueda de la voluntad de Dios, ni un apostolado comunitario. Para responder a su vocación, los laicos marianistas se consagran a  María. Ello implica:

            1) Una ratificación, consciente y libre de la consagración a Dios hecha en el Bautismo y la confirmación

            2) Una específica y pública adhesión a María en su misión de ofrecer a Jesús al mundo. Fieles a esta vocación se comprometen a un proyecto de vida espiritual que comporta: a) Dedicar tiempo a la oración personal y comunitaria: Oración de las Tres, Consagración a María.; b) escuchar la Palabra y celebrar en común la fe por medio de la eucaristía; desarrollar la fe personal y crecer en la asimilación y vivencia y transmisión del carisma marianista; c) elaborar el proyecto personal de vida y discernir en comunidad; d) estar abiertos a la dirección espiritual por parte de otros; e) desarrollar habilidades de análisis cultural y social que nos ayuden a interpretar con precisión los signos de los tiempos; f) desarrollar habilidades que conduzcan a acciones personales y comunitaria para la construcción de un mundo más justo y más humano; g)  trabajar con responsabilidad y actitud de servicio en los deferentes ámbitos de la vida: familia, trabajo, movimientos sociales, políticos y gremiales, asociaciones de vecinos, parroquias, colegios.

 

 

4. LA VIDA DE LOS/LAS RELIGIOSOS/AS MARIANISTAS

 

4.1. La vida religiosa marianista según el P. Chaminade

 

            Desde los inicios la vida religiosa marianista  se configuró con una forma que la diferenciaba claramente de la vida de los congregantes y le daba también una originalidad dentro del estado religioso. Nuestros dos Institutos pertenecen verdaderamente al estado religioso, puesto que en ellos se emiten los tres grandes votos, que el P. Chaminade deseaba solemnes [4] . Ambos Institutos tienen el dinamismo de la vida religiosa tradicional que es a la vez  un espíritu, el deseo de la semejanza lo más perfecta posible con Jesucristo, y un estado de vida que encarna ese espíritu gracias a la santidad suprema del voto. La vida religiosa no puede ser más que dinamismo, apertura al futuro, ideal que perseguir  en la fidelidad diaria en una Iglesia animada por el Espíritu. La teología de la vida religiosa es:

            1) Una marcha cristiana hacia la perfección: Jesús invitó a sus oyentes a la perfección (Mt 5,48) y de manera especial al joven rico (Mt 19,21). La perfección ha sido para todas las generaciones cristianas de religiosos una verdadera llamada a una perfección cristiana cada vez mayor, a imagen y semejanza de Cristo. También para nuestros fundadores la primera finalidad de los Institutos es elevar a cada uno de sus miembros, con la gracia de Dios, a la perfección religiosa. Se busca llegar a la santidad, que no tiene nada de abstracto sino que es parecerse a María e imitar a Jesús. Se trata de una marcha en pos de Jesús Salvador. El fundador quiere situar a sus religiosos y religiosas en el centro de la vida cristiana: seguir a Jesús como lo hicieron los discípulos del evangelio y llegar a ser auténticos discípulos de Cristo. Esta vocación exige ya de entrada una ruptura con el mundo para vivir de acuerdo con la vida de Jesucristo. El camino es el de los consejos evangélicos, a los que el P. Chaminade es muy sensible, como a todo lo que va más allá de la obligación estricta y entra en el campo de la generosidad,  todo lo que manifiesta el espíritu que va más allá de la letra aunque se apoya en ella.

            Según nuestros fundadores, la vida espiritual se centra totalmente en Cristo, pero para su nacimiento y desarrollo requiere la acción conjunta del Espíritu Santo y de María. Esta prolonga hasta nosotros, sus hijos, lo que hizo con su primogénito. Gracias a la fe y al bautismo, somos concebidos por el Espíritu Santo y debemos nacer de María Virgen. María será quien forme a sus religiosos y religiosas a semejanza de Jesús, que fue pobre, casto y obediente.

            2) Nos comprometemos a seguir a Jesús por votos. Para explicar los compromisos religiosos emplea dos series de imágenes: las que expresan la consagración y las que traducen la realidad de la alianza bíblica. Chaminade, en seguimiento de Santo Tomás, concibe la profesión religiosa como una consagración por la cual el religioso se destina únicamente a usos santos y a la gloria del Señor y de su Madre. La profesión de los votos es un segundo bautismo, un bautismo de caridad. Por ella se prefiere a Dios antes que a cualquier otra cosa y que a uno mismo. La profesión religiosa tiene el mérito del martirio, que es el acto de amor más grande. Por los votos el hombre se entrega sin reserva. Por eso abren un excelente camino de santidad. Mediante esa consagración, el religioso se convierte en templo de Dios y Dios contrae con él una alianza esponsal.

            Esta visión del estado religioso y de la santidad de los votos hay que entenderla como una participación en el misterio pascual de la muerte y resurrección de Jesús. Al mismo tiempo concede un lugar importante al Jesús histórico y nos mantiene en una historia cristiana en la que el proyecto de Dios se encarna en la persona del que nos invita a seguirle por un camino de obediencia y abnegación.

 

4.2. El Concilio Vaticano II

 

            Antes del Vaticano II, las teologías clásicas de la vida religiosa,  solían ser resúmenes de lo que había dicho Santo Tomás sobre el tema con algunos añadidos tomados del derecho canónico. Esto es evidente en las Constituciones de la Compañía de María de 1891, aunque la influencia de Olier era importante para nosotros. La vida religiosa era considerada ante todo como un estado de perfección. La categoría más tradicionalmente usada era la de seguimiento de Jesús.

            Entre los años 1950 y 1970 la reflexión sobre la vida religiosa fue integrando datos de la psicología, sociología e historia. Los estudios de Hostie, Knowles, Leclerq, Rulla y otros fueron importantes para las nuevas perspectivas. El mismo Vaticano II publicó una serie de documentos que resultarán fundamentales para la teología de la vida religiosa posconciliar.

            La constitución dogmática sobre la Iglesia, Lumen Gentium, es el documento principal del Concilio Vaticano II, al que se ordena el resto de los documentos y del que reciben su sentido.

 ¿Cómo presenta el Vaticano II a la vida religiosa?

            1. Se trata más de una forma de vida que de un ministerio, como es el caso de la jerarquía y del laicado. Es una forma de vida que asume los consejos evangélicos, no de forma privada sino de forma institucionalizada. En ese sentido tiene un carácter de signo. La castidad consagrada, don divino precioso, es un signo y estímulo para el amor así como una fuente extraordinaria de fecundidad espiritual en el mundo. Junto a la castidad consagrada están la pobreza y la obediencia, que imitan el anonadamiento de Cristo (LG 42). Lo que viene directamente de  Cristo son los consejos evangélicos,  no la vida religiosa.

            2. Los consejos evangélicos  son un don de Dios que la Iglesia,  no el particular,  recibió de su Señor. Ésta, con su autoridad,  ha determinado incluso las formas estables de vivirlos. Para situar la vida religiosa en la Iglesia el concilio hace uso de dos teologías:

            1) Teología tradicional: este estado de vida, desde el punto de vista de la estructura jerárquica de la Iglesia,  no es un estado intermedio entre el clero y los laicos. El estado religioso no pertenece a la estructura jerárquica de la Iglesia.

            2) La nueva teología: Dios da a algunas personas de estos dos estados un don particular en la vida de la Iglesia para contribuir a su misión salvadora. El estado religioso pertenece a la estructura carismática de la Iglesia (LG 43), a su santidad ( LG 45). Desgraciadamente  no se ha desarrollado lo que implica esta perspectiva, el que cada carisma es dado para el bien de la Iglesia en su misión salvadora para el bien del pueblo de Dios y de sus miembros. No se ha elaborado un centro que integre, en el misterio de la Iglesia,  el aspecto personal de la vocación religiosa y el aspecto apostólico, el servicio a los hermanos

            3) La presencia de ambas teologías aparece también en la descripción del estado religioso (LG 44). El fundamento del estado religioso es el obligarse a los consejos evangélicos. La forma jurídica de la obligación puede ser diversa: votos, juramento, promesa. Por la profesión uno se entrega (aspecto positivo) totalmente a Dios sumamente amado, y se libera (aspecto negativo) de los obstáculos que pudieran apartarle del amor de Dios y de la perfección del culto divino. Es lo que tradicionalmente se llamaba la consagración. Pero esta categoría nunca había sido central en la explicación de la vida consagrada.

            Mediante esa entrega queda destinado al servicio de Dios por un nuevo título, y se consagra más íntimamente al servicio de Dios. La consagración radical ha tenido lugar en el bautismo. ¿Cómo se relacionan ambas consagraciones? La consagración religiosa es un desarrollo y ratificación de la consagración bautismal. La consagración religiosa es ante todo una respuesta a la llamada de Dios que tiene su ratificación a través de la Iglesia. La teología posconciliar  hará de la  consagración religiosa su punto de referencia  y se ha empezado a hablar de vida consagrada, pero no se ve que ayude mucho a clarificar lo que la vida religiosa es.

             El estado religioso está al servicio de la Iglesia.  Los consejos evangélicos unen al misterio de la Iglesia por medio del amor, objetivo de los consejos. Por eso su vida espiritual debe estar dedicada al bien de toda la Iglesia. De ahí brota el deber de la misión: trabajar para implantar y consolidar el reino de Dios por medio de la oración y del apostolado.

             El estado religioso es un signo. Este era el centro de la teología renovada expresada ya en los capítulos 1 y 2 de la Lumen Gentium, pero no asimilada por muchos de los padres conciliares que devaluaron lo que se quería decir con la palabra signo. En efecto, lo entendían lo en sentido moral de ejemplo que debe atraer a todos los miembros de la Iglesia a vivir su vocación cristiana. En cambio, cuando se dice que el estado religioso, por la profesión de los consejos evangélicos, manifiesta los bienes del cielo ya presentes en este mundo, la teología renovada hablaba de un signo verdaderamente teológico-sacramental. El religioso anuncia ya la vida eterna y la resurrección futura.   

            4) Este estado de vida imita más de cerca y hace presente en la Iglesia el estilo de vida que Jesús vivió y propuso a sus discípulos (LG 46). Revela la superioridad del reino sobre todo lo creado y sus exigencias radicales. La Iglesia, a través de los religiosos, hace presente a Jesús en sus diversos misterios: en oración en el monte y anunciando el reino, curando a los enfermos, convirtiendo a los pecadores, bendiciendo a los niños, haciendo el bien, siempre obediente a la voluntad del Padre.

            5) La profesión de los consejos evangélicos, aunque comporta renuncias a unos bienes muy estimables, sin embargo no sólo no impide sino que favorece el desarrollo de la persona humana. Son varias las razones aducidas: contribuyen a la purificación del corazón,  a la libertad espiritual, al amor apasionado. Sobre todo llevan a una identificación con el estilo de vida de Jesús y de María. La prueba es la vida de tantos religiosos santos.

 

            El decreto Perfectae charitatis (1965)  no es un texto puramente disciplinar sino que tiene una profunda inspiración bíblica, cristológica, neumatológica, eclesiológica y apostólica. La clave de comprensión de la vida religiosa es la caridad perfecta, hacia cuya consecución tiende la práctica de los consejos evangélicos (PC 6). El decreto resalta la dimensión antropológica de la vida religiosa y promueve su adaptación a las diversas culturas. La renovación y la puesta al día de la vida religiosa han de entenderse en íntima unión. Exigen una vuelta constante a las fuentes de toda vida cristiana, a la inspiración primigenia de los institutos, una participación en la vida de la Iglesia y una adaptación a las condiciones cambiantes de los tiempos. Han de ser promovidas bajo el impulso del Espíritu Santo, la guía de la Iglesia y el primado de la renovación espiritual (PC 2).

4.3. Las nuevas teologías de la vida religiosa

 

            Durante los años del Concilio  empezaron a fermentar las nuevas teologías de la vida religiosa. Los estudiosos empezaban a contestar los elementos tradicionalmente empleados para definir la vida religiosa: estado de perfección, estado según los consejos, la legitimidad y el origen bíblico de los consejos, el significado teológico de la consagración religiosa, la fuga mundi, el puesto de la vida religiosa en la Iglesia. Merece la pena echar una mirada a las teologías posconciliares de la vida religiosa [5] .

            1) La vida religiosa como radicalismo evangélico. Según Tillard, las formas diferentes de vida religiosa surgieron de un proceso de radicalización, ya presente en el Nuevo Testamento, de ciertas frases de Jesús referentes al discipulado y a la misión. Este proceso configuró una forma radical de vida cristiana que más tarde dio origen a la vida religiosa. Esta es una forma exagerada y más radical de vivir el evangelio en las circunstancias concretas de la historia.

 

            2) Acentuación de la dimensión escatológica. Para Rahner, la vida religiosa es una forma de vivir la dimensión escatológica y trascendente de la vida cristiana. Por eso surge cuando algunos cristianos renuncian a las tres dimensiones fundamentales de nuestra existencia en el mundo, es decir, la propiedad, la familia y la autonomía con la finalidad de anunciar el misterio del reino de Dios, como gracia que supera nuestra historia.

 

            3)Una forma antropológica de existencia cristiana. En opinión de Schillebeeks, la vida religiosa no es más perfecta o más radical o escatológica que la vida cristiana de los creyentes seglares, como creían los autores anteriores. Existe tan sólo una diferencia antropológica, que consiste en un diferente proyecto existencial, en un escala diferente de valores. La vida religiosa es una forma humana de vivir el evangelio. Se señala así el valor humano de la vida religiosa. Esta no es fundamentalmente negación, renuncia a los valores de la creación, sino un modo de vida que elige algunos valores que ordinariamente no son asumidos por la mayor parte de la gente; no obstante se trata de auténticos valores humanos. El celibato, la vida de comunidad, la pobreza y la obediencia no son primariamente renuncias o negaciones, sino auténticos valores con los que algunas personas se comprometen. Estos valores manifiestan una dimensión desconocida de la creación. Esta perspectiva está ratificada por el hecho que este estilo de vida se encuentra también en las grandes religiones del mundo.

 

            4) Solidaridad profética con el pueblo de Dios, especialmente con los pobres. Para los religiosos del tercer mundo lo importante no es el problema teórico de la identidad de la vida religiosa sino el de su identidad práctica en medio del pueblo de Dios y de la humanidad. Hay religiosos que están buscando nuevas formas de ser en la Iglesia y en la sociedad. Conscientes de los nuevos signos de los tiempos creen que su identidad debe verificarse en la praxis evangélica, entendida como solidaridad profética con el pueblo de Dios, especialmente con los más pobres. La teología de la liberación ofrece un instrumental teológico adecuado para .comprender esos caminos que está asumiendo la vida religiosa.

 

            5) La complementariedad y mutuas relaciones. Según otros, la vida religiosa no se la puede considerar aislada de las demás formas de vida. No se la puede aislar de las otras formas. Sin una perspectiva global, la vida religiosa pierde su significado. Se debería partir de una teología fundamental de la vocación cristiana sin distinciones. Sólo después puede plantearse y entenderse la identidad teológica de las diferentes vocaciones cristianas y sus mutuas relaciones y complementariedad. La cuestión de fondo no debe ser la colaboración sino la interrelación y complementariedad, la relación mutua en el ámbito de la existencia cristiana y de la misión. Son necesarias unas relaciones mutuas  y seglares. Algunos principios siguen siendo paradigmáticos:

            a) El hecho de que en la Iglesia existan pastores, laicos y religiosos no arguye desigualdad en la común dignidad de los miembros sino más bien es manifestación de la unidad articulada de las junturas y funciones de un organismo vivo (MR 2).

            b) Antes de considerar la diversidad de los dones, oficios y ministerios,  es preciso admitir como fundamento la común vocación a la unión con Dios para la salvación del mundo (MR 4).

           

            6) Una forma de vida liminal. Otros utilizan la imagen del umbral. Con ella indican el hecho de que en la vida religiosa se da un paso a una realidad nueva. Desde el inicio, la vida religiosa se situó en los márgenes de la civilización, en el desierto, en los campos despoblados. Esa separación traducía una manera de vivir orientada totalmente hacia Dios. Así se le recordaba a una civilización oficialmente cristiana, pero aburguesada, la importancia de los valores religiosos para la construcción del mundo. La vida religiosa era un testimonio profético, que cultivaba unos valores poco buscados por la mayoría de los cristianos, pero que en realidad expresan los grandes sueños de una cultura.

 

4.4. El Sínodo de la Vida Consagrada

 

            El Cardenal Hume, en su primera relación en el Sínodo en que se recogían los trabajos preparatorios,  identificó la teología del carisma como la categoría más usada y considerada como la más apta para expresar la rica diversidad y la unidad interna de la vida consagrada hoy. De manera general todo carisma de la vida consagrada tiene su origen en el Espíritu Santo, es un seguimiento de Cristo, es eclesial por naturaleza y comporta un consagración especial que tiene sus raíces en el bautismo. En sentido específico el carisma de un instituto particular comporta un especificación ulterior  y una integración original de esos elementos. La vida consagrada está llamada a vivir armónicamente en la comunión orgánica de la Iglesia, instaurando auténticas relaciones de comunión y colaboración con los obispos, demás instituciones, clero secular y laicos. Curiosamente en su segunda relación, después de los debates en el pleno, el cardenal Hume usó para entender la vida consagrada la categoría tradicional de la consagración, que fue criticada en los debates de los diversos círculos lingüísticos. Ante todo se puso de manifiesto que es todavía una cuestión pendiente y fundamental la de la explicación teológica de la identidad de la vida consagrada en sí misma y en su correlación con otras formas de vida.

            En la exhortación apostólica Vita Consecrata, Juan Pablo II destaca tres grandes temas: consagración, filocalía y profetismo. El primero y el último habían aparecido ampliamente en los debates sinodales, no así el de la filocalía que fue introducido por el papa. La categoría de la consagración suscita serias reticencias por parte de la teología sacramental, mientras que algunos teólogos de la vida religiosa se han polarizado en ella, con el peligro de construir una telogía desgajada del conjunto teológico.

            La celebración de los tres sínodos sobre las tres formas de vida en la Iglesia, sacerdotes, laicos, religiosos,  han comenzado a poner de relieve lo que se ha dado en llamar la eclesiología de comunión o eclesiología de la misión. En los tres sínodos hubo una serie de coincidencias notables:

            1) Es imposible definir cada forma de vida por sí misma, a no ser en correlación mutua.

            2) Hay que conectar cada forma con el evangelio y el seguimiento de Jesús, evitando dar la impresión de superioridad de una sobre otras. Cada forma de vida es una llamada a la santidad y un camino apto para la santidad.

            3) Estas formas de vida se sitúan históricamente en el mundo cultural en que nos ha tocado vivir.

            4) La Iglesia, para realizar su misión, cuenta con todos; cada uno según su carisma y su forma de vida.

 

 

4.5. Carismas evangélicos en forma de votos

 

            La profesión religiosa es la manera de realizar nuestra alianza con María. El voto de estabilidad es el signo y sello de nuestra vocación. Pero el P. Chaminade presentaba la  profesión religiosa como una alianza también con Dios [6] . Esta alianza es un matrimonio espiritual por el que mi amado es para mí y yo para mi amado (Ct 2,16). Según el P. Chaminade hay tres tipos de alianza: una alianza de Dios de una manera general con todos los hombres, una de una manera más particular con Cristo, y  la de manera más íntima mediante la perfección religiosa.  En toda  se encuentran los tres caracteres que ya hemos mencionado al hablar de la alianza con María: elección, compromiso y sociedad.

            En la alianza la alianza general, Dios ha elegido de entre todas las criaturas a los hombres para conocerle, amarle, servirle y obtener su posesión eterna. Se trata de la interpretación tradicional de la llamada alianza con Noé.

            Chaminade habla de la alianza de Dios con Cristo y de la alianza de Dios con los hombres en Cristo. La alianza de Dios con Cristo se sitúa en la línea de la alianza de Dios con el rey-mesías su ungido: tú eres mi hijo, yo soy tu padre. Esa alianza afecta a Cristo el Mesías: un hombre puede ser llamado Dios y Dios se ha hecho hombre. Pero afecta también a  todo el pueblo representado corporativamente en el rey-mesías: en Cristo Jesús, todos somos hijos de nuestro Padre, Dios y todos somos hermanos. Cada día los hombres pueden unirse a Dios como su cuerpo se une al alimento que toma. Se trata probablemente de una alusión a la eucaristía como memorial de la alianza. Esta alianza es efecto de la unción mesiánica por el Espíritu de Dios que constituye a Jesús Mesías y hace de nosotros un pueblo de ungidos.

            Chaminade presenta la alianza de Dios y del religioso como una alianza esponsal. Esta era la imagen que utilizaron los profetas, cuando representaron al pueblo con la imagen de la Hija de Sión o de Jerusalén, en general como esposa infiel. San Pablo aplica la imagen a Cristo y a la Iglesia. Pero ya Orígenes en el comentario al Cantar de los Cantares habla de Cristo y del alma. La Iglesia la aplicará sobre todo a las vírgenes consagradas.

            Veamos los tres caracteres de la alianza. En primer lugar hay una elección. Es Dios el que prepara, llama e introduce en esta feliz unión, hace de ese alma su esposa. El hombre responde escogiendo a Dios con preferencia a cualquier otra cosa como su bien total y su herencia, abandonando todo lo demás por amor a Dios. Existe un compromiso, una unión indisoluble, de tal modo que la misma muerte no podrá romperla. Es una indisolubilidad mayor que la del matrimonio. Finalmente hay una sociedad, una comunión de bienes.  Dios comunica a la criatura todos sus bienes, su felicidad y, en cierto modo su gloria. El hombre no puede dar nada a Dios, que no haya recibido de Dios. Sin embargo Dios tiene en cuenta  la ofrenda de los bienes que ha dado y con eso se contenta. Al alma le queda siempre el deseo insaciable de dar gloria al Señor, por sí misma y por los demás. El Señor quiere que le entreguemos libremente nuestro deseo. También esta alianza es presentada como el efecto de la unción del Espíritu que hace del religioso, como de María, un templo de Dios ( ED II, 356, 532).

            La profesión religiosa debemos situarla en el contexto de la alianza con Cristo. La esencia de la alianza consiste en la obediencia y en la comunión. En Cristo Dios se ha comunicado totalmente y ha encontrado la respuesta de obediencia amorosa que él aguardaba de la humanidad. La vida religiosa no fue fundada directamente por Cristo, pero la profesión de los consejos evangélicos se inspira directamente en las palabras y en el ejemplo de Cristo. Actualizan su respuesta de obediencia amorosa a la alianza con Dios.

             Los consejos evangélicos son un don del Espíritu a la Iglesia. Los consejos no se pueden entender simplemente como un camino alternativo a los mandamientos, como si hubiera libertad para seguirlos o no. Significan más bien el carácter de libertad e invitación que es propio de la nueva ley, del Evangelio. Es la ley del Espíritu interiorizada en lo más hondo del corazón. Ya no es simplemente una obligación sino como un instinto y despliegue de las posibilidades interiores. Esta ley es carisma evangélico.

             El carisma evangélico se ha concretado en la tríada obediencia-pobreza-castidad . Es el orden de las Constituciones del P. Chaminade; la Regla de Vida ha tomado el orden propuesto por el Vaticano II: castidad-pobreza-obediencia. Esta tríada tiene un carácter simbólico. Es un voto en tres (L Boff; ScG III,131). Representa la totalidad de la persona. Describe en tres dimensiones la totalidad de la existencia humana: la sexualidad, las propiedades y el poder.  E pensamiento moderno ha acentuado unilateralmente una de estas realidades: la sexualidad (Freud), la economía (Marx), la voluntad de poder (Nietzsche). Se trata de un consejo-carisma evangélico de celibato, pobreza y obediencia. No se puede hablar del  celibato sin hablar de la pobreza, ni de la pobreza sin hablar de la obediencia. También el mal uso de estas realidades en sí ambiguas, creadas buenas, pero desordenadas por el pecado, acontece de manera global. Los ricos aprovechan el dinero para tener poder y conquistar sexualmente a las personas. Los símbolos sexuales aprovechan su atractivo sexual para hacer dinero y tener poder. El poderoso utiliza el poder para enriquecerse y ganarse favores sexuales.  Se trata, pues, de la vida entera. La profesión por voto del consejo-carisma de celibato-pobreza -obediencia quiere ser una ofrenda total de sí mismo a Dios realizada en el contexto de la alianza en Cristo Jesús para realizar el mandamiento nuevo del amor. Amar a Dios como respuesta al amor que él nos ha manifestado en Cristo Jesús y a ejemplo de Cristo Jesús. Por la profesión de los consejos evangélicos nos determinamos a seguir a Cristo para llegar a la conformidad con El, trabajar en la Iglesia por la venida de su reino y tender así juntas a las plenitud de la caridad ( FMI 1,2).

            Estas tres dimensiones que uno entrega a Dios por voto corresponden a la exigencia de la alianza: amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con todas la fuerzas (Dt 5,7). Amar a Dios, según García Paredes, con todo corazón (celibato), con toda el alma (obediencia), con todos los recursos (pobreza). Quizás sería mejor decir con todo el corazón (obediencia), con toda el alma (celibato). El corazón es la sede de los proyectos humanos. En la obediencia tratamos de abrirnos al proyecto de Dios sobre nosotros. El alma es la sede de la vida afectiva, del deseo, lo cual en nuestra cultura apunta hacia la sexualidad. Más allá de estos matices, lo que me parece importante es que hacer voto de obediencia-castidad-pobreza es una especie de voto de amor y de alianza.

            La profesión de los consejos evangélicos, mediante el voto u otro tipo de compromiso, pone de relieve el don de Dios que uno acoge y se compromete a vivir de por vida. No es sólo mi pasado y presente lo que entrego sino también mi futuro. Ese don ha sido discernido por la Iglesia en el momento del fundador y reconocido como un carisma para el bien de toda la comunidad eclesial. Por eso la Iglesia hace de cada congregación una forma de vida estable y pública. A cada persona agraciada con el carisma de celibato-pobreza-obediencia, le es reconocido ese don por parte de la autoridad competente, que representa a la Iglesia y en nombre de la cual recibe los votos de los profesos. La Iglesia con su oración pública consigue para ellos la gracia de Dios, los encomienda a Dios y les da una bendición especial, uniendo la ofrenda de sus personas al sacrificio eucarístico (LG 45). El Vaticano II ve en la profesión una especie de consagración (LG 44). </