Bodas de Caná I.
Es increíble el cariño que Guillermo José tenía al episodio evangélico de las bodas de Caná. Le encantan unos servidores dispuestos a todo, capaces de llevar al jefe del banquete unos cántaros llenos de agua tan sólo porque Jesús, a ruegos de su madre, se lo ha pedido. Los servidores de Caná son la disponibilidad absoluta: "Haced lo que El os diga". Y lo hacen. Los servidores de Caná son la fe que mueve montañas, o por lo menos aquí convierte el agua en vino. Los servidores de Caná son, deben ser para Chaminade, sus marianistas. Gente sencilla que, a los ruegos de María, se ponen al servicio de Jesús. Gente que pone sus fuerzas físicas (¡no debía ser sencillo llevar unas tinajas de 100 litros cada una !), sus pocos recursos (¡sólo tienen agua !), pero una inmensa buena voluntad y una fe a toda prueba. Por eso le gustan a Chaminade las bodas de Caná.
"Hemos tomado como divisa, como lo hemos señalado en nuestras Constituciones (art. 6), las palabras de la Santísima Virgen a los servidores de Caná: Haced todo lo que El os diga. Convencidos que nuestra misión propia, a pesar de nuestra debilidad, es la de practicar para con el prójimo todas las obras de celo apostólico y de misericordia..."
En estas bodas de Caná de Antonio de Oteiza, María y Jesús ocupan el centro de la imagen. Jesús parece haberse decidido, después de un momento de vacilación, a atender el ruego de su madre. María mira a los dos servidores y con su brazo derecho les muestra a Jesús. Les acaba de decir que hagan todo lo que Él les diga. Están dispuestos. Van a tomar los cántaros y llenarlos de agua. En la parte derecha de la imagen se ve avanzar tres hombres. Son los marianistas. Vienen a ponerse al servicio de María. Quieren tomar el relevo de los servidores de Caná.
