CAPÍTULO
III
UN CARISMA PARA LA COMUNIÓN
Todo
carisma construye comunión y está al servicio de la comunión eclesial. Las
Comunidades Laicas Marianistas en su encuentro de Filadelfia en 2001 han formulado
esta convicción en un documento importante: Ser en
comunidad. En él encontramos una versión laical de lo que tradicionalmente
los y las marianistas hemos vivido como vida fraterna en comunidad. Los miembros
de las comunidades laicas no viven bajo el mismo techo, y aunque tienen ritmos
distintos de los de la vida religiosa poseen, sin embargo, los elementos fundamentales
que constituyen una comunidad en perspectiva marianista
[1]
.
En
un tiempo como el nuestro, caracterizado por la globalización, la competividad
y la obsesión por el éxito, necesitamos una comunidad, un lugar visible y
concreto que responda a las necesidades de hombres y mujeres reales de pertenecer
a un grupo, de transformar el mundo y profundizar en la dimensión comunitaria
de nuestra fe. El aumento de intercambios a nivel internacional y el fácil
acceso a la comunicación instantánea, a pesar de sus inmensas posibilidades,
no han saciado la búsqueda de sentido ni la sed de Dios.
Vivimos inmersos
en una Iglesia en la que el laico está asumiendo una mayor corresponsabilidad
en la salvación del hombre. Vemos la Iglesia comprometida con el mundo e inmersa
en la realidad. Nos preocupan rasgos de polarización e intolerancia. Ante
estos retos, las comunidades marianistas están llamadas a dar una respuesta,
teniendo en cuenta que el mensaje del Beato Chaminade sigue teniendo actualidad.
Como la Iglesia a la
que representa a escala reducida, la Familia Marianista y cada una de sus
comunidades es una familia que tiene su origen en el misterio trinitario.
La comunidad, como la Iglesia, es un don del Espíritu, antes de ser una construcción
humana. Tiene su origen en el amor de Dios que ha sido derramado en nuestros
corazones por el Espíritu Santo. Dios ha creado al hombre para la comunión.
Envió a su Hijo para que reuniera a todos los hijos de Dios dispersos. En
medio de su propio pueblo, enfrentado a los demás pueblos y lleno de barreras
de separación, Jesús expresó el deseo de que todos fueran uno como el Padre
y él son uno. Sólo entonces los hombres creerán que Jesús ha sido enviado
por el Padre (Jn 17,21). Con su muerte derribó el muro de odio que separaba
a los pueblos (Ef 2,15). Por eso, se hace comunidad bajo la cruz. Del sufrimiento
compartido nace la verdadera comunión.
La venida
del Espíritu superó la división de lenguas en Pentecostés y dio origen a una
comunidad que se caracteriza por tener un solo corazón y una sola alma (He
4,32). La Iglesia es sacramento e instrumento de la unión de los hombres con
Dios y de los hombres entre sí en un mundo dividido, pero que aspira a la
unidad (LG 1). La vida fraterna en comunidad es expresión de la unión realizada
por el amor de Dios y al mismo tiempo el medio por excelencia para la evangelización.
La comunidad es por sí misma evangelizadora ( RV 67). La comunidad es el lugar
y el sujeto de la misión (RV 68).
La Familia
Marianista es una comunidad mundial formada por cuatro ramas: Comunidades
Laicas Marianistas, Alianza Marial, Hijas de María Inmaculada y Compañía de
María. Todas están estructuradas a diferentes niveles, internacional, nacional
o los religiosos en Provincias, y local. Cada una de las comunidades de la
Familia Marianista en sí misma es incompleta. Todas las comunidades se enriquecen
con una visión mundial, más amplia que trasciende las preocupaciones locales.
Cada comunidad es a la vez local y universal. Actúa localmente pero se esfuerza
en unión con la Familia Marianista, caracterizada por su diversidad cultural,
en ofrecer a Cristo al mundo como hizo María. Las relaciones entre las diversas
ramas se basan en la fraternidad, la igualdad, el respeto a la autonomía
y diversidad y en la responsabilidad compartida. De este modo somos testigos
de la visión profética que de la Iglesia tuvieron nuestros fundadores.
Es
en la Iglesia particular donde se concreta para la Familia Marianista la relación
de comunidad vital y de compromiso evangelizador, donde se manifiesta la riqueza
de su carisma y donde se comparte con pastores, religiosos y laicos el esfuerzo
y la esperanza, las penas y alegrías de la construcción del reino.
2.
LA VIDA FRATERNA EN PERSPECTIVA MARIANISTA
La
vida fraterna es donde se muestra la autenticidad de nuestra forma de vida.
Dios nos da los hermanos que El quiere. Formar una comunidad de vida es una
tarea prioritaria. No hay vida cristiana sin comunión fraterna. Pero no hay
comunión fraterna sin una vida de comunidad.
La comunión supone un
intercambio de dones. La comunidad es el lugar donde se produce ese intercambio.
El don que tú tienes es mío. Me enorgullezco de tu don porque es mío. Se trata
de estar más orgulloso de mis hermanos que de mí mismo. La comunión nace de
la aceptación mutua, de considerarnos mutuamente como un regalo que Dios nos
hace. Dios me regala unos hermanos.
La vida fraterna en
comunidad es el gran testimonio que los religiosos podemos ofrecer hoy. En
un mundo de nacionalismos exacerbados, una comunidad de personas internacionales
puede ser una propuesta alternativa. Es una parábola de comunión que se está
afirmando como signo de fraternidad de todos. Por esto tiene que ver con un
mensaje político. Crear comunidades con gentes muy diferentes es importante:
mostrar que se puede vivir en paz en medio de guerra.
2.1. Comunidad
de fe
Existen
diversos modelos de comunidades evangélicas. No se puede absolutizar ninguno.
Hay diversos símbolos de la vida comunitaria: la fraternidad, la Iglesia,
la asamblea, el templo, el cuerpo, el círculo cuyo centro es Dios. El símbolo
tiene mucha importancia. Es un ideal y un camino. También hay distintos modelos
de comunidad religiosa, según los tipos de vida consagrada. La vida en comunidad
es una forma de vivir las posibilidades comunitarias que ofrece la Iglesia.
El carisma marianista entiende la comunión a partir de la imagen de la familia,
una familia que tiene su origen en la familia del Dios Trinidad de personas
y en una Iglesia, familia de Dios.
Las comunidades marianistas
se entienden a sí mismas son comunidades de fe. Sus miembros encuentran la
salvación, la justicia y la libertad en y por medio de la comunidad. La comunidad
trinitaria, creadora, salvadora y santificante, es un modelo para las comunidades,
que son fuente de vida y están unidas, aunque sean diversas. En Jesucristo
uno reconoce a los demás como hermanaos y hermanas unidos con María y con
todos los hombres y mujeres en el camino del pueblo de Dios. La vida
en comunidad da sentido a la consagración a María y al seguimiento
de las enseñanzas de los fundadores. Estas
comunidades viven profundamente la alianza con María, cultivando su
espíritu y los valores que ella enseñó. La fe es, pues, el centro de la vida
con su dimensión personal y comunitaria. Es una fe que se comparte. Los miembros
de cada comunidad viven enraizados en el evangelio y en la Palabra. Sienten
necesidad unos de otros como anunciadores de la Buena noticia. Se trata de
una fe discernida, alimentada, celebrada y vivida en comunidad. La comunidad
es al mismo tiempo un don y una tarea,
llamada del Espíritu y fruto del trabajo, una vocación y una opción de vida. Las relaciones
interpersonales se sitúan dentro de una comunidad que es sacramento de la
presencia del señor y manifestación
de la fe y del amor entre sus miembros. La fe nos capacita para dialogar,
superar las dificultades, descubrir el perdón, la reconciliación, el servicio
y el amor necesarios para vivir el compromiso comunitario en su dimensión
auténtica. La comunidad se convierte en una fuente de alegría al experimentar
la presencia de Dios y los signos de su amor.
Al
P. Chaminade le gustaba la imagen de la familia, que aplicaba indistintamente
a las congregaciones de laicos o a los dos Institutos religiosos. Hoy día
las cuatro ramas existentes se consideran también una familia. La Regla de Vida de la Compañía de María desarrolla
toda una visión de la comunión fraterna en el capítulo sobre la comunidad
de vida. En familia tendemos juntos a la perfección de la caridad. La inspiración
que nos mueve a vivir juntos es el amor de Dios. Nos reunimos para formar
comunidades de fe y nos proponemos comunicar esa misma fe a nuestros hermanos.
La fe es el origen y el fin de la misión. Es una familia fundada en el evangelio
del Señor. Jesús desde niño proclamó
la búsqueda de las cosas del Padre, pero estuvo obediente a sus padres (Lc
3,49.51). Sin embargo al llegar la
madurez deja a su madre, no crea una familia humana sino una familia de discípulos
que hacen la voluntad del Padre. Ante esta nueva realidad creada por el evangelio,
la familia humana en el religioso retrocede a segundo lugar mientras sigue
conservando su importancia primordial para los seglares.
Los
lazos que unen sobre todo en la familia religiosa no son los de la comunidad
de ideas y sentimientos. En la medida en que hay más diferencias se transparenta
más la comunión. Una comunidad es un icono viviente de la Trinidad donde existe
al mismo tiempo la unión y la diferencia. Incluso en las familias de sangre
se debe evitar el querer que todos los miembros piensen y sientan lo mismo.
Es en la diferencia y en el diálogo donde se da el enriquecimiento mutuo.
Cristo
está presente en la comunidad, le da inspiración y fuerza y la convierte en
signo del ser discípulo, en la medida en que se vive el amor mutuo. El alma
de la vida comunitaria es el mandamiento nuevo del amor. Es la fuerza que
sostiene nuestra vocación, nuestra irradiación y atracción y nuestra dedicación
a la misión. La imagen de la familia implica que todos somos hermanos. Del
don de la comunión proviene la tarea de la construcción de la fraternidad,
es decir, de llegar a ser hermanos en una determinada comunidad en la que
han sido llamados a vivir juntos.
Nos
reunimos en torno a Jesús para vivir la fe, para vivir el evangelio. Cristo,
presente en la Palabra y en los sacramentos
nos asocia a la alabanza al Padre. Al compartir el pan de la vida y
la copa de la salvación formamos un solo cuerpo. Una de las maneras de construir
la comunidad es compartir la fe. La fe se vive en la Liturgia, la oración
personal y los diversos dinamismos de la vida espiritual.
Toda
vida consagrada tiene una dimensión contemplativa: presencia y búsqueda de
Dios en la realidad concreta de una existencia encarnada en medio de los hombres.
Una comunidad consagrada dedica por eso unos tiempos al encuentro con Dios
y con su Palabra para celebrar ya la presencia del reino en medio del mundo
y para estar siempre atenta a las exigencias de ese reino en la sociedad concreta
en la que nos toca vivir. Una comunidad consagrada está llamada a ser un foco
de espiritualidad en medio de la comunidad eclesial. En la comunidad consagrada
los hombres tienen derecho a encontrar a Dios y a que sepamos iniciarles en
el camino del encuentro con El. El religioso es ante todo un hombre de Dios,
un hombre del Espíritu. Este le ha dotado de sus dones que uno debe aportar
a la comunidad eclesial para la construcción del Cuerpo de Cristo.
Nos
inspiramos en la primitiva comunidad de Jerusalén, reunida en oración en torno
a María, a la espera del Espíritu. Tratamos de vivir sus rasgos característicos:
comunión, testimonio de Cristo y del evangelio (RV 9). Unidos a María y llenos
del Espíritu Santo, damos testimonio del amor de Dios, caminamos hacia la
santidad y realizamos nuestra misión apostólica (RV 34.
La comunidad de Jerusalén
es la misma comunidad que vivió en torno a Jesús, al que abandonó en el momento
de la muerte, permaneciendo fieles María, el discípulo amado y unas mujeres.
Resucitado por el Padre, Jesús congrega de nuevo a sus discípulos en torno
a María y les envía el Espíritu. Esta comunidad acoge la salvación ofrecida
en Cristo Jesús. La forma de vida de la comunidad primitiva ha fascinado a
todos los fundadores de Institutos religiosos e inspiró al P. Chaminade en
todas sus fundaciones. Los elementos más característicos son la enseñanza
de los apóstoles, la comunidad de vida interpretada como comunidad de bienes,
la comida litúrgica, la oración y los prodigios que realizaban los apóstoles.
El
espíritu de familia de los marianistas se inspira en los rasgos característicos
de María, tal como nos la presenta el evangelio: fe, humildad, sencillez, hospitalidad, denuncia de los poderosos, cercanía
a los pobres y a sus necesidades, compartir lo sufrimientos los gozos de todos
los hombres, crear comunidad en torno a sí. Actualmente los marianistas subrayan
sobre todo el icono de María en Pentecostés y María del Magníficat. Se trata
sin duda de recrear el espíritu de nuestros fundadores y de trabajar a favor
de la justicia, la paz y la integridad de la creación. Bajo la inspiración
de María, nuestra vida de comunidad
se convierte en una especie de seno materno en el que llegamos a ser hermanos.
Ese seno materno no es un ambiente cálido en el que hacemos nuestro nido sino
que es el que nos lanza a la vida y a la misión. La Familia Marianista se
convierte en una imagen de la Iglesia, una comunión de seglares, religiosas
y religiosos laicos y religiosos sacerdotes, una Iglesia mucho más materna
y femenina.
2.2. Comunidad
de vida
La
sustancia de la vida de comunidad es la comunión humana, un sólo corazón,
una sola alma. La comunidad se convierte así en centro de amistad humana y
evangélica. Se trata, por tanto, de favorecer las relaciones interpersonales:
aceptación de sí mismo, aceptación y apoyo al hermano, superación de tensiones
mediante la reconciliación . Todo ello supone un trabajo de ascesis. La comunidad
sin mística no tiene alma, pero sin ascesis no tiene cuerpo.
Las
Comunidades Laicas Marianistas se entienden a sí mismas como comunidad de
vida. Son comunidades de hombres y mujeres laicos
en diferentes situaciones. Todos viven comprometidamente en todos los ámbitos
de la vida: personal, social, político y económico. La comunidad se constituye
por el compromiso libremente elegido de sus miembros de ser en comunidad y
participar activamente en ella. La expresión más concreta son las reuniones
frecuentes, los encuentros, las celebraciones litúrgicas y festivas. Ser comunidad
es una parte integral de la vida diaria. Las comunidades se caracterizan por
una espiritualidad común y por la toma de decisiones entre sus miembros de
una forma consensuada. En este sentido estas comunidades difieren de los grupos
que sólo luchan por una causa concreta o dan ayuda terapéutica. Cada comunidad
discierne la organización y sobre cómo
desarrollar los valores característicos marianistas según su contexto cultural.
Estas comunidades intentan ser acogedoras, abiertas a la diversidad. Se trata
de verdaderos lugares para el discernimiento personal y comunitario de la
propia vida, de la pertenencia al grupo, del estilo de vida y servicio
a la luz del evangelio y del carisma marianista. Favorecen el desarrollo personal
y la formación permanente. Buscan el crecimiento en los dones que Dios ha
dado. Mediante el proyecto personal de vida y el proyecto comunitario intentan
avanzar en plenitud, madurez y libertad. Las Comunidades Laicas envían y apoyan
sus miembros en sus compromisos de servicio y construcción del reino. Son
fuente de motivación y renovación, lugares de pertenencia, amistad, reconciliación,
que complementan la vida familiar que constituye la primera comunidad.
En
ellas se desarrolla la conciencia crítica y se aprenden métodos para iniciar
y animar la fe en las comunidades que empiezan, para un análisis social, para
una reflexión teológica que ayude a discernir los signos de los tiempos y
nuevas formas de servir y actuar por la justicia y la paz en la aldea global.
Ayudan a que toda la vida del seglar constituya su culto a Dios. La vida cotidiana
con sus retos y ambigüedades es el testimonio y la forma de seguir a Jesús
según la espiritualidad marianista. Sus miembros asumen la valentía de María
en el Magníficat en el que responde radicalmente a las exigencias del mundo
y que los convierte en signos de esperanza y testigos de fidelidad, igualdad
y solidaridad en el mundo de hoy.
Toda comunidad, sobre
todo la religiosa, necesita estructuras
de espacios, tiempos, ministerios, gobierno. Pero al mismo tiempo está totalmente
abierta a la interacción con el ambiente. La vida en comunidad implica el interés y la participación de todos,
el respeto de las diferencias, de las necesidades fundamentales, de
los condicionamientos de la edad y la enfermedad. Unión no es uniformidad,
sino unión a través de la diversidad.
Toda
comunidad implica una diversidad de carismas y ministerios. La Familia Marianista presenta una Iglesia en pequeño: laicos, instituto
secular, religiosas, religiosos sacerdotes y religiosos laicos. Todos estos
ministerios están al servicio de la construcción de la comunidad eclesial
que se hace presente en cada una de las comunidades de vida.
La
clave de la vida comunitaria es que todos nos sintamos responsables de ella
y que creemos un clima de diálogo. El diálogo sólo es posible cuando estamos
convencidos que ninguno tiene la verdad total, sino que todos tenemos parcelas
de verdad que juntas confluyen hacia la verdad plena. Esto supone aceptar
que los demás tienen algo que decir sobre mi vida, desear que me lo digan
y no intentar imponer a los demás ni mis puntos de vista ni tampoco mi manera
de actuar. Esto no es fácil. A veces estallarán conflictos, a los que no hay
que tener miedo, sino que hay que abordarlos con realismo. Hoy se siente la
necesidad de una comunicación más extensa y más intensa. Es en este contexto
donde habría que resituar la corrección fraterna.
La
comunidad no es una mónada encerrada en sí misma sino que está en interacción
y diálogo con el ambiente. Aunque las comunidades religiosas se han abierto
mucho a partir del Vaticano II, hay que seguir avanzando en el espíritu de
acogida para compartir con las personas cercanas la fe, la amistad y la hospitalidad.
Es así como evangelizamos. Cada comunidad debe estar inserta e inculturada
en su ambiente. Es el gran reproche que hoy día se le hace a las comunidades
grandes. Estas siguen siendo unas comunidades monásticas, autárquicas y de
espaldas a la realidad del mundo. Las comunidades pequeñas facilitan mejor
la inserción, pero la inculturación también es un reto para este tipo de comunidades
como para toda la Iglesia.
2.3.
Comunidad en misión permanente
Para
el P. Chaminade cada congregante es un misionero y cada congregación una misión
permanente. Lo mismo repite el documento de Filadelfia 2001. Cada comunidad
está en misión permanente y cada miembro es misionero cuando trabaja para
crear y extender la comunidad.
Invitar y
ayudar a otros a vivir la fe en comunidad es el medio fundamental de evangelización
y transformación social. También la formación ayuda a dejar de estar centrados
en sí mismos para volcarse en la misión y en las necesidades de los demás.
María en Pentecostés ayudó a la primera Iglesia
y, por eso, es el modelo de espiritualidad
apostólica. Las comunidades no son un fin en sí mismas, por eso se vive el
espíritu misionero no sólo en comunidad sino en todas las relaciones con el
mundo. Sin duda la experiencia de vida dentro de la comunidad prepara para
la misión. La oración nos abre a la acción de Dios e incrementa nuestra sensibilidad
hacia las necesidades de los demás. La formación nos ayuda a profundizar en
la comprensión del amor de Dios a todos los hombres y en la necesidad de liberación.
La vida comunitaria construye, fortalece y anima la relación con los demás.
La vida en comunidad, la existencia de la comunidad, es en sí misma evangelizadora
pues hace presente el amor de Dios en el mundo y crea una imagen del reino
de Dios en el que todos los hombres serán de verdad hermanos.
La
vida de la comunidad nos anima a involucrarnos en diferentes servicios en
el mundo. Construimos comunidad como misioneros de María en todos los campos
de acción en los que trabajamos. Los laicos animan a sus miembros a vivir
plenamente el evangelio de una manera especial en la vida pública. También
la vida de los religiosos no puede estar ausente del debate público, pero
las formas de tomar parte en él serán diversas de las de los laicos. Todas
las ramas de la Familia Marianista fomentamos las actitudes misioneras con
otras comunidades, con la Iglesia, con mundo.
Sobre todo apoyamos nuevas iniciativas
misioneras que nos permitan hacernos presentes como Familia Marianista. Inspirados
en el Magníficat estamos abiertos al Espíritu, luchamos contra la injusticia
y proclamamos un mensaje de liberación y de esperanza. Asumimos la opción
preferencial por los pobres y marginados y luchamos por la justicia, la paz,
la defensa de los derechos humanos, la promoción humana, las relaciones integrales
y los valores ecológicos. También es importante crear y apoyar comunidades
que acojan a los jóvenes. Nuestro espíritu de familia y la colaboración entre
todos los miembros de la Familia Marianista es nuestra contribución específica
a la renovación de la Iglesia.
2.4.
Comunidad en crecimiento continuo
Toda
comunidad, por el hecho de ser una escuela de amor, que ayuda a acrecer en
el amor a Dios y los hermanos, se convierte también en un lugar de crecimiento
humano. La comunidad no es una realidad estática sino dinámica que se está
construyendo y creciendo continuamente, favoreciendo la fidelidad al Espíritu
del Señor, el desarrollo de los dones de cada uno y el fortalecimiento del
conjunto. A todos los medios que nos ayudan a crecer, el P. Chaminade, hablando
de los religiosos, les llamaba la dirección.
El Espíritu nos guía entre otros medios por la Palabra de Dios, las enseñanzas
de la Iglesia, nuestra Regla de Vida, las orientaciones de los superiores,
la dirección espiritual, las sugerencias de nuestros hermanos y la reflexión
comunitaria. Es el Espíritu el construye la comunidad, cuando cada uno fiel
al Espíritu aporta su don para edificar el Cuerpo del Señor.
Uno
de los medios para lograr ese progreso es el discernimiento comunitario (RV
42), del que a mi parecer tenemos poca experiencia. En el mundo actual en
la toma de decisiones cada vez se apela más a procedimientos participativos
y democráticos. En la comunidad religiosa no se pueden trasplantar sin más
estos procedimientos y decidir a base de votaciones. El modelo evangélico
es la participación de todos en la búsqueda de la voluntad de Dios, bajo la
guía del superior, intentando desvelar las motivaciones profundas que nos
mueven a actuar. Éstas no pueden ser otras que la búsqueda de la voluntad
de Dios, siendo indiferentes desde el principio al resultado final.
Para
poder evangelizar, las comunidades tienen que ser constantemente evangelizadas.
Esto supone ante un clima de escucha de la Palabra de Dios, de compartir la
fe y de reflexionar sobre ella. Un instrumento importante para ayudar a crecer
a la comunidad es el proyecto comunitario en el cual se especifica cada año
un plan para la oración y otras reuniones comunitarias, los objetivos apostólicos
de la comunidad y el papel que tiene en ellos cada uno de sus miembros.
Para progresar se necesita ser una comunidad
en formación continua. La Guía de la
Formación de la Compañía de María ha diseñado los nuevos caminos de la
formación en una perspectiva global y personalizadora, que supera una visión
puramente intelectual de la formación. Ésta debe estar ante todo al servicio
de la asimilación y vivencia del carisma marianista. Aquí se abren nuevas
perspectivas para la formación conjunta de las diversas ramas de la Familia
Marianista.
3.
LA VIDA EN COMÚN DE LOS RELIGIOSOS MARIANISTAS
Las
comunidades religiosas marianistas tienen
unas características propias dentro de la Familia Marianista. Como todas sus
comunidades formamos una única familia, una nueva familia en la que compartimos oración, amistad, éxitos
y dificultades. Pero además vivimos bajo el mismo techo, compartimos los mismos
bienes e incluso a veces el trabajo como una familia humana tradicional que
constituía incluso una unidad económica de producción. Aunque cada vez más
los trabajos son diversificados, los religiosos comparten toda la vida. Para
los religiosos nuestra comunidad es nuestra familia. Para los seglares las
comunidades laicas marianistas son una comunidad de segundo grado, siendo
la propia familia la realidad primera.
Para
la Compañía de María, la composición
mixta de religiosos sacerdotes y religiosos laicos es algo verdaderamente
carismático y muy querido, por lo que
tanto hubo que luchar ante las incomprensiones de Roma
[2]
. El vivir en comunidad en plano de igualdad era una novedad
en la vida religiosa tradicional en el siglo XIX. Otros experimentos en esta
línea fracasaron de manera que se perpetuó hasta el Concilio Vaticano II la
situación de congregaciones de sacerdotes con hermanos legos a su servicio.
Todavía hoy nuestra composición mixta es algo profundamente original en la
realidad de la Iglesia y muestra un modelo de ser Iglesia que se opone a todo
clericalismo. El P. Chaminade había sido ya innovador cuando integró a los
sacerdotes diocesanos en las congregaciones de Burdeos como un congregante
más sin funciones de gobierno.
Todavía
la terminología usada hoy de religiosos
sacerdotes y religiosos laicos,
que sustituyó a la de sacerdotes y no sacerdotes, como también la de sacerdotes y laicos en la Iglesia, es un residuo de la mentalidad clerical que
define la Iglesia a partir del sacerdocio. No se da cuenta de que es precisamente
el sacerdocio lo que hay que explicar en la Iglesia y en la vida religiosa.
Lo normal es el cristiano en la Iglesia y el religioso o la religiosa en la
vida consagrada. Tampoco ha gustado entre nosotros la propuesta de llamar
al religioso laico hermano, pues
todos somos hermanos. El P. Chaminade no quiso apartarse de los usos corrientes
en su tiempo y no introdujo una denominación especial.
La
Regla de Vida presenta la vocación religiosa
marianista como única (RV 12). El
religioso sacerdote marianista es ante todo un religioso, y el religioso laico
marianista es un religioso. Religiosos
sacerdotes y religiosos laicos forman una única familia (RV 1). Todos
tenemos como religiosos los mismos derechos y los mismos deberes. La composición
mixta traduce la riqueza carismática de dones y ministerios complementarios
concedidos por el Espíritu y se convierte en un testimonio profético en la
Iglesia y un medio único para realizar la misión. La unidad viene del Espíritu,
de la única vocación marianista, de la igualdad de derechos y deberes. La
composición mixta enriquece tanto la vida como la misión comunitaria (RV 16).
Refleja la comunión eclesial. En la Iglesia todos vivimos lo mismo, pero de
maneras diversas. Es el mismo Espíritu el que se manifiesta en una variedad
de dones y ministerios complementarios.
El religioso laico, o el religioso sin más,
vive su entrega a Dios y al evangelio a través de los ministerios que
podemos considerar más laicales: relación con la cultura, la ciencia y la
técnica. Como hemos dicho, el caso a explicar no es el del religioso laico
sino el del religioso sacerdote. Al religioso laico no le falta nada en la
línea de ser religioso. El carisma marianista recibido le capacita para ejercer
diversos ministerios que brotan históricamente de ese carisma. Pero su servicio
a la comunidad eclesial es ante todo carismático:
1)
Con las otras formas de vida eclesial, laicos y sacerdotes, el religioso es
un cristiano, un hermano.
2) Para las otras formas
de vida, laicos y sacerdotes, el religioso es una persona que vive el estilo
de vida de Jesús en pobreza, castidad y obediencia, como signo profético de
la realidad del reino ya presente entre los hombres, pero que debe manifestarse
en plenitud.
3)
Para los sacerdotes marianistas, los religiosos laicos hacen presente la realidad
eclesial, que es fundamentalmente laical. Tampoco los sacerdotes han perdido
su realidad de ser miembros del pueblo de Dios. Los religiosos laicos viven
su entrega a Dios y a los valores del reino de maneras diferentes, especialmente
en los campos de las ciencias, la cultura, el trabajo técnico y manual. No
es que sean ministerios que no pueda desempeñar un sacerdote. El ministerio
concreto a ejercer en la vida depende del discernimiento del carisma que uno
ha recibido del Espíritu para el bien de la comunidad. Estos ministerios laicales
tan sólo están instituidos cuando tienen relación con la comunidad eclesial:
lector, acólito, a los que habría que añadir otros como catequista, educador,
párroco, etc. En cambio los carismas y ministerios al servicio de la transformación
de mundo no se dejan fijar tan fácilmente pues la situación del mundo cambia continuamente.
El
religioso sacerdote no tiene un más,
como muchas veces cree la gente, ni
tampoco un menos, en lo referente a ser religioso.
No es una cuestión de status, es
una cuestión de ministerio ligado al carisma marianista. Es desde el propio
carisma religioso desde donde los sacerdotes religiosos en general y el sacerdote
marianista en particular tiene que ejercer su ministerio. En la Iglesia y
en la Compañía de María, se accede al sacerdocio no como una opción personal
y menos como un derecho, sino como una respuesta a una llamada de los hermanos
y de los superiores.
El
religioso sacerdote marianista comporta dos elementos que crean una cierta
complejidad, como en el caso de todos los sacerdotes religiosos en otras congregaciones.
Del sacerdote marianista hay que decir que es verdadero
religioso y verdadero sacerdote, pero ante todo es un religioso. De la misma manera
que no existe la vida religiosa en abstracto sino que depende de los diversos
carismas fundacionales, tampoco existe un sacerdocio en abstracto. Hay, al
menos dos tradiciones: la diocesana y la religiosa. Pero tampoco se trata
de dos modelos inmutables. Dependen de las situaciones de lugares y tiempos.
Pero además, el sacerdote religioso depende sobre todo del carisma de su congregación.
El
religioso marianista sacerdote es un ministro ordenado. Por su ordenación
se convierte en signo y representación de Jesucristo, señor, maestro, profeta
y pastor. Es ordenado sacerdote para servir a la comunidad, ya que el sacramento
del orden es uno de los sacramentos que se reciben para el servicio de la
comunidad (LG 24). Está llamado a integrar en su vida y en su misión su doble
condición de religioso marianista sacerdote: a vivir plenamente su vida religiosa
marianista como sacerdote, y su ministerio sacerdotal como religioso marianista.
La situación del sacerdote marianista está definida por una serie de relaciones:
1)
En relación con los laicos del pueblo de Dios, confiado por el obispo, el
sacerdote marianista con los laicos es un cristiano, un hermano.
Pero para los laicos, el sacerdote
marianista, es ante todo un religioso de un carisma congregacional determinado,
pero es además un servidor, ejerce el ministerio sacerdotal, conforme al carisma
de su congregación.
2)
En relación con sus hermanos religiosos, el sacerdote marianista con los religiosos es un hermano. Pero para los religiosos laicos, está a su servicio y junto con ellos,
al servicio del pueblo de Dios. Como en la Iglesia, el sacerdocio ministerial
está al servicio del sacerdocio común, y la vida religiosa al servicio de
la vida cristiana.
3)
El servicio que el sacerdote ofrece a sus hermanos, laicos y religiosos, es
su ministerio sacerdotal: maestro de la Palabra, ministro de los sacramentos,
guía del pueblo cristiano. El ministerio sacerdotal se ha entendido como el
carisma de la síntesis, como el carisma que discierne los demás carismas.
Pero ejercido en medio de una comunidad eclesial que tiene también otros carismas
y ministerios, ejercido, por tanto, en plano de igualdad, diversidad y complementariedad.
En la comunidad religiosa, como comunidad carismática, el superior no es el
sacerdote, ni el tipo de autoridad del superior religioso es la misma que
la de la autoridad jerárquica. El ministerio del sacerdote marianista hay
que entenderlo desde el carisma marianista.
El
sacerdote marianista ejerce su ministerio para bien de la Iglesia y de la
sociedad, integrado en la vida y en la misión de una comunidad, en estrecha
colaboración con los religiosos laicos, sin olvidar que los primeros destinatarios
de su ministerio sacerdotal son sus hermanos (RV 12-13). En la vida marianista
normalmente ejerce diversos ministerios.
Está en primer lugar la animación espiritual de la Familia Marianista: acompañamiento
espiritual, iniciación a nuestra espiritualidad, transmisión de la fe, presentación
del misterio de María. El sacerdote marianista ejerce un ministerio de la
misericordia a través de la acogida, la escucha, la relación y trato personal,
el servicio sin protagonismo. En la práctica muchos realizan el ministerio
de la formación en la fe como lo hacen también los religiosos laicos y los cristianos laicos,
pero imprimiendo siempre su impronta de sacerdote marianista.
La
única diferencia entre sacerdotes marianistas y religiosos laicos marianistas
está en la funciones o ministerios que ejercen. El tema no es qué ministerios
puede hacer el sacerdote y no pueden hacer los demás, ni tampoco lo contrario,
es decir, qué ministerios pueden hacer
los demás y no debe hacerlos el sacerdote. Se trata más bien de que la comunidad
en un lugar y momento concreto discierna, siguiendo el carisma marianista,
la misión común: cuáles son las necesidades y
cómo los carismas y ministerios de todos los miembros de la comunidad
pueden contribuir a la misión de la Iglesia.
Ésta espera de los religiosos que construyan la Iglesia a través de
los carismas congregacionales.
La situación actual es de transición. Esto está
afectando al ministerio sacerdotal entendido desde Trento en una perspectiva
demasiado centrada en la parroquia. Mientras esto no acabe de cambiar, ¿por
qué no pedir que, en las parroquias confiadas a una comunidad marianista,
el párroco sea un religioso laico? Existen casos en que los párrocos son una
religiosa o un laico. ¿Por qué van a ser siempre situaciones de suplencia
cuando puede ser lo normal?
El
servicio de la autoridad en la comunidad marianista está pensado en función
del crecimiento personal y comunitario. La autoridad tiene mucha importancia.
No basta el autogobierno o una autoridad puramente humana. Pero se trata de
una autoridad carismática y no jerárquica. Es una autoridad ascendente y no
descendente como la de la jerarquía. Esta participa de los poderes que Cristo
le ha conferido; es una autoridad sacramental. Una congregación religiosa
se sitúa dentro de la realidad eclesial y acepta la jerarquía de la Iglesia.
Pero la autoridad en la vida religiosa es el resultado de la institucionalización
de un carisma fundacional. Los superiores religiosos, y esto aparece claro
cuando el superior es un religioso laico, no son miembros de la jerarquía.
La autoridad religiosa está al servicio de la comunión y de la comunidad.
Si no hay auténtica comunidad religiosa de nada sirve nombrar un superior.
La autoridad es la persona que la comunidad ha decidido que represente al
que está en medio de la comunidad: el Señor. Es un pacto para que alguien
sea el que haga al Señor presente. Los superiores son depositarios de una
autoridad que les viene de la función que les han confiado sus hermanos. El
superior es un cargo necesario para consolidar la comunión fraterna. Si ejerce
su autoridad de manera carismática conforme a las Constituciones se convierte
en un medio para discernir la voluntad de Dios, sobre todo a través del discernimiento
comunitario. Es esfuerzo de todos el construir comunidades en las que se pueda
vivir de verdad, menos formalistas, menos autoritarias, más fraternas y participativas.
La
autoridad es siempre un servicio a los religiosos en su crecimiento espiritual
y en el cumplimiento de su misión. Tampoco existe
separación de consagración y de misión
en el religioso concreto. Cada uno, a través de su proyecto personal, debe
buscar vivir de manera unificada esa doble vertiente. Sin duda la consagración
está en función de la misión. Cada uno debe descubrir su vocación personal
como la manera concreta de vivir la misión en el interior de la misión marianista.
La situación actual de separación de comunidad-obra coloca al religioso en
una situación complicada. Quizás reciba cierta ayuda del superior para lo que
llamamos su vida espiritual. En su
misión, en cambio, su interlocutor
es a menudo un director que tiene poca idea de lo que es la misión religiosa.
Son los superiores de comunidad los que deben acompañar a sus religiosos en
la realización de su misión, no de la actividad profesional concreta, que
hoy día es muy especializada.
Los
superiores nos guían en la búsqueda de la voluntad de Dios y del bien común
y nos ayudan a cultivar el espíritu marianista . El superior está llamado
a ejercer un verdadero liderazgo en la comunidad, impulsando sobre todo la
vivencia del carisma, el acompañamiento del hermano y la formación continua.
El superior ejerce una función pastoral para con el hermano, interesándose
personalmente por él. De ahí la necesidad de la entrevista personal con cada
uno.
El
superior abre la comunidad a la realidad de la vida eclesial. El superior
tiene que tomar decisiones, es lo suyo propio, lo cual no quiere decir que
sea un poder absoluto. Se servirá de todos los medios participativos, pero
al final tiene que decidir y si no se toman decisiones no se produce la novedad
de vida que trae el Espíritu. Sobre todo tiene que tomar decisiones a largo
plazo que faciliten la vivencia del carisma. Ante esta tarea, la de organizar
las actividades comunes es secundaria, pero necesaria.
Hoy
día es difícil ejercer el servicio de la autoridad. Hemos pasado de una autoridad
de "mandar", a una autoridad de "animar". La animación
comporta el apelar a motivaciones de fe y de fidelidad, estimular, evaluar,
recurrir a la oración y dar ejemplo. En el fondo se trata de saber pulsar
la tecla de cada hermano para que éste responda a su vocación y se convierta
en un miembro activo que colabora, aconseja, apoya, acepta su dirección y
cumple sus órdenes (RV 46).
La
Regla de Vida ha definido los grandes principios del ejercicio de la autoridad
en la Compañía de María: delegación, responsabilidad, participación, subsidiariedad
y la obligación de dar cuenta (RV 7.1-7.8). La autoridad en la Compañía de
María es una autoridad colegiada en todos los niveles, no sólo por la existencia
de Capítulos, sino también por la existencia de Consejos y Oficios.
[1]
Cf. los artículos del DRVM: P. de Martini, Amistad, E. Benlloch, Autoridad, A. Gil, Caridad, M. Madueño, Comunidad
de fe, N. Brivio, Comunidad marianista,
Q. Hakenewerth, Dirección, N.
Brockmann, Discernimiento, E. Mensdorff-Poully, Diálogo, C. de Lora, Espíritu
de familia, M. Cortés, Formación,
M. Coulin, Meditación, J. Bielza,
Obediencia, J. Stefanelli, Oficios marianistas, V. Gizard, Oración, L. Galbersanini, Participación; también L. F. Crespo, Comunidad de misión en la Compañía de María,
SPM, Madrid 1997; Q. Hakenewerth, Comunidad:
un medio privilegiado de cumplir nuestra misión, Circular nº 2, 1-5-1992.
[2]
Cf. E. Torres,
Composición mixta, en DRVM; I.
Otaño, Una única familia. Nuestra composición mixta de religiosos
sacerdotes y religiosos laicos, SPM, Madrid 1993. Acerca del religioso sacerdote
en la vida religiosa, cf. P. K. Hennesssy (ed), A Concert of Charisms. Ordained
Ministry in Religious Life, Paulist Press,