Zaragoza, 1797-1800.

Ante el Pilar, enmarcado por una doble línea que sugieren puertas cerradas, Guillermo José Chaminade dirige su mirada suplicante a la Virgen del Pilar. Dos puertas cerradas: la de su patria, Francia, que lo ha desterrado, impidiéndole el mayor anhelo de su vida: evangelizar. Y en España, a pesar del recibimiento hospitalario, tampoco puede hacer mucho: los sacerdotes son numerosos y un Real Decreto no deja a los desterrados el ejercicio oficial del ministerio. Por eso ellos procuran rezar, formarse, proveer a su subsistencia como pueden... y esperar tiempos mejores. Guillermo José fabrica flores artificiales y modela santos de barro o de cera para ganarse la vida ... y con la esperanza de formar más tarde, con la ayuda del Señor, "santos de carne y hueso".

Pero la Basílica es el hogar de su alma. Allí descansa su alma, allí medita, allí sueña con aventuras apostólicas, allí "ve" a sus futuros discípulos... Pero sobre todo allí "recibe". Por eso Oteiza nos presenta a Chaminade "en hueco", abierto, pura receptividad. En un silencio lleno de Dios se curte su alma; en un silencio abierto al Espíritu se prepara para su futura misión...