Desde un punto de vista funcional se puede pensar que nuestro itinerario
es absurdo, que es imposible que hayamos pedaleado por caminos cerca de
3400 kilómetros, cuando por carretera hay poco más de 1700. Pues bien...
todo tiene su razón de ser, nuestro objetivo en ningún momento ha sido
llegar a Roma, por supuesto que queríamos llegar, pero este no era
nuestro fin. Nosotros nos pusimos en camino, en búsqueda de aventuras,
de vivir una peregrinación cristiana, de atravesar países de los que
desconocíamos su lengua, de intentar relacionarnos con las personas que
nos íbamos encontrando.
Para darle ese sentido cristiano que buscábamos es imprescindible pasar
de vez en cuando por lugares con ese "magnetismo mágico", como por
ejemplo la casa de un ermitaño franciscano, el monasterio de Poblet,
Montserrat, La Verna, Gubbio, Asís... Hemos priorizado los lugares,
antes que los kilómetros. No nos ha importado pedalear cerca de 100
kilómetros, desviándonos de nuestro recorrido, para poder visitar una
ciudad, o una iglesia. De lo que luego nos acordaremos dentro de muchos
años, no será de la distancia recorrida, sino de los lugares visitados,
de las personas conocidas...
En origen, la idea primera era recorrer las calzadas romanas que unían
la ciudad romana de Valentia con Roma, primero la Via Augusta en nuestra
península, luego la Via Domitia a lo largo de la costa francesa y en
Italia seguir la calzada medieval de la Via Francígena, camino de
peregrinación que unía Canterbury con Roma. Aunque la verdad esto se
quedó en la teoría, porque no tardamos ni dos días en separarnos de la
Via Augusta.
Pues bien, estas son las razones de este itinerario tan extraño, la
filosofía de nuestra peregrinación y de nuestra vida, la forma que
tenemos nosotros de entender un recorrido estas características.