Un calderero en el Terror.

Se palpa el miedo en la composición de Oteiza. Y no sólo por el título explícito de la composición. Hay un sentido de catacumba con ese "techo" bajo que envuelve a los dos personajes. Chaminade con su caldero al hombro recorre las calles. El niño se le acerca. Las dos caras se juntan para poder hablar sin que se les oiga. Se palpa el miedo. La mano en hueco del niño como queriendo comunicar al sacerdote, sin que se note, la dirección de un feligrés clandestino...

El cardenal Lecot, arzobispo de Burdeos, en su prólogo a la primera biografía del padre Chamniade, en 1901, describe muy bien este tiempo:

"Chaminade asistió a las sombrías peripecias de una Revolución que quería revolverlo todo... Siguió el desarrollo de las pasiones políticas que engendraron los más violentos excesos de un furor popular, ciego y sangriento; fue testigo de esos días aciagos en los que la religión proscrita tenía que celebrar en casas aisladas, en granjas desiertas, en el fondo de las bodegas, convertidas en las catacumbas del siglo XVIII...

"A Chaminade no le dio miedo la muerte. Por eso, aunque el cadalso estuvo alzado en permanencia en Burdeos durante más de diez meses, poco le importó; durante todo este tiempo desempeñará en favor de los católicos fieles, los deberes de su santo ministerio. Alrededor de él hay otros cuarenta sacerdotes, que toman fuerza de su fortaleza, que luchan con caridad y celo apostólico, jugándose la vida a diario, para celebrar la eucaristía, administrar los sacramentos y llevar el último consuelo a los moribundos."

J.Simler "Guillaume-Joseph Chaminade"