I. MOMENTOS-CLAVE DE UNA VIDA

En la vida de toda persona hay "momentos-clave", momentos que no suelen ser "buscados". Ni tampoco suelen coincidir con fechas "oficiales": la primera comunión, la confirmación, la culminación de unos estudios, el matrimonio o la ordenación sacerdotal... Los "momentos-clave" podríamos decir que son momentos que "acontecen"; así, de pronto, y a los que hay que hacer frente de improviso. Hay que embarcarse en ellos, comprometerse, porque la ocasión no volverá a presentarse. De la respuesta que se dé, acertada o no, depende el futuro de una vida. No suelen ser momentos espectaculares, no siempre son dramáticos; los hay dolorosos, pero los hay alegres y felices; a veces son acontecimientos históricos que envuelven a una colectividad, pero en los cuales se exige a cada uno una respuesta adecuada. En cambio otros de esos momentos son estrictamente personales, acontecen en la intimidad de la conciencia. En el primer caso, puede haber una revolución histórica que cambia el rumbo de una vida; en el segundo puede tratarse de algo íntimo: un libro que se lee y que hace impacto, una amistad que se anuda y que desvela horizontes nuevos, una enfermedad que corta un proyecto pero que abre nuevas perspectivas. La respuesta es siempre personal. Con todas estas respuestas sucesivas se va modelando un destino, personal desde luego, pero que puede influir en otros, en una colectividad; con sus aciertos o sus fracasos, con sus efectos benéficos o perniciosos. Momentos-clave...

 

Y EN EL CENTRO UNA COLUMNA...

La columna del Pilar en la que vemos que se apoya Chaminade parece dividir en dos partes desiguales la biografía cerámica de Oteiza. Chaminade tuvo, en efecto, una larga vida: había nacido un 8 de abril de 1761 en Périgueux (Francia) y suma 89 años bien llenos cuando fallece en Burdeos el 22 de enero de 1850. Su destierro en Zaragoza, empezado el 11 de octubre de 1797, víspera de la fiesta de la Virgen del Pilar, termina a finales del año 1800. Tiene entonces 39 años. Le quedan cincuenta todavía.

Por un lado treinta y nueve años largos; por otro, un poco menos de cincuenta. En medio -es un decir- está la columna con la Virgen del Pilar. La columna como separando dos partes de su vida: una "oculta", otra "pública".

En realidad la columna del Pilar de Zaragoza con Guillermo José a su lado, no está en medio del panorama cerámico de Oteiza, aunque lo domina, lo "centra" y lo ilumina. Los casi cuarenta años primeros ocupan relativamente poco sitio, están como apretados en la parte izquierda. Los otros cincuenta se extienden ampliamente a la derecha. Como si la primera parte fueran las raíces, menos visibles pero necesarias, para sostener las ramas, los amplios espacios que se despliegan a la derecha. El centro de todo es María. Desde lo alto de su columna abarca ambos períodos, todos los períodos. Está presente en todos los momentos-clave. Con su hijo en brazos es la Mujer prometida; es María de qua natus es Jesus. ¡Con qué profunda convicción decía Chaminade que en estas palabras del Evangelio de san Mateo, estaba la clave de todo! Jesucristo, ayer, hoy y siempre. María, la luz omnipresente en la vida de Chaminade, Antonio de Oteiza nos la vuelve a presentar, en diagonal a la del Pilar, en la Inmaculada de los últimos años. Estos dos espacios luminosos del retablo parecen la traducción de una confidencia de Guillermo José : "Hace tiempo que no vivo ni respiro nada más que por el amor de María y para acrecentar su honor y su gloria". Es el resumen de su vida.

Hay personas y personajes que han empezado muy jóvenes a crear una obra que a sus cuarenta años ha llegado a plenitud. Otros van más lentos, pero no son menos eficaces. A sus cuarenta años Guillermo José tiene la impresión de haber hecho muy poco, pero no importa: espera siempre el momento del Señor. Antonio de Oteiza ha condensado esos cuarenta primeros años en cuatro momentos-clave.