Misionero Apostólico.
"Para poner un dique fuerte al torrente del mal, el Cielo me inspiró a comienzos de este siglo solicitar de la Santa Sede el nombramiento de Misionero Apostólico, con el fin de reavivar o de volver a encender en todas partes la llama divina de la fe, presentando por todos lados, ante el mundo asombrado, grandes cantidades de cristianos católicos de toda edad sexo y condición que, reunidos en asociaciones especiales, practicasen sin vanidad y sin respeto humano nuestra santa religión, con toda la pureza de su dogma y su moral..."
Es Guillermo José Chaminade quien así escribe al Papa Gregorio XVI el 16 de septiembre de 1838.
ĦQué programa! ĦQué decisión! ĦQué fe revelan estas palabras! Son palabras de un hombre de fuego, decidido a todo por el Evangelio ! Antonio de Oteiza lo expresa con fuerza. Chaminade se "apoya" en su título de Misionero Apostólico concedido por la Santa Sede el 28 de marzo de 1801. No es él, es la Iglesia quien misiona a través de él. No se predica a sí mismo, sino "a Cristo, y éste crucificado": por eso Antonio lo representa enarbolando con su diestra firme la enseña de nuestra salvación. Su mano izquierda en el pecho con el puño apretado expresa decisión, "determinada determinación", como diría santa Teresa: parece evocar el "ĦAy de mí si no evangelizare!" de san Pablo. Chaminade todo lo hace en nombre de la Iglesia a la que tanto ama: en cierta ocasión dirá: "He puesto los cimientos de la Compañía de María en mi calidad de Misionero Apostólico".
