CAPÍTULO 2

                          UN CARISMA PARA  LA MISIÓN

 

1. LA MISIÓN DE DIOS

 

            El carisma marianista, un carisma para la misión, no es el monopolio de los religiosos; es vivido por todas las ramas de la Familia Marianista. La perspectiva en que hoy día se sitúa la identidad y misión de la Iglesia es trinitaria y no únicamente desde la persona de Jesús [1] . Esa visión trinitaria de la historia de la salvación es muy marianista. Dios, desde toda la eternidad, elige a María para que sea la madre de su Hijo por obra del Espíritu.  Dios es el sujeto activo de la misión. El es el que quiere salvar al mundo y el que lo salva (1Tm 2,4). Sin duda que para esta misión cuenta con nosotros. Pero el apóstol y el misionero son tan sólo pobres instrumentos en las manos de Dios. Dios despliega su poder a través de la debilidad del apóstol. Así se hace siempre realidad el que Dios quiso salvar al mundo a través del misterio de la cruz, símbolo de la debilidad y de la fuerza de Dios. (1 Cor 1,21-25). Es, por tanto, Dios el que tiene siempre la iniciativa y el que pone en el corazón de los hombres y de los pueblos el deseo de encontrar a Dios. Es Dios el que se ha puesto en movimiento hacia el hombre, enviando al Hijo y al Espíritu.

            El Verbo y el Espíritu son las dos manos con las que Dios actúa en el mundo (S. Ireneo). Desde el inicio, la Palabra es la luz verdadera que ilumina a todo hombre (Jn 1,9). Las semillas del Verbo las encontramos en los diversos pueblos, culturas y religiones, sembradas por el Espíritu de Dios que sopla donde quiere (Jn 3,8).

            Tenemos que profundizar el misterio de la encarnación contemplado en perspectiva marianista. Este misterio es el modelo de toda misión. En la misión se trata en efecto de dar a Jesús al mundo, de hacer que Jesús nazca en el corazón de cada pueblo y de cada cultura y religión.  La encarnación no se reduce al hecho puntual de la concepción virginal de Jesús en el seno de  María. Es la encarnación en una historia y una cultura: una inculturación. Es un proceso que culminó con la muerte y se sublimó con la resurrección. María está siempre asociada a ese proceso en el que  está siempre actuando el Espíritu de Dios. Jesús es la persona sobre la que reposa el Espíritu, que lo ha ungido, es decir consagrado. Consagración y misión van unidas. Esa unción del Espíritu le da una sintonía especial con Dios y una fuerza extraordinaria para realizar una misión liberadora. Jesús fue concebido por obra del Espíritu. El Espíritu lo ungió para la misión mesiánica en el bautismo haciendo de él el servidor de Yavé. Eso le lleva a discernir el actuar de Dios rechazando un mesianismo puramente político y aceptando ser el mesías sufriente. En virtud del Espíritu, se ofreció a sí mismo a la muerte (Hb 9,14) y fue resucitado por la potencia de ese mismo Espíritu. Ese mismo Espíritu continúa su obra en la Iglesia y en el mundo.

            El Espíritu es el verdadero protagonista de la misión (RM 21). Actúa por medio de los apóstoles pero también en el corazón de los oyentes. Después de la resurrección y de la ascensión de Jesús, los apóstoles viven una experiencia que les trasforma: la venida del Espíritu en pentecostés (He 2). El Espíritu los convierte en testigos y profetas, dándoles la audacia que les impulsa a transmitir a los demás la experiencia de Jesús. Es el Espíritu el que mueve a los apóstoles para ir más allá de los confines del mundo judío hasta los extremos del mundo. El Espíritu llevo a los primeros misioneros cristianos a entrar en diálogo con los otros pueblos,  las otras culturas y las otras religiones. El Dios que anuncia el apóstol cristiano está ya presente en la vida de los oyentes. Es él quien los ha creado y dirige misteriosamente los pueblos y la historia. Sin embargo para encontrarlo es necesaria la conversión, el abandonar los ídolos y creer en el Dios verdadero (He 17,18-28).

            El Espíritu mueve al grupo de creyentes a formar comunidad, a ser Iglesia. El es el que mantiene la unidad y diversidad en el Cuerpo de Cristo (1 Cor 12). Uno de los objetivos fundamentales de la misión es reunir al pueblo en la escucha del evangelio, en la comunión fraterna, en la oración y en la eucaristía. Es el Espíritu el que crea esa comunión de corazones, de almas y de bienes (He 2,45; 4,32 ss).  El Espíritu hacía de cada uno de los creyentes un misionero, un testigo del Señor Jesús.

            El Espíritu está presente de manera especial en la Iglesia y en sus miembros. Pero la Iglesia no tiene el monopolio del Espíritu. Este actúa donde quiere y como quiere. Actúa en el corazón del hombre que existencialmente es una creatura religiosa. Actúa no sólo en el individuo sino también en la historia, en los pueblos, las culturas y las religiones (RM 28). El Espíritu está en el origen de todos los ideales nobles y de todas las iniciativas que buscan el bien del hombre.

            La Iglesia continúa la acción de Jesús, el anuncio del Evangelio, de la Buena Noticia. Su misión consiste en evangelizar. La Iglesia tan sólo existe en cuanto evangeliza al mundo. No existe primero la Iglesia y luego la evangelización del mundo. Ni tampoco existe la Iglesia, que luego entra en relación con el mundo evangelizándolo. La Iglesia existe en el mundo y sin él, al que evangeliza, no existe la Iglesia. La Iglesia y el mundo están implicados en la misma historia humana.

            El horizonte de la misión  de la Iglesia es el reino de Dios, es decir, una comunidad de libertad y de fraternidad, de justicia y de amor. El reino de Dios y la Iglesia están íntimamente relacionados entre sí. No deberían ni ser identificados, ni separados (RM 17-20). El reino de Dios es una realidad mucho más amplia que la Iglesia visible, institucional. La Iglesia es peregrina, pecadora y limitada en sus expresiones, pero está en camino hacia la plenitud del reino de Dios. Ella lo proclama y busca realizarlo siendo símbolo y servidora del mismo, consciente al mismo tiempo de que no monopoliza la acción de Dios en el mundo a través de Cristo y del Espíritu (RM 28-29).

            El protagonista de la misión es Dios. Los hombres colaboramos con él, a veces entorpecemos su acción. La misión es movimiento de los pueblos suscitado por el Espíritu. Los pueblos están en misión. La misión no es monopolio de la Iglesia. Es la misión del reino de Dios, que está fermentando, que está movilizando el mundo. Hay una especie de movida que va orientada hacia el reino de Dios. La Iglesia está metida en esa movida. Dentro de la Iglesia hay muchos grupos que están en ese movimiento. Entonces participan de la gran inspiración de los pueblos, de las personas, de la inspiración de la Iglesia de Jesús. La misión empieza, pues, con la contemplación del misterio de Dios en la historia (Ef 1,3-10). Ya que la acción de Dios se mezcla con el pecado, nuestra contemplación debe discernir. Este esfuerzo de caminar con Dios y con los demás en la plenitud del pan de Dios para el universo hace de nuestra misión una peregrinación (RM 20). Los pueblos están en movimiento y Dios, María,  la Iglesia, la Familia Marianista, acompañan esa movida participando en ella. María, como Jesús y los apóstoles, está siempre en camino; ella  avanzaba en la peregrinación de la fe (LG 58). La escena típica es la de la visitación. María se pone en camino para acompañar a Isabel. María lleva a Jesús en su seno. Pero el Espíritu que había fecundado a María, también está actuando en Isabel que percibe el misterio de María. Ambas comparten sus experiencias de Dios y María interpretará toda la historia de la salvación como  la realización de la promesa de Dios a Abraham y a su descendencia, es decir a todos los que creen.

 

2. LA MOVIDA DE LOS PUEBLOS

            Nuestro mundo es un mundo en cambio acelerado. No se trata de una época de cambios sino de un cambio de época, con un cambio de paradigma cultural y de pensamiento [2] . Todavía no sabemos lo que supondrá el 11 de septiembre del 2001 y la destrucción de las Torres Gemelas de Nueva York. Parece que nada será igual que antes. Confiemos que nuestro mundo abra los ojos a la realidad de la injusticia para emprender la construcción de la solidaridad, de la justicia y la paz y de la salvaguarda de la creación. Juan Pablo II ha sido muy consciente de lo que representa el cambio de milenio y las nuevas exigencias para nuestro mundo.

            El cambio del paradigma cultural se expresa en el paso de la modernidad a la posmodernidad, fenómeno todavía difícil de interpretar. El signo distintivo de la modernidad es la legitimación de un cambio continuo. En esta perspectiva,  es difícil imaginarse elementos de contenido y valores universales. Esto representa un reto al cristianismo en tres campos:

            1) Modernidad y tradición. Con un cambio acelerado, legitimado por sí mismo, no hay tiempo para las experiencias de la continuidad y de los procesos de tradición necesarios para la edificación de entornos sociales sólidos y de la propia identidad.

            2) Modernidad y esperanza. En esta perspectiva no sólo el concepto de tradición sino también el de promesa y esperanza pierden su sentido. No hay manera de comprender la opción cristiana como una opción por la venida del reino y por la voluntad de paz, de justicia y de vida precisamente a favor de los que en la historia están precisamente excluidos de estos bienes. Nuestra esperanza vive de estas opciones decisivas, mantenidas a pesar de todas las desilusiones, y también vividas de una manera comprometida.

            3) Pluralismo moderno y pretensión de la validez universal de la fe. Esta visión comporta una legitimación de un pluralismo cultural y de visiones del mundo perceptibles en todos los niveles: en la familia, en la enseñanza, en los medios de comunicación, en las comunidades religiosas, etc. Hay una pluralidad de sistema de valores y el individuo debe elegir constantemente.  No existe ya una jerarquía de valores universalmente admitida, como existió hasta los años ‘60,  heredada del cristianismo. Hoy día toda pretensión de verdad incondicionada viene acusada de ideología o de fundamentalismo.  Todo lo más que se admite socialmente es una especie de agnosticismo respecto a las visiones del mundo. Las pretensiones de la Iglesia de que la fe cristiana y su interpretación del mundo, con el consiguiente poder de establecer normas universalmente válidas para el comportamiento moral, no encuentran acogida en el conjunto de la sociedad. Hoy el individuo queda remitido a su propia conciencia en cuanto tal, y no como conciencia que se orienta hacia unas normas dadas y aceptadas. El yo mismo está en la cima de la jerarquía de importancia de los valores y por eso la afirmación de sí y la referencia a sí mismo constituye una nueva forma de religiosidad.         La religión, pues,  no sólo no ha desaparecido sino que vuelve a veces de manera virulenta en formas de fundamentalismos y de religiosidad por libre  no eclesializada.

 

2.1. La cultura dominante

            Si hablamos sobre todo de la cultura occidental, lo hacemos porque es la que vivimos aquí en Europa y Estados Unidos. Es una cultura que aspira a imponerse universalmente pues cree que sus valores son universales. Quizás no pase de ser un cierto etnocentrismo, tan dogmático como cuando la Iglesia quiere imponer su visión del mundo.  En una descripción de la cultura actual en la que tenemos la dicha de vivir, la primera cosa que hay que decir con el Vaticano II es todo lo que la Iglesia está recibiendo de ella. Esto implica una aceptación, sin duda crítica, de la nueva realidad surgida a partir de los años ‘60, reconociendo la justa autonomía de las realidades temporales. Esta perspectiva nos ha llevado también a interpretar nuestros orígenes y confesar el pecado de una Iglesia que, en general, no supo leer entonces los signos de los tiempos. La Iglesia recibe mucho del mundo. Con la ciencia,  la filosofía y las diferentes formas de cultura se abren nuevos caminos hacia la verdad, que aprovechan también a la Iglesia. Las diversas culturas en las que se expresa la fe enriquecen esta fe. La Iglesia al disponer de una estructura social visible puede enriquecerse con la evolución de la vida social humana (GS 44).

            En segundo lugar es necesario reconocer los valores auténticos presentes en nuestras culturas y estructuras sociales, que a veces comportan sus dificultades (GS 4-9). En buena medida nuestro mundo ha sido formado por los valores evangélicos, que se expresaron en la Revolución francesa: libertad, igualdad, fraternidad, y que han dado lugar a formas democráticas de gobierno.

            Nunca el hombre ha tenido tantas posibilidades como hoy día y al mismo tiempo tan mal repartida. En realidad no hay un mundo, son dos mundos: el Norte y el Sur. Y aun dentro del Norte hay grandes desigualdades. Nuestro mundo es un mundo de contrastes: abundancia de riqueza y miseria;  unidad y mutua interdependencia con la necesaria solidaridad y al mismo tiempo graves enfrentamientos y guerras; intercambio de ideas e incapacidad de ponerse de acuerdo sobre el significado de las palabras; búsqueda de un desarrollo económico y descuido del desarrollo espiritual.

            Aunque todos los factores siguientes tienen sus efectos indeseados, no cabe duda de que han contribuido a hacer la vida del hombre más humana. La ciencia y la técnica han experimentado un desarrollo espectacular. La inteligencia humana extiende su dominio en cierto sentido sobre el tiempo y a los fenómenos sociales y a la expansión demográfica. La sociedad industrial ha creado abundancia de riqueza y ha favorecido el crecimiento de las ciudades. Los nuevos medios de comunicación contribuyen al conocimiento de los acontecimientos. Existe el deseo de establecer un orden político, social y económico que esté cada vez más al servicio del hombre y que le ayude a afirmar y cultivar su propia dignidad y derechos humanos. Las mujeres reivindican la igualdad de derecho y de hecho con los hombres. Todos quieren participar en la ordenación de la vida económica, social, política y cultural. Las personas y los grupos anhelan una vida plena, digna del hombre. Las naciones se esfuerzan en conseguir una cierta comunidad universal. Nuestra cultura busca la libertad, el respeto de la persona humana, el reconocimiento de la igualdad esencial entre todos los hombres, la justicia social, la responsabilidad y la participación, la solidaridad. Ante esta realidad no debemos extrañarnos de que el hombre mire  hacia el futuro y no sienta nostalgia de un pasado, que en general ha sido atroz.

 

 El mercado y la globalización

            Pero tampoco el presente de la mayor parte de la humanidad tiene nada de halagüeño. Los medios de comunicación y el mercado han hecho por primera vez realidad la globalización de nuestro mundo. Y parece que fuera del mercado no hay salvación.  Nuestro mundo, a pesar de las distancias y diferencias es una realidad interdependiente. El mundo se ha convertido en una especie de aldea en la que la que una cierta uniformidad cultural es cada vez más dominante, aunque convive con un resurgir de las tradiciones particulares. El uniformismo cultural, en efecto, no da una respuesta a las inquietudes del hombre. A veces se ha comparado nuestra época a la del helenismo en el que el individuo se vio aislado en medio de la masa y buscó su salvación en las religiones mistéricas.      

            Las culturas autóctonas, sin embargo, pugnan por sobrevivir a base de nacionalismos exacerbados y fanatismos religiosos. La ideología neoliberal imperante ha creado el mito del choque de culturas para justificar la carrera armamentista una vez desaparecido el muro de Berlín.           Como ha denunciado el Papa, la globalización del mercado lo único que ha hecho por el momento es la globalización de la miseria. Frente a ello es necesario una globalización de la compasión (EPE 11-12).

 

 El neoliberalismo y el neoconservadurismo

            La modernidad en tiempos del P. Chaminade estaba caracterizada por un liberalismo un tanto agresivo, que pretendía asegurar la supremacía de la clase ascendente, la burguesía. Para ese liberalismo la Iglesia aparecía como la defensora del antiguo régimen y por tanto había que declararle la guerra. La posmodernidad actual de nuevo está caracterizada por un neoliberalismo que intenta conservar los privilegios de ciertos países o grupos, que ya no pueden ser caracterizados como clase social. El enemigo ha sido el comunismo o el socialismo. Curiosamente para estos grupos la religión puede ser una aliada en cuanto que ésta ha combatido el comunismo y en buena parte el socialismo. El peligro para la religión reside precisamente ahí, en que se le asigne una función social, ya no de opio del pueblo, sino de tranquilizador de las conciencias en vez de ser una instancia crítica de la sociedad. Ahora que todas las otras instancias han sido reducidas a silencio y que no existen utopías ni proyectos de liberación para el pueblo, la Iglesia tiene la oportunidad de ser la única voz que se levante denunciando la injusticia del sistema neoliberal y neocapitalista que puebla el mundo de víctimas.

            Igualdad y libertad son las dos grandes conquistas de la modernidad, las dos grandes bases de la política moderna, y como tales tienen una larga tradición de lucha y reflexión sobre sí mismas. En la medida en que una sociedad se va desarrollando económica, social y políticamente, en esa medida se va preocupando  más por las dimensiones de la libertad que por las de la igualdad. A la mayoría de la gente le cuesta creer que libertad e igualdad sean procesos antagónicos. El ejercicio de la libertad entraña casi siempre la apropiación de espacios, recursos, posiciones sociales codiciadas y bienes escasos. Ello, a su vez, no sólo genera diferencias, sino también desigualdades, las cuales, dada  la naturaleza humana, tienden a consolidarse.

            Al final la libertad se convierte en una especie de permisivismo en el que uno puede destruirse a sí mismo, sin que nadie te lo pueda prohibir o impedir. De paso también se causa la ruina de los más cercanos. No existe en cambio libertad para poder realizar auténticamente la existencia humana porque no existe una garantía real, no sólo jurídica de los derechos humanos.  Sin duda los que tienen recursos tienen posibilidades; los que no tienen nada, de nada les sirve el ofrecerles una libertad que es pura indeterminación.

 

La inseguridad y la satisfacción instantánea

            Hoy día el fenómeno de la precariedad y de la inseguridad se extiende a todos los ámbitos de la vida. Hoy el pasado no cuenta porque no ofrece bases seguras para las perspectivas de vida; el presente no recibe la justa atención porque está prácticamente fuera de control y hay buenas razones para temer que el futuro nos reserve sorpresas desagradables. Hoy día la precariedad no es objeto de elección, es destino.  Hay  una precariedad de los medios de subsistencia: la sociedad llamada de los dos tercios pronto será de un tercio. Es decir un tercio de la población podrá producir todos los bienes de consumo necesarios. Los demás sobran económica y socialmente. La desocupación es algo estructural. Además en el mundo de la desocupación ya nadie puede sentirse seguro.  Hay la flexibilidad en el trabajo. Ya no existen posiciones privilegiadas. Cada uno está hasta nueva orden.

            Por eso la búsqueda de la gratificación instantánea es lo más razonable. No se pueden asumir compromisos duraderos. Los objetos del deseo se disfrutan mejor inmediatamente  para después deshacerse de ellos. El mercado hace que la gratificación y el desfase sean inmediatos. Hay que cambiar los aparatos simplemente porque los demás ya no están disponibles en el mercado. Así las personas se acostumbran a percibir el mundo como un contenedor lleno de objetos que tirar después del uso, objetos que se emplean una sola vez. Todo el mundo, incluso los demás seres humanos son objetos de usar y tirar. Todos los artículos son gracias a Dios sustituibles. Ahora es la palabra clave de toda la estrategia de vida

            Las relaciones son vistas como cosas a consumir, no a producir. Se basan en los mismos criterios de los objetos del mercado. Éstos, si son muy caros, se ofrecen por un período de prueba con la promesa de devolver el dinero si el cliente no se siente satisfecho. En esta perspectiva las relaciones de la pareja  no son contempladas como  hacer que la relación funcione, de que vaya adelante en cualquier circunstancia, de ayudarse mutuamente en los momentos buenos y malos, de reducir si es necesario las preferencias propias, de hacer compromisos y sacrificios por el bien de una unión duradera. Al contrario, si el producto viejo no está a la altura de las satisfacciones esperadas se le cambia por uno nuevo.

            Si la dedicación a valores duraderos está hoy en crisis es porque la noción misma de duración y de inmortalidad está en crisis. Pero si la inmortalidad está en crisis es porque la experiencia diaria muestra el carácter no duradero de nada. La sociedad no promete ni garantiza remedios colectivos a las desventuras individuales. A los individuos se les ofrece una libertad en proporciones inusuales pero al precio de una inseguridad igualmente inusual.  Por eso no se puede uno ocupar del mañana. La vida fragmentada tiende a vivirse en una serie de eventos sin ninguna relación. Si no se encuentra un remedio a la inseguridad, es difícil la restauración de la fe en valores permanentes. En algunos casos, gratificación y realización resultan sinónimos de excitación. Al final los consumidores desarrollan el hábito de juzgar los demás bienes, incluidos aquellos más intangibles como la intimidad, la amistad y el amor, sobre la base de su capacidad de excitar.

 

 El individualismo insolidario

            Nunca nuestro mundo habría ofrecido tantas posibilidades a los que tienen dinero. El individuo se convierte en un ser encerrado en sí mismo, sin relación con los demás. Los que tienen recursos no necesitan de los demás y se desentienden de los demás, mostrándose profundamente insolidarios. Estamos ante una sociedad de individuos, o de los individuos, en la que se reconoce el valor de lo singular, de la individualidad. Nunca como ahora nos hemos recogido dentro de nosotros mismos, nunca como ahora el individuo se ha mirado dentro de sí y se ha preocupado de sí mismo y de los suyos cercanos, de su felicidad y de su bienestar, relacionándose superficialmente con los demás o manteniendo relaciones de baja intensidad con las instancias tradicionales de participación.     

            Curiosamente en ésta sociedad insolidaria a la que ya no movilizan las grandes causas o relatos, una nueva sensibilidad lleva a acercarse a los demás. Suelen ser movimientos alternativos: pacifismo, feminismo, voluntariado. Es verdad que el neocapitalismo  necesita el voluntariado  pues el desmantelamiento del estado del bienestar deja huecos que tienen que ser ocupados por la sociedad civil. De otra manera quedarían demasiado agudizadas las contradicciones del sistema. La Iglesia debe apoyar esos movimientos alternativos, superando las reticencias mostradas ante los dos primeros. Mientras antiguas formas de solidaridad están desapareciendo, otras nuevas están apareciendo.  Ahora la solidaridad debe elegir las formas entre las diversas posibles. Exige una voluntariedad empática de los individuos. Ellas gratifican al individuo. La solidaridad antes estaba orientada  a un objetivo preciso. Hoy día es una solidaridad orientada al sentimiento y a la gratificación instantánea.

            Está claro  que la solidaridad es cuerpo extraño en la economía racional. Si sólo cuentan el mérito y la ganancia, y la concurrencia y el poder son las únicas realidades determinantes, estamos en el camino de renunciar a ser hombres, a la solidaridad y a la responsabilidad recíproca. Con la absolutización de esta racionalidad, la economía está minando sus propias bases: capacidad de confrontarse con ciertas normas compartidas por todos, trabajo en equipo, estabilidad bajo presión, confiabilidad en los acuerdos tomados, honestidad, fidelidad, diligencia y disponibilidad a asumir las propias responsabilidades. Fijarse sólo en la ganancia lleva a la destrucción ecológica. Quizás la colaboración mutua sea más eficaz que la concurrencia ilimitada.  Son necesarios grupos contraculturales, que encarnen la solidaridad y el voluntariado de manera permanente; grupos que saben formar para la solidaridad; personas que le permitan al  niño experimentar que cuenta para los adultos; personas que formen en la identidad con alta conciencia de sí mismo. Las iglesias deben ser fuerzas de solidaridad  que movilizan a los grupos de vanguardia de cada país a favor del Tercer Mundo.

 

 Los nuevos valores

            Estamos asistiendo al nacimiento de un nuevo tipo de hombre que ha roto con la tradición y muestra su escepticismo frente al hombre primitivo, al hombre religioso, al homo sapiens de la Ilustración, al homo faber de anteayer. Se le ha denominado homo psicologicus. Es un hombre lúdico, vital, concreto, posibilista, sin ética, estético e insolidario. Tiene poco interés por las cosas del pensamiento. Es emocional, experimental, expectante. Quiere más libertad con más seguridad. Consume cultura como un objeto más. Si el héroe de los años sesenta, de aquellos que quisieron transformar el mundo, fue Prometeo, ahora los disfrutadores del mundo se miran en Narciso, que murió ahogado en la fuente en la que contemplaba extasiado la belleza de su figura.

El narcisismo no sólo se caracteriza por mirarse a sí mismo, sino también por la necesidad de reagruparse con seres idénticos, sin duda para ser útiles y exigir nuevos derechos, pero también para liberarse, para solucionar los problemas íntimos por el contacto, lo vivido, el discurso en primera persona. El valor central reside en la persona, en mi persona. Los valores a ella vinculados son la felicidad, la seguridad, la libertad de acción y de decisión. Se trata de la realización del yo, del dominio del destino personal, de la consideración social.

            Más importante que el dinero o que los bienes materiales, la realización personal o desarrollo de la propia individualidad colma o remata la pirámide escalonada de impulsos, aspiraciones y necesidades del individuo, muy lejos de aquellas primarias de subsistencia. La jerarquía de necesidades del individuo se sitúa en el área de lo espiritual, de lo simbólico y estético. Se cultivan las virtudes suaves, no la fortaleza sino la templanza.  Es llamativo el ascenso que registra una virtud de orden social, como es la de los buenos modales a inculcar a los niños, que implica una demanda de orden y una recuperación de las formas. También asistimos al ascenso de la forma, de la configuración y el diseño, como distintivo,  como emblema de nuestra posmodernidad, y como higiene social. Vienen después el sentido de responsabilidad y la tolerancia y el respeto por los demás, que responderían a una demanda de disciplina interior en la relación con los demás. Les sigue la obediencia, como expresión de una disciplina externa que no pierde su vigencia. Después viene la imaginación e independencia, la disciplina material, sentido de ahorro. Para el último quedan las creencias religiosas, la determinación y perseverancia, ocupando el último puesto la abnegación. En el matrimonio se prima el mutuo aprecio y respeto, la comprensión y tolerancia, precisamente para hacer posible la convivencia de posturas que no coinciden. Se prima, pues, la tolerancia y la apertura mental por encima de la coincidencia y de la uniformidad.

             El interés se dirige a las actividades agradables. Son los valores vitales los que triunfan y una visión deportiva de la vida. Hay un interés por las dimensiones de la cultura y de la religiosidad, de fiesta, gratuidad, de experiencia religiosa, de misterio, de trascendencia. Se ha redescubierto el sentido del cuerpo, de la sexualidad, de la felicidad, el placer, del cosmos, de la ecología. Se viven las pequeñas liberaciones y los pequeños placeres del día a día. Se gusta del calor de los pequeños grupos que comparten aficiones.

            Este individuo psicológico es  un sujeto fragmentado, incoherente con su propia historia y proyecto. Oscila a merced del sentimiento. Es inútil buscar coherencias. Faltan convicciones profundas. Nada puede ser tomado en serio y hay que vivir desfundamentado. La vida se convierte en un juego para disfrutadores, agotando cada uno de los momentos de la existencia. El individuo fragmentado obedece a lógicas múltiples y contradictorias. Puede participar en una celebración eucarística e incluso confesarse si se le ofrece la oportunidad, pero eso no impide que al día siguiente, o tan sólo unas horas después, esté haciendo algo incompatible con esas celebraciones de la fe. Y, desde luego, sin sensación de hipocresía. Son los estremecimientos del corazón cambiante quienes determinan en cada momento las propias convicciones.

2.2. Características regionales

            Hemos descrito la cultura dominante, la cultura de los que dominan el mundo. Como tales están convencidos de la verdad de su cultura y tratan de difundirla e imponerla con ardores misioneros en nombre de la libertad y el progreso, pero también de los propios intereses. Las otras culturas tienen, sin duda, más seguidores que la cultura dominante, pero miran hacia ésta con una mezcla de envidia, de temor y de rechazo, identificándola a veces con el gran enemigo. Veamos algunas características de las otras culturas [3] .

             América Latina

            Aunque la diversidad de situaciones en América Latina es grande, se pueden, sin embargo, individuar algunos rasgos característicos comunes a la situación actual. Empecemos con la realidad religiosa y cultural.  Hoy día la fe sencilla de unos pueblos tradicionalmente de mayoría católica sufre los embates de la secularización con el consiguiente debilitamiento de los valores religiosos y morales. En los ambientes urbanos se difunde una mentalidad que confía sólo en la ciencia y en la técnica y se presenta como enemiga de la fe. Se transmiten unos modelos de vida en contraste con los valores del evangelio que aparece como una amenaza para la libertad y la autonomía del hombre. Una gran causa de división y de discordia son las sectas y los movimientos pseudo-espirituales. Su avance pone de manifiesto un vacío pastoral que tiene su causa en la falta de formación que deja indefenso al creyente ante las ofensivas proselitistas de estos grupos. A veces los fieles nos hallan en su fe ese fuerte sentimiento de Dios que habría que tener. Otras  veces la actuación de estos grupos es fruto de una estrategia planificada y financiada, cuyo objetivo es minar la unidad religiosa de América Latina.

            La respuesta adecuada es una Iglesia dinámica en la que se imparte una asidua formación en la Palabra de Dios, en la que existe una liturgia activa y participativa, una sólida piedad mariana, una efectiva solidaridad en el campo social, una marcada preocupación pastoral por la familia, los jóvenes y los enfermos. La arraigada religiosidad popular con sus extraordinarios valores de fe y de piedad, de sacrificio y de solidaridad, gozosamente celebrada y orientada en torno a los misterios de Cristo y de la Virgen María es la mejor garantía de fidelidad al evangelio.

            Existe una cultura de muerte que se expresa en el aborto, la guerra, la guerrilla, el secuestro, el terrorismo y otras formas de violencia y explotación. Entre esos atentados a la vida figura también el narcotráfico. En nuestros días se percibe una crisis cultural de proporciones insospechadas. Es cierto que el sustrato cultural presenta un buen número de valores positivos, muchos de ellos fruto de la evangelización; pero al mismo tiempo ha eliminado valores religiosos fundamentales y ha introducido concepciones falsas de la vida. Esta ausencia de valores cristianos ha llevado a muchas personas al indiferentismo y ha causado un desencanto social en el que se ha gestado la crisis de esta cultura. Hay que prestar atención a las culturas indígenas y afroamericanas asimilando y poniendo de relieve todo lo que en ellas hay de profundamente humano. Su visión de la vida que reconoce la sacralidad del ser humano, su profundo respeto de la naturaleza, la humildad, la sencillez, la solidaridad. La Iglesia en América Latina ha logrado impregnar la cultura del pueblo, ha sabido situar el mensaje evangélico en la base de su pensar, en sus principios fundamentales de vida, en sus criterios de juicio, en sus normas de acción. Se presenta ahora el reto de la continua inculturación del evangelio.

            Veamos la situación económica y social. América Latina atraviesa una difícil y delicada situación social donde existen amplias capas de la población en la pobreza y en la marginación.  No obstante el avance registrado en algunos campos, persiste e incluso crece el fenómeno de la pobreza. Los problemas se agravan con la pérdida del poder adquisitivo del dinero a causa de la inflación, a veces incontrolada, el deterioro de las condiciones de intercambio, con la consiguiente disminución de los precios de ciertas materias primas y con el peso insoportable de la deuda internacional de la que se derivan tremendas consecuencias sociales. La situación se hace todavía más dolorosa con el grave problema del desempleo creciente. Grandes masas de diversos países no tienen más remedio que emigrar.

            Se trata de una situación caótica desconcertante: naciones, sectores de población, familias e individuos cada vez más ricos y privilegiados frente a pueblos, familias y multitud de personas sumidas en la pobreza, víctimas del hambre y las enfermedades, carentes de vivienda digna, de servicios sanitarios, de acceso a la cultura. Todo ello es testimonio de un desorden real y de una injusticia institucionalizada, a lo cual se suman a veces el retraso en tomar medidas necesarias, la pasividad y la imprudencia e incluso la violación de los principios éticos en el ejercicio de las funciones administrativas, como es el caso de la corrupción.

            Como falsa solución se propugna la reducción del crecimiento demográfico sin importarle la moralidad de los medios empleados para conseguirlo.  La verdadera solución sería instaurar una verdadera economía de comunión y participación de los bienes. Todos se verían favorecidos si se produjera una integración latinoamericana. Ésta estaría favorecida por la misma geografía, la fe cristiana, la lengua y la cultura que han unido en el camino de la historia.

            Existen grupos particularmente sumidos en la pobreza, tal como los indígenas y los afroamericanos que deben ser objeto especial de la opción preferencial por los pobres. En América Latina donde se tiene gran aprecio por la familia proliferan al mismo tiempo las uniones consensuales libres. Cada vez existen más presiones divorcistas que ponen en peligro la familia cristiana. Muy en conexión con todas estas realidades se encuentra el fenómenos de los niños de la calle en las grandes ciudades latinoamericanas minados por el hambre y la enfermedad, sin protección alguna, sujetos a tantos peligros sin excluir la droga y la prostitución.

             África

            El final del colonialismo hace treinta años suscitó grandes expectativas que desgraciadamente no se han consolidado. África es un continente saturado de malas noticias. La evangelización pretende ser buena noticia y promueve muchos de los valores esenciales que tanta falta hacen en este continente: esperanza, paz, alegría, armonía, amor y unidad. A pesar de que África es un inmenso continente con  situaciones muy diversas, la situación tiene de común el estar llena de problemas: una miseria terrible, una pésima administración de los recursos disponibles, inestabilidad política y desorientación social. Los resultados son visibles: miseria, guerras, desesperación. En un mundo controlado por las grandes potencias África se ha convertido en un apéndice sin importancia, a menudo olvidada y descuidada por parte de todos. Sencillamente se la ha excluido. Por eso se la ha comparado al hombre que bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó en mano de los bandidos (Lc 10,30-37). En África son numerosas las personas tiradas al borde del camino, enfermos, heridos, impotentes, marginados y abandonados. El problema está en saber si se encontrará un buen samaritano. Los regímenes  dictatoriales que se han enseñoreado durante tanto tiempo han debilitado la capacidad de reacción de las personas. Este hombre herido tiene que reencontrar todos los recursos y energías de su humanidad. África, a pesar de sus grandes riquezas naturales, permanece en una situación económica de pobreza. Posee sin embargo grandes valores culturales que pueden favorecer una reacción positiva.  Los africanos tienen un  profundo sentido religioso, el sentido de lo sagrado, el sentido de la existencia de un Dios creador y de un mundo espiritual. La realidad del pecado individual y social está presente en la conciencia de estos pueblos, que experimentan la necesidad de ritos de purificación y de expiación.

            La familia tiene un papel fundamental. Abierto a este sentido de la familia, del amor y del respeto de la vida, el africano ama los hijos que son acogidos gozosamente como un don de Dios. Ese mismo amor les lleva a venerar a los antepasados con los cuales continúan viviendo y desean permanecer en comunión. Los africanos respetan la vida y se alegran de la vida y rechazan la idea de eliminarla. Reservan un puesto de honor a los ancianos y los parientes. Las culturas africanas tienen un gran sentido de la solidaridad y de la vida comunitaria. Dentro del panorama en general sombrío conviene sin embargo señalar el inicio del proceso democrático en muchos de los países. El pueblo pide insistentemente el reconocimiento y la promoción de los derechos y las libertades del ser humano. La Iglesia católica, que representa un 15 por ciento de la población africana,  apoya todas estas tendencias y está decididamente del lado de los oprimidos. La asistencia que sus organizaciones  dan a las víctimas de las guerras, a los refugiados y a los prófugos merece la admiración. Ha sido un elemento de paz y de reconciliación en tantos momentos de conflicto.

            Ante la sed de Dios del pueblo africano, la Iglesia se siente invitada a anunciar el evangelio. Pero es necesario un profundo interés por la inculturación verdadera y equilibrada del evangelio para evitar la confusión y la alienación en una sociedad que está experimentando una rápida evolución. Los africanos miran hoy día hacia los otros pueblos en busca de la llamada  libertad del estilo moderno de vida. La Iglesia les invita a mirar dentro de sí misma, a la riqueza de sus tradiciones y a la fe cristiana. En muchos países es necesario superar las diversas formas de división a través de la práctica del diálogo. Dentro de las fronteras heredadas de las potencias coloniales coexisten grupos étnicos, tradiciones, lenguas y religiones diversas con grandes hostilidades recíprocas. Las oposiciones tribales ponen en peligro, si no la paz, al menos la búsqueda del bien común para el conjunto de la sociedad y hacen difícil la convivencia. La situación del matrimonio cristiano y de la vida de familia constituye un verdadero desafío pues el futuro del mundo y de la Iglesia pasa a través de la familia. La poligamia, en efecto, está casi generalizada si se exceptúa la realidad cristiana.

            África tiene una historia tejida de sufrimientos, con unas naciones que luchan todavía contra el hambre, la guerra, las rivalidades raciales y tribales, la inestabilidad política y la violación de los derechos humanos. Cuestiones como la pobreza creciente, la urbanización, la deuda internacional, el comercio de armas, el problema de los refugiados y los prófugos, los problemas demográficos y las amenazas que pesan sobre la familia, la emancipación de la mujer, la propagación del SIDA, la supervivencia en algunos lugares de la práctica de la esclavitud, el etnocentrismo y la oposición tribal son los grandes desafíos de este continente.

            Los países subdesarrollados, en vez de trasformarse en naciones autónomas preocupadas de su propia marcha hacia la justa participación en los bienes y servicios destinados a todos, se convierten en piezas de un engranaje gigantesco. Esto sucede a menudo en el campo de los medios de comunicación social que están en manos de capitales del Norte. En vez de dar prioridad a los problemas de estos países, no respetan su fisonomía cultural. A menudo imponen una visión desviada de la vida del hombre.

            En África la Iglesia se concibe como la Familia de Dios. Se pone el acento en la solicitud por el otro, la solidaridad, el calor de las relaciones, la acogida, el diálogo y la confianza. La nueva evangelización tenderá a edificar una Iglesia como Familia, excluyendo todo etnocentrismo y todo particularismo excesivo, tratando de promover la reconciliación y la verdadera comunión entre las diversas etnias, favoreciendo la solidaridad y el compartir tanto personal como los recursos de las iglesias particulares.

            Asia

             También aquí diremos una palabra sobre las realidades religiosas y culturales. Asia es el continente más grande y está habitado por dos tercios de la población mundial.  Lo que más impresiona del continente es la variedad de sus poblaciones, herederas de antiguas culturas, religiones y tradiciones. Asia es la cuna de las mayores religiones del mundo, como el judaísmo, el cristianismo, el islamismo y el hinduismo. Es también el lugar de nacimiento de muchas otras tradiciones espirituales como el budismo, el taoísmo, el confucionismo, el zoroastrismo, el jainismo, el sijismo y el sintoísmo. Los pueblos de Asia se sienten orgullosos de sus valores religiosos y culturales típicos como el amor al silencio y la contemplación, la sencillez, la armonía, el desapego, la no violencia, el espíritu de duro trabajo, de disciplina y de vida austera y la sed de conocimiento e investigación filosófica.

            Aprecian mucho los valores del respeto a la vida, la compasión por todo ser vivo, la cercanía a la naturaleza, el respeto filial a los padres, a los ancianos y a los antepasados y tienen un sentido de comunidad muy desarrollado. Consideran la familia como fuente vital de fuerza, como una comunidad muy integrada, que posee un fuerte sentido de la solidaridad. Los pueblos son conocidos por su espíritu de tolerancia religiosa y coexistencia pacífica. A pesar del influjo  de la modernización y de la secularización, existe una gran vitalidad religiosa y movimientos de reforma en los diversos grupos religiosos. Muchos, especialmente los jóvenes, sienten una profunda sed de valores espirituales.

            En el campo social las situaciones son muy diversas. Hay países muy desarrollados, otros se están desarrollando mediante políticas económicas eficaces, otros en cambio se encuentran en una gran pobreza. En el proceso de desarrollo se está infiltrando el materialismo y la secularización, sobre todo en las ciudades.  El creciente urbanismo comporta menudo grandes zonas de  miseria donde se desarrollan el crimen organizado, el terrorismo, la prostitución y la explotación de los más débiles. Otro de los fenómenos sociales más notables es la emigración que pone a las personas en situaciones muy difíciles. A causa de la pobreza emigran hacia otros países o hacia los grandes complejos industriales en las propias ciudades.  Así se produce una destrucción de los valores tradicionales. El turismo, aun siendo una industria legítima,  tiene un influjo devastador de la realidad moral del país que se manifiesta ante todo en la prostitución de jóvenes y niños. Varios de los países experimentan dificultades vinculadas al crecimiento de la población. A veces se utilizan falsas soluciones que amenazan la dignidad de la vida humana, que la Iglesia trata siempre de promover. La madre Teresa de Calcuta es un icono del servicio a la vida que la  Iglesia presta en Asia en valiente contraste con las múltiples fuerzas oscuras que actúan en la sociedad.Los medios de comunicación, que debieran estar al servicio de la cultura, a veces tienen un impacto negativo. En general atacan la estabilidad del matrimonio. Presentan imágenes de violencia, hedonismo, individualismo desenfrenado y materialismo que hiere profundamente los valores tradicionales de la cultura de Asia.

            La realidad de la pobreza y la explotación de la persona es un dato preocupante. En Asia hay millones de personas oprimidas que durante siglos han sido mantenidas económica, cultural y políticamente marginadas de la sociedad. Sobre todo la mujer, aunque está tomando conciencia de su dignidad,  continúa explotada. El analfabetismo femenino es muy superior al masculino. Las niñas corren el peligro de no tener derecho a la vida. Pero Asia está también creciendo económicamente y, aunque no todo es estable como han mostrado las crisis financieras, se le puede considerar un continente con gran futuro de desarrollo.

            También el aspecto político es muy complejo. Hay diversidad de ideologías que inspiran formas de gobierno que van desde la democracia hasta la teocracia. Por desgracia existen aún dictaduras militares e ideologías ateas. Algunos estados  permiten poca libertad de religión a las minorías. Otros tienen a las minorías como ciudadanas de segunda clase. A pesar de los progresos, existe también una difundida corrupción en todos los niveles del gobierno y de la sociedad. Las personas se sienten impotentes antes las autoridades de todo tipo. pero se está reivindicando cada vez más una mayor justicia y participación en el gobierno y en la vida económica, iguales oportunidades en el campo de la educación y una justa distribución de los recursos de la nación.

            A pesar de que la presencia de la Iglesia es tan antigua como la Iglesia misma, no se ha logrado inculturar el mensaje cristiano en Asia. En muchos sitios la Iglesia ha sido considerada como extraña en Asia y de hecho en la mentalidad popular se la asocia a las potencias coloniales, incluso cuando ha desaparecido el colonialismo. Aunque el Vaticano II supuso un gran impulso a la inculturación, ésta está muy lejos de ser una realidad. En general, si se exceptúa Filipinas, la presencia de la Iglesia en éstos países no pasa de ser una realidad simbólica. Quizás sea su oportunidad de ser levadura en la masa. Pero no deja de ser un reto el que Jesús, un asiático, dos mil años después de su nacimiento, siga siendo un desconocido para las personas de su continente.

3. CRISIS Y VITALIDAD DE LA VIDA MARIANISTA

 3.1. Diversidad de situaciones

            También la Familia Marianista está en movimiento, sobre todo a partir de la década de los ‘80 con el notable impulso de las Comunidades Laicas Marianistas. Hace casi cuarenta años, el Vaticano II instó a toda la Iglesia a entrar en un proceso de profunda renovación. Nosotros los religiosos, en un principio entendimos este proceso como una actualización y un cambio de costumbres trasnochadas . Después vimos que requería una vuelta a nuestro carisma fundacional, una revitalización e, incluso, en cierto modo, una refundación. El proceso de cambio ha sido lento, y gran parte de él ha sido tan gradual, que hemos olvidado cómo éramos antes. Sólo cuando miramos atrás a lo largo de este período tan prolongado empezamos a darnos cuenta de las asombrosas diferencias. si comparamos la situación actual y la de hace cuarenta años, vemos que hemos redescubierto la Familia Marianista, reformulado la espiritualidad, reexaminado tradiciones, nos hemos replanteado prioridades, hemos redefinido ciertos objetivos apostólicos, adoptado nuevos programas de formación, hemos dado otro enfoque a la manera de vivir nuestros votos, y también hemos aplicado importantes innovaciones en las estructuras, en los apostolados, y en la vida de la comunidad, con el fin de adaptar nuestro crisma a un nuevo momento de la historia [4] .

            Por primera vez la vida marianista en sus ramas principales es una realidad mundial ya no centrada en Europa y Estados Unidos [5] . Las Comunidades Laicas Marianistas tras su refundación en torno a los años 80 contaban en 1999 con 5675 miembros. Forman unas 512 comunidades y están presentes en 25 países. Reconocidas oficialmente por la Iglesia el año 2000 son una realidad admirable a la hora de vivir y hacer presente el carisma marianista en la Iglesia y en el mundo. Sin duda las situaciones son muy diversas, pero podemos decir que es una realidad viva y en expansión. Además  han definido ya su identidad, misión y estilo de comunidad cristiana y han sido reconocidos oficialmente por la Iglesia como una asociación privada de fieles.

            La Alianza Marial es un Instituto Secular Marianista femenino. Nació en Francia en 1960. Actualmente están extendidas por Francia, Suiza, Chile, Costa de Marfil y Togo. Por ahora no pasa de ser un grupo simbólico, lo cual no quiere decir que no sea importante para la vida marianista. Al contrario. Las realidades evangélicas tienen comienzos pequeños.

            Las Hijas de María Inmaculada son actualmente 418 distribuidas en cinco provincias y viviendo en 59 comunidades. De ellas 372 son profesas perpetuas, 36 junioras y 10 novicias. La congregación está presente en doce países, en los cuatro continentes.

            La Compañía de María cuenta actualmente con 1625 religiosos agrupados en 224 comunidades, pertenecientes a 7 provincias y 11 regiones. Cuenta con 2 obispos, 502 sacerdotes y 896 religiosos laicos con votos perpetuos y 160 con votos temporales y 64 novicios.

            La vida religiosa marianista ha pasado de la uniformidad al pluralismo. Las situaciones son muy distintas según los continentes. Empecemos por el hemisferio norte.

            En Europa la situación de la vida religiosa en general es muy difícil. Está en juego la supervivencia a causa de la falta de vocaciones y del envejecimiento de los religiosos. Se opta por la audacia en la misión o por la resignación pasiva. Hay problemas de formación que a veces es problema de conversión, hoy día dificultada porque ya no tenemos la juventud de espíritu. Se están empleando demasiadas energías al servicio de los ancianos y enfermos. Toda la Iglesia se encuentra ante la necesidad de rehacer el tejido cristiano europeo. América del Norte presenta algunas características propias de la vida religiosa en general. La mujer está mucho más concienciada. Hay una gran discusión en torno al valor de las estructuras. Los problemas planteados por la inmigración no parecen haber encontrado todavía una respuesta adecuada. La vida marianista ha estado concentrada hasta hace poco en estos dos continentes, aunque las Hijas de María son un pequeño número en Estados Unidos. En ambos continentes, la situación de crisis debida al  envejecimiento y a la falta de vocaciones exige respuestas creativas, difíciles de dar. Las numerosas obras asumidas cuando éramos muchos y jóvenes representan hoy día una carga difícil de asumir por las generaciones jóvenes, a pesar de la presencia de educadores cristianos en nuestras obras.

            La situación del hemisferio sur es diferente. En todas partes hay un deseo de una vida religiosa inculturada, no transplantada del hemisferio norte. En algunas áreas geográficas abundan las vocaciones y lo que escasean son los formadores y los recursos y estructuras necesarias para el discernimiento y la formación.

            En África a menudo no se percibe el testimonio de pobreza cuando las personas consagradas viven con una cierta seguridad, mientras la gente de alrededor pasa necesidad. La vida marianista está presente en la zona francófona de Costa de Marfil, Togo, Congo y República Democrática del Congo. En general nuestra presencia comporta las obras tradicionales de colegios y parroquias. En cambio en la zona anglófona, la presencia exclusivamente de la Compañía de María en Kenia, Zambia y Malaui ha sabido abrirse a realidades nuevas, siempre dentro de un horizonte educativo, pero sin quedarse en los colegios tradicionales. La vitalidad del carisma marianista para dar respuesta a las situaciones nuevas es bien visible allí. La abundancia de vocaciones en algunas zonas de África exige ante todo discernimiento y formación de los candidatos.

            En Asia la vida religiosa favorece el diálogo interreligioso. También puede ayudar a los pobres a liberarse de algunas estructuras que consagran la desigualdad de la mujer o de ciertos grupos sociales. Un reto es la asunción del gobierno de los institutos por parte del personal del lugar. La vida marianista está presente en lugares muy diversos. En Japón la presencia marianista es más que centenaria. Tanto la Compañía de María como las Hijas de María Inmaculada, con sus obras tradicionales,  están experimentando los problemas típicos del hemisferio Norte. En Corea las Hijas de María Inmaculada están mostrando más vitalidad que la Compañía de María que tuvo unos comienzos prometedores. Estamos presentes en obras tradicionales y la modernización y la secularización de la sociedad está teniendo gran impacto sobre los valores tradicionales y religiosos. La presencia de la Compañía de María en India no puede ser más prometedora. El carisma mostró desde el principio una gran vitalidad y creatividad de nuevas formas de actividades. Actualmente se está pensando en asumir también obras educativas más tradicionales.

            En América Latina los religiosos están en la vanguardia de la evangelización, de la promoción de la justicia y de la defensa de los indígenas y marginados. La vida religiosa marianista masculina ha vivido crisis que no parecen totalmente superadas. Presente mayormente en obras tradicionales, éstas siguen dependiendo en buena medida de los religiosos provenientes de fuera del continente. Si se exceptúa Colombia,  la realidad vocacional es preocupante. Da la impresión de que nos movemos entre grupos de personas a las que ha llegado de lleno la secularización y cuya respuesta religiosa es más bien débil. Lugares de implantación ya más que cincuentenaria como Argentina, Chile y Perú no acaban de consolidarse. Implantaciones más recientes como Brasil y Ecuador no acaban de despegar.

3.2. Luces

             La situación general de la Compañía de María ha sido descrita en el Capítulo de 2001, con sus luces y sombras.  Se ha experimentado un crecimiento numérico de religiosos en las nuevas implantaciones. Esto está trasformando el rostro de la Compañía. El número de personas que viven nuestra espiritualidad es cada vez mayor. La Familia Marianista es una realidad cada vez más viva y con más relaciones entre las diversas ramas. Los religiosos mayores siguen activos y dando testimonio de fidelidad,  oración, de amor a la Compañía. Los jóvenes, tanto en las nuevas implantaciones donde son numerosos como en las más antiguas apuestan por una vida religiosa que responda a los desafíos del futuro. En la vida religiosa se da el primado a la caridad y la comunidad religiosa se la considera  como una comunión fraterna. Hay una mayor disposición al encuentro personal y una mayor comunicación y corresponsabilidad en el interior de la comunidad y de los institutos.

            Hemos profundizado nuestra identidad marianista, a través de la oración y la reflexión, de investigaciones, reuniones y documentos que nos han ayudado a crecer en la valoración de la persona de nuestro fundador y de nuestro carisma. Hay una mayor sensibilidad mariana en nuestras vidas y actividades apostólicas, y en muchos pueblos y culturas. Crece el interés por la persona de María y percibimos el dinamismo evangelizador que brota de nuestra alianza con Ella. Hoy día existe una mayor inserción de la vida religiosa marianista en la dinámica de la vocación bautismal y la conciencia de acuerdo con el Concilio de la dimensión eclesial de la vida religiosa. En consecuencia una participación plena en las preocupaciones de la Iglesia y los problemas de los hombres nuestros hermanos con una inserción concreta en la Iglesia local y en la pastoral de conjunto.

             Tenemos la convicción de que la vida religiosa no es la elección de algo sino de Alguien. Esta elección implica toda la persona y los dinamismos personales y considera los votos no como renuncias o simples normas morales sino como una realización del don de sí a Cristo, participación en su vida y modo concreto de participar en su misión redentora. Se cultiva la conciencia de que la consagración es ante todo obra de Dios que tiene siempre la iniciativa y acoge nuestra respuesta en la profesión. Nos hace suyos a través de la acción trasformadora de  su Espíritu. La vida religiosa es, por tanto, un misterio cuya explicación se encuentra únicamente en Dios. Las demás aproximaciones, incluso la teológica, deben ser superadas en una visión superior que encuentra su principio en la fe y su prueba en la experiencia de Dios mediante la participación en el misterio pascual de Cristo. Se ha redescubierto el primado del encuentro personal con Dios y con Cristo y por tanto necesidad de ser fieles a la oración, buscando una unión de acción y contemplación. La acción evangelizadora no es sólo fruto sino también fuente de vida espiritual y alimento de la comunión con Dios. Se ha tomado conciencia de la necesidad de la renovación continua, de la refundación mediante una formación permanente, espiritual y profesional. Los Capítulos han favorecido programas concretos de renovación.

            Hay un gran dinamismo misionero. Se da una implicación cada vez mayor de nuestras personas, comunidades e instituciones en el trabajo por una sociedad más justa y fraterna. Cada vez es más clara la conciencia de que la vida religiosa debe ser el testimonio claro de la santidad de la Iglesia. Esa santidad se expresa ante todo en la pobreza personal y comunitaria y en la opción por los pobres, en una auténtica vida fraterna y en el servicio generoso y sencillo. Se presta una mayor atención al hombre y a su historia y una mayor sensibilidad a los signos de los tiempos para descubrir la voluntad de Dios. La relación con el mundo ha superado tanto el rechazo como la aceptación ingenua y adopta la forma de audacia y discernimiento.

            Los últimos años se ha dado un gran paso en el proceso de reestructuración de nuestras Unidades con el fin de facilitar la revitalización de nuestra vida comunitaria y de que respondan mejor a las exigencias de la misión (EPE 9)

3.3. Sombras

            Una débil experiencia de Dios  nos hace perder identidad religiosa marianista, nos incapacita para ser sus testigos en el mundo y dificulta nuestra pastoral vocacional. La experiencia de Dios está sustituida muchas veces por el proyecto apostólico. No existe un testimonio explícito escatológico sino sólo el empeño en hacer visible y favorecer los valores humanos. Se teme orientar las expectativas de los hombres hacia el retorno del Señor para no ser tachados de espiritualismo.

            Falta el dinamismo espiritual. Se ha creído ingenuamente que bastaban unos reajustes a nivel de la organización para poder renovar la vida.  La humanización de las estructuras ha creado simplemente un aburguesamiento de la vida. Se olvida que no se puede participar en el misterio pascual de Cristo, sin una auténtica renuncia a sí mismo. Existe una cierta resistencia, pasividad y resignación. El peligro que acecha es que se reconozcan como buenos religiosos tan sólo aquellos que viven y dejan vivir mientras a los demás se les considera incómodos y se les arrincona.  Hay retrasos y lentitudes. No nos encontramos preparados para dar las respuestas que exige la historia. No se ha tomado en serio un formación adecuada, cultural y espiritual. A bastantes de entre nosotros todavía les cuesta asumir la propuesta de nuestro fundador en cuanto a sentirse Familia junto con los laicos.

            El individualismo nos lleva a no dar cuenta de nuestra vida, obstaculiza el diálogo, la vida comunitaria y el trabajo en  equipo. En algunos lugares, se advierten dificultades para vivir en comunidades interculturales por prejuicios culturales o cierto racismo, lo que dificulta el trabajo por la necesaria inculturación de nuestro carisma.

            En las implantaciones más antiguas se sufre la falta de vocaciones, y el aumento del promedio de edad es preocupante. Ello hace que las grandes obras e instituciones nos pesen cada vez más y que, en aquellos lugares donde carecemos de colaboradores seglares imbuidos de nuestro espíritu, nos cueste llenarlas de vida y de identidad marianista. En algunas ocasiones, estas limitaciones pueden impedir también la apertura a nuevos campos de misión. En bastantes lugares ha disminuido el contacto con los jóvenes, con situaciones de pobreza y marginación, de violencia y de exclusión. Muchas veces nos resulta difícil comprender el mundo y la cultura posmoderna en la que estamos insertos. Con alguna frecuencia podemos ser tentados por el escepticismo, el cansancio y la falta de celo apostólico. Todo ello puede llevarnos a instalarnos en nuestras seguridades, a reforzar la tendencia a mantener lo que tenemos y a desconfiar de todo lo nuevo. Las nuevas implantaciones necesitan todavía consolidarse, tanto en lo que se refiere a las personas como a las instituciones (EPE 18).

            La vida marianista tiene mucho futuro. Estamos convencidos de que tenemos muchas riquezas que aportar a ese mundo y a la Iglesia: carisma, espiritualidad, composición mixta, tradición educativa, valoración del laicado y de la Familia Marianista, recursos humanos y materiales. Estas riquezas producirán su fruto en la medida en que acertemos a vivirlas y a compartirlas bien (EPE 20).

4. LA INSPIRACIÓN MARIANA DE LA MISIÓN

  4.1. Concebir a Jesús

            La misión consiste en prolongar el movimiento de Dios de enviar su Hijo al mundo, hacer  actual hoy el misterio de la encarnación [6] .  El  proceso de la encarnación  tiene dos movimientos, uno de descenso y otro de ascenso (Filp 2,5 ss). El Hijo de Dios se despoja y se vacía de la divinidad y se hace  hombre en el seno de María, por obra del Espíritu Santo. Pero podía haber elegido una familia noble y haber vivido como los nobles y ricos, sin grandes problemas. En cambio optó por ser como un hombre cualquiera para solidarizarse con todos, incluso con el más  bajo. Jesús tocó el fondo de la condición humana obedeciendo hasta la muerte de cruz. Todos debemos morir, pero él aceptó una muerte ignominiosa mostrando su solidaridad con tantas personas que también mueren así. De esta manera el Hijo de Dios se hizo solidario con los hombres concretos. Este movimiento de descenso es el proceso de la inculturación de la fe.