CAPÍTULO
I
LOS ORÍGENES DEL CARISMA MARIANISTA
1.
EL DESTINO DE LA FE EN LA MODERNIDAD: LA INDIFERENCIA RELIGIOSA
"Todas
las épocas de la Iglesia están marcadas por los combates y los triunfos gloriosos
de la augusta María. Desde que el Señor estableció la enemistad entre Ella
y la serpiente (Gn 3,15), María
ha vencido constantemente al mundo y al infierno. La Iglesia nos dice que
todas las herejías han tenido que inclinar su frente ante la Santísima Virgen,
y poco a poco Ella las ha reducido al silencio de la nada. Pues bien, la gran
herejía reinante en nuestros días es la indiferencia religiosa, que va sumiendo
las almas en el embotamiento que produce el egoísmo y en el marasmo de las
pasiones. El pozo del abismo vomita oleadas inmensas de humo negro y pestilente
que amenaza con envolver a toda la tierra en una noche tenebrosa, vacía de
todo bien y llena de todo mal, impenetrable, por así decirlo, a los rayos
vivificadores del sol de justicia. En el seno de la cristiandad, la antorcha
divina de la fe palidece y se apaga, la virtud retrocede al hacerse cada día
más escasa y los vicios se desatan con un furor espantoso. Se diría que ya
estamos viviendo el momento predicho de una defección general y de una apostasía
prácticamente casi universal"
[1]
.
El
P. Chaminade en esta carta habla del carisma marianista. Como nuestros Capítulos
Generales posteriores al Vaticano II, empieza
con una lectura de los signos de los tiempos (GS 4;11). Los desafíos que el
mundo y la historia nos dirigen no
son simples hechos históricos, sino llamadas de Dios a trabajar activamente
según los proyectos divinos revelados en la misma historia. Por tanto, para
saber leer los acontecimientos, es necesaria la pedagogía de los signos de
los tiempos. Se trata del arte de enseñar a leer la historia como voz de Dios,
que llama a la Iglesia aquí y ahora a renovar su misión. No olvidemos que
Dios es el que se anticipa siempre dando respuesta a las provocaciones: el
Espíritu Santo suscita sin interrupción en la Iglesia hombres y medios nuevos.
Por eso hay que conservar siempre la confianza
y no temer jamás las provocaciones.
El
P. Chaminade, a sus 79 años, intenta hacer una relectura de lo que ha sido
la época compleja en la que le ha tocado vivir: Ilustración, Revolución, Restauración,
Revolución de julio de 1830. Su carisma sólo tiene sentido como respuesta
a los desafíos de una época. Y sólo tendrá valor si ha sido capaz de leer
adecuadamente los signos de su tiempo a través de los cuales Dios le hablaba.
Un fundador tiene sin duda un carisma que le permite hacer esa lectura.
Después
de la Revolución Francesa, todo resultaba demasiado nuevo.Todo cambiaba demasiado
aprisa y para el mal. Los lamentos sobre los progresos del mal en la desgraciada
patria son continuos en la correspondencia del año 1831, después de la Revolución de julio de 1830. Chaminade
no comparte el entusiasmo de Lalanne por la Revolución, el liberalismo y la
igualdad al estilo del pensador cristiano Lammenais. Este había empezado su
carrera en 1817 como decidido adversario del liberalismo y después de la Revolución
de 1830 se convirtió en su más acérrimo defensor. Esto le acarreará la condena
por parte del Papa Gregorio XVI el 15 de agosto de 1834.
El
P. Lalanne, en su correspondencia con Chaminade, reconoce que no se puede
evitar un cierto miedo cuando se avanza solo en una vía nueva y peligrosa.
Pero es indiscutible que desde la revolución de julio, la libertad no es otra
cosa que la soberanía del pueblo, el derecho que ha reivindicado una gran
nación de no recibir leyes ni magistrados sino de ella misma. Esta es una
actitud magnífica y la más noble que jamás un pueblo civilizado haya tomado.
Lo importante es conservarla. Para ello es necesario las virtudes cívicas.
Éstas no se pueden fundar tan sólo en la filosofía sino que es necesaria la
autoridad de la religión. Aunque los hombres libres se irriten contra ella,
se debe a que ésta aparece muchas veces deformada. Pero se trata de
nubes que ocultan el sol que aparecerá de nuevo. Lalanne cree que del caos
actual puede salir un mundo nuevo. Chaminade no lo niega: Dios fue capaz de
formar el cristianismo en el seno de la idolatría, pero no formó el mundo
físico del caos que hubiera creado antes. Entonces para Chaminade, ¿la revolución
es sólo un desastre? La revolución, le confía al P. Meyer, el 14 de enero
de 1831, es el bieldo del que habla el evangelio ( Lc 3,17). Sólo quedará
el grano bueno. Eso es lo que había ocurrido ya en la Revolución de 1789.
¿Cuál
es la situación de la religión en la llamada modernidad? El P. Chaminade caracteriza
la nueva época como la herejía de la indiferencia religiosa. No se trata de
una herejía dogmática, con la negación de una determinada verdad del cristianismo,
sino como la apostasía general del cristianismo y la negativa a reconocerle
el derecho a la existencia social.
Según Gascón
[2]
, la exposición que hace el Chaminade, es casi siempre polémica
y en ella se pueden distinguir tres épocas: 1) Durante
los quince primeros años de su actividad pastoral en la Congregación detecta
los síntomas de la descristianización; 2) durante la década de los años veinte
hace una valorización filosófica de la cultura secularizada moderna; 3) a
finales de los años treinta hace una valoración teológica de la indiferencia
religiosa considerada una herejía y una apostasía de la Modernidad respecto
al cristianismo.
A mi parecer se trata de tres aspectos de la
misma realidad: la indiferencia religiosa como caracterización global de la
situación de la religión en la modernidad:1) En primer lugar se aplica a aquellas
personas o sociedad, en que la fe ha dejado de estar presente. Se trata de
la pérdida de importancia de la
religión en la vida de las personas y de la sociedad; 2) en segundo lugar
se refiere a aquel tipo de razón enferma
por haber proclamado su autonomía respecto a cualquier instancia, incluida
la fe, y considerar que sólo ella puede guiarse a sí misma; 3) en tercer lugar
la indiferencia religiosa hace referencia a la corrupción
moral, ya que un pensamiento que se cree autónomo y considera que no necesita
de la ayuda de la fe es un pensamiento enfermo, que sólo puede conducir a
una actuación moralmente incorrecta: la corrupción del espíritu, que se produce
cuando la razón no admite la guía de la fe, sólo puede conducir a la corrupción
del corazón; 4) en cuarto lugar puede
ser interpretada como indiferencia de pertenencia a una confesión religiosa
concreta o a ninguna
[3]
.
Los elementos 1 y 3
son de carácter ético y práctico; el 2 es el tema de la Ilustración y su concepción
de la religión; el 4 es el de la función de la religión en la sociedad. Veamos
brevemente cada uno de estos aspectos.
1.1. La desaparición
de la prácticas religiosas y de las costumbres cristianas
¿Cómo
describe Chaminade la situación de su tiempo, digamos en los años 1800-1830?. Sin duda habría que matizar y diferenciar entre
la época de Napoleón y la Restauración, pero me parece que sus breves descripciones
afectan a todo el período, aunque la descristianización fue mayor en los años
inmediatos a la Revolución. En primer
lugar lo caracteriza con la indiferencia
práctica. Hay una especie de
apostasía religiosa generalizada. Por eso considera el aislamiento
de los cristianos como una falta. Es colaborar, aunque de manera involuntaria,
con los esfuerzos que los enemigos de la religión hacen para reducirla a la
desolación y al pequeño número. Los verdaderos creyentes no permanecerán en
una indiferencia tan mortal. Cristianos que no practicaban los había en tiempos
del P. Chaminade y antes de él. Es lo que hoy día los sociólogos de la religión
llaman los indiferentes. Chaminade señala que ya
antes de la Revolución se había perdido la práctica de los sacramentos, incluso
en Pascua, sobre todo en las ciudades. Esto afectaba sobre todo a los hombres.
El espíritu de la irreligión y del libertinaje hacía progresos en proporción
a la pérdida de la fe. Los ejercicios ordinarios de las parroquias no bastan
ya para poner un dique a la impiedad. Además los hombres no van a asistir
a esos oficios. Los cristianos tienen
miedo a mostrarse como tales. Parece la época del exilio judío entre las naciones
paganas. Uno no puede dejar de admirarse de lo acertado de los análisis. Chaminade
se da cuenta de la desaparición del régimen de cristiandad. La situación de
exilio supone tener que vivir la fe sin los apoyos de la política.
Para poner remedio a esa situación de aislamiento, Chaminade funda
la Congregación de Burdeos.
Chaminade
se da cuenta de que en parte las parroquias son responsables de esa situación.
Si las parroquias fueran hoy día lo que eran en la Iglesia primitiva, las
Congregaciones serían totalmente inútiles e incluso un obstáculo. Pero del
número de personas que cada párroco tiene en su parroquia, ¿cuántas son de
hecho verdaderos fieles y por tanto verdaderos feligreses? La situación es
alarmante sobre todo en las parroquias de las grandes ciudades. A veces durante
las solemnidades con grandes predicadores las iglesias estarán llenas, pero
las intenciones de los asistentes a esas celebraciones, sobre todo de la juventud,
son a menudo escandalosas. Durante las solemnidades la gente va a las iglesias
por conveniencias o para dar gracias a Dios por las victorias militares. Pero
los otros días las iglesias están desiertas.
El objeto de la Congregación
fue preservar a los jóvenes de la corrupción del vicio, y sacar de
él a los que tuvieron la desgracia de caer en él. La causa inmediata de esa
corrupción está en la falta de ocupación de esos jóvenes. La Congregación
sirvió para mantener las buenas costumbres entre los jóvenes. Los padres de
familia empezaron a colaborar y les ayudaban en su extrema necesidad; los
arrancaban de la cruel alternativa de la miseria o del crimen. También para
las jóvenes fue la manera de preservarlas de la corrupción y de garantizar
su inocencia. Las causas de la corrupción de la juventud están en la desocupación
los días de reposo, en la frecuentación de los libertinos y de los lugares
públicos y peligrosos, y en la propia miseria.
La
causa de la corrupción de la juventud está en buena medida en el mal ejemplo
de sus padres. Tal padre, tal hijo. Las personas que podrían servirles de
referencia ejemplar serían los sacerdotes y los maestros. Pero no tienen posibilidades.
Los párrocos y los vicarios no ven
a los niños sino rara vez y tienen demasiada poca autoridad sobre ellos. Los
maestros actuales, o son ignorantes, o no saben llevar a los niños o no ponen
ningún interés. Eso en el mejor de los casos, pues a veces son francamente
escandalosos .
Por eso, si se va a las raíces de lo que está pasando, hay
que señalar ante todo una gran ignorancia de la fe cristiana. Contra ella
pretende luchar Chaminade como hacían los ilustrados contra la ignorancia
en general. De ahí su insistencia en la instrucción en las Congregaciones
y la dedicación a la enseñanza de ambas Ordenes.
El sueño de su vida, después de fundar la primera en Saint Remy, fue el de poder establecer Escuelas Normales
en todo el territorio de Francia, tema frecuente en sus cartas de 1830. La
Revolución de julio dio al traste con sus sueños.
1.2.
Una cultura hostil al cristianismo
A la corrupción
moral ha precedido la corrupción de la mente. Eso es lo que caracteriza la
cultura de la Ilustración y en especial su filosofía. ¿Es posible hoy día
mantener este juicio tan poco matizado?. Creo que no y me parece que en el
P. Chaminade hay elementos que permiten esas matizaciones.
La
Ilustración es considerada hoy un movimiento revolucionario
de occidente. Puede ser caracterizado como principio y fundamento del período
propiamente moderno de la cultura y la historia europeas, en oposición a una
cultura dominada hasta entonces por la Iglesia y la teología . Su herencia
está presente en la actual mentalidad científico-racionalista dentro de todos
los ámbitos de la vida (principalmente en el materialismo, en el positivismo,
en el comunismo); su fin no se puede prever pues todavía no se puede dar un
veredicto sobre el posmodernismo como superación de la modernidad.
El
concepto de Ilustración se aplica esencialmente
a una realidad de orden ideológico. Se trata de un movimiento del pensamiento,
cuya expresión más frecuente se presenta bajo la forma de textos impresos.
Sólo que esta literatura es una literatura no literaria; la escritura no tiene un fin en sí. No se realiza en la búsqueda de
un estilo en función de preocupaciones estéticas. La escritura empleada como
un medio de crítica y de acción persigue la empresa de una evaluación de los
valores establecidos. Se esfuerza en instaurar un orden nuevo de relaciones
entre los hombres. Chaminade, de la cultura de su tiempo, aprendió mucho,
sobre todo el que hay que usar como el enemigo todos los medios a disposición,
pero para proponer y defender la fe. De ahí la universalidad del apostolado
y su oposición a toda especialización precipitada.
Es
la época de los filósofos, en el sentido de una voluntad de aclarar sistemáticamente
la realidad humana bajo las formas más diversas de su afirmación. La filosofía
no está ya en la filosofía: se asiste a una decadencia de la ontología, víctima
de las disputas que agobia a los sistemas abstractos. Pero la filosofía está
por todas partes como la voluntad de controlar racionalmente según las normas
de una lucidez crítica. A pesar de su poca simpatía por la filosofía, Chaminade
no tiene más remedio que dialogar con ella.
La burguesía hizo suya
la filosofía de las Luces. Consciente de las responsabilidades económicas
que asume, hace tabula rasa de las tradiciones, de los privilegios heredados
del pasado, cuya supervivencia entorpece el espacio político y social. Reivindica
la institución de un orden conforme a las normas nuevas de la universalidad
de la igualdad, de la justicia. Chaminade hará suyo muchos de los nuevos valores,
sobre todo superando la separación de los diversos estamentos sociales. En
el diseño de la Compañía de María, la igualdad fundamental entre sacerdotes
y religiosos laicos es hija de esa nueva mentalidad.
Los
nuevos valores
Con
el término luces se quiere ser un siglo ilustrado.
Pero no se trata de una situación ya adquirida. Más que un balance del conocimiento
se refiere a una cierta concepción de la verdad, al criterio de validez de
una búsqueda en curso. Se tiene la sensación de vivir e un momento de desvelamiento
de la verdad. El entendimiento humano, gozando de ahora en adelante de una
autonomía plena, no debe inclinarse sino delante del testimonio de sus propias
evidencias. La Edad Media es época de oscuridad y de autoritarismo. Se prolonga
en los antivalores que representan el despotismo, la opresión, la hipocresía
clerical, las fuerzas de inercia intelectuales. Contra todo eso deben ser
movilizadas todas las energías de los hombres de buena voluntad. Las luces
son un combate. Desarrollan el tema de una lucha a hacer contra todas las
formas de opresión- religiosa, política e intelectual. La luz todavía no está
hecha. Está al final del camino como el objeto de una esperanza. Por eso el
carácter polémico del s. XVIII puesto que no hay verdad sin lucha por la verdad.
Al ver elevarse nuevas luces, estamos ante una Europa del progreso. La época de las luces es una
reflexión sobre el devenir de la humanidad en marcha hacia una abundancia
de saber y de poder. De ahí ese optimismo resuelto de los que son conscientes de encontrarse en el buen camino al ver los
resultados ya adquiridos. Chaminade es a su manera un ilustrado. Conoce los
temas de esa filosofía, se da cuenta del reto que representan para la fe y
pretende responder con una fe ilustrada. Lucha contra la herejía de la indiferencia
religiosa, pero también combate la
ignorancia y no sólo la ignorancia religiosa.
La
palabra civilización es un signo de los tiempos.
En la medida en que indica una acción que se persigue, está ligado al concepto
de progreso, de perfectibilidad. Se toma conciencia de la autonomía de la
realidad humana en tanto que es una empresa de transformación del mundo y
de educación del hombre. La civilización es la creación continuada de la humanidad
por el hombre en el espacio-tiempo terrestre. Se presenta como un hecho o
como un conjunto de hechos, característicos de un lugar y de una época dada.
Pronto se hablará de “civilizaciones” en plural. Pero la idea de civilización
es también expresión de un valor: indica un deber ser, fija el sentido del
caminar. Se convierte en imperativo categórico de la conciencia occidental
que la asume como una responsabilidad respecto al resto del mundo. Para Chaminade
la civilización o la cultura es una realidad importante. Por eso la orientación
de sus obras hacia la enseñanza. Se da cuenta del progreso de las ciencias
y las colocará en sus programas. En el programa para las Escuelas Normales,
aunque el componente de Letras sigue
siendo predominante, hay una verdadera innovación por la importancia dada
las ciencias Físicas y Naturales. Claro que mostrará su oposición al cientismo
como ideología que pretende el monopolio de la verdad para la ciencia.
La teología tradicional
en plena decadencia hace lugar a otra teología nueva. A partir de ahora la
relación del hombre con Dios pasa por la relación del hombre con el hombre.
Los deberes para con Dios, expone Kant, deben ser comprendidos como deberes
para con los hombres. La humanidad se
convierte en objeto privilegiado del conocimiento, pero también al mismo tiempo
en una virtud. El sentimiento de la humanidad, Según Condorcet, implica una
compasión tierna y activa para con todos los males que afligen a la especie
humana. La cristiandad tradicional reunía al pueblo de Dios en vista de su
salvación eterna bajo la autoridad de la Iglesia jerárquica. El tema de la
humanidad, que tiende a sustituir al de cristiandad, hace el pleno de todos
los habitantes de la tierra, sin distinción de vocación escatológica. Así
se va abriendo camino la idea de una solidaridad de los hombres al mismo tiempo
que una vocación común que crea obligaciones de cada uno para con todos, por
ejemplo frente a la miseria, la esclavitud, la opresión. Hay que cambiar la
vida y es posible cambiarla. En esto Chaminade no puede más que estar de acuerdo.
Todas sus obras están orientadas en buena medida a dar una respuesta a las
necesidades de los más pobres. Todo ello brota del amor cristiano, amor al
prójimo como piedra de toque del amor a Dios.
El hombre de los tiempos
nuevos toma conciencia de sí como de un ciudadano del mundo. A sus ojos esos
términos usados hoy definen ciertos ejes de valores fundamentales. La beneficencia, expresión de la filantropía remplaza cada vez más la caridad
cristiana, que se ha vuelto sospechosa por sus intenciones interesadas, como
por las molestias y persecuciones de las que se han hecho culpables las religiones
establecidas bajo el pretexto de buscar el bien de las almas. A la caridad,
virtud teologal, se opone la beneficencia como virtud de esencia social. Cada
uno es responsable del otro y la autoridad política debe hacerse cargo de
los pobres los enfermos, los desgraciados los prisioneros e incluso los locos
gracias a un sistema de asistencia eficazmente organizado.
Aparece el cosmopolitismo que significa que las divisiones
políticas o religiosas entre los hombres sólo tienen un sentido relativo en
el seno del horizonte de la humanidad, que reúne la totalidad de seres humanos.
Existe un verdadero patriotismo humanitario de carácter universalista opuesto
al nacionalismo restrictivo cuyo surgimiento en el romanticismo movilizará
las pasiones en vista de nuevas guerras de religión. El mensaje universalista
pertenece a la realidad católica de la Iglesia. La Compañía de María ya en
tiempos del fundador fue más allá de las fronteras de Francia. Hoy día la
Familia Marianista es una realidad internacional, presente en todos los continentes.
La persona se siente
a gusto. El hombre no está descontento
de sí mismo ni del mundo en el cual su presencia lejos de parecerle un accidente
incomprensible reviste a sus ojos una significación positiva. La perspectiva
del progreso implica una solidaridad de cada uno con todos en la empresa de
transformación del mundo. La lucha a favor de un mejor estar aquí abajo legitima
la búsqueda de la felicidad individual
y colectiva. La dialéctica interna del interés bien entendido permite superar
el obstáculo del amor propio. Esta nueva moral social no es sólo una preocupación
individual: corresponde también a una responsabilidad del gobierno. Se anuncia
un estado del bienestar encargado de asegurar al conjunto de los ciudadanos
la seguridad y el bienestar. El tema de la felicidad es importante en Chaminade.
Claro que él identifica la felicidad con la virtud y el estilo de ser cristiano,
más allá de todo hedonismo y utilitarismo.
El advenimiento de la economía política consagra
el triunfo de los valores burgueses. La nueva sociedad permite una redistribución
de los rangos en función de las iniciativas y responsabilidades. La revolución
legitimará un orden social que existía ya de hecho. Chaminade se mueve en
el mismo horizonte. Ya en las Congregaciones reunió a sacerdotes y laicos,
hombres de letras y artesanos, ricos y pobres.
Unos valores nuevos
se imponen; otros valores quedan reprimidos.
Se impondrán con el romanticismo. Pero existe ya un preromanticismo. Chaminade
no es hombre que se deje llevar del lirismo o del sentimiento. Pero su insistencia
en la fe del corazón muestra claramente que para él creer en Dios es amarlo.
Si se reflexiona sobre
la característica común de todos estos valores se da uno cuenta que giran
todos en torno a la realización del hombre en este mundo. A la evasión en
la escatología cristiana sucede una esperanza domiciliada sobre la faz de
la tierra. Los progresos ya adquiridos garantizan el progreso futuro. Así
la historia es la dimensión propia de una verdad nueva y liberadora. Esos
ilustrados tienen una confianza en la perfectibilidad indefinida de la especie
humana, abriendo la vía a un nuevo mesianismo. La sociedad humana reconciliada,
justa y feliz, bajo el régimen de la paz perpetua, traspone en la inmanencia
profana el tema tradicional del reino de Dios. La realización del tiempo se
sitúa en el tiempo. Aunque Chaminade se oponía al filosofismo, no rechaza
la idea de progreso y la hizo suya con una sana adaptación al mundo en sus
cambios multiformes. Lo que preocupa a Chaminade es esa desaparición de la
escatología, que es una dimensión fundamental de la fe cristiana. Pero también
la historia es una dimensión de la misma fe.
El filosofismo y la fe
cristiana
Chaminade
ve sobre todo en la filosofía de la Ilustración, causante la Revolución francesa, el gran enemigo de la fe cristiana. Esa filosofía
supone una corrupción de la mente que se ha difundido en todas las esferas
sociales y hacer razonar o más bien
des-razonar hasta a los campesinos en el campo e incluso a menudo hasta las
criadas en la ciudad.
El nuevo modelo de
inteligibilidad se toma del racionalismo militante de Newton. Así se
pretende someter a las exigencias del entendimiento la naturaleza de las cosas,
la naturaleza humana, el orden religioso, jurídico y político. Todo ello se
funda en un malentendido y eso explica el fracaso de la empresas explicativas
del s. XVIII. Se intenta construir la ciencia del hombre según el modelo de
las ciencias de las cosas, lo que lleva a desnaturalizarla. Pero los errores
son momentos indispensables en la historia del saber.
Chaminade denunciará
la pretensión de aplicar un modelo racionalista, válido para las ciencias
de la naturaleza, a la realidad humana y social. En la organización de la
sociedad puede haber diversos sistemas razonables, pero el autor de un sistema
razonable no tiene el derecho de decir que toda la razón está de su parte
. Esta afirmación es claramente moderna e ilustrada. Reconoce que el antiguo
régimen absolutista no es algo que se pueda legitimar en nombre de la fe.
Tampoco el liberalismo debe pretender de uno una adhesión incondicional.
Chaminade piensa que
la lectura de obras científicas de su época son peligrosas para más de una
persona. Hace falta, sin duda, un discernimiento para saber lo que hay que
creer y adoptar en el progreso de las luces, sobre todo en el campo de las
ciencias naturales que reciben tantas alabanzas. El peligro está en querer
penetrar la ciencia de las cosas más allá de los límites en los cuales el
espíritu humano es retenido por la fe. Nosotros diríamos, más bien, por la
propia naturaleza del objeto de conocimiento.
¿Qué piensa la Ilustración
de la religión? Las posturas de los diversos autores ilustrados van desde
una crítica al elemento sobrenatural de la religión cristiana hasta el puro
ateísmo. Lammenais veía tres tipos de indiferencia religiosa:
1. Los que consideran
la religión como una institución política necesaria sólo para el pueblo. En
realidad todas las religiones son falsas, pero el pueblo necesita una. Esta
era una opinión común en las clases elevadas de la sociedad y en particular
de Diderot. Lammenais pretende refutarla históricamente con el ejemplo del
imperio romano. También refuta la invención humana de la religión.
2. Los que consideran
necesaria una religión, pero rechazan la revelación. Es el caso del deísmo
de Rousseau y la religión dentro de los límites de la razón de Kant. Se trata
de una religión abstracta como ya vio Hegel. Esa religión no impone ninguna
creencia ni ningún deber y legitima todas las pasiones.
3. Los que consideran necesaria una religión
revelada pero permiten negar las verdades que enseña, con excepción de ciertos
artículos fundamentales. Es el caso del protestantismo que lleva a la indiferencia
religiosa y al ateísmo porque excluye la autoridad, al proclamar el libre
examen. Se puede creer en todo incluso en negar a Dios. Sin duda Lammenais
va demasiado lejos en su presentación del protestantismo. Este sólo hizo causa
común con la Ilustración en exigir la libertad religiosa y confinar la religión
en el ámbito de la esfera de la vida privada.
Chaminade piensa sobre
todo en el deísmo, que destruye todo el orden sobrenatural y al mismo tiempo
crea un sustitutivo humano. Se le niega al cristianismo el derecho a su existencia
o simplemente se le tolera: la tolerancia religiosa. Tanto los ilustrados
como Chaminade se encontraban encerrados en su propio sistema de pensamiento
y así no pudieron llegar a conocer profundamente el sistema opuesto y entablar
diálogo. En consecuencia, cada uno permaneció en su posición y se entregaron
a la crítica de la posición contraria y a la defensa del propio pensamiento.
La destrucción de lo sobrenatural y el proceso
difícilmente delimitable de la secularización son distintos según los países,
confesiones y generaciones. Es evidente la tendencia a la religión racional
(Kant 1793) y a su humanización en un deísmo moral. Desemboca en la nivelación
de las confesiones religiosas en una religión natural y en la substitución
de la teología por la filosofía de la historia. Sin embargo, a pesar de la
creciente indiferencia religiosa y de la hostilidad contra la revelación y
las iglesias que muestra la ilustración, sigue siendo insuficiente el ver
su nota más importante en su actitud contraria a lo sobrenatural y a la religión.
Por primera vez con la ilustración vulgar del s. XIX penetró en las masas
de la pequeña burguesía y del cuarto estado el alejamiento frente a la Iglesia.
1.3. La religión católica en la sociedad liberal
El
pensamiento ilustrado de ayer y de hoy cree que la religión es un residuo
de una mentalidad precientífica y que desaparecerá con el progreso. Esto es
un puro prejuicio. También Chaminade piensa que el mismo cristianismo puede
desaparecer. Esta creencia es infundada pues sociológicamente el cristianismo
sigue presente en los países más desarrollados como Estados Unidos o Japón.
Es verdad que en Europa parece declinar, y es aquí donde sigue más viva esa
mentalidad ilustrada ¿Cuál de los dos continentes es la excepción a la regla?
Parece que los países de Europa siguen viendo en la Iglesia y en la religión
una amenaza para sus libertades, cosa que no ocurre en Estados Unidos. El
anticlericalismo supone siempre el clericalismo. Una adecuada presentación
y práctica del cristianismo, como propuso Chaminade, lleva a la recristianización
del país.
Napoleón fue el primero
que se dio cuenta de la necesidad de la religión para mantener la cohesión
social. Pero le encomendó el papel de gendarme de la moral. La indiferencia
religiosa significa indiferencia de
pertenencia a una confesión religiosa concreta u otra; indiferencia de pertenencia
eclesial, que sería la consecuencia de la doctrina deísta de la religión natural,
según la cual ésta sería la base y fundamento de la que surgirían las religiones
positivas. Es lo que llamamos la libertad de conciencia, parte integrante
del llamado liberalismo. Esto significa que las religiones positivas, sobre
todo protestantismo y catolicismo, quedan confinadas a la esfera privada del
individuo y no pueden pretender imponer sus criterios en la sociedad civil.
Se le deja tan sólo la esfera de la moralidad privada y familiar. La religión
ayuda a mantener unos valores cristianos. De hecho los valores proclamados
por el Revolución eran profundamente cristianos: libertad, igualdad y fraternidad.
La ética, como vio Kant, necesita una fundamentación religiosa, que garantice
la existencia del alma, la libertad, la existencia de Dios y de la vida eterna,
los llamados postulados de la razón práctica. El mundo de valores cristianos
no fue puesto en duda hasta Nietzsche que denunció la filosofía de Kant como
puro platonismo. El fue el primero que propuso una alternativa a los valores
cristianos, que consideraba contravalores a la luz de la doctrina del superhombre
y de la voluntad de poder. Esto comporta una especie de nihilismo.
Si Dios ha muerto, todo está permitido (Dostoyewski). A pesar de eso,
las diversas filosofías, tanto la de los valores como el existencialismo han
tratado de fundar una ética, basado en la autonomía del hombre. ¿Es esto posible?
Incluso los teólogos morales han intentado una ética autónoma, pero Hans Küng,
al querer fundar una ética mundial, ha apelado de nuevo a las religiones,
no sólo a la cristiana.
El protestantismo había aceptado fácilmente el
confinamiento de la religión a la esfera privada. El papa Gregorio XVI y el
P. Chaminade lo rechazan vivamente. Aunque el Vaticano II ha admitido la libertad
religiosa, de ninguna manera esto significa la renuncia a la presencia en
la esfera pública de la vida. El problema que se plantea es qué tipo de presencia.
Ahí las posturas son diversas:
1) Gregorio XVI es un
defensor a ultranza de la situación tradicional y cree que la Iglesia, por
ser la depositaria de la verdad, puede
y debe seguir dictando normas para la vida social, no sólo de sus fieles sino
de todos los hombres. No se reconoce, pues, la legítima autonomía del orden
temporal
[4]
.
2) El P. Chaminade rechaza
el confinamiento de la religión a la esfera privada, pero no vuelve a la situación
tradicional. Es verdad que alguna vez Chaminade aparece sospechosamente demasiado
cercano a las tesis expresadas por Gregorio XVI, enemigo de la indiferencia
religiosa en cuanto ésta significaba una libertad religiosa y emancipación
respecto a la Iglesia:
"Si
me hubiera sido permitido venir en persona a postrarme humildemente a los
pies de Su Santidad, le hubiera revelado los sentimientos más íntimos de mi
corazón. Le hubiera dicho, con una sencillez del todo filial, cuán grande
es, desde hace mucho, mi dolor al ver los increíbles esfuerzos que hacen la
impiedad, el racionalismo moderno y el protestantismo conjurados para arruinar
el hermoso edificio de la revelación...
Pero,
Santísimo Padre, este medio (las Congregaciones), por excelente que sea cuando se utiliza con sabiduría,
no bastaba. La filosofía y el protestantismo, favorecidos en Francia por el
gobierno, se han apoderado de la opinión pública y de las escuelas, esforzándose
en extender a todos los espíritus, sobre todo en la infancia y en la juventud,
ese libertinaje del pensamiento, más funesto aún que el del corazón, del cual
es inseparable. Y ¿quién podría entrever solamente todos los males que de
ello van a seguirse?
[5]
.
El P. Chaminade parece
compartir una tesis típicamente tradicional, que en España se ha agitado durante
la época socialista: es el poder el que promueve una modernización opuesta
a la fe cristiana. Esta tesis valora excesivamente la influencia del poder
político y no se da cuenta de que son los dinamismos socioeconómicos de la
sociedad los que llevan a los cambios en la manera de vivir la religión. Tampoco
el papa se daba cuenta de que el poder de la Iglesia no es la salvaguarda
de la religión. La vida de la religión depende de la vivencia intensa del
evangelio. La religión está amenazada de muerte cuando no se vive intensamente
y se la reduce a una manifestación social. Eso lo sabe bien Chaminade.
El retomar el lenguaje
del papa ¿refleja las convicciones profundas de Chaminade o es una manera
de pedir la aprobación de las Constituciones presentadas a Roma? No cabe dudar
de la adhesión incondicional de Chaminade a la sede de Roma, aun cuando lo
que yo veo blanco me diga que es negro. Chaminade hace suyas algunas de las
posiciones de Roma. Pero su programa de vuelta al cristianismo de los orígenes
es la negación de todo régimen de cristiandad.
Es dar el protagonismo a los laicos que hasta entonces habían sido
sujetos pasivos. El cristianismo primitivo no tenía la tutela del estado sino
que es la situación de los desterrados en Babilonia. Son emigrantes, peregrinos
en este mundo. Su cristianismo, como se describe en los Hechos de los Apóstoles
y más tarde veremos, tiene unas bases específicamente religiosas. Esta propuesta
está en las antípodas de las propuestas reaccionarias papales. Lo mismo habría
que decir de la propuesta mariana hecha
por el Papa y por el P. Chaminade. El papa alza una bandera que harán suya
desgraciadamente muchos grupos reaccionarios en la Iglesia. En cambio, Chaminade
ve en María la imagen de una Iglesia misionera de estilo mariano con características
netamente evangélicas.
El P. Chaminade encarna
la postura más abierta de la Iglesia de su tiempo. Francia había experimentado
una gran descristianización durante la revolución y el imperio. Con la Restauración
se intentaron poner las bases de lo que será la situación de la Iglesia hasta
el Vaticano II. Los medios empleados fueron las misiones y las Congregaciones
Marianas.
Gracias a Dios la Iglesia
se dio cuenta de que una vez perdidos los apoyos políticos y económicos de
los que gozaba en el antiguo régimen era necesario no sólo regenerar el tejido
eclesial sino sobre todo crear unos ambientes cristianos, con una cultura
propia que contrarrestase la cultura de la Ilustración, opuesta a la Iglesia.
Bajo el signo del romanticismo
y de la Restauración del siglo XIX, el cristianismo ha podido de nuevo consolidarse
de manera significativa y reforzar su influencia en las sociedades europeas.
La razón fundamental de este fenómeno está en que la Iglesia, sobre todo la
católica, ha sabido dar a la vida eclesial
la forma de unas “subculturas confesionales “. La fe cristiana ha formado
en el interior de una sociedad que se secularizaba, se modernizaba y se industrializaba
cada vez más, unos ambientes sociales relativamente homogéneos. Se
trata de espacios vitales comunitarios definidos, claramente delimitados en
los cuales la vida familiar, profesional, y en parte, la vida social de los
fieles estaba fuertemente caracterizada por el sentido eclesial. Desde los
colegios, a través de las asociaciones, la organización de la asistencia social
y los partidos políticos, hasta la elección de cónyuge, todo se desarrollaba
la mayoría de las veces en un ambiente situado bajo el influjo eclesial. En
este ambiente los modelos tradicionales de valoración e interpretación cristiana
han mantenido un valor normativo de manera que la crítica ilustrada y la secularización
han tenido escasos efectos en estos espacios vitales protegidos.
No sin razón esos ambientes
se encontraban en los sectores agrícolas y artesanos, más que en los lugares
industriales de las grandes ciudades. Se ha vivido así un modelo de sociedad
de modernidad limitada. De esa manera han convivido elementos tradicionales
y modernos.
Este tipo de ambiente
perduró en algunos países europeos y en especial en España hasta los años
sesenta. Se trataba de una mentalidad restauradora que concedía una preferencia
a los modelos de valoración bien precisos de tipo tradicional de la burguesía
industrial ya configurados en el siglo XIX, los llamados valores del deber
y del reconocimiento. Entre ellos están en primer lugar los valores relativos
a la sociedad tales como la disciplina, la obediencia, el rendimiento, la
laboriosidad, en segundo lugar los valores relativos al individuo tales como
el dominio de sí, la disponibilidad a la adaptación, la docilidad y la sobriedad.
Esta jerarquía de valores tenía numerosos puntos en común con la pertenencia
eclesial caracterizada por la práctica regular, la fidelidad y la aceptación
de las indicaciones institucionales, por ejemplos, los mandamientos de la
Iglesia. Esto ha permitido incluso en los años posteriores a la segunda guerra
mundial un elevado grado de práctica religiosa que se manifestaba en la frecuencia
regular al culto dominical y diario, en la recepción de los sacramentos, incluido
el de la penitencia, en el respeto de los días festivos de la Iglesia en la
aceptación sin grandes problemas del mensaje eclesial de la fe y en la observancia
de las normas y mandamientos de la Iglesia.
3) El Vaticano II ha
tenido que confrontarse con una situación diferente en la que la llamada secularización,
consecuencia de la Ilustración, ha ido confinando cada vez más la religión
a la esfera de lo privado y la ha convertido en una “religión invisible”.
La combinación de fe
personal, ambiente social caracterizado eclesialmente,
y modelos de valoración de la sociedad se ha derrumbado de pronto y
de manera imprevista a finales de los ‘60. La disminución de la práctica religiosa
es un fenómeno indicativo de una creciente
distancia respecto a las normas eclesiales tocantes a la fe y a la moral.
Este alejamiento de la Iglesia afecta a todos los grupos sociales pero en
especial a los de una cultura más elevada, a los habitantes de las grandes
ciudades y en particular a los jóvenes. Aunque la situación hoy día presenta
una cierta estabilización, continúa, sin embargo, el abandono
de la Iglesia, sobre todo de los jóvenes.
¿Cuáles son las causas
de este cambio? Suele hablarse de un impulso de modernización en virtud del cual la orientación que estaba
ya presente estructuralmente se
ha afirmado también culturalmente.
Desde el punto de vista económico, la economía de mercado basada sobre la
industria que actúa a escala internacional ha desplazado a los sectores tradicionales
de la agricultura y artesanado, vinculados al catolicismo. La población se
ha concentrado en las grandes ciudades y se ha adquirido una gran movilidad,
que ha disuelto las fronteras de los ambientes católicos existentes.
En los años ‘60 ha habido
un cambio de valores, cuyo síntoma ha sido el movimiento estudiantil. Estos
percibieron la ambigüedad de los valores antes promocionados y propusieron
otros hasta entonces descuidados: la autonomía, el interés político crítico,
la participación en los procesos de decisión democráticos. Pero lo más determinante
no es que se haya cambiado la escala de valores desde el punto de vista de
los contenidos sino el modo formal de asumir esos valores. Éstos ya no son
simplemente transmitidos y aceptados de la tradición sino que cada uno, según
la fragmentación de la sociedad moderna en una pluralidad de sistema de valores,
establece la propia jerarquía de valores. En esta jerarquía de valores, el
propio yo entra no sólo como sujeto formal de la decisión sino también como
norma última de contenido de la determinación de los valores: qué es lo que ayuda al yo en la propia realización
y desarrollo.
Desde el punto de vista
del contenido, los valores pueden cambiar más pronto o más tarde pues se está
percibiendo también la ambigüedad de los valores propuestos, por ejemplo,
la realización del propio yo a expensas de los demás, lo que lleva a la irresponsabilidad
política y social. Pero es menos probable un cambio en la determinación formal
de los valores. El individualismo actualmente dominante en el cual acontece
la orientación hacia los valores está demasiado arraigado en la autoconciencia
de la modernidad para consentir tal cambio.
Hay que añadir la creciente
individualización de la sociedad a la que corresponde una individualización
estructural de los procesos vitales. Dentro de la misma familia se ve que
cada miembro tiene su propio programa, haciendo muy difícil una vida familiar.
Cada uno está expuesto a las exigencias concurrentes con lógicas autónomas
- de la economía, del estado, de la familia, de la Iglesia, de la educación
y de la salud y quizás también de la ciencia y el arte. Para ponerse de acuerdo
hace falta la tolerancia y el pluralismo. Esto no favorece en nada el anuncio
eclesial de la fe y la construcción de comunidades eclesiales.
De ahí la necesidad y actualidad de la Familia Marianista como red
de comunidades que ayudan a las personas a procesar la religiosidad no organizada
que vuelve de nuevo en la cultura posmoderna.
El Vaticano II ha proclamado
y exigido la libertad religiosa. Todavía recordamos la gran crisis experimentada
en España cuando se trató de desligar a la Iglesia del estado franquista.
El reconocimiento de la libertad religiosa comportó también el desmarcarse
de la Iglesia respecto a los tradicionales partidos cristianos. Eso quiere
decir que la Iglesia renuncia a buscar un poder político frente a los otros
poderes. En la transición política la Iglesia española no apoyó a ningunos
de los partidos. La presencia de la Iglesia no se sitúa ya en la política
sino en la sociedad civil. Es ahí donde hay que participar: en las diversas
instituciones civiles (cristianismo de presencia), con diversas instituciones
eclesiales (cristianismo de mediación), interviniendo en el debate público.
Pero en este debate hay que hacerse presente con una mentalidad de diálogo.
La Iglesia, depositaria de la verdad, no puede pretender que la anuncien los
obispos y que inmediatamente todos la acaten. Es necesario escuchar a todos
los interlocutores sociales. Pero no se puede renunciar a participar en el
debate del futuro del hombre y de la sociedad. Es, por tanto, en el campo
de la ética donde se dan los grandes debates de los cuales la Iglesia no puede
estar ausente.
Cuando la Iglesia se
hace presente en estos grandes debates, como los que tuvieron lugar en la
transición a la democracia en España, la Iglesia gana en credibilidad y hace
un servicio a la causa del hombre y de la sociedad. Si la Iglesia se inhibe
ante los grandes debates o en ellos tan sólo quiere defender su posición de
poder, la Iglesia es rechazada o queda marginada. El peligro de la marginación
viene de la no existencia de ese debate público como ha ocurrido en España
una vez que la democracia se ha consolidado. La Iglesia debiera mantener vivos
los grandes debates que afectan a la vida del hombre y sobre todo a la sociedad.
Continuamos viviendo en una sociedad injusta y la Iglesia no puede callar
sino que tiene que avivar el debate.
4) La ofensiva restauradora
actual.
La ilusión ingenua del
racionalismo ilustrado de con el tiempo superar toda religión residual no
se ha realizado. Más bien en la posmodernidad se ha producido la quiebra de
la razón. Y con ello estamos asistiendo una vuelta de lo sagrado (EPE 13).
Pero no hay que ser ingenuos. Es un sagrado no eclesializado, que puede dar
respuestas a ciertas "inquietudes religiosas" del hombre, pero muchas
veces puede bloquear el acceso a la fe cristiana eclesial. Sin embargo parece
preferible esa religiosidad a las tesis que consideran la religión como algo
trasnochado. La vuelta de lo sagrado parece ser una reacción ante la incapacidad
del racionalismo de dar un sentido a la vida. Ni la tecnocracia más secularizada puede vivir
sin el misterio y sin el ritual mágico. Otros piensan que no se debe a la
búsqueda del sentido de la vida sino al deseo de encontrar soluciones de tipo
mesiánico para los problemas económicos y sociales. Lo malo es que en los
nuevos cultos el repudio de la razón y del espíritu crítico suelen alcanzar
el paroxismo, volviéndose sumamente peligrosos.
Digamos con todo que estos movimientos, incluidos los fundamentalismos
judíos, mahometanos, pero también cristianos, poseen una capacidad singular
para señalar las anomalías de nuestra sociedad. Pero una cosa es reconocer
eso y otra muy distinta es dar por buenas sus soluciones. Intentar restaurar
una sociedad sacral ni es posible en Europa ni sería deseable. No tiene sentido
añorar tiempos pasados. El peligro
actual en la Iglesia viene de los intentos
restauracionistas de algunos sectores de la Iglesia que quieren revisar las
posiciones del Concilio y volver a posturas tradicionales de recuperar espacios
de poder en la sociedad
[6]
.
2.
EL CARISMA MARIANISTA
2.1. El Beato Chaminade y el carisma marianista
"Para
poner un dique fuerte al torrente del mal, el Cielo me inspiró a comienzos
de este siglo solicitar de la Santa Sede el nombramiento de Misionero apostólico,
con el fin de reavivar o de volver a encender en todas partes la llama divina
de la fe, presentando por todos lados, ante el mundo asombrado, grandes cantidades
de cristianos católicos de toda edad, sexo y condición, que, reunidos en asociaciones
especiales, practicasen sin vanidad y sin respeto humano nuestra santa religión,
con toda la pureza de sus dogmas y de su moral...
Desde entonces, Santísimo Padre, se han ido formando en varias ciudades
de Francia fervorosas Congregaciones, unas de varones y otras de mujeres;
la religión tuvo la dicha de contar con un número bastante grande de ellas
en poco tiempo y se hizo mucho bien"
[7]
.
El
carisma de fundador
El
P.Chaminade fundó la Familia Marianista como respuesta a los desafíos de su
tiempo. El Espíritu le concedió un carisma de fundador. Este don le permitió
leer los signos de los tiempos y comprender la misión de María en la historia
de la salvación. He ahí la fuente de su creatividad a lo largo de toda su
vida.
Si contemplamos la andadura histórica de nuestro
fundador, vemos que el carisma marianista fue vivido en primer lugar por los
laicos. Algunos empezaron a practicar los consejos evangélicos. En un determinado
momento fueron una especie de instituto secular en el mundo. Finalmente a partir de 1816 el
carisma marianista tuvo también dos institutos religiosos, en los cuales sus
miembros eran congregantes activos que vivían según una regla religiosa. Todos
se reclamaban de la inspiración del mismo Padre o fundador.
La teología actual de
la vida religiosa distingue dos aspectos en lo que normalmente llamamos el
carisma del fundador: carisma de
fundador y carisma del fundador.
El carisma de fundador comporta los siguientes elementos: el fundador
de un instituto religioso es una persona que a través de (1) su unión con
Cristo es dócil a (2) un carisma y experiencia del Espíritu que le lleva a
realizar (3) una misión que exige (4) compartir con otros o facilitarles una participación
en su experiencia del Espíritu. Esto tiene lugar (5) ganándose la respuesta
libre de los discípulos (6) a los que atrae mediante la gracia a reunirse
con él en la búsqueda de la unión con Cristo en su vida y misión. Forma a
estos discípulos como miembros de una comunidad apostólica en Cristo unida
en la búsqueda del amor perfecto a Dios, la caridad, es decir, la santidad.
Se llama, en cambio, carisma del
fundador al contenido de la experiencia
del fundador que, tomando su origen en una inspiración sobrenatural
y guiado en la comprensión existencial del misterio de Cristo y de su evangelio,
lleva a diseñar la fisonomía de una obra. Esta se expresa en un servicio a
la Iglesia y a la sociedad, como una respuesta a una exigencia determinada.
Es una experiencia que debe ser transmitida después a los propios discípulos.
Los orígenes contienen a pesar de su contingencia y relatividad histórica
elementos destinados a permanecer.
Al momento fundacional
pertenece la experiencia del fundador y de los primeros discípulos. Es el
carisma de la fundación, una experiencia
que ha modelado la misión y la organización del grupo. Esta vida se ha plasmado
en reglamentos aprobados por la autoridad competente. Desgraciadamente la
vida de las congregaciones de Burdeos fue relativamente corta y no permitió
su reconocimiento carismático por parte de la Iglesia, que sin duda bendijo
y alentó sus primeros pasos. Existe un carisma de las congregaciones marianas o
si se quiere pronto se olvidó el carisma de tales congregaciones que felizmente
ha sido redescubierto en nuestros días y ha recibido un primer reconocimiento
por parte de la Santa Sede.
La
fundación de la Congregación de Burdeos
En
1800 Chaminade regresó del destierro.
La obtención de Roma del título de Misionero Apostólico para Francia marcará
y dará continuidad a toda su obra. El pedir el título de Misionero apostólico
fue fruto de una inspiración del cielo. También las Congregaciones son obra
propiamente del Espíritu Santo, que ha querido reunir a
las personas en estos tiempos modernos para el sostenimiento del fervor. Al
restablecer las Congregaciones de Burdeos, estaba haciendo una verdadera fundación
o si se quiere refundación o reforma, parecida a las que han hecho otros fundadores
de congregaciones religiosas.
El P. Chaminade recibió
el carisma de fundador. Un carisma
es un don sobrenatural, no siempre acompañado de fenómenos extraordinarios,
pero siempre eficaz y para el bien común de la Iglesia. Toda la Iglesia es
carismática y ministerial. El fundador recibe un carisma especial. Ser el
fundador significa un tipo de paternidad que se traduce en una fecundidad
de discípulos que reciben su espíritu. El fundador es el alma que da vida
a la institución y el que vela por el espíritu. En la Congregación de Burdeos,
Chaminade es su Director. Ejerce una
dirección espiritual de la institución para que ésta permanezca fiel a sus
fines puramente religiosos: la devoción a la Santísima Virgen, el mantenimiento
de la moral de Jesucristo y la fe de la Iglesia en toda su pureza. El es responsable
ante la Iglesia y el encargado de que no se agiten cuestiones políticas.
La Congregación empezó en 1800 y experimentó un primer crecimiento
en los años 1803-1806. Vinieron en seguida las primeras dificultades en los
años 1804-1806 que exigieron ciertos reajustes los cuales favorecieron dos
años de florecimiento, 1807-1809. Pero Napoleón, debido a la actividad política
de uno de los congregantes, decidió
su supresión, que duró cinco años (1809-1814). Durante la Restauración
(1815-1828) conocerá su esplendor, paralelo al desarrollo del Instituto
de las Hijas de María (1816) y de la Compañía de María (1817). Desgraciadamente
la Revolución de 1830 supuso su desaparición definitiva. En efecto, aunque
se restablecieron en 1834, quedaron reducidas a una Confraternidad de niños.
Es difícil imaginar que una obra tan querida se le fuera a Chaminade de las
manos. Tan sólo las dificultades vividas en ambas fundaciones religiosas
durante la década de los años 30 y el conflicto en el interior de la
Administración General durante la década de los 40 puede explicarlo en parte.
El fundador gastó sus mejores energías en salvaguardar el futuro de la Compañía
de María contra sus colaboradores más inmediatos.
Ya antes de la supresión
de la Congregación en 1809 hubo grupos fervorosos dentro de ella. Pero fue sobre todo después de la restauración
en 1814 cuando algunos grupos empezaron a vivir los consejos evangélicos.
Era una manera más perfecta de realizar en toda su extensión su consagración
a la Virgen María. La devoción a María los llevaba a la práctica de los consejos
evangélicos, mientras el simple congregante tiende a Jesús por medio de María
por la práctica de los preceptos evangélicos. Los miembros de estos grupos
se comprometían a obedecer a los superiores. Los que habían comenzado a vivir
los consejos evangélicos en el mundo entre 1809 y 1814 con la restauración
podrán desarrollar esta experiencia y vivir una vida consagrada por los votos
en el mundo. Es a este tercer grupo dentro de la Congregación al que se le
llamó Estado. Aquí encuentra su
inspiración la Alianza Marial, Instituto Secular Femenino dentro de la Familia
Marianista.
Las últimas ramas en
aparecer fueron las de la vida religiosa marianista femenina y masculina.
Según Lalanne, Chaminade estaba convencido de que el cristianismo no sería
realmente establecido en Francia hasta que se restaurasen las Ordenes religiosas.
El P. Chaminade se puso a preparar a la vida religiosa a los jóvenes congregantes
más fervorosos. Les llevaba a hacer aisladamente y permaneciendo en el mundo
los votos temporales de castidad, pobreza y obediencia. Pero esto creó numerosas
dificultades pues el proyecto del P. Chaminade era muy exigente. Quería hacer
vivir a esos cristianos como vivían los de los tiempos apostólicos, teniendo
todo en común. Pero se dio cuenta que esta forma de vida religiosa en el mundo
era impracticable y, sin abandonar su idea de una vida religiosa bajo una
forma secular, ya no pensó en realizarla sino mediante una comunidad. Así
surgieron las dos Institutos Religiosos. Acerca de la finalidad de ambos,
explicaba al Papa:
"Pero,
Santísimo Padre, este medio (las Congregaciones), por excelente que sea cuando se utiliza con sabiduría,
no bastaba. La filosofía y el protestantismo, favorecidos en Francia por el
gobierno, se han apoderado de la opinión pública y de las escuelas, esforzándose
en extender a todos los espíritus, sobre todo en la infancia y en la juventud,
ese libertinaje del pensamiento, más funesto aún que el del corazón, del cual
es inseparable. Y ¿quién podría entrever solamente todos los males que de
ello van a seguirse?
He
creído ante Dios, Santísimo Padre, que era necesario fundar dos nuevas órdenes,
una de mujeres y otra de hombres, que probaran al mundo, por el hecho de sus
buenos ejemplos, que el cristianismo no es una institución envejecida y que
el evangelio puede practicarse hoy todavía como hace mil ochocientos años;
y que disputasen a la propaganda, escondida su color de mil y un pretextos,
el terreno de las escuelas, abriendo clases de todos los grados y de todas
las materias, especialmente a la gente del pueblo, que es la más numerosa
y la más abandonada.
He
ahí, Santísimo Padre, el propósito que la divina Providencia me inspiró al
fundar hace más de veinte años la Compañía de María y el Instituto de Hijas
de María"
[8]
.
Su explicación supone,
pues, varios elementos a tener en cuenta:
1. Las Congregaciones
no bastaban para dar una respuesta a los desafíos de los tiempos.
2. Esos desafíos se
situaban sobre todo en el campo de la cultura. El gobierno de la Restauración
favoreció la difusión del protestantismo y de la filosofía liberal que se
han apoderado de la opinión pública y de las escuelas, creando un libertinaje
del espíritu.
3. Chaminade ha fundado
las dos congregaciones religiosas para demostrar la actualidad del cristianismo
y para disputar a la ideología liberal
el terreno de las escuelas. Chaminade está convencido del valioso testimonio
de santidad que ofrece la vida religiosa en sí misma por la práctica de los
consejos evangélicos, no sólo al mundo
sino también a la propia Iglesia. Pero además esta vida religiosa esencialmente
misionera se dedicará a formar en la fe y multiplicar los cristianos. El medio
para ello será la educación, que no se reduce a la presencia en las escuelas.
La vida religiosa marianista está al servicio de la Iglesia para regenerarla
haciéndola volver al fervor de los primeros tiempos. En esto coincidía con
sus Congregaciones Marianas de seglares. Y en un primer momento Chaminade
concibió la vida religiosa marianista al servicio de las Congregaciones Marianas.
La vida religiosa debe ser el hombre que no muere
[9]
. pero inmediatamente, siguiendo el principio de universalidad
del apostolado, presente ya en las Congregaciones Marianas, Chaminade se abrió
a otros campos que permitían la multiplicación de cristianos y eventualmente
el establecimiento de Congregaciones Marianas.
El
legado del fundador: El carisma de la Familia Marianista
Desde
el momento de la fundación de la Congregación de Burdeos, el P. Chaminade
quiso que sus obras tuvieran unas características concretas para responder
a los signos de los tiempos. Hay sobre todo dos elementos fundamentales: María
y la fe. De ahí derivan las demás características. Su número e identificación
dependen de los autores. El Capítulo de 1971 decía Seis
características marianistas son muy significativas para nuestro tiempo: espíritu
de fe, unión con María, formación de comunidades cristianas, disponibilidad
apostólica, prosecución comunitaria de fines, estructuras especiales. El
Capítulo de 2001 con otra perspectiva ha subrayado más o menos los mismos
elementos.
El carisma del instituto
o del movimiento indica el camino histórico
y las diferentes modalidades de adaptación del carisma del fundador, es decir
los contenidos carismáticos experimentados y expresados por el fundador como tal. El carisma del instituto
es como el reflejo colectivo del carisma
del fundador que entra en relación con la vida y los carismas de la personas
destinadas por el Espíritu a perpetuar dinámicamente en el tiempo toda la
potencialidad de la inspiración primera del fundador y a mostrar por todas
partes las posibles expresiones históricas. El carisma del instituto constituye
la identidad vocacional expresada por la comunidad toda entera encarnando
en el tiempo y en modos diferentes las mismas inspiraciones carismáticas del
fundador. Un desarrollo de las potencialidades del carisma de las que todavía
ni el fundador ni los primeros compañeros eran conscientes. Como señalaba
Salaverri en su circular sobre la nueva Regla de Vida, el carisma no es un
diamante sino una semilla. El desarrollo
cubre el conjunto de la historia del instituto. A ese carisma pertenece también
la historia de su olvido. Ese olvido forma parte de la historia de las Comunidades
Laicas Marianistas y de ambos institutos religiosos. La ausencia de una rama
seglar ha condicionado el desarrollo histórico y espiritual de la vida religiosa
marianista. Hoy día tenemos de nuevo la oportunidad de vivir plenamente el
carisma de nuestro fundador.
Los criterios de verificación
de la interpretación del carisma son los siguientes:
1) El criterio de la
identidad y continuidad. Cada uno debe ser consciente del deber de realizar
con eficaz memoria viviente el carisma propio dentro del cuerpo y de la historia
de la comunidad. Debe ser consciente del deber de actualizar el carisma de
discípulo en fidelidad dinámica y sustancial al carisma del fundador.
2) El criterio de comunión
orgánica. Cada uno debe ser consciente de integrar juntos los carismas propios
de discípulos para manifestar en la Iglesia y para el mundo el proyecto común
y la misma vocación.
3) El criterio de la
adaptación dinámica. Hace comprender las nuevas vías de la inculturación del
carisma, no como simple reproducción del pasado sino como un arraigo pleno
en el origen en las condiciones cambiantes de los signos de los tiempos y
de las nuevas expectativas del Espíritu.
4) El criterio de la
creatividad carismática. No se trata de una reformulación continua y un estar
empezando siempre de nuevo. Se trata de apropiarse sin cesar el espíritu del
carisma fundacional con la capacidad de seguir atrayendo, con entusiasmo e
impulso, a los hombres del propio tiempo
El futuro de la Familia
Marianista está en estrecha conexión con la capacidad de ser fieles a la
herencia de nuestro fundador y con nuestra creatividad para afrontar los
retos del mundo de hoy (EPE 19-24). Somos hijos de un misionero apostólico, cuya vida se caracterizó por su pasión y celo
por anunciar a Jesucristo y reconstruir la Iglesia. El tuvo una visión, una
misión o proyecto misionero, un espíritu y una estrategia o programa. Hubo
en él inspiración y carisma y fue capaz
de convocar a jóvenes y adultos, a hombres y mujeres a nova bella. Este celo y esta inspiración indican claramente la santidad
de nuestro fundador.
Como Chaminade, nosotros contamos con una particular visión del mundo y de la Iglesia. El carisma
es un don del Espíritu que nos capacita para vivir de una manera significativa
el evangelio. El carisma marianista tiene una visión, una perspectiva particular.
Ningún carisma agota la realidad infinita del misterio de Cristo. Tan sólo
la suma de las perspectivas nos permiten contemplar la totalidad. Es lo que
sucede con el Jesús de los tres evangelios sinópticos.
Marcos, Mateo y Lucas hablan del mismo Jesús, casi presentan las mismas
escenas, pero cada uno tiene una perspectiva distinta. Y habría que añadir
el Jesús del cuarto evangelio, y el Jesús de Pablo y el de los demás escritos
del Nuevo Testamento. Todos tienen al mismo Jesús como
imagen, pero con distintos encuadres. El carisma marianista tiene a
Jesús como el Hijo de Dios
hecho Hijo de María para la salvación de los hombres. El misterio
de la encarnación es el centro del carisma marianista. La encarnación no se
reduce al momento de la concepción de Jesús y su nacimiento sino que abarca
toda su vida como proceso de humanización, de hacerse hombre. Ese proceso
que culmina en la muerte y la resurrección constituye la salvación de los
hombres. En ese proceso es toda la Trinidad la que está implicada, pero de
manera especial los marianistas contemplamos la acción del Espíritu y la colaboración
de María. Ambas personas están presentes
con diferentes funciones a lo largo de toda la vida de Jesús y de nuevo se
harán presentes no sólo en los comienzos sino a lo largo de toda la historia
de la Iglesia: Todas las épocas de la
Iglesia están marcadas por los combates y triunfos gloriosos de la augusta
María.
Según la visión marianista,
la historia es el lugar donde se desarrolla la salvación. En ella el Espíritu de Dios está actuando contra las fuerzas
del mal y la está llevando a su plenitud. La certeza y la convicción que tenía
nuestro fundador respecto al triunfo de María es la fuente del talante optimista
del marianista respecto al futuro del mundo, de la Iglesia y de la Compañía
de María. Los elementos básicos que conforman esta visión, son:
1) Una profunda experiencia de fe que además
de brindarnos un marco de interpretación, de lectura y contemplación de la
realidad, se instala en el corazón y se transforma en confianza, en audacia
y energía que dinamizan toda nuestra vida.
2) Una gran sensibilidad y apertura las necesidades del mundo y de la Iglesia.
3) La valoración de la comunidad como
el lugar donde la fe se vive, crece y se comparte hacia dentro y hacia fuera.
4) El dinamismo misionero, la conciencia de que todos somos misioneros y de que anunciar a Jesucristo,
hacerlo nacer y crecer en cada hombre y mujer, asistiendo a María en su misión,
no es para nosotros algo facultativo u opcional.
5) La dedicación al
servicio de la Iglesia,
la preocupación por reconstruir la Iglesia a partir de la valoración del papel
de los laicos dentro de ella, y de la conciencia de que la Iglesia es primeramente
familia y pueblo de Dios antes que una institución jerárquica. El P. Chaminade,
además de ser un profeta del laicado,
supo engendrar en el seno de la Iglesia nuevas relaciones de igualdad, comunión
y participación entre todos sus miembros, y la concibió como una
red de comunidades en cuyo centro está Jesús, el Hijo de María.
2.2.
La vocación marianista: una alianza con María
"Sin
embargo, esta descripción, desgraciadamente fiel, de nuestra época, no nos
desalienta. El poder de María no ha disminuido. Creemos firmemente que Ella
vencerá esta herejía, como todas las demás, porque Ella es, hoy como siempre,
la Mujer por excelencia, la Mujer prometida para aplastar la cabeza de la
serpiente. Jesucristo, al llamarla siempre con ese gran nombre de Mujer, nos
enseña que Ella es la esperanza, la alegría, la vida de la Iglesia y el terror
del infierno. A ella, pues, está reservada en nuestros días una gran victoria,
a Ella corresponde la gloria de salvar la fe del naufragio de que está amenazada
entre nosotros.
Nosotros
hemos comprendido este designio del cielo, mi querido hijo, y nos hemos apresurado
a ofrecer a María nuestros débiles servicios para trabajar a sus órdenes y
combatir a su lado. Nos hemos alistado bajo su bandera, como soldados y ministros
suyos, y nos hemos comprometido por un voto especial, el de estabilidad, a
secundarla con todas nuestras fuerzas, hasta el final de nuestra vida, en
su noble lucha contra el infierno. Y, así como una orden merecidamente célebre
ha tomado el nombre y el estandarte de Jesucristo, nosotros hemos tomado el
nombre y el estandarte de María, dispuestos a volar a donde Ella nos llame,
para extender su culto y, por él, el reino de Dios en las almas.
Este es, mi querido hijo, el carácter
distintivo y el aire de familia de nuestras dos órdenes: somos de una forma
especial, los auxiliares y los instrumentos de la Santísima Virgen en la obra
de la reforma de las costumbres, del mantenimiento y crecimiento de la fe,
y, por consiguiente, de la santificación del prójimo. Depositarios de las
iniciativas que sabe crear su caridad casi infinita, hacemos profesión de
servirla fielmente hasta el fin de nuestra vida y de cumplir con prontitud
cuanto Ella nos diga (Jn 2, 5), felices de poder emplear en su servicio una
vida y unas fuerzas que le son debidas. Y hasta tal punto creemos que esto
es lo mejor para nosotros, que nos prohibimos formalmente, por vuestro voto,
el derecho de escoger y abrazar otra Regla"
[10]
.
La
misión de María, Mujer prometida, triunfadora de las herejías
El
P. Chaminade es consciente de los retos que la cultura de su tiempo supone
para la fe y para la Iglesia. Pero, como buen creyente,
tiene un sentido providencialista de la historia, dirigida siempre
por Dios. Es una historia de salvación en la que Dios se comunica al hombre
en Cristo Jesús, centro de la historia, para introducirlo en su intimidad
por medio de la acción del Espíritu que actúa en el mundo, pero sobre todo
en la Iglesia. La fe y la Iglesia han salido siempre victoriosas de todas
las dificultades.
El
pensamiento de Chaminade no sólo es teocéntrico sino también
cristocéntrico. Cristo es el único mediador y salvador que nos conduce
al Padre. Pero ve a Jesús no como una realidad abstracta sino como “Hijo de Dios, hecho hijo de María para
la salvación de los hombres “ (RV 2). Toda la historia de la Iglesia, con
sus revoluciones y restauraciones, está presidida por la acción de María en
defensa de la fe. Esa es la misión que Dios le confió en la historia de la
salvación.
El P. Chaminade ha presentado
a María como la Mujer Prometida. Dios Padre la eligió desde toda la eternidad
para ser la madre de su Hijo por obra del Espíritu y estar asociada a todos
sus misterios, sobre todo al misterio de nuestra redención. María hizo suya
la misión de Jesús y puso su vida al servicio de esa misión, siendo la primera
de los creyentes en Jesús. El triunfo de Jesús se manifiesta ante todo en
la persona de María, introducida en la intimidad de la Trinidad. María responde a este amor Dios, poniéndose
a disposición de la misión que Dios Padre realiza a través del Hijo y del
Espíritu: la incorporación de los hombres a Cristo en la comunidad de los
salvados que llamamos Iglesia. El P. Chaminade descubre la misión de María
ya en la primera página de la Escritura, en
el Génesis y la ve confirmada en la última, en el Apocalipsis
[11]
.
El P. Chaminade lee
la historia de la salvación desde la perspectiva eclesial figurada en la Mujer
Prometida. La Mujer aparece unida a la realidad de la vida amenazada por las
fuerzas de la muerte. El P. Chaminade como toda la historia cristiana identifica
todavía la mujer y la vida con la maternidad. Pero hoy día la realidad de
mujer y vida la podemos leer en otras perspectivas más amplias.
Tomemos, pues, el hilo
conductor de la Mujer Prometida. La historia empieza en el paraíso, con la
creación y la caída del hombre y la mujer. Aparentemente Dios ha fracasado
en su plan de amor. El hombre y la
mujer se rebelan contra Dios y se sumergen
en una historia de pecado y sus consecuencias: el reino del sufrimiento, del
mal y la muerte. En ese panorama desolador
aparece el texto del llamado protoevangelio o primera Buena Noticia, que hay
que leer con la patrística a la luz de la Anunciación (Lc 1,26 ss), que constituye
el contenido de ese evangelio. La mujer, engañada por la serpiente, dará a
luz a alguien que aplastará la cabeza de la serpiente: Pondré enemistades entre ti y la mujer, y entre
tu descendencia y su descendencia; ella te herirá la cabeza mientras tú herirás
su talón ( Gn 3,15).
La lucha entre la descendencia
de la serpiente y la descendencia de la mujer es encarnizada, pero la descendencia
herirá la cabeza de la serpiente. Chaminade sigue la traducción latina que
refiere el sujeto ella a la mujer
y no a la descendencia como en el texto hebreo. Chaminade con la tradición eclesial ve en la
mujer victoriosa la figura de la Virgen Inmaculada contra la que no pudo nada
la serpiente. María aparece como la figura opuesta a la de Eva. María, por
su obediencia a la palabra del ángel en el momento de la anunciación, restauró
lo que la desobediencia de Eva había echado a perder. Pero María y la serpiente
son sólo los cabeza de filas de esos dos ejércitos que se hacen continuamente
la guerra. Son el origen de esas descendencias enfrentadas para siempre.
La desobediencia de
Adán y Eva fue la causa de la perdición y muerte del género humano. Eva recibe
irónicamente este nombre, madre de los
vivientes (Gn 3,20) después del pecado. En realidad es María la verdadera
madre de los vivientes. Eva trasmite tan sólo una vida alejada de Dios. En
cambio Dios ha asociado a María a la fecundidad de su amor. Ella dará a luz
al Hijo del eterno Padre. También el Hijo ha asociado a María a la fecundidad
de su existencia y en especial de sus sufrimientos, que serán vida para el
mundo. María colabora así a la destrucción del imperio del demonio y al restablecimiento
del reino de la justicia y de la vida sobre la tierra.
La fe es lo característico
de la respuesta de María en la anunciación. Cuando el Verbo de Dios tomó carne en el seno de María, ésta lo concibió
al mismo tiempo por la fe en su alma. Es decir, llegó a
identificarse con Jesús, a ser otro Jesús. Y como nueva Eva, se asocia a Jesús,
que nos engendró espiritualmente con ella y por ella. María concibe
a Jesús por la fe, es decir, virginalmente, por obra del Espíritu Santo. Esta
concepción no es pues una realidad puramente biológica en el seno de María.
Trasforma totalmente su persona y deja su sello en ella, incluso en su corporalidad.
Jesús es formado a semejanza nuestra en el seno de María. Pero el Espíritu
Santo forma al mismo tiempo el alma de María tomando como modelo a Jesucristo
e imprime en ella todos los rasgos de su semejanza. La fecundidad de María
se traduce en el dar a luz a Jesús, y en Jesús, a todos sus hermanos. Ella
es nuestra madre. Esa fecundidad le viene de su ardiente amor a Dios y a los
hombres.
¿De dónde le viene a
María el poder de herir la cabeza de la serpiente? El texto no habla sólo
de la mujer, sino también de la descendencia de la mujer. Aunque la traducción
latina ha leído en este texto la imagen de María, Chaminade sabe que la descendencia
de la mujer es ante todo Cristo. El
triunfo sobre el mal es obra de Cristo. María es testigo de cómo su Hijo aplasta la cabeza de la serpiente, mientras
ésta se felicita de que ha aplastado el talón, es decir, lo que hay más próximo
a la tierra y más débil en su humanidad. La victoria de María, la victoria
de la Iglesia, es siempre la victoria de la fe (1 Jn 5,4). María ha formulado
su visión de fe de la historia humana en el Magníficat (Lc 1, 45 ss).
También el final de
la historia está marcado por la amenaza de la vida, de la fe. María es siempre
la mujer prometida. En una visión del Apocalipsis (Ap. 12) se presenta a la Iglesia como una Mujer,
al mismo tiempo gloriosa y en dolores de parto. El Dragón está al acecho para
devorar al hijo que va a nacer, pero éste es arrebatado hacia el trono de
Dios para reinar. La mujer representa, por tanto, la vida, mientras el dragón
personifica la muerte. El Dragón, despechado
por no poder nada contra la Mujer, se vuelve contra los seguidores de Jesús,
el hijo de la Mujer. Descarga contra ellos su poder y empieza a hacer mártires.
El Hijo ha asociado a María a la fecundidad de su sufrimiento redentor. Estamos
ante el misterio incomprensible del sufrimiento como fuente de vida, vida
que brota de la muerte. María y la Iglesia son fecundas a partir del sufrimiento.
La sangre de los mártires es semilla de cristianos, semilla de vida. El P.
Chaminade intuye que todo nacimiento, que toda novedad, es un parto doloroso
y amenazado. Lo es porque todo nacimiento en el campo espiritual está vinculado
a la muerte de Cristo. Es ahí donde tuvo lugar el mayor alumbramiento de la
historia.
El centro de la historia es el acontecimiento
de Cristo Jesús. Chaminade ha meditado sobre todo la encarnación y el calvario,
el principio y el final de la vida de Jesús. Ambos momentos ponen de manifiesto
la debilidad de un Dios hecho hombre y condenado a muerte que de esa manera
triunfa sobre el mundo y sobre el príncipe de este mundo y se convierte en
principio de vida mediante su Espíritu. La presencia de María y del discípulo
amado al pie de la cruz muestran la fuerza de la fe que no se deja vencer
por los poderes del mal y de la muerte. Se trata de seguir a Jesús hasta la
muerte y más allá de la muerte. Los poderes de este mundo no han podido amedrentarlos.
La fuerza del crucificado y resucitado les permite superar todas las amenazas.
Su presencia allí es una protesta contra los poderes de este mundo,
de esta cultura de muerte, que sigue crucificando hoy día a tantos inocentes.
Jesús murió precisamente para que no hubiera más muertes inocentes. Su muerte
es el triunfo del amor sobre la cultura del odio.
María, mujer fuerte
y madre dolores, está al pie de la cruz como la abogada del género humano
y como la madre de los elegidos. Su presencia se debe a su participación en
todos los grandes misterios de su hijo.
Era preciso que Cristo padeciese y que así entrase en su gloria (Lc 24,26).
Era también necesaria la compasión de la madre para engendrarnos junto con
El a la vida de la gracia. Ella acepta la cruz para Jesús y para sí como expresión
de la voluntad salvadora de Dios. A la luz de la fe descubre que, aceptando
que la muerte le prive de su hijo, ella se abre a ser madre de los creyentes.
Éstos están representados en el discípulo amado y
vienen a la vida por la muerte de Jesús. María, ya en el momento de
la anunciación, había dado ese consentimiento incondicional
al plan de Dios.
El P. Chaminade se da
cuenta de que la vida brota de la vida de Jesús entregada. Jesús en el calvario
entrega su persona, su madre, su Iglesia presente en la sangre y agua, símbolo
de los sacramentos, y entrega su Espíritu. También María entrega su vida en
la renuncia a una maternidad reducida al Hijo para abrirse a una muchedumbre
de hijos en la persona del discípulo amado.
En ese momento tan solemne,
que podemos considerar el del testamento, Jesús nos regala a su Madre para
que continúe ejerciendo en la Iglesia las funciones que había tenido para
con él y con él: dar vida, cuidar la vida, llevar los hombres a Jesús: Ahí tienes a tu Madre; ahí tienes a tu hijo.
María inmediatamente empieza a ejercer su misión congregando y haciéndose
presente en la Iglesia naciente en el cenáculo en Jerusalén ( Hech 2).
El discípulo Amado,
imagen del discípulo y seguidor de Jesús, acoge a María como Madre, es decir
se deja formar por ella y el Espíritu Santo a semejanza de Jesús. Al dirigirse
a ella, Jesús la llama Mulier (mujer)
y no Mater (madre), como si se despojase
de su cualidad de hijo; Mujer, y no María o cualquier otro título, Mujer por
excelencia, verdadera Eva, la única Madre de los vivientes. Lo mismo ocurre
con la persona del discípulo, que no recibe un nombre propio, porque representa
a todos los discípulos de Jesús.
En el calvario María recibe su fecundidad.
Es la Eva de la nueva alianza. El Hijo
asocia a María a la fecundidad de sus sufrimientos. De nuevo aquí la fecundidad
de María, su maternidad, no es lo más
importante. Es Jesús el que nos engendra
por su palabra en el corazón de la nueva Eva y hace de María la madre de todos los hombres.
María aparece como modelo de lo que acontece en la Iglesia donde todos hemos
renacido al acoger con fe la palabra y ser bautizados con agua y Espíritu.
También en el texto
de las bodas de Caná se habla de la
mujer prometida (Jn 2). De nuevo Jesús emplea la palabra mujer para dirigirse a María. Esta manera de designarla muestra que se dirige a su fe y no simplemente
a la relación madre-hijo, existente entre ellos. También aquí se habla de
las amenazas de la vida en plenitud. El texto de Caná pone de manifiesto la dimensión de fe de María.
La respuesta de Jesús: ¿Qué tenemos
que ver tú y yo, mujer? Todavía no ha llegado mi hora, invita a María
a situarse en la perspectiva de fe, de la hora de la pasión y no simplemente en una relación de influencia materna
sobre el hijo. María comprende en ese sentido la respuesta de su hijo y no
se siente rechazada, pues inmediatamente invita a los servidores: Todo cuanto él os diga, hacedlo. Es decir,
orienta a los servidores a obedecer a Jesús, a tener en él la misma
fe que ella tenía. La intervención de María, dirigiendo a los servidores hacia
Jesús, produjo el milagro, que fue el origen de la fe de los discípulos. María
aparece ejerciendo su misión maternal de llevar los hombres hacia Jesús.
El P. Chaminade
ve la misión de la Compañía de María, no en la persona de los discípulos,
sino en los servidores. Ellos, fiándose de Jesús, jugaron un papel activo. Han aportado lo que los hombres
pueden aportar, el agua. Jesús se encargará de trasformarla en vino. Somos
los servidores de María, que nos dice:
Todo cuanto él os diga, hacedlo.
Ahí está la inspiración de la universalidad de nuestra misión. Ésta tiene
que dar respuesta a las situaciones cambiantes de los tiempos y lugares. No
se puede uno reducir a unas actividades definidas de una vez para siempre.
Haciendo una lectura de fe de los signos de los tiempos, nuestra fe tiene
que dar respuestas creativas ¿Cómo nos hablará Jesús? Por la fe: escuchemos
lo que nos dice la fe, recurramos a la fe y pongamos en práctica lo que ella
nos enseña; así haremos lo que Jesús nos dice. El Espíritu del Instituto es
un espíritu de fe; hay que ir a Dios por la fe
[12]
.
Al
servicio de la misión de María
Lo
más original de la Mariología del P. Chaminade es su consideración histórica,
que le lleva a vincular a María a la época moderna y al origen de la Familia
Marianista. Dios llama a través de las inspiraciones interiores de su Espíritu.
A través de su acción nos convoca. Pero muchas veces el Espíritu de Dios nos
provoca a través de la situación del mundo y de la historia. Chaminade se
sintió llamado a dar una respuesta a los desafíos del mundo al comprender
la misión de María en el plan de Dios. La vocación marianista consiste en
comprender la misión de María en el plan de Dios y en la vida de la Iglesia.
Los marianistas, al comprender esa misión, se ponen al servicio de María bajo
su bandera. Se subraya así la experiencia interior que cada uno ha tenido
al sentirse llamado a la vida marianista.
No ha aparecido María llamando, pero cada uno de nosotros se ha sentido
llamado por ella al ver la realidad de nuestro mundo y contemplar la misión
de María. Al responder a la llamada y ponerse a sus órdenes, se establece
una alianza con ella. Esta visión de la vocación marianista como la de un
ejército a las órdenes de María y en alianza con ella está ya presente en
la Congregación de Burdeos y en la consagración al culto y servicio
de María hecha por los congregantes. La vocación no es una realidad
puramente individual sino que es la con-vocación de un grupo que se convierte
en un ejército santo en alianza con María.
El
acto de consagración al culto y servicio de
María en la Congregación presentaba ya los dos elementos de la vocación
marianista: una profesión de fe de las eminentes cualidades de la Santísima
Virgen y la promesa de dedicarse a su culto. Esta consagración no comporta
ni un voto ni un juramento sino un firme propósito de honrar a la Madre de
Dios y de propagar su culto. En primer lugar es una profesión de fe en la
misión que Dios ha asignado a María en la historia de la salvación, y de manera
especial se menciona el privilegio de la Inmaculada concepción. Ella es la
verdadera madre de los cristianos y concede su protección especial a la juventud
y a todos cuantos se consagran a su culto; su ternura iguala a su poder. En
segundo lugar, y como consecuencia, uno se entrega y se dedica al culto de
María, honrando especialmente su Inmaculada concepción y cumpliendo los deberes
que le inspira la gloriosa y amable condición de
hijo de María. La fórmula del acto de consagración pretendía expresar
el carácter militante de la Congregación. Las Congregaciones nuevas no son
sólo asociaciones en honor de la Santísima Virgen; son un ejército santo que
avanza en nombre de María y que entiende combatir los poderes del infierno
bajo la guía y por la obediencia a aquélla que debe aplastar la cabeza de
la serpiente.
La consagración al culto
de María establece entre la persona que se consagra y la Virgen Inmaculada,
que recibe esta consagración, una verdadera alianza. Por una parte, María
recibe bajo su poderosa protección a este fiel y lo adopta como hijo suyo.
Por otra parte, el nuevo hijo de María
contrae con su augusta Madre las obligaciones más dulces y más amables. La
obligación más fuerte que se contrae por esta amable filiación es la de imitar
las virtudes de la que ella ha dado ejemplo al mundo. Estar bajo la protección de la más santa de
todas las vírgenes es hacer una profesión pública de combatir todos los vicios
y de edificar y sostener la Congregación por el concurso de sus buenos ejemplos.
En los religiosos, la
alianza con María o la consagración a María se realiza por la emisión de los
votos, unos votos de religión que tienen un sentido mariano. Porque son votos
de religión, nos introducen, lo mismo
que a María y unidos a ella, en la alianza bíblica por la que Dios nos consagra
a él. Porque son votos de religión en un Instituto que pertenece a María, nos consagran a María, nos hacen pertenecer
a ella, sellan nuestra alianza con ella.
El
voto de estabilidad confirma, explicita, manifiesta y estabiliza esta doble
consagración, o más exactamente, nuestra consagración a Dios como religiosos
y nuestra alianza con María como misioneros. Por el voto de estabilidad uno
se compromete a servir a María entrando en uno de los Institutos marianistas
que pertenecen a María. Este voto subraya
la estabilidad, las obligaciones contraídas por el compromiso religioso fundamental.
Pero sobre todo Chaminade quería resaltar el sentido mariano que este voto
tenía en el estado religioso marianista.
El P. Chaminade explica
la alianza con María en el contexto de la alianza con Dios realizada en el bautismo. Ha
desarrollado su contenido en el retiro de 1817 a los religiosos
[13]
. Comenta el texto
de Dt 26,17-18: habéis elegido al Señor para que sea vuestro
Dios y el Señor os ha elegido para ser su pueblo particular. No debemos,
pues, perder de vista que hacer alianza con María significa en primer lugar
que elegimos situarnos con ella, a su lado, en la comunidad de la Alianza;
junto con María nos abrimos a Dios, y nos comprometemos con El en seguimiento
de Jesús. Pero la alianza con Dios implica que la benevolencia solidaria,
llena de amor y fortaleza, con la que Dios se inclina hacia su pueblo, obliga
a los miembros de éste a practicar esa misma actitud entre ellos. Es la alianza
la que define las relaciones de María y el discípulo amado a partir del testamento
de Cristo. Y es esa alianza la que sirve de modelo más inmediato a la alianza
del marianista con María (RV 6).
Chaminade señala los
tres elementos de la alianza: elección, compromiso y asociación. Al aplicar
los conceptos a María, traduce el texto de la siguiente manera: habéis elegido a María, la Señora, para que
sea vuestra madre; María, la Señora, os ha elegido como su familia especial.
Uno se hubiera esperado que hubiera escrito María
os ha elegido para que seáis sus hijos. Pero ha evitado esta interpretación
para no caer en unas relaciones demasiado intimistas de Madre-hijo. Ha preferido
respetar el cuadro de la alianza que habla de un pueblo. Como en la alianza
con Dios, también aquí están presentes los tres elementos esenciales: elección,
compromiso y asociación. Lo que dice de los religiosos vale para todos los
miembros de la Familia Marianista.
Aunque
creamos que somos nosotros los que hemos elegido a María cuando decidimos
ser religiosos marianistas, en realidad es ella la que nos ha elegido primero,
sin duda atrayéndonos suavemente hacia su Compañía.
Existe un compromiso
mutuo entre María y nosotros. María se ha comprometido a protegernos, escucharnos
y amarnos como una madre ama a sus hijos. En cambio nosotros nos hemos comprometido
a honrarla: extender su culto, difundir la confianza y la devoción a ella,
amarla y honrarla como lo hizo Jesús. El compromiso, al menos de nuestra parte
y considerado como familia de María, desborda el ámbito puramente intimista
de las relaciones de un hijo para con su madre. El compromiso con María tiene
mucho que ver con la misión de María. Nuestra elección es también para una
misión: extender el reino de Dios en las almas, extendiendo el culto de María.
El culto existencial de María tiene como objeto el desarrollo de la fe. Todo
está al servicio de la fe, la fe del corazón: extender el reino de Dios. Esta
visión nos distingue de otras opciones que hacen de María su finalidad. Nuestra
pregunta debe ser siempre: ¿cómo hacer que el apostolado mariano ayude a arraigar
la fe? Ningún religioso puede excluir de la consagración a Jesús el culto
a María pero, para los marianistas, María es el medio mejor para ir a Cristo.
Esta visión de María es típica del carisma marianista que, sin embargo, se
inspira en los santos doctores de la Iglesia que han comprendido la misión
de María en la historia de la salvación.
La fórmula conocer, amar y servir y hacer conocer, amar
y servir a María describe la actitud existencial de Chaminade ante María
y su propuesta para sus discípulos. Se trata, sin duda, de asumir en nuestra
vida el espíritu de María, que es el espíritu de la Compañía. Ese espíritu
es definido muchas veces como el espíritu interior: María ha vivido sólo para
Dios, llevándole siempre consigo, en una completa sumisión a su voluntad. Ese espíritu se cultiva mediante la práctica
de los consejos evangélicos, la imitación de María y su protección, las reglas
particulares del Instituto por las cuales educa a sus miembros. El culto a
María del marianista se identifica con el proyecto de vida marianista propuesto
por la Regla de Vida. Es ante todo un culto existencial que comporta también
el culto litúrgico y la devoción privada. De ese culto Chaminade esperaba
nada menos que la santidad personal del religioso, el triunfo de Jesús en
las almas y la gloria de María.
Finalmente en la alianza
existe una asociación que nos hace compartir lo que cada una de las partes
somos. María toma posesión de nuestras personas, que estarán a su servicio,
y nosotros disponemos de toda su persona, que nos hace entrar en posesión de su ternura, sus bienes y de su poder.
Como en una familia, todo es común.
2.3. La Familia de María
Desde
los comienzos, el P. Chaminade concibe la Congregación como la Familia de
María: Forman una una misma familia, no sólo como
hijos de Dios, hermanos de Jesucristo y miembros de su Cuerpo místico, sino
también como hijos de María, mediante una consagración especial a su culto
y una profesión pública del privilegio de su Inmaculada Concepción
[14]
.. La imagen de la iglesia primitiva le permitió a Chaminade
redescubrir la Iglesia como comunión de corazones y de almas, que se hacía
visible en las reuniones y en las obras de celo de la Congregación.
Como hemos visto, es
la alianza con María la que hace que ella nos elija como su familia. La imagen
de la Iglesia como familia de Dios tiene su fundamento en el Pueblo de Dios.
Dios es el creador de todos los pueblos. Por eso la creencia de que un pueblo es
el pueblo de Dios de una manera especial se relaciona necesariamente
con el concepto de elección. Aunque la elección del pueblo ha tenido lugar
en el momento del éxodo ( Ex 19, 5-6) y la celebración de la alianza, Israel
ha visto ya en la llamada de Abraham el inicio de su elección. Esto supone
un amor particular de parte de Dios. Por la alianza Israel se ha convertido
en la posesión particular de Yavé,
en un reino de sacerdotes y en una nación santa. La elección nunca es
un privilegio sino una misión, en este caso de mediación a favor de los demás
pueblos. Israel está consagrado como un rey o un sacerdote para ser testigo
de la santidad de Dios en medio de los pueblos. Esta elección aplicada al
pueblo parece ser una extensión o democratización de una realidad empleada
antes para hablar de la persona del rey y de la dinastía. El rey representa
al pueblo y es considerado hijo de Dios (2 Sm 7,14; Sl 2,7). También Israel
es considerado hijo de Dios (Ex 4,22; Os 11,1; Jr 31,9.20).
Como es sabido la fórmula de la alianza es tú
serás mi pueblo, yo seré tu Dios. El término hebreo usado para
pueblo en estos textos es ‘am, que
implica un parentesco de sangre, real o supuesto. Es un concepto tribal, frente
al pueblo organizado en un estado (goy)..
Esta relación de parentesco comporta una participación en la bendición en
la paz y plenitud y en la fidelidad mutua. Israel,
como la parte débil, gozará
de la protección de Dios, pero debe manifestar su obediencia a la voluntad
de Dios revelada en la Ley y en las enseñanzas de los profetas. La alianza
definitiva de Dios con su pueblo tiene lugar en la persona de Jesús en el
que Dios se ha comprometido definitivamente con su pueblo y en el que éste
ha dado la respuesta esperada por Dios. Jesús es el mediador de la nueva alianza,
a la que se pertenece por el bautismo. Jesús revela que Dios es su Padre de
manera única y original, pero al mismo tiempo es el padre de todos. Por eso
somos miembros de la familia de Dios
(Ef 2, 19). Alianza y pueblo de Dios son dos conceptos inseparables. En la
conclusión de la alianza (Ex 24, 3-8)
ambas partes celebran un banquete sagrado. Ver a un jefe tan grande y comer
en su casa es formar parte de su familia en el sentido etimológico de la palabra
latina: el grupo entero con o sin parentesco
de sangre que está bajo la autoridad y protección del padre. Uno está unido
a él como el cliente a su patrón que lo protege y a quien sirve.
Es el Vaticano II el
que ha recuperado esta imagen de la Iglesia como familia. El obispo es enviado
por el Padre de familia para gobernar su familia (LG 27). Los presbíteros reúnen la familia de Dios como
fraternidad animada por los mismos ideales y la conducen hacia Dios Padre
por Cristo en el Espíritu( LG 28). Pero ha sido sobre todo el Sínodo de África
el que ha hecho de ella el concepto central de su eclesiología, sin
duda en la línea de la eclesiología de comunión del Pueblo de Dios del Vaticano
II.
Según Chaminade, la
esencia de las congregaciones está en la reunión frecuente de sus miembros
que la componen. Estos están ya unidos
en espíritu y corazón por los lazos de caridad, principio de toda unión sólida
en la tierra como en el cielo. La unión de los primeros cristianos y la que
debe existir ente los miembros de la congregación se funda totalmente en la
caridad. La caridad es su principio y su lazo
de unión. Tiene por modelo la unión de las tres Personas de la Santísima Trinidad.
Chaminade considera
muy importante el hecho de reunirse. Precisamente porque se da cuenta que
la fe en la sociedad actual corre el
peligro de ser confinada al ámbito de lo privado, sin ningún influjo en la
configuración de la sociedad. Frente a esta tendencia, Chaminade reclama de
sus seguidores una profesión pública de la fe. En las reuniones los cristianos
comparten su fe, sus luces, sus deseos,
sus alegrías y sus consolaciones. Digamos que la fe sólo existe en la medida
en que se la profesa, se la celebra, se la cultiva, se la vive. En las reuniones
los congregantes fervorosos se ofrecen mutuamente grandes ejemplos de virtud
que arrastran a los demás. El ejemplo de los demás es lo que más anima, sobre
todo cuando es el testimonio no de una persona aislada sino de un grupo numeroso.
En las reuniones, esos cristianos fervorosos se preocupan de las necesidades
espirituales de los demás. Se ayudan mutuamente a cumplir con los deberes
para con Dios y para con el prójimo y emprenden obras comunes de piedad y obras de celo llevadas
de común acuerdo.
Chaminade ve los peligros
del aislamiento, de vivir el cristianismo por libre. Cada uno tiene necesidad
de reunirse con los otros para mantener
el fervor, para encontrar las ayudas
necesarias para levantarse de las caídas, para resistir no sólo a las tentaciones
del demonio y a las rebeliones de la naturaleza corrompida sino sobre todo
a las seducciones del mundo. Da el ejemplo bien conocido. Con el fervor espiritual
sucede como con el calor en el orden natural que sólo
se conserva por el acercamiento de uno o varios cuerpos calientes. Hay una
comunicación recíproca de calor, es así como se mantiene. El calor de un cuerpo
aislado debe debilitarse gradualmente porque se disipa continuamente en el
aire que lo rodea y que se renueva sin cesar
[15]
. Chaminade da un diagnóstico de su época que coincide
con los análisis de la cultura actual. La sociedad del mundo forma como un
aire moral muy contrario e incluso frío. Un cristiano fervoroso aislado de
los demás cristianos, expuesto a este aire del mundo, no puede sino decaer
de este calor divino que lo anima. La cultura actual es un clima que no permite
florecer la fe. El ideal sería buscar un microclima yendo al desierto para
comunicarse directamente con Dios. Como hay que vivir en el mundo hay que
crear ese microclima a través de las reuniones religiosas en las que
nos asociamos con cristianos fervorosos.
2.4. El espectáculo de un pueblo de santos
En
Zaragoza el P. Chaminade como otros sacerdotes exiliados debió de conocer
los planes que se hacían para la reevangelización de Francia.
En estos planes los exiliados pensaban cómo regenerar el tejido eclesial
destruido por la revolución. Se trataba de misionar. Y de vuelta en Francia,
empezaron a misionar, es decir a hacer Iglesia,
pues la Iglesia no existe primero y luego ejerce la misión, sino que
la Iglesia existe en la medida en que es misionera, es decir que anuncia y
hace presente a Cristo en el mundo. El P. Chaminade, como Misionero Apostólico,
se puso a misionar, es decir predicar, anunciar la fe como hizo Jesús, como
hicieron los apóstoles. Como diría San Pablo: Cristo
no me ha enviado a bautizar sino a evangelizar (1 Cor 1,17). Chaminade
no se sintió llamado a hacer feligreses o parroquianos sino a formar cristianos
creyentes. Y para ello hay que enseñar
a todos los pueblos (Mt 28,19)
antes de bautizarlos. Se dedicó, pues, a a
la enseñanza de la doctrina y de las costumbres cristianas como hacían los
apóstoles, porque la fe surge de la proclamación, y la proclamación
tiene lugar mediante la palabra de Cristo (Rm 10,17). Lo importante
es llevar a la fe del corazón.
En tiempos de Chaminade,
la misión, las misiones parecían reservadas a un pequeño grupo de selectos,
sobre todo a los sacerdotes y religiosos, y el pueblo de Dios era el destinatario.
La intuición de Chaminade y de otros apóstoles de su tiempo es darse cuenta de que
las palancas que durante siglos movieron el mundo moral necesitan otro punto
de apoyo. Hacen falta los seglares: cada congregante es un miembro activo
de la misión. La evangelización de los nuevos tiempos la harán los seglares
o no se hará. En las antiguas congregaciones se intentaba sostener en los
buenos caminos por medio de una edificación mutua a los cristianos piadosos.
Pero en la época de renovación en la que vive Chaminade, la religión pide otra cosa de sus hijos. Quiere
que todos, de común acuerdo, secunden el celo de sus ministros y dirigidos
por su prudencia trabajen para levantarla. La misión es la esencia de la Iglesia y por
eso es una realidad permanente. También la Congregación es una misión permanente.
Chaminade es consciente
de que si las parroquias fueran hoy día lo que eran en la Iglesia primitiva,
las congregaciones serían totalmente inútiles e incluso un obstáculo; pero
del número de personas que cada párroco tiene en su parroquia, ¿cuántas son
de hecho verdaderos fieles y por tanto verdaderos feligreses? Por eso hay
que hacer antes cristianos que feligreses.
Curiosamente la nueva
propuesta de Chaminade consiste en una vuelta a los orígenes cristianos, una
vuelta al evangelio, porque nada hay más nuevo que el evangelio y la acción
del Espíritu del Señor resucitado. En la Iglesia primitiva, todos eran protagonistas de la misión. Era una
Iglesia toda ella carismática y ministerial. Era una Iglesia de pescadores
de hombres (Lc 5,10), todos ellos dedicados a la extensión del reino de Dios,
pescando nuevos miembros. A partir del siglo II, esta Iglesia se convierte
en una Iglesia de pastores, que apacientan tranquilamente su rebaño. La diferencia
entre clases activas y clases pasivas en el interior de la Iglesia aparece
ya en germen. Chaminade reunirá en sus congregaciones a sacerdotes y laicos,
en una admirable unión sin confusión,
a través de los diversos tipos de reuniones existentes. Está convencido de
que la reunión de los diversos estados, practicando públicamente la religión,
presenta bien la sociedad de los primeros cristianos.
Es así como se puede verdaderamente multiplicar los cristianos y no
simplemente conservar unos grupitos de gente piadosa.
La reunión de los diversos
estados de vida asemeja las nuevas
congregaciones a los primeros cristianos. La comunidad primitiva, verdadera levadura en la masa, mantiene vivo
el recuerdo de Jesús y actúa como alternativa y contraste a otras formas de
organizar el mundo y la sociedad. Sin duda que su distintivo fue el amor cristiano
en la perspectiva del sermón de la Montaña (Mt.5,43-48). Un amor que derriba
barreras y que llega incluso a amar al enemigo. Así se convierte en una instancia
a la vez crítica y transformadora de la realidad. Las nuevas Congregaciones
no son sólo asociaciones en honor de la Santísima Virgen: es una milicia santa
que avanza en nombre de María y que entiende combatir los poderes del infierno
bajo la guía y por la obediencia a aquella que debe aplastar la cabeza de
la serpiente. No se trata de crear un estilo de cuartel, al contrario. El
método es el del ejemplo, el del contagio espiritual. Según Chaminade el objeto
de las antiguas congregaciones era establecer gobernantas, dueñas, amonestadoras,
que vigilaban individualmente las costumbres de las asociadas; era
un sistema de policía. En cambio sus congregaciones, en vez de una policía
sorda, establecen la comunicación activa y directa des las virtudes cristianas,
la instrucción mutua, la colaboración en las obras. Aquéllas eran un congregaciones
de jefes que querían mandar, las de hoy
son las congregaciones de las que son gobernadas. Aquel estilo era una enseñanza
de las virtudes; éste en cambio las comunica rápidamente mediante el contagio
del ejemplo. Es la profesión pública de la fe la que atrae a otros a creer
en Jesús.
Desde el principio Chaminade
se dio cuenta de que la verdadera causa de la descristianización es la propia
mediocridad de los cristianos. Lo que se necesitaba era un pueblo de santos. Con las personas santas
se tiene éxito en todo, con religiosos ordinarios o imperfectos no se hace
nada. Las Congregaciones son una milicia santa.
La santidad en Chaminade tiene una orientación netamente evangelizadora
Para convencer al mundo no bastan unos pocos santos, como Chaminade,
Adela, Lamourous. Es necesario una santidad colectiva. Por eso hay que multiplicar
los auténticos cristianos. Y la santidad no es monopolio de los religiosos
o sacerdotes, de los antes llamados estados de perfección. Hablar de la santidad,
de consagración, es hablar de Dios, el único Santo. Pero la consagración es
para la misión. Dios ha querido introducir al hombre en el misterio de su
intimidad divina. Y eso ya desde el momento de la creación, pero sobre todo
a través de la obra del Hijo y del Espíritu. Esa obra se prosigue en la Iglesia,
pueblo sacerdotal, al que nos incorporamos
por el bautismo. Estamos llamados a ser testigos de la santidad de Dios en
medio de un mundo del que Dios parece estar ausente.
Dios se comunica al
hombre en Cristo Jesús y nosotros respondemos por la fe. La fe es una adhesión
íntima la promesa que Dios que se hace hombre para rescatar al género humano.
Creer en Jesucristo es admitir a Jesucristo la propia vida porque la promesa
de Dios es una realidad (Ef 3,17).
La fe no tiene ante
todo un carácter intelectual, ni incluso moral, sino que es una relación personal
con Dios, con Cristo y con María. Nos hace vivir como hijos de Dios y de María,
como hermanos de Jesús, poniendo nuestras vidas al servicio de la misión de
María. La fe significa vivir el evangelio. En cierto sentido Chaminade anticipa
la distinción actual entre fe y religión. La sociedad moderna sigue necesitando
la religión para garantizar la integración social de manera que las personas
no resulten disfuncionales. Fue el puesto que le asignó el liberalismo reduciéndola
a la moral y legitimar las aspiraciones de la burguesía. Las modernas teorías
de la religión le atribuyen funciones que tienen que ver con la autonomía
personal, la autorrealización, la identidad personal y la aceptación de la
finitud. Pero se trata de una religión invisible, privada, que ya no configura
la sociedad ni la cuestiona. Es todo lo contrario de lo que el P. Chaminade
cree que es la fe.
La fe se expresa a través
de los sacramentos, de la oración, de la escucha de la Palabra de Dios, del
compromiso apostólico y de la transformación del mundo mediante los valores
evangélicos. La fe se cultiva también a través de esas realidades, pero también
mediante el estudio y la formación, compartiéndola en comunidad y trasmitiéndola
a otros. Así va surgiendo un pueblo de santos.
[1]
Lettres 24.8.1839, en
ENDS, p. 63. Acerca de la llamada Ilustración o Siglo de las Luces, cf.
G. Gusdorf, “Lumières, (Philosophie
des)”, Encyclopaedia Universalis,
Paris, 1971.Vol. 10, pp. 154-160; Heribert
Raab, “Ilustración”, Sacramentum Mundi, III, col. 843-848, Barcelona, Herder
1973; G. Gusdorf, La conciencia cristiana en el Siglo de las Luces, Estella
1977; P. Hazard, La crisis de la conciencia europea, Madrid 1988; C. Flores,
La filosofía en la época de la Ilustración, Madrid 1998. Los autores
marianistas han prestado atención sobre todo a lo que el P. Chaminade llama
indiferencia religiosa, cf V. Vasey, Chaminade: another portrait, Marianist
Press, Dayton 1987, ps. 1-17; Armbruster,
El estado religioso marianista, SPM, Madrid 1995, ps. 120-129;
A. Gascón, Defender y proponer la fe en la enseñanza de Guillermo
José Chaminade, SPM, Madrid 1998, ps. 31-35; L. Cada, A Short History of Marianist
Spirituality., SPM, Madrid 2000, ps. 46
ss; 61 ss; J. M. Rueda, Guillermo José Chaminade y la ilustración
francesa. La crítica a la religión revelada y el concepto de indiferencia
religiosa en Chaminade, Tesina de Licenciatura, Universidad de Salamanca
2001, publicación en SPM, Madrid 2002; agradezco al autor el haberla podido
consultar antes de su publicación. Es un trabajo excelente que aborda ambos
aspectos. Me alegra coincidir con su enfoque. Esto me ha permitido abreviar
notablemente este primer capítulo que en un principio había ya escrito mucho
más extenso. Para una relectura de la Ilustración a partir
de las teorías actuales sobre la secularización, cf J. Casanova, Oltre la
secolarizzazione. Le religioni alla riconquista della sfera publica, Bologna
2000 (original Public Religions in the Modern World, Chicago-London 1994).
Acerca de la
situación de la Iglesia en la modernidad, cf. J.D. Martín Velasco, El malestar
religioso de nuestra cultura, ed. Paulinas, Madrid 1993; M.
Kehl, La Chiesa: Trattato sistematico di ecclesiologia cattolica, ed. San Pablo, Cinisello Balsamo 1995 (or. alemán), ps. 157-199; J. M. Mardones, La religión en la época de la
globalización, Verbo Divino, Estella 1998.
[2]
Defender y proponer la fe.., ps. 36ss. Al trazar esa periodización, Gascón ha seguido tan sólo la correspondencia
de Chaminade y no ha tenido en cuenta, cosa que luego hará, las Notes
d’Instruction. A mi parecer este esquema puede ser válido, pero en general
a lo largo de todos sus años de actividad a la vuelta del exilio en Zaragoza
aparecerán en su apreciación del momento presente ambos ingredientes: los
síntomas de la descristianización y sus causas: la cultura secularizada. También J. M. Rueda, Guillermo José Chaminade y la ilustración francesa...sigue este esquema,
mientras Armbruster, El Estado religioso
marianista, ps. 122 considera que son componentes de la llamada indiferencia
religiosa.
Yo intento ver la
indiferencia religiosa en la perspectiva de F. Lammenais, Essai sur l’indifférence en matière de Religion,
Paris, 4 ed. 1838, que apareció en 1817, Cf. Charles Boutard, Lammenais, sa vie et ses doctrines, I. la renaissance de l’ultramontanisme
1782-1828. Paris 1913, vol. 1.p. 139 ss. .
Chaminade conoce los escritos del Lammenais liberal
y lo considera un débil teólogo con muchas pretensiones. Es posible que
conociera los escritos anteriores de polemista contra el liberalismo que
están más en sintonía con su pensamiento. El Essai
es menos una obra de controversia religiosa que de defensa social. Por
eso no se interesa de la indiferencia práctica de los cristianos débiles
seducidos por los placeres, los negocios y el respeto humano. Eso puede
dar lugar a un sermón. Lammenais combate la indiferencia sistemática: la
que se considera una doctrina filosófica y un principio de gobierno, el
liberalismo. Ésta es la causante del desorden social. El P. Chaminade no
ha elaborado un tratado sistemático, pero me parece que ha visto bien los
diversos integrantes de la llamada indiferencia religiosa.
[3]
Rueda, a quien sigo, cita los tres elementos primeros
pero no cree que el P. Chaminade pensara en este cuarto elemento como parte
de la indiferencia religiosa, aunque reconoce que forma parte de la teoría
de la Ilustración. En cambio García Murga, Jesucristo Hijo de María..
p. 134, escribe: El Dios de las religiones
positivas y su revelación es rechazado con indiferencia en nombre
del dios de la razón. Asimismo, la ética habría de constituirse sólo
en virtud de imperativos racionales; equivaldría a lo que hoy llamanos ética
civil. Gregorio XVI rechaza con vigor una ética así, separada de la religión.
Según Armbruster, El estado religioso marianista, ps. 121,
el mundo de las luces promueve un mundo sin fe cuyos nuevos dogmas
son el individuo y su total independencia, falsamente bautizada con el nombre
de libertad. En el mundo moderno la fe está amenazada en su existencia misma
de fe. Creo que Armbruster señala con razón
este elemento socio-político beligerante.
[4]
Tanto Gascón, Defender
y proponer la fe, p. 47 como Armbruster, El estado religioso marianista, p. 128 s. señalan el influjo en el P.
Chaminade de la encíclica Mirari vos
de 1832 del Papa Gregorio XVI, en la que se condenó el liberalismo y el
indiferentismo religioso.También en 1834 el papa condenaba el libro de Lammenais,
Paroles d’un croyant, como muestra del indiferentismo, identificado
con la libertad de conciencia postulada por el autor.
El tema de la indiferencia aparece ya en León XII, 1824 Cf. Enchiridion
delle Encicliche, Bologna 1994, vol I n 801-804. El programa de su pontificado
apareció en la encíclica Ubi primum
ad summi el 5.5.1824 1824: restauración de la religión, lucha contra
los errores que amenazan la fe, condena de las sectas, del indiferentismo
en materia de religión, de las sociedades bíblicas. El papa incluso busca
los antecedentes del indiferentismo en la antigüedad. Pío VIII quiso mostrar
moderación y modernidad de ideas sin por ello dejar la defensa intransigente
del mensaje católico. Condenó en 1829 el indiferentismo, el espíritu crítico
del tiempo y la acción corrosiva de las sociedades secretas, Enchiridion, I n 820. Eso no le impidió
dar al rey francés impuesto por la revolución de 1830 el título de cristianísimo.
[6] Estos sectores acusan a los teólogos y a los intelectuales católicos de usurpar ilegítimamente el magisterio de la Iglesia que reside en el papa y los obispos. Se quiere volver de nuevo a posiciones antiguas que distinguían entre una Iglesia docente y una Iglesia discente, unos que enseñan y otros que aceptan sin más las enseñanzas. La primera medida ha sido la manera de interpretar la colegialidad episcopal y la manera práctica de organizar los Sínodos en los que se tiene la impresión de diversos monólogos que intentan simplemente decir al papa lo que éste ya sabe. El tratamiento dado a las Conferencias Episcopales muestra también que estos sectores sueñan con posiciones del Vaticano I un tanto maquilladas. Sobre estas tendencias en la vida religiosa, cf. G. Arbuckle, “Prophecy and Restorationism in Religious Life”, en D. L. Fleming- E. McDonnough, The Church and Consecrated Life, ps. 295-307.
[7]
Lettres 16.9.1838, en ENDS, ps. 51 s. Acerca del fundador y del carisma marianista,
cf. J. Mª Salaverri, Lo nuevo y lo viejo en nuestra Regla de Vida,
Circular n. 3, 19-3-1982; E. Benlloch, El
mensaje Chaminade hoy, SM, Madrid 1987; E. Benlloch, En los
orígenes de la Familia Marianista, SPM, Madrid 2001; V. Vasey, Gli ultimi anni del Padre Chaminade (1841-1950),
Roma 1969, también en francés e inglés; V. Vasey,
Chaminade: another portrait,
Marianist Press, Dayton 1987; J.M. Artadi, Carisma,
en DRVM; V. Gizard, Petite vie de
Guillaume-Joseph Chaminade Fondateur de la Famille Marianiste, Desclée
de Brouwer, Paris 1995; D. A. Fleming,
Después del Capítulo General. Algunas reflexiones
sobre el carisma marianista, Circular nº 1, 24-11-1996;
P. Ferrero, Un Maestro di vita spirituale
e di azione apostolica dalle Lettere del Beato Chaminade, ARS G.L.,
Cascine Strà, sf 2000 ?. Sobre el tema en general, F. Ciardi, I fondatori uomini dello Spirito. Per una teologia
del carisma di fondatore, Roma 1982; A. Romano, I
Fondatori profezia della storia, Milano 1989; A. Romano, Carisma, en DTVC; E. McDonough, “Charisms and Religious Life”, en
D. L. Fleming and E. McDonough, The
Church and Consecrated Life, St. Louis, Missouri 1996 (una selección
de artículos de la Review for Religious),
131-143.
[9]
La experiencia nos ha hecho comprender que para un director de la Congregación,
es necesario todavía más que lo que hemos dicho: es necesario un hombre
que no muere, es decir una sociedad de hombres que se hayan entregado a
Dios para esta obra, que la realizarían en la madurez de su edad, después
de haberse formado para ello bajo la santa obediencia y se transmitan unos
a otros el mismo espíritu y los mismos medios. Son estas miras las que han
dado nacimiento al Instituto de María, EP I,
154,23.
[10]
Lettres 24.8.1839, ENDS,
p. 64, nº 73-74. Acerca de la mariología del P. Chaminade, cf Armbruster, El
estado religioso marianista, ps. 134 s, con numerosas referencias a
los escritos de Chaminade en las ps. 113-120
y 129-181. Cf. también, Armbruster, Avec
Joseph Chaminade, Connaître aimer et servir Marie; París 1982; los artículos
del DRVM: W. Cole, Consagración a
María; J. Verrier, Estabilidad
marianista; L. Gambero, María, en DRVM; I. Otaño, María, mujer de fe, madre de nuestra fe. Mariología del padre Chaminade
y de hoy, SPM, Madrid
1996. P. Ferrero, L’Alleanza
con Maria nella sua missione apostolica secondo la dottrina del P. Chaminade,
ARS G.L. Cascine Strà 1997; García Murga, Jesucristo
Hijo de María.. ps. 131-180,
con amplia bibliografía; B. Buby, Scripture
and The Marian Writings of Father William Joseph Chaminade, NACMS, Dayton
2000. La revista Ephemerides
Mariologicae LI, 3 (2001) es monográfica sobre el tema con estudios
de A. Fétis, A. Gascón, T.A. Thompson, B. Buby, E. Cárdenas, J.R. García
Murga y J. M. Arnaiz . Esperamos ver pronto publicada la tesis de Emilio
Cárdenas sobre este tema. Desde el punto
de vista de una actualización del tema, además del libro de García Murga, cf. La nueva evangelización con María, SPM,
Madrid 1994, con colaboraciones de Arnaiz, Koehler, Gambero, S. de Fiores,
Gizard y otros; L. J. Cada (ed),
Promised Woman.: Proceedings of the
International Symposium on Marianist Spirituality, May 5-13, 1992, Dayton,
Ohio, USA. Monographs Series No. 37, Dayton: NAMCS, March 1995.
[11]
El pensamiento mariano de Chaminade
se inspira en los santos Padres. Por eso resulta tan actual. El Vaticano
II ha redescubierto la antigua manera de presentar a María en la Iglesia,
no como una realidad paralela a Cristo y por encima de la Iglesia, sino
en el misterio de la Iglesia de la cual es figura y modelo. Los Padres emplearon
dos estructuras de pensamiento para hablar de María: María la nueva Eva
y María y la Iglesia.
La
patrística más antigua (Justino, Ireneo), contempló a María como el antitipo
de Eva. Ambas eran vírgenes cuando realizaron sus actos, de perdición y
muerte en el caso de Eva a causa de su desobediencia, de salvación y vida
en el caso de María a causa de la obediencia de su fe. En su acción aparecen
asociadas respectivamente a las personas de Adán y de Jesús, nuevo Adán.
Pero
también en S. Ireneo aparece ya el paralelo María-Iglesia. El acto decisivo
de María con relación a la salvación fue su maternidad. María contribuyó
a la salvación con su fe y su obediencia a Dios. Por su fe concibió al Verbo
de Dios en su seno virginal.
La
Iglesia fue designada desde el principio como "Madre de Dios".
Se partió de la verdad de que la figura de Eva se realiza tanto en la Iglesia
como en María. De ahí que se reconoció primero a la Iglesia y después a
María como Madre de Dios y esposa de Cristo (Ef 5): la Iglesia era la virgen
que concibió del Espíritu Santo llegando así a ser la Madre de Dios. Los
seguidores de Cristo, por el hecho de escuchar la palabra con fe, lo conciben
en su corazón. Cristo nace de ellos por el Bautismo y la gracia santificante,
y este nacimiento de Cristo en los corazones de los fieles y en la Iglesia
es el coronamiento de la obra de la redención. Es una divinización y santificación
de la humanidad en Cristo, una unión con Dios semejante a la que la naturaleza
humana de Cristo tiene en el Logos.
Por
tanto el principal misterio de María y el misterio esencial de la Iglesia
coinciden. Por eso el misterio de la maternidad divina en la Iglesia no
es un misterio especial, sino que sencillamente es el misterio general de
la gracia, de la salvación del hombre. María
es la perfecta realización de la Iglesia: el misterio esencial de la Iglesia
es el misterio de María, y el misterio de María es el misterio de la salvación
humana, de la unión con Dios, concedida por Dios y recibida por la criatura.