Los hijos de la Madre de la Juventud.

Finales del año 1800. Apenas vuelto de España, Chaminade se pone a la obra. Lo tiene claro: lo suyo son los jóvenes. Abre un piso en la calle San Simeón... Dice un testigo de aquel tiempo: "Las iglesias acababan apenas de volver a abrir sus puertas, pero estaban todavía devastadas y desiertas; los cristianos se encontraban tan acobardadados y solitarios, que entre los hombres que habían conservado una chispa de fe en esta gran ciudad, pocos creían que hubiera otros capaces de ir a la iglesia. (...) Se supo que Chaminade decía la misa en una habitación transformada en oratorio. Algunos fieles empezaron a acudir. Se fijó en dos jóvenes que no se conocían; los puso en contacto, les animó a traer cada uno otro más...". Fueron cuatro, luego ocho, al poco tiempo -el ocho de diciembre, fiesta de la Inmaculada Concepción- eran ya doce. Como los apóstoles. Así comenzaron las "congregaciones marianas", nuestras actuales "comunidades laicas marianistas".

Así lo ha visto Antonio de Oteiza. Abajo una mesa en la que está él, Chaminade, acogiendo. Disponible. Por la puerta que se divisa el fondo van entrando algunos jóvenes. Sobre esa escena aparece un nombre "CHAMINADE"... Es el nombre que va corriendo de boca en boca entre la juventud de Burdeos. "Hay un cura que te acoge... que te da coraje... que te anima...que dice que merece la pena ser cristiano, también hoy..." Además habla de María como un visionario: para él, es la Madre de la Juventud. Arriba, dos medallones con jóvenes que se dirigen gozosos hacia donde vive Guillermo José. Dos, pero que sugieren una larga cadena. Así expresa Oteiza el "efecto multiplicador" de la llamada de Chaminade. Unos traen a otros, y esos a otros... Hasta hoy.