NUEVO TESTAMENTO
EVANGELIO SEGUN MATEO
CAPÍTULO 1
LOS ANTEPASADOS DE JESÚS
1Libro de los orígenes de
Jesucristo, hijo de David e hijo de Abraham. 2Abraham fue padre de Isaac, y éste
de Jacob. Jacob fue padre de Judá y de sus hermanos. 3De la unión de Judá y de
Tamar nacieron Farés y Zera. Farés fue padre de Esrón y Esrón de Aram. 4Aram fue padre de
Aminadab, éste de Naasón y Naasón de Salmón. 5Salmón fue padre de Booz y Rahab su
madre. Booz fue padre de Obed y Rut su madre. Obed fue padre de Jesé. 6Jesé fue padre del rey
David. David fue padre de Salomón y su madre la que había sido la esposa de
Urías. 7Salomón fue padre de
Roboam, que fue padre de Abías. Luego vienen los reyes Asá, 8Josafat, Joram, Ocías, 9Joatán, Ajaz, Ezequías, 10Manasés, Amón y Josías. 11Josías fue padre de
Jeconías y de sus hermanos, en tiempos de la deportación a Babilonia. 12Después de la deportación
a Babilonia, Jeconías fue padre de Salatiel y éste de Zorobabel. 13Zorobabel fue padre de
Abiud, Abiud de Eliacim y Eliacim de Azor. 14Azor fue padre de Sadoc, Sadoc de
Aquim y éste de Eliud. 15Eliud fue padre de Eleazar, Eleazar de Matán y éste de Jacob.
16Jacob fue padre de José,
esposo de María, de la que nació Jesús, llamado Cristo. 17De modo que fueron
catorce las generaciones desde Abraham a David; otras catorce desde David hasta
la deportación a Babilonia, y catorce más desde esta deportación hasta el
nacimiento de Cristo.
JESÚS NACE DE UNA MADRE
VIRGEN
(Lc 1,27)
18Este fue el principio de
Jesucristo: María, su madre, estaba comprometida con José; pero antes de que
vivieran juntos, quedó embarazada por obra del Espíritu Santo. 19Su esposo, José, pensó
despedirla, pero como era un hombre bueno, quiso actuar discretamente para no
difamarla. 20Mientras lo estaba pensando, el Ángel del Señor se le apareció en
sueños y le dijo: «José, descendiente de David, no tengas miedo de llevarte a
María, tu esposa, a tu casa; si bien está esperando por obra del Espíritu
Santo, 21tú eres el que pondrás el
nombre al hijo que dará a luz. Y lo llamarás Jesús, porque él salvará a su
pueblo de sus pecados». 22Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que había dicho
el Señor por boca del profeta: 23La virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le
pondrán por nombre Emmanuel, que significa: Dios-con-nosotros. 24Cuando José se despertó,
hizo lo que el ángel del Señor le había ordenado y tomó consigo a su esposa. 25Y sin que hubieran tenido
relaciones, dio a luz un hijo, al que puso por nombre Jesús.
CAPÍTULO 2
DEL ORIENTE VIENEN UNOS
MAGOS
1Jesús había nacido en
Belén de Judá durante el reinado de Herodes. Unos Magos que venían de Oriente
llegaron a Jerusalén 2preguntando: «¿Dónde está el rey de los judíos recién
nacido? Porque hemos visto su estrella en el Oriente y venimos a adorarlo». 3Herodes y toda Jerusalén
quedaron muy alborotados al oír esto. 4Reunió de inmediato a los sumos
sacerdotes y a los que enseñaban la Ley al pueblo, y les hizo precisar dónde
tenía que nacer el Mesías. 5Ellos le contestaron: «En Belén de Judá, pues así lo
escribió el profeta: 6Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres en absoluto la más
pequeña entre los pueblos de Judá, porque de ti saldrá un jefe, el que
apacentará a mi pueblo, Israel. 7Entonces Herodes llamó en privado a los Magos, y les hizo
precisar la fecha en que se les había aparecido la estrella. 8Después los envió a Belén
y les dijo: «Vayan y averigüen bien todo lo que se refiere a ese niño, y apenas
lo encuentren, avísenme, porque yo también iré a rendirle homenaje». 9Después de esta
entrevista con el rey, los Magos se pusieron en camino; y fíjense: la estrella
que habían visto en el Oriente iba delante de ellos, hasta que se detuvo sobre
el lugar donde estaba el niño. 10¡Qué alegría más grande: habían visto otra vez a la
estrella!. Al entrar a la casa vieron al niño con María, su madre; se
arrodillaron y le adoraron. Abrieron después sus cofres y le ofrecieron sus
regalos de oro, incienso y mirra. 12Luego se les avisó en sueños que no
volvieran donde Herodes, así que regresaron a su país por otro camino.
LA HUIDA A EGIPTO
13Después de marchar los
Magos, el Ángel del Señor se le apareció en sueños a José y le dijo: «Levántate,
toma al niño y a su madre y huye a Egipto. Quédate allí hasta que yo te avise,
porque Herodes buscará al niño para matarlo». 14José se levantó; aquella misma noche
tomó al niño y a su madre, y partió hacia Egipto, 15permaneciendo allí hasta la muerte
de Herodes. Así se cumplió lo que había anunciado el Señor por boca del
profeta: Llamé de Egipto a mi hijo. 16Herodes se enojó muchísimo cuando se
dio cuenta que los Magos lo habían engañado, y fijándose en la fecha que ellos
le habían dicho, ordenó matar a todos los niños menores de dos años que había
en Belén y sus alrededores. 17Así se cumplió lo que había anunciado el profeta Jeremías: 18En Ramá se oyeron gritos,
grandes sollozos y lamentos: es Raquel que llora a sus hijos: éstos ya no
están, y no quiere que la consuelen.
JOSÉ Y MARÍA VUELVEN A
NAZARET
19Después de la muerte de
Herodes, el Ángel del Señor se apareció en sueños a José en Egipto y le dijo: 20«Levántate, toma contigo
al niño y a su madre y regresa a la tierra de Israel, porque ya han muerto los
que querían matar al niño». 21José se levantó, tomó al niño y a su madre, y volvieron a
la tierra de Israel. 22Pero al enterarse de que Arquelao gobernaba en Judea en
lugar de su padre Herodes, tuvo miedo de ir allá. Conforme a un aviso que
recibió en sueños, se dirigió a la provincia de Galilea 23y se fue a vivir a un
pueblo llamado Nazaret. Así había de cumplirse lo que dijeron los profetas: Lo
llamarán ''Nazoreo''.
CAPÍTULO 3
JUAN BAUTISTA ANUNCIA LA
VENIDA DE JESÚS
(Mc 1,1; Lc 3,1; Jn 1,19)
1Por aquel tiempo se
presentó Juan Bautista y empezó a predicar en el desierto de Judea; 2éste era su mensaje:
«Renuncien a su mal camino, porque el Reino de los Cielos está cerca». 3Es a Juan a quien se
refería el profeta Isaías cuando decía: Una voz grita en el desierto: Preparen
un camino al Señor; hagan sus senderos rectos. 4Además de la piel que llevaba
colgada de la cintura, Juan no tenía más que un manto hecho de pelo de camello.
Su comida eran langostas y miel silvestre. 5Venían a verlo de Jerusalén, de toda
la Judea y de la región del Jordán. 6Y junto con confesar sus pecados, se
hacían bautizar por Juan en el río Jordán. 7Juan vio que un grupo de fariseos y
de saduceos habían venido donde él bautizaba, y les dijo: «Raza de víboras,
¿cómo van a pensar que escaparán del castigo que se les viene encima? 8Muestren los frutos de
una sincera conversión, pues de nada les sirve decir: "Abraham es nuestro
padre". 9Yo
les aseguro que Dios es capaz de sacar hijos de Abraham aún de estas piedras. 10El hacha ya está puesta a
la raíz de los árboles, y todo árbol que no da buen fruto, será cortado y
arrojado al fuego. 11Yo los bautizo en el agua, y es el camino a la conversión.
Pero después de mí viene uno con mucho más poder que yo, - yo ni siquiera
merezco llevarle las sandalias - él los bautizará en el Espíritu Santo y el
fuego. 12Ya tiene la pala en sus
manos para separar el trigo de la paja. Guardará el trigo en sus bodegas,
mientras que la paja la quemará en el fuego que no se apaga».
JESÚS RECIBE EL BAUTISMO
DE JUAN
(Mc 1,9; Lc 3,21; Jn
1,29)
13Por entonces vino Jesús
de Galilea al Jordán, para encontrar a Juan y para que éste lo bautizara. 14Juan quiso disuadirlo y
le dijo: «¿Tú vienes a mí? Soy yo quien necesita ser bautizado por ti». 15Jesús le respondió: «Deja
que hagamos así por ahora. De este modo respetaremos el debido orden». Entonces
Juan aceptó. 16Una vez bautizado, Jesús salió del agua. En ese momento se abrieron los
Cielos y vio al Espíritu de Dios que bajaba como una paloma y se posaba sobre
él. 17Al mismo tiempo se oyó
una voz del cielo que decía: «Este es mi Hijo, el Amado; éste es mi Elegido».
CAPÍTULO 4
JESÚS ES TENTADO EN EL
DESIERTO
(Lc 4,1; Mc 1,12)
1El Espíritu condujo a
Jesús al desierto para que fuera tentado por el diablo, 2y después de estar sin
comer cuarenta días y cuarenta noches, al final sintió hambre. 3Entonces se le acercó el
tentador y le dijo: «Si eres Hijo de Dios, ordena que estas piedras se
conviertan en pan». 4Pero Jesús le respondió: «Dice la Escritura: El hombre no
vive solamente de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios». 5Después el diablo lo
llevó a la Ciudad Santa y lo puso en la parte más alta de la muralla del
Templo. 6Y le dijo: «Si eres Hijo
de Dios, tírate de aquí abajo, pues la Escritura dice: Dios dará ordenes a sus
ángeles y te llevarán en sus manos para que tus pies no tropiecen en piedra
alguna». 7Jesús replicó: «Dice
también la Escritura: No tentarás al Señor tu Dios». 8A continuación lo llevó
el diablo a un monte muy alto y le mostró todas las naciones del mundo con
todas sus grandezas y maravillas. 9Y le dijo: «Te daré todo esto si te
arrodillas y me adoras». 10Jesús le dijo: «Aléjate, Satanás, porque dice la Escritura:
Adorarás al Señor tu Dios, y a El solo servirás». 11Entonces lo dejó el diablo y se
acercaron los ángeles a servirle. (Mc 1,14; Lc 4,14)
12Cuando Jesús oyó que Juan
había sido encarcelado, se retiró a Galilea. 13No se quedó en Nazaret, sino que fue
a vivir a Cafarnaún, a orillas del lago, en la frontera entre Zabulón y
Neftalí. 14Así se cumplió lo que
había dicho el profeta Isaías: 15Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí, en el camino
hacia el mar, a la otra orilla del Jordán, Galilea, tierra de paganos,
escuchen: 16La gente que vivía en la
oscuridad ha visto una luz muy grande; una luz ha brillado para los que viven
en lugares de sombras de muerte. 17Desde entonces Jesús empezó a proclamar este mensaje:
«Renuncien a su mal camino, porque el Reino de los Cielos está ahora cerca». 18Mientras Jesús caminaba a
orillas del mar de Galilea, vio a dos hermanos: uno era Simón, llamado Pedro, y
el otro Andrés. Eran pescadores y estaban echando la red al mar. 19Jesús los llamó:
«Síganme, y yo los haré pescadores de hombres». 20Al instante dejaron las redes y lo
siguieron. 21Más adelante vio a otros dos hermanos: Santiago, hijo de Zebedeo, con
su hermano Juan; estaban con su padre en la barca arreglando las redes. Jesús
los llamó, 22y en seguida ellos dejaron la barca y a su padre y lo siguieron. 23Jesús empezó a recorrer
toda la Galilea; enseñaba en las sinagogas de los judíos, proclamaba la Buena
Nueva del Reino y curaba en el pueblo todas las dolencias y enfermedades. 24Su fama se extendió por
toda Siria. La gente le traía todos sus enfermos y cuantos estaban aquejados
por algún mal: endemoniados, lunáticos y paralíticos, y él los sanaba a todos. 25Empezaron a seguir a
Jesús muchedumbres: gente de Galilea, Decápolis, Jerusalén, Judea y del otro
lado del Jordán.
CAPÍTULO 5
LAS BIENAVENTURANZAS (LC
6)
1Jesús, al ver toda
aquella muchedumbre, subió al monte. Se sentó y sus discípulos se reunieron a
su alrededor. 2Entonces
comenzó a hablar y les enseñaba diciendo: 3«Felices los que tienen el espíritu
del pobre, porque de ellos es el Reino de los Cielos. 4Felices los que lloran,
porque recibirán consuelo.
5]Felices los pacientes,
porque recibirán la tierra en herencia. 6Felices los que tienen hambre y sed
de justicia, porque serán saciados. 7Felices los compasivos, porque
obtendrán misericordia.
8Felices los de corazón
limpio, porque verán a Dios.
9Felices los que trabajan
por la paz, porque serán reconocidos como hijos de Dios. 10Felices los que son
perseguidos por causa del bien, porque de ellos es el Reino de los Cielos. 11Felices ustedes, cuando
por causa mía los insulten, los persigan y les levanten toda clase de
calumnias. 12Alégrense y muéstrense contentos, porque será grande la recompensa que
recibirán en el cielo. Pues bien saben que así persiguieron a los profetas que
vivieron antes de ustedes.
SAL Y LUZ (MC 4,21; LC
14,34; 8,16; 11,33)
13Ustedes son la sal de la
tierra. Pero si la sal deja de ser sal, ¿cómo podrá ser salada de nuevo? Ya no
sirve para nada, por lo que se tira afuera y es pisoteada por la gente. 14Ustedes son la luz del
mundo: ¿cómo se puede esconder una ciudad asentada sobre un monte? 15Nadie enciende una
lámpara para taparla con un cajón; la ponen más bien sobre un candelero, y
alumbra a todos los que están en la casa. 16Hagan, pues, que brille su luz ante
los hombres; que vean estas buenas obras, y por ello den gloria al Padre de
ustedes que está en los Cielos.
UNA LEY MÁS PERFECTA
17No crean que he venido a
suprimir la Ley o los Profetas. He venido, no para deshacer, sino para llevar a
la forma perfecta. 18En verdad les digo: mientras dure el cielo y la tierra, no
pasará una letra o una coma de la Ley hasta que todo se realice. 19Por tanto, el que ignore
el último de esos mandamientos y enseñe a los demás a hacer lo mismo, será el
más pequeño en el Reino de los Cielos. En cambio el que los cumpla y los
enseñe, será grande en el Reino de los Cielos. 20Yo se lo digo: si no hay en ustedes
algo mucho más perfecto que lo de los Fariseos, o de los maestros de la Ley,
ustedes no pueden entrar en el Reino de los Cielos. 21Ustedes han escuchado lo
que se dijo a sus antepasados: «No matarás; el homicida tendrá que enfrentarse
a un juicio». 22Pero yo les digo: Si uno se enoja con su hermano, es cosa que merece
juicio. El que ha insultado a su hermano, merece ser llevado ante el Tribunal
Supremo; si lo ha tratado de renegado de la fe, merece ser arrojado al fuego
del infierno. 23Por eso, si tú estás para presentar tu ofrenda en el altar, y te
acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, 24deja allí mismo tu ofrenda ante el
altar, y vete antes a hacer las paces con tu hermano; después vuelve y presenta
tu ofrenda. 25Trata de llegar a un acuerdo con tu adversario mientras van todavía de
camino al juicio. ¿O prefieres que te entregue al juez, y el juez a los
guardias que te encerrarán en la cárcel? 26En verdad te digo: no saldrás de
allí hasta que hayas pagado hasta el último centavo. 27Ustedes han oído que se
dijo: «No cometerás adulterio». 28Pero yo les digo: Quien mira a una mujer con malos
deseos, ya cometió adulterio con ella en su corazón. 29Por eso, si tu ojo
derecho te está haciendo caer, sácatelo y tíralo lejos; porque más te conviene
perder una parte de tu cuerpo y no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno.
30Y si tu mano derecha te
lleva al pecado, córtala y aléjala de ti; porque es mejor que pierdas una parte
de tu cuerpo y no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno. 31También se dijo: «El que
se divorcie de su mujer, debe darle un certificado de divorcio». 32Pero yo les digo: Si un
hombre se divorcia de su mujer, a no ser por motivo de infidelidad, es como
mandarla a cometer adulterio: el hombre que se case con la mujer divorciada,
cometerá adulterio.
NO JURAR
33Ustedes han oído lo que
se dijo a sus antepasados: «No jurarás en falso, y cumplirás lo que has jurado
al Señor». 34Pero yo les digo: ¡No juren! No juren por el cielo, porque es el trono
de Dios; 35ni por la tierra, que es
la tarima de sus pies; ni por Jerusalén, porque es la ciudad del Gran Rey. 36Tampoco jures por tu
propia cabeza, pues no puedes hacer blanco o negro ni uno solo de tus cabellos.
37Digan sí cuando es sí, y
no cuando es no; cualquier otra cosa que se le añada, viene del demonio.
AMAR A LOS ENEMIGOS (LC
6,29)
38Ustedes han oído que se
dijo: «Ojo por ojo y diente por diente». 39Pero yo les digo: No resistan al
malvado. Antes bien, si alguien te golpea en la mejilla derecha, ofrécele
también la otra. 40Si alguien te hace un pleito por la camisa, entrégale
también el manto. 41Si alguien te obliga a llevarle la carga, llévasela el
doble más lejos. 42Da al que te pida, y al que espera de ti algo prestado, no
le vuelvas la espalda. 43Ustedes han oído que se dijo: «Amarás a tu prójimo y no
harás amistad con tu enemigo». 44Pero yo les digo: Amen a sus enemigos y recen por sus
perseguidores, 45para que así sean hijos de su Padre que está en los Cielos. Porque él
hace brillar su sol sobre malos y buenos, y envía la lluvia sobre justos y
pecadores. 46Si ustedes aman solamente a quienes los aman, ¿qué mérito tiene?
También los cobradores de impuestos lo hacen. 47Y si saludan sólo a sus amigos, ¿qué
tiene de especial? También los paganos se comportan así. 48Por su parte, sean
ustedes perfectos como es perfecto el Padre de ustedes que está en el Cielo.
CAPÍTULO 6
HACER EL BIEN SÓLO POR
DIOS
1Guárdense de las buenas
acciones hechas a la vista de todos, a fin de que todos las aprecien. Pues en
ese caso, no les quedaría premio alguno que esperar de su Padre que está en el
cielo. 2Cuando ayudes a un
necesitado, no lo publiques al son de trompetas; no imites a los que dan
espectáculo en las sinagogas y en las calles, para que los hombres los alaben.
Yo se lo digo: ellos han recibido ya su premio. 3Tú, cuando ayudes a un necesitado,
ni siquiera tu mano izquierda debe saber lo que hace la derecha: 4tu limosna quedará en
secreto. Y tu Padre, que ve en lo secreto, te premiará. 5Cuando ustedes recen, no
imiten a los que dan espectáculo; les gusta orar de pie en las sinagogas y en
las esquinas de las plazas, para que la gente los vea. Yo se lo digo: ellos han
recibido ya su premio. 6Pero tú, cuando reces, entra en tu pieza, cierra la puerta
y ora a tu Padre que está allí, a solas contigo. Y tu Padre, que ve en lo
secreto, te premiará. 7Cuando pidan a Dios, no imiten a los paganos con sus
letanías interminables: ellos creen que un bombardeo de palabras hará que se
los oiga. 8No hagan como ellos, pues
antes de que ustedes pidan, su Padre ya sabe lo que necesitan.
EL PADRENUESTRO (LC 11,1;
MC 11,25)
9Ustedes, pues, recen así:
Padre nuestro, que estás
en el Cielo,
santificado sea tu
Nombre,
10venga tu Reino,
hágase tu voluntad
así en la tierra como en
el Cielo.
11Danos hoy el pan que nos
corresponde;
12y perdona nuestras
deudas,
como también nosotros
perdonamos
a nuestros deudores;
13y no nos dejes caer en la
tentación,
sino líbranos del
Maligno.
14Porque si ustedes
perdonan a los hombres sus ofensas, también el Padre celestial les perdonará a
ustedes. 15Pero si ustedes no
perdonan a los demás, tampoco el Padre les perdonará a ustedes. 16Cuando ustedes hagan
ayuno, no pongan cara triste, como los que dan espectáculo y aparentan palidez,
para que todos noten sus ayunos. Yo se lo digo: ellos han recibido ya su
premio. 17Cuando tú hagas ayuno,
lávate la cara y perfúmate el cabello. 18No son los hombres los que notarán
tu ayuno, sino tu Padre que ve las cosas secretas, y tu Padre que ve en lo
secreto, te premiará.
(Lc 11,34; 12,33)
19No junten tesoros y
reservas aquí en la tierra, donde la polilla y el óxido hacen estragos, y donde
los ladrones rompen el muro y roban. 20Junten tesoros y reservas en el
Cielo, donde no hay polilla ni óxido para hacer estragos, y donde no hay
ladrones para romper el muro y robar. 21Pues donde está tu tesoro, allí
estará también tu corazón. 22Tu ojo es la lámpara de tu cuerpo. Si tus ojos están sanos,
todo tu cuerpo tendrá luz; pero si tus ojos están malos, todo tu cuerpo estará
en obscuridad. 23Y si la luz que hay en ti ha llegado a ser obscuridad, ¡cómo será de
tenebrosa tu parte más obscura!
PONER LA CONFIANZA EN
DIOS Y NO EN EL DINERO(LC 12,22; 16,13)
24Nadie puede servir a dos
patrones: necesariamente odiará a uno y amará al otro, o bien cuidará al
primero y despreciará al otro. Ustedes no pueden servir al mismo tiempo a Dios
y al Dinero. 25Por eso yo les digo: No anden preocupados por su vida con problemas de
alimentos, ni por su cuerpo con problemas de ropa. ¿No es más importante la
vida que el alimento y más valioso el cuerpo que la ropa? 26Fíjense en las aves del
cielo: no siembran, ni cosechan, no guardan alimentos en graneros, y sin
embargo el Padre del Cielo, el Padre de ustedes, las alimenta. ¿No valen
ustedes mucho más que las aves? 27¿Quién de ustedes, por más que se preocupe, puede
añadir algo a su estatura? 28Y ¿por qué se preocupan tanto por la ropa? Miren cómo
crecen las flores del campo, y no trabajan ni tejen. 29Pero yo les digo que ni
Salomón, con todo su lujo, se pudo vestir como una de ellas. 30Y si Dios viste así el
pasto del campo, que hoy brota y mañana se echa al fuego, ¿no hará mucho más
por ustedes? ¡Qué poca fe tienen! 31No anden tan preocupados ni digan:
¿tendremos alimentos? o ¿qué beberemos? o ¿tendremos ropas para vestirnos? 32Los que no conocen a Dios
se afanan por esas cosas, pero el Padre del Cielo, Padre de ustedes, sabe que
necesitan todo eso. 33Por lo tanto, busquen primero el Reino y la Justicia de
Dios, y se les darán también todas esas cosas. 34No se preocupen por el día de
mañana, pues el mañana se preocupará por sí mismo. A cada día le bastan sus
problemas.
CAPÍTULO 7
HIJOS DEL REINO (LC 6,37;
11,9; 6,31; 13,23)
1No juzguen a los demás y
no serán juzgados ustedes. 2Porque de la misma manera que ustedes juzguen, así serán
juzgados, y la misma medida que ustedes usen para los demás, será usada para
ustedes. 3¿Qué pasa? Ves la pelusa
en el ojo de tu hermano, ¿y no te das cuenta del tronco que hay en el tuyo? 4¿Y dices a tu hermano:
Déjame sacarte esa pelusa del ojo, teniendo tú un tronco en el tuyo? 5Hipócrita, saca primero
el tronco que tienes en tu ojo y así verás mejor para sacar la pelusa del ojo
de tu hermano. 6No
den lo que es santo a los perros, ni echen sus perlas a los cerdos, pues
podrían pisotearlas y después se volverían contra ustedes para destrozarlos. 7Pidan y se les dará;
busquen y hallarán; llamen y se les abrirá la puerta. 8Porque el que pide,
recibe; el que busca, encuentra; y se abrirá la puerta al que llama. 9¿Acaso alguno de ustedes
daría a su hijo una piedra cuando le pide pan? 10¿O le daría una culebra cuando le
pide un pescado? 11Pues si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a
sus hijos, ¡con cuánta mayor razón el Padre de ustedes, que está en el Cielo,
dará cosas buenas a los que se las pidan! 12Todo lo que ustedes desearían de los
demás, háganlo con ellos: ahí está toda la Ley y los Profetas. 13Entren por la puerta
angosta, porque ancha es la puerta y espacioso el camino que conduce a la
ruina, y son muchos los que pasan por él. 14Pero ¡qué angosta es la puerta y qué
escabroso el camino que conduce a la salvación! y qué pocos son los que lo
encuentran.
EL ÁRBOL SE CONOCE POR
LOS FRUTOS (LC 6,43)
15Cuídense de los falsos
profetas: se presentan ante ustedes con piel de ovejas, pero por dentro son
lobos feroces. 16Ustedes los reconocerán por sus frutos. ¿Cosecharían ustedes uvas de
los espinos o higos de los cardos? 17Lo mismo pasa con un árbol sano: da
frutos buenos, mientras que el árbol malo produce frutos malos. 18Un árbol bueno no puede
dar frutos malos, como tampoco un árbol malo puede producir frutos buenos. 19Todo árbol que no da
buenos frutos se corta y se echa al fuego. 20Por lo tanto, ustedes los
reconocerán por sus obras.
LA CASA EDIFICADA SOBRE
LA ROCA (LC 6,47; 13,26; MC 1,22)
21No bastará con decirme:
¡Señor!, ¡Señor!, para entrar en el Reino de los Cielos; más bien entrará el
que hace la voluntad de mi Padre del Cielo. 22Aquel día muchos me dirán: ¡Señor,
Señor! Hemos hablado en tu nombre, y en tu nombre hemos expulsado demonios y
realizado muchos milagros. 23Entonces yo les diré claramente: Nunca les conocí.
¡Aléjense de mí, ustedes que hacen el mal! 24Si uno escucha estas palabras mías y
las pone en práctica, dirán de él: aquí tienen al hombre sabio y prudente, que
edificó su casa sobre roca. 25Cayó la lluvia, se desbordaron los ríos, soplaron los
vientos y se arrojaron contra aquella casa, pero la casa no se derrumbó, porque
tenía los cimientos sobre roca. 26Pero dirán del que oye estas palabras mías, y no las
pone en práctica: aquí tienen a un tonto que construyó su casa sobre arena. 27Cayó la lluvia, se
desbordaron los ríos, soplaron los vientos y se arrojaron contra esa casa: la
casa se derrumbó y todo fue un gran desastre». 28Cuando Jesús terminó este discurso,
la gente estaba admirada de cómo enseñaba, 29porque lo hacía con autoridad y no
como sus maestros de la Ley.
CAPÍTULO 8
CURACIÓN DE UN LEPROSO
(MC 1,40; LC 5,12)
1Jesús, pues, bajó del
monte, y empezaron a seguirlo muchedumbres. 2Un leproso se acercó, se arrodilló
delante de él y le dijo: «Señor, si tú quieres, puedes limpiarme». 3Jesús extendió la mano,
lo tocó y le dijo: «Quiero; queda limpio». Al momento quedó limpio de la lepra.
4Jesús le dijo: «Mira, no
se lo digas a nadie; pero ve a mostrarte al sacerdote y ofrece la ofrenda
ordenada por la Ley de Moisés, pues tú tienes que hacerles una declaración».
LA FE DEL CENTURIÓN (LC
7,1; JN 4,46)
5Al entrar Jesús en
Cafarnaún, se le acercó un capitán de la guardia, suplicándole: 6«Señor, mi muchacho está
en cama, totalmente paralizado, y sufre terriblemente». 7Jesús le dijo: «Yo iré a
sanarlo». 8El capitán contestó:
«Señor, ¿quién soy yo para que entres en mi casa? Di no más una palabra y mi
sirviente sanará. 9Pues yo, que no soy más que un capitán, tengo soldados a
mis órdenes, y cuando le digo a uno: Vete, él se va; y si le digo a otro: Ven,
él viene; y si ordeno a mi sirviente: Haz tal cosa, él la hace». 10Jesús se quedó admirado
al oír esto, y dijo a los que le seguían: «Les aseguro que no he encontrado a
nadie en Israel con tanta fe. 11Yo se lo digo: vendrán muchos del oriente y del
occidente para sentarse a la mesa con Abraham, Isaac y Jacob en el Reino de los
Cielos, 12mientras que los que
debían entrar al reino serán echados a las tinieblas de afuera: allí será el
llorar y rechinar de dientes». 13Luego Jesús dijo al capitán: «Vete a casa, hágase
todo como has creído». Y en ese mismo momento el muchacho quedó sanó. 14Jesús fue a casa de
Pedro; allí encontró a la suegra de éste en cama, con fiebre. 15Jesús le tocó la mano y
se le pasó la fiebre. Ella se levantó y comenzó a atenderle. 16Al atardecer le llevaron
muchos endemoniados. Él expulsó a los espíritus malos con una sola palabra, y
sanó también a todos los enfermos. 17Así se cumplió lo que había
anunciado el profeta Isaías: Él tomó nuestras debilidades y cargó con nuestras
enfermedades.
(Lc 9,57)
18Jesús, al verse rodeado
por la multitud, dio orden de cruzar a la otra orilla. 19Entonces se le acercó un
maestro de la Ley y le dijo: «Maestro, te seguiré adondequiera que vayas». 20Jesús le contestó: «Los
zorros tienen cuevas y las aves tienen nidos, pero el Hijo del Hombre ni
siquiera tiene dónde recostar la cabeza». 21Otro de sus discípulos le dijo:
«Señor, deja que me vaya y pueda primero enterrar a mi padre». 22Jesús le contestó:
«Sígueme y deja que los muertos entierren a sus muertos».
JESÚS CALMA LA TEMPESTAD
(MC 4,35 LC 8,22)
23Jesús subió a la barca y
sus discípulos le siguieron. 24Se levantó una tormenta muy violenta en el lago, con
olas que cubrían la barca, pero él dormía. 25Los discípulos se acercaron y lo
despertaron diciendo: «¡Señor, sálvanos, que estamos perdidos!» 26Pero él les dijo: «¡Qué
miedosos son ustedes! ¡Qué poca fe tienen!» Entonces se levantó, dio una orden
al viento y al mar, y todo volvió a la más completa calma. 27Grande fue el asombro;
aquellos hombres decían: «¿Quién es éste, que hasta los vientos y el mar le
obedecen?».
LOS ENDEMONIADOS DE
GADARA (MC 5,1; LC 8,26)
28Al llegar a la otra
orilla, a la tierra de Gadara, dos endemoniados salieron de entre los sepulcros
y vinieron a su encuentro. Eran hombres tan salvajes que nadie se atrevía a
pasar por aquel camino. 29Y se pusieron a gritar: «¡No te metas con nosotros, Hijo de
Dios! ¿Has venido aquí para atormentarnos antes de tiempo?» 30A cierta distancia de
allí había una gran piara de cerdos comiendo. 31Los demonios suplicaron a Jesús: «Si
nos expulsas, envíanos a esa piara de cerdos». Jesús les dijo: «Vayan». 32Salieron y entraron en
los cerdos. Al momento toda la piara se lanzó hacia el lago por la pendiente, y
allí se ahogaron. 33Los cuidadores huyeron, fueron a la ciudad y contaron todo
lo sucedido, y lo que había pasado con los endemoniados. 34Entonces todos los
habitantes salieron al encuentro de Jesús y, no bien lo vieron, le rogaron que
se alejase de sus tierras.
CAPÍTULO 9
JESÚS SANA AL PARALÍTICO
Y PERDONA SUS PECADOS (MC 2,1; LC 5,17)
1Jesús volvió a la barca,
cruzó de nuevo el lago y vino a su ciudad. 2Allí le llevaron a un paralítico,
tendido en una camilla. Al ver Jesús la fe de esos hombres, dijo al paralítico:
«¡Animo, hijo; tus pecados quedan perdonados!» 3Algunos maestros de la Ley pensaron:
«¡Qué manera de burlarse de Dios!» 4Pero Jesús, que conocía sus
pensamientos, les dijo: «¿Por qué piensan mal? 5¿Qué es más fácil decir:
"Quedan perdonados tus pecados", o: "Levántate y anda"? 6Sepan, pues, que el Hijo
del Hombre tiene autoridad en la tierra para perdonar pecados». Entonces dijo
al paralítico: «Levántate, toma tu camilla y vete a casa». 7Y el paralítico se
levantó y se fue a su casa. 8La gente, al ver esto, quedó muy impresionada, y alabó a
Dios por haber dado tal poder a los hombres.
JESÚS LLAMA AL APÓSTOL
MATEO (MC 2,13; LC 5,27)
9Jesús, al irse de allí,
vio a un hombre llamado Mateo en su puesto de cobrador de impuestos, y le dijo:
«Sígueme». Mateo se levantó y lo siguió. 10Como Jesús estaba comiendo en casa
de Mateo, un buen número de cobradores de impuestos y otra gente pecadora
vinieron a sentarse a la mesa con Jesús y sus discípulos. 11Los fariseos, al ver
esto, decían a los discípulos: «¿Cómo es que su Maestro come con cobradores de
impuestos y pecadores?» 12Jesús los oyó y dijo: «No es la gente sana la que necesita
médico, sino los enfermos. 13Vayan y aprendan lo que significa esta palabra de Dios: Me
gusta la misericordia más que las ofrendas. Pues no he venido a llamar a los
justos, sino a los pecadores». 14Entonces se le acercaron los discípulos de Juan y le
preguntaron: «Nosotros y los fariseos ayunamos en muchas ocasiones, ¿por qué
tus discípulos no ayunan?» 15Jesús les contestó: «¿Quieren ustedes que los compañeros
del novio estén de duelo, mientras el novio está con ellos? Llegará el tiempo
en que el novio les será quitado; entonces ayunarán. 16Nadie remienda un vestido
viejo con un pedazo de tela nueva, porque el pedazo nuevo tiraría del vestido y
la rotura se haría mayor. 17Y nadie echa vino nuevo en recipientes de cuero viejos,
porque si lo hacen, se reventarán los cueros, el vino se desparramará y los
recipientes se estropearán. El vino nuevo se echa en cueros nuevos, y así se
conservan bien el vino y los recipientes».
JESÚS RESUCITA A UNA NIÑA
Y CURA A UNA MUJER ENFERMA
(MC 5,21; LC 8,40)
18Mientras Jesús hablaba,
llegó un jefe de los judíos, se postró delante de él y le dijo: «Mi hija acaba
de morir, pero ven, pon tu mano sobre ella, y vivirá». 19Jesús se levantó y lo
siguió junto con sus discípulos. 20Mientras iba de camino, una mujer que desde hacía
doce años padecía hemorragias, se acercó por detrás y tocó el fleco de su
manto. 21Pues ella pensaba: «Con
sólo tocar su manto, me salvaré». 22Jesús se dio vuelta y, al verla, le
dijo: «Animo, hija; tu fe te ha salvado». Y desde aquel momento, la mujer quedó
sana. 23Al llegar Jesús a la casa
del jefe, vio a los flautistas y el alboroto de la gente. 24Entonces les dijo:
«Váyanse, la niña no ha muerto sino que está dormida». Ellos se burlaban de él.
25Después que echaron a
toda la gente, Jesús entró, tomó a la niña por la mano, y la niña se levantó. 26El hecho se divulgó por
toda aquella región.
OTRAS CURACIONES
27Al retirarse Jesús de
allí, lo siguieron dos ciegos que gritaban: «¡Hijo de David, ten compasión de
nosotros!» 28Cuando Jesús estuvo en casa, los ciegos se le acercaron, y Jesús les
preguntó: «¿Creen que puedo hacer esto?» Contestaron: «Sí, Señor». 29Entonces Jesús les tocó
los ojos, diciendo: «Hágase así, tal como han creído». Y sus ojos vieron. 30Después les ordenó
severamente: «Cuiden de que nadie lo sepa». 31Pero ellos, en cuanto se fueron, lo
publicaron por toda la región. 32Apenas se fueron los ciegos, le trajeron a uno que
tenía un demonio y no podía hablar. 33Jesús echó al demonio, y el mudo
empezó a hablar. La gente quedó maravillada y todos decían: «Jamás se ha visto
cosa igual en Israel». 34En cambio, los fariseos comentaban: «Este echa a los
demonios con la ayuda del príncipe de los demonios». 35Jesús recorría todas las
ciudades y pueblos; enseñaba en sus sinagogas, proclamaba la Buena Nueva del
Reino y curaba todas las dolencias y enfermedades. 36Al contemplar aquel gran
gentío, Jesús sintió compasión, porque estaban decaídos y desanimados, como
ovejas sin pastor. 37Y dijo a sus discípulos: «La cosecha es abundante, pero los
trabajadores son pocos. 38Rueguen, pues, al dueño de la cosecha que envíe
trabajadores a recoger su cosecha».
CAPÍTULO 10
LOS DOCE APÓSTOLES (MC
3,13; LC 6,12)
1Jesús llamó a sus doce
discípulos y les dio poder sobre los malos espíritus para expulsarlos y para
curar toda clase de enfermedades y dolencias. 2Estos son los nombres de los doce
apóstoles: primero Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés; Santiago, hijo de
Zebedeo, y su hermano Juan; 3Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo, el recaudador de
impuestos; Santiago, el hijo de Alfeo, y Tadeo; 4Simón, el cananeo y Judas Iscariote,
el que lo traicionaría.
JESÚS ENVÍA A LOS PRIMEROS
MISIONEROS (LC 9,1; 10,1; MC 6,8)
5A estos Doce Jesús los
envió a misionar, con las instrucciones siguientes: «No vayan a tierras de
paganos, ni entren en pueblos de samaritanos. 6Diríjanse más bien a las ovejas
perdidas del pueblo de Israel. 7A lo largo del camino proclamen: ¡El Reino de los Cielos
está ahora cerca! 8Sanen enfermos, resuciten muertos, limpien leprosos y echen
los demonios. Ustedes lo recibieron sin pagar, denlo sin cobrar. 9No lleven oro, plata o
monedas en el cinturón. 10Nada de provisiones para el viaje, o vestidos de repuesto;
no lleven bastón ni sandalias, porque el que trabaja se merece el alimento. 11En todo pueblo o aldea en
que entren, busquen alguna persona que valga, y quédense en su casa hasta que
se vayan. 12Al entrar en la casa,
deséenle la paz. 13Si esta familia la merece, recibirá vuestra paz; y si no la
merece, la bendición volverá a ustedes. 14Y si en algún lugar no los reciben
ni escuchan sus palabras, salgan de esa familia o de esa ciudad, sacudiendo el
polvo de los pies. 15Yo les aseguro que esa ciudad, en el día del juicio, será
tratada con mayor rigor que Sodoma y Gomorra. 16Miren que los envío como ovejas en
medio de lobos: sean, pues, precavidos como la serpiente, pero sencillos como
la paloma.
LOS TESTIGOS DE JESÚS
SERÁN PERSEGUIDOS (LC 12,11; MC 13,19; 4,22; 8,38)
17¡Cuídense de los hombres!
A ustedes los arrastrarán ante sus consejos, y los azotarán en sus sinagogas. 18Ustedes incluso serán
llevados ante gobernantes y reyes por causa mía, y tendrán que dar testimonio
ante ellos y los pueblos paganos. 19Cuando sean arrestados, no se
preocupen por lo que van a decir, ni cómo han de hablar. Llegado ese momento,
se les comunicará lo que tengan que decir. 20Pues no serán ustedes los que
hablarán, sino el Espíritu de su Padre el que hablará en ustedes. 21Un hermano denunciará a
su hermano para que lo maten, y el padre a su hijo, y los hijos se sublevarán
contra sus padres y los matarán. 22Ustedes serán odiados por todos por causa mía, pero
el que se mantenga firme hasta el fin, ése se salvará. 23Cuando los persigan en
una ciudad, huyan a otra. En verdad les digo: no terminarán de recorrer todas
las ciudades de Israel antes de que venga el Hijo del Hombre. 24El discípulo no está por
encima de su maestro, ni el sirviente por encima de su patrón. 25Ya es mucho si el
discípulo llega a ser como su maestro y el sirviente como su patrón. Si al
dueño de casa lo han llamado demonio, ¡qué no dirán de los demás de la familia!
26Pero no les tengan miedo.
Nada hay oculto que no llegue a ser descubierto, ni nada secreto que no llegue
a saberse. 27Lo que yo les digo en la oscuridad, repítanlo ustedes a la luz, y lo
que les digo en privado, proclámenlo desde las azoteas. 28No teman a los que sólo
pueden matar el cuerpo, pero no el alma; teman más bien al que puede destruir
alma y cuerpo en el infierno. 29¿Acaso un par de pajaritos no se venden por unos
centavos? Pero ni uno de ellos cae en tierra sin que lo permita vuestro Padre. 30En cuanto a ustedes,
hasta sus cabellos están todos contados. 31¿No valen ustedes más que muchos
pajaritos? Por lo tanto no tengan miedo. 32Al que se ponga de mi parte ante los
hombres, yo me pondré de su parte ante mi Padre de los Cielos. 33Y al que me niegue ante
los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre que está en los Cielos. 34No piensen que he venido
a traer paz a la tierra; no he venido a traer paz, sino espada. 35Pues he venido a
enfrentar al hombre contra su padre, a la hija contra su madre, y a la nuera
contra su suegra. 36Cada cual verá a sus familiares volverse enemigos. 37El que ama a su padre o a
su madre más que a mí, no es digno de mí; y el que ama a su hijo o a su hija
más que a mí, no es digno de mí. 38El que no carga con su cruz y viene detrás de mí, no
es digno de mí. 39El que vive su vida para sí la perderá, y el que sacrifique su vida por
mi causa, la hallará. 40El que los recibe a ustedes, a mí me recibe, y el que me
recibe a mí, recibe a Aquel que me ha enviado. El que recibe a un profeta
porque es profeta, recibirá recompensa digna de un profeta. 41El que recibe a un hombre
justo por ser justo, recibirá la recompensa que corresponde a un justo. 42Asimismo, el que dé un
vaso de agua fresca a uno de estos pequeños, porque es discípulo, no quedará
sin recompensa: soy yo quien se lo digo».
CAPÍTULO 11
JESÚS Y JUAN BAUTISTA (LC
7,18; 16,16; 10,13)
1Cuando Jesús terminó de
dar estas instrucciones a sus doce discípulos, se fue de allí para predicar y
enseñar en las ciudades judías. 2Juan, que estaba en la cárcel, oyó hablar de las obras de
Cristo, por lo que envió a sus discípulos 3a preguntarle: «¿Eres tú el que ha
de venir, o tenemos que esperar a otro?» 4Jesús les contestó: «Vayan y
cuéntenle a Juan lo que ustedes están oyendo y viendo: 5los ciegos ven, los cojos
andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, y
una Buena Nueva llega a los pobres. 6¡Y dichoso aquél para quien yo no
sea motivo de escándalo!» 7Una vez que se fueron los mensajeros, Jesús comenzó a
hablar de Juan a la gente: «Cuando ustedes fueron al desierto, ¿qué iban a ver?
¿Una caña agitada por el viento? 8¿Qué iban ustedes a ver? ¿Un hombre con ropas finas? Los
que visten ropas finas viven en palacios. 9Entonces, ¿qué fueron a ver? ¿A un
profeta? Eso sí y, créanme, más que un profeta. 10Este es el hombre de quien la
escritura dice: Yo voy a enviar mi mensajero delante de ti, para que te preceda
abriéndote el camino. 11Yo se lo digo: de entre los hijos de mujer no se ha
manifestado uno más grande que Juan Bautista, y sin embargo el más pequeño en
el Reino de los Cielos es más que él. 12Desde los días de Juan Bautista
hasta ahora el Reino de Dios es cosa que se conquista, y los más decididos son
los que se adueñan de él. 13Hasta Juan, todos los profetas y la Ley misma se quedaron
en la profecía. 14Pero, si ustedes aceptan su mensaje, Juan es este Elías que había de
venir. 15El que tenga oídos para
oír, que lo escuche. 16¿Con quién puedo comparar a la gente de hoy? Son como niños
sentados en la plaza, que se quejan unos de otros: 17Les tocamos la flauta y
ustedes no han bailado; les cantamos canciones tristes y no han querido llorar.
18Porque vino Juan, que no
comía ni bebía, y dijeron: 19Está endemoniado. Luego vino el Hijo del Hombre, que come y
bebe, y dicen: Es un comilón y un borracho, amigo de cobradores de impuestos y
de pecadores. Con todo, se comprobará que la Sabiduría de Dios no se equivoca
en sus obras». 20Entonces Jesús comenzó a reprochar a las ciudades en que había
realizado la mayor parte de sus milagros, porque no se habían arrepentido: 21«¡Ay de ti, Corozaín! ¡Ay
de ti, Betsaida! Porque si en Tiro y Sidón se hubiesen hecho los milagros que
se han realizado en ustedes, seguramente se habrían arrepentido, poniéndose
vestidos de penitencia y cubriéndose de ceniza. 22Yo se lo digo: Tiro y Sidón serán
tratadas con menos rigor que ustedes en el día del juicio. 23Y tú, Cafarnaún, ¿subirás
hasta el cielo? No, bajarás donde los muertos. Porque si los milagros que se
han realizado en ti, se hubieran hecho en Sodoma, todavía hoy existiría Sodoma.
24Por eso les digo que, en
el día del Juicio, Sodoma será tratada con menos rigor que ustedes».
CARGUEN CON MI YUGO (LC
10,21)
25En aquella ocasión Jesús
exclamó: «Yo te alabo, Padre, Señor del Cielo y de la tierra, porque has
mantenido ocultas estas cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a la
gente sencilla. Sí, Padre, pues así fue de tu agrado. 26Mi Padre ha puesto todas
las cosas en mis manos. 27Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre
sino el Hijo y aquellos a quienes el Hijo se lo quiera dar a conocer. 28Vengan a mí los que van
cansados, llevando pesadas cargas, y yo los aliviaré. 29Carguen con mi yugo y
aprendan de mí, que soy paciente y humilde de corazón, y sus almas encontrarán
descanso. 30Pues mi yugo es suave y
mi carga liviana».
CAPÍTULO 12
JESÚS, SEÑOR DEL SÁBADO
(MC 2,23; 3,1; LC 6,1; 14,1)
1En cierta ocasión pasaba
Jesús por unos campos de trigo, y era un día sábado. Sus discípulos, que tenían
hambre, comenzaron a desgranar espigas y a comerse el grano. 2Al advertirlo unos
fariseos, dijeron a Jesús: «Tus discípulos están haciendo lo que está prohibido
hacer en día sábado». 3Jesús les contestó: «¿No han leído ustedes lo que hizo
David un día que tenía hambre, él y su gente? 4Pues entró en la casa de Dios y
comieron el pan ofrecido a Dios, que les estaba prohibido tanto a él como a sus
compañeros, pues estaba reservado a los sacerdotes. 5¿No han leído en la Ley
que los sacerdotes en el Templo no observan el descanso, y no hay culpa en eso?
6Yo se lo digo: ustedes
tienen aquí algo más que el Templo. 7Y si ustedes entendieran estas
palabras: Quiero misericordia, no sacrificios, ustedes no condenarían a quienes
están sin culpa. 8Además, el Hijo del Hombre es Señor del sábado».
9Saliendo de aquel lugar,
Jesús entró en una sinagoga de los judíos. 10Se encontraba allí un hombre que
tenía una mano paralizada. Le preguntaron a Jesús, con intención de acusarlo
después: «¿Está permitido hacer curaciones en día sábado?» 11Jesús les dijo: «Si
alguno de ustedes tiene una sola oveja y se le cae a un barranco en día sábado,
¿no irá a sacarla? 12¡Pues un ser humano vale mucho más que una oveja! Por lo
tanto, está permitido hacer el bien en día sábado». 13Dijo entonces al enfermo:
«Extiende tu mano». La extendió y le quedó tan sana como la otra. 14Al salir, los fariseos
planearon la manera de acabar con él. 15Jesús lo supo y se alejó de allí,
pero muchas personas lo siguieron, y él sanó a cuantos estaban enfermos. 16Pero les pedía
insistentemente que no hablaran de él. 17Así debían cumplirse las palabras
del profeta Isaías:
18Viene mi siervo, mi
elegido, el Amado, en quien me he complacido. Pondré mi Espíritu sobre él, para
que anuncie mis juicios a las naciones. 19No discutirá, ni gritará, ni se oirá
su voz en las plazas. 20No quebrará la caña resquebrajada ni apagará la mecha que
todavía humea, hasta que haga triunfar la justicia. 21Las naciones pondrán su
esperanza en su Nombre.
EL PECADO QUE NO SERÁ
PERDONADO (MC 3,22; LC 11,15)
22Algunos le trajeron un
endemoniado que era ciego y mudo. Jesús lo sanó, de modo que pudo ver y hablar.
23Ante esto, toda la gente
quedó asombrada y preguntaban: «¿No será éste el hijo de David?» 24Lo oyeron los fariseos y
respondieron: «¡Este expulsa los demonios por obra de Beelzebú, príncipe de los
demonios!» 25Jesús sabía lo que estaban pensando, y les dijo: «Todo reino que se
divide, corre a la ruina; no hay ciudad o familia que pueda durar con luchas
internas. 26Si Satanás expulsa a
Satanás, está dividido; ¿cómo podrá mantenerse su reino? 27Y si Beelzebú me ayuda a
echar los demonios, ¿quién ayuda a la gente de ustedes cuando los echan? Ellos
mismos les darán la respuesta. 28Pero si el Espíritu de Dios es el que me permite
echar a los demonios, entiendan que el Reino de Dios ha llegado a ustedes. 29¿Quién entrará en la casa
del Fuerte y le robará sus cosas, sino el que pueda amarrar al Fuerte? Sólo
entonces le saqueará la casa. 30El que no está conmigo, está contra mí, y el que no
recoge conmigo, desparrama. 31Por eso yo les digo: Se perdonará a los hombres cualquier
pecado y cualquier insulto contra Dios. Pero calumniar al Espíritu Santo es
cosa que no tendrá perdón. 32Al que calumnie al Hijo del Hombre se le perdonará; pero al
que calumnie al Espíritu Santo, no se le perdonará, ni en este mundo, ni en el
otro. 33Planten ustedes un árbol
bueno, y su fruto será bueno; planten un árbol dañado, y su fruto será malo.
Porque el árbol se conoce por sus frutos. 34Raza de víboras, si ustedes son tan
malos, ¿cómo pueden decir algo bueno? La boca siempre habla de lo que está
lleno el corazón. 35El hombre bueno saca cosas buenas del bien que guarda
dentro, y el que es malo, de su mal acumulado saca cosas malas. 36Yo les digo que, en el
día del juicio, los hombres tendrán que dar cuenta hasta de lo dicho que no
podían justificar. 37Tus propias palabras te justificarán, y son tus palabras
también las que te harán condenar».
JESÚS CRITICA A LOS DE SU
GENERACIÓN (MC 8,11; LC 11,16)
38Entonces algunos maestros
de la Ley y fariseos le dijeron: «Maestro, queremos verte hacer un milagro». 39Pero él contestó: «Esta
raza perversa e infiel pide una señal, pero solamente se le dará la señal del
profeta Jonás. 40Porque del mismo modo que Jonás estuvo tres días y tres noches en el
vientre del gran pez, así también el Hijo del Hombre estará tres días y tres
noches en el seno de la tierra. 41Los hombres de Nínive resucitarán en el día del
juicio junto con esta generación y la condenarán, porque ellos cambiaron su
conducta ante la predicación de Jonás, y aquí ustedes tienen mucho más que
Jonás. 42La reina del Sur
resucitará en el día del juicio junto con los hombres de hoy, y los condenará,
porque ella vino desde los confines de la tierra para escuchar la sabiduría de
Salomón, y aquí ustedes tienen mucho más que Salomón. 43Cuando el espíritu malo
sale del hombre, empieza a recorrer lugares áridos, buscando un sitio de
descanso, y no lo encuentra. 44Entonces se dice: Volveré a mi casa de donde salí. Al
llegar la encuentra desocupada, bien barrida y ordenada. 45Se va, entonces, y
regresa con otros siete espíritus peores que él, entran y se quedan allí. La
nueva condición de la persona es peor que la primera, y esto es lo que le va a
pasar a esta generación perversa». 46Mientras Jesús estaba todavía
hablando a la muchedumbre, su madre y sus hermanos estaban de pie afuera, pues
querían hablar con él. 47Alguien le dijo: «Tu madre y tus hermanos están ahí fuera y
quieren hablar contigo». 48Pero Jesús dijo al que le daba el recado: «¿Quién es mi
madre y quiénes son mis hermanos?» 49E indicando con la mano a sus
discípulos, dijo: «Estos son mi madre y mis hermanos. 50Tomen a cualquiera que
cumpla la voluntad de mi Padre de los Cielos, y ése es para mí un hermano, una
hermana o una madre».
CAPÍTULO 13
LA PARÁBOLA DEL SEMBRADOR
(MC 4,1; LC 8,4; 10,23; 13,26)
1Ese día Jesús salió de
casa y fue a sentarse a orillas del lago. 2Pero la gente vino a él en tal
cantidad, que subió a una barca y se sentó en ella, mientras toda la gente se
quedó en la orilla. 3Jesús les habló de muchas cosas, usando comparaciones o
parábolas. Les decía: «El sembrador salió a sembrar. 4Y mientras sembraba, unos
granos cayeron a lo largo del camino: vinieron las aves y se los comieron. 5Otros cayeron en terreno
pedregoso, con muy poca tierra, y brotaron en seguida, pues no había
profundidad. 6Pero
apenas salió el sol, los quemó y, por falta de raíces, se secaron. 7Otros cayeron en medio de
cardos: éstos crecieron y los ahogaron. 8Otros granos, finalmente, cayeron en
buena tierra y produjeron cosecha, unos el ciento, otros el sesenta y otros el
treinta por uno. 9El que tenga oídos, que escuche». 10Los discípulos se
acercaron y preguntaron a Jesús: «¿Por qué les hablas en parábolas?» 11Jesús les respondió: «A
ustedes se les ha concedido conocer los misterios del Reino de los Cielos, pero
a ellos, no. 12Porque al que tiene se le dará más y tendrá en abundancia, pero al que
no tiene, se le quitará aun lo que tiene. 13Por eso les hablo en parábolas,
porque miran, y no ven; oyen, pero no escuchan ni entienden. 14En ellos se verifica la
profecía de Isaías: Por más que oigan, no entenderán, y por más que miren, no
verán. 15Este es un pueblo de
conciencia endurecida. Sus oídos no saben escuchar, sus ojos están cerrados. No
quieren ver con sus ojos, ni oír con sus oídos y comprender con su corazón.
Pero con eso habría conversión y yo los sanaría. 16¡Dichosos los ojos de ustedes, que
ven!; ¡dichosos los oídos de ustedes, que oyen! 17Yo se lo digo: muchos profetas y
muchas personas santas ansiaron ver lo que ustedes están viendo, y no lo
vieron; desearon oír lo que ustedes están oyendo, y no lo oyeron. 18Escuchen ahora la
parábola del sembrador: 19Cuando uno oye la palabra del Reino y no la interioriza,
viene el Maligno y le arrebata lo que fue sembrado en su corazón. Ahí tienen lo
que cayó a lo largo del camino. 20La semilla que cayó en terreno pedregoso, es aquel
que oye la Palabra y en seguida la recibe con alegría. 21En él, sin embargo, no
hay raíces, y no dura más que una temporada. Apenas sobreviene alguna
contrariedad o persecución por causa de la Palabra, inmediatamente se viene
abajo. 22La semilla que cayó entre
cardos, es aquel que oye la Palabra, pero luego las preocupaciones de esta vida
y los encantos de las riquezas ahogan esta palabra, y al final no produce
fruto. 23La semilla que cayó en
tierra buena, es aquel que oye la Palabra y la comprende. Este ciertamente dará
fruto y producirá cien, sesenta o treinta veces más».
EL TRIGO Y LA HIERBA MALA
24Jesús les propuso otra
parábola: «Aquí tienen una figura del Reino de los Cielos. Un hombre sembró
buena semilla en su campo, 25pero mientras la gente estaba durmiendo, vino su enemigo,
sembró malas hierbas en medio del trigo, y se fue. 26Cuando el trigo creció y
empezó a echar espigas, apareció también la maleza. 27Entonces los trabajadores
fueron a decirle al patrón: «Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo?
¿De dónde, pues, viene esa maleza?» 28Respondió el patrón: «Eso es obra de
un enemigo». Los obreros le preguntaron: «¿Quieres que arranquemos la maleza?» 29«No, dijo el patrón, pues
al quitar la maleza, podrían arrancar también el trigo. 30Déjenlos crecer juntos
hasta la hora de la cosecha. Entonces diré a los segadores: Corten primero las
malas hierbas, hagan fardos y arrójenlos al fuego. Después cosechen el trigo y
guárdenlo en mis bodegas».
EL GRANO DE MOSTAZA (MC
4,30; LC 13,18)
31Jesús les propuso otra
parábola: «Aquí tienen una figura del Reino de los Cielos: el grano de mostaza
que un hombre tomó y sembró en su campo. 32Es la más pequeña de las semillas,
pero cuando crece, se hace más grande que las plantas de huerto. Es como un
árbol, de modo que las aves vienen a posarse en sus ramas». 33Jesús les contó otra
parábola: «Aquí tienen otra figura del Reino de los Cielos: la levadura que
toma una mujer y la introduce en tres medidas de harina. Al final, toda la masa
fermenta». 34Todo esto lo contó Jesús al pueblo en parábolas. No les decía nada sin
usar parábolas, 35de manera que se cumplía lo dicho por el Profeta: Hablaré en parábolas,
daré a conocer cosas que estaban ocultas desde la creación del mundo. 36Después Jesús despidió a
la gente y se fue a casa. Los discípulos se le acercaron y le dijeron:
«Explícanos la parábola de las malas hierbas sembradas en el campo». 37Jesús les dijo: «El que
siembra la semilla buena es el Hijo del Hombre. 38El campo es el mundo. La buena
semilla es la gente del Reino. La maleza es la gente del Maligno. 39El enemigo que la siembra
es el diablo; la cosecha es el fin del mundo, y los segadores son los ángeles. 40Vean cómo se recoge la
maleza y se quema: así sucederá al fin del mundo. 41El Hijo del Hombre enviará a sus
ángeles; éstos recogerán de su Reino todos los escándalos y también los que
obraban el mal, 42y los arrojarán en el horno ardiente. Allí no habrá más que llanto y
rechinar de dientes. 43Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su
Padre. Quien tenga oídos, que entienda.
EL TESORO, LA PERLA Y LA
RED
44El Reino de los Cielos es
como un tesoro escondido en un campo. El hombre que lo descubre, lo vuelve a
esconder; su alegría es tal, que va a vender todo lo que tiene y compra ese
campo. 45Aquí tienen otra figura
del Reino de los Cielos: un comerciante que busca perlas finas. 46Si llega a sus manos una
perla de gran valor, se va, vende cuanto tiene, y la compra. 47Aquí tienen otra figura
del Reino de los Cielos: una red que se ha echado al mar y que recoge peces de
todas clases. 48Cuando está llena, los pescadores la sacan a la orilla, se sientan,
escogen los peces buenos y los echan en canastos, y tiran los que no sirven. 49Así pasará al final de
los tiempos: vendrán los ángeles y separarán a los malos de entre los buenos, 50y los arrojarán al horno
ardiente. Allí será el llorar y el rechinar de dientes». 51Preguntó Jesús: «¿Han
entendido ustedes todas estas cosas?» Ellos le respondieron: «Sí». 52Entonces Jesús dijo:
«Está bien: cuando un maestro en religión ha sido instruido sobre el Reino de
los Cielos, se parece a un padre de familia que siempre saca de sus armarios
cosas nuevas y viejas». 53Cuando Jesús terminó de decir estas parábolas, se fue de
allí. 54Un día se fue a su pueblo
y enseñó a la gente en su sinagoga. Todos quedaban maravillados y se
preguntaban: «¿De dónde le viene esa sabiduría? ¿Y de dónde esos milagros? 55¿No es éste el hijo del
carpintero? ¡Pero si su madre es María, y sus hermanos son Santiago, y José, y
Simón, y Judas! 56Sus hermanas también están todas entre nosotros, ¿no es cierto? ¿De
dónde, entonces, le viene todo eso?» Ellos se escandalizaban y no lo
reconocían. 57Entonces Jesús les dijo: «Si hay un lugar donde un profeta es
despreciado, es en su patria y en su propia familia». 58Y como no creían en él,
no hizo allí muchos milagros.
CAPÍTULO 14
LA MUERTE DE JUAN
BAUTISTA (MC 6,14; LC 9,7)
1Por aquel tiempo, la fama
de Jesús había llegado hasta el virrey Herodes. 2Y dijo a sus servidores: «Éste es
Juan Bautista; Juan ha resucitado de entre los muertos y por eso actúan en él
poderes milagrosos». 3En efecto, Herodes había ordenado detener a Juan, lo había
hecho encadenar y encerrar en la cárcel, a causa de Herodías, esposa de su
hermano Filipo. 4Porque
Juan le decía: «La Ley no te permite tenerla como esposa». 5Herodes quería matarlo,
pero tenía miedo de la gente, que consideraba a Juan como un profeta. 6En eso llegó el
cumpleaños de Herodes. La hija de Herodías salió a bailar en medio de los
invitados, y le gustó tanto a Herodes, 7que le prometió bajo juramento darle
todo lo que le pidiera. 8La joven, a instigación de su madre, le respondió: «Dame
aquí, en una bandeja, la cabeza de Juan Bautista». 9El rey se sintió muy
molesto, porque se había comprometido bajo juramento en presencia de los
invitados; aceptó entregársela, 10y mandó decapitar a Juan en la cárcel. 11Su cabeza fue traída en
una bandeja y entregada a la muchacha, quien a su vez se la llevó a su madre. 12Después vinieron los
discípulos de Juan a recoger su cuerpo y lo enterraron. Y fueron a dar la
noticia a Jesús.
PRIMERA MULTIPLICACIÓN DE
LOS PANES (MC 6,32; JN 6)
13Al conocer esa noticia,
Jesús se alejó discretamente de allí en una barca y fue a un lugar despoblado.
Pero la gente lo supo y en seguida lo siguieron por tierra desde sus pueblos. 14Al desembarcar Jesús y
encontrarse con tan gran gentío, sintió compasión de ellos y sanó a sus
enfermos. 15Cuando ya caía la tarde,
sus discípulos se le acercaron, diciendo: «Estamos en un lugar despoblado, y ya
ha pasado la hora. Despide a esta gente para que se vayan a las aldeas y se
compren algo de comer». 16Pero Jesús les dijo: «No tienen por qué irse; denles
ustedes de comer». 17Ellos respondieron: Aquí sólo tenemos cinco panes y dos
pescados. 18Jesús les dijo:
«Tráiganmelos para acá». 19Y mandó a la gente que se sentara en el pasto. Tomó los
cinco panes y los dos pescados, levantó los ojos al cielo, pronunció la
bendición, partió los panes y los entregó a los discípulos. Y los discípulos
los daban a la gente. 20Todos comieron y se saciaron, y se recogieron los pedazos
que sobraron: ¡doce canastos llenos! 21Los que habían comido eran unos
cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños.
JESÚS CAMINA SOBRE LAS
AGUAS (MC 6,45; JN 6,16)
22Inmediatamente después
Jesús obligó a sus discípulos a que se embarcaran; debían llegar antes que él a
la otra orilla, mientras él despedía a la gente. 23Jesús, pues, despidió a la gente, y
luego subió al cerro para orar a solas. Cayó la noche, y él seguía allí solo. 24La barca en tanto estaba
ya muy lejos de tierra, y las olas le pegaban duramente, pues soplaba el viento
en contra. 25Antes del amanecer, Jesús vino hacia ellos caminando sobre el mar. 26Al verlo caminando sobre
el mar, se asustaron y exclamaron: «¡Es un fantasma!» Y por el miedo se
pusieron a gritar. 27En seguida Jesús les dijo: «Animo, no teman, que soy yo». 28Pedro contestó: «Señor,
si eres tú, manda que yo vaya a ti caminando sobre el agua». 29Jesús le dijo: «Ven».
Pedro bajó de la barca y empezó a caminar sobre las aguas en dirección a Jesús.
30Pero el viento seguía muy
fuerte, tuvo miedo y comenzó a hundirse. Entonces gritó: «¡Señor, sálvame!» 31Al instante Jesús
extendió la mano y lo agarró, diciendo: «Hombre de poca fe, ¿por qué has
vacilado?» 32Subieron a la barca y cesó el viento, 33y los que estaban en la barca se
postraron ante él, diciendo: «¡Verdaderamente tú eres el Hijo de Dios!» 34Terminada la travesía,
desembarcaron en Genesaret. 35Los hombres de aquel lugar reconocieron a Jesús y
comunicaron la noticia por toda la región, así que le trajeron todos los
enfermos. 36Le rogaban que los dejara
tocar al menos el fleco de su manto, y todos los que lo tocaron quedaron
totalmente sanos.
CAPÍTULO 15
MANDATOS DE DIOS Y
ENSEÑANZAS DE HOMBRES (MC 7,1)
1Unos fariseos y maestros
de la Ley habían venido de Jerusalén. Se acercaron a Jesús 2y le dijeron: «¿Por qué
tus discípulos no respetan la tradición de los antepasados? No se lavan las
manos antes de comer». 3Jesús contestó: «Y ustedes, ¿por qué quebrantan el
mandamiento de Dios en nombre de sus tradiciones? 4Pues Dios ordenó: Cumple tus deberes
con tu padre y con tu madre. Y también: El que maldiga a su padre o a su madre
debe ser condenado a muerte. 5En cambio, según ustedes, es correcto decir a su padre o a
su madre: Lo que podías esperar de mí, ya lo tengo reservado para el Templo. 6En este caso, según
ustedes, una persona queda libre de sus deberes para con su padre y su madre. Y
es así como ustedes anulan el mandamiento de Dios en nombre de sus tradiciones.
7¡Qué bien salvan las
apariencias! Con justa razón profetizó Isaías de ustedes, cuando dijo: 8Este pueblo me honra con
los labios, pero su corazón está lejos de mí. 9El culto que me rinden no sirve de
nada, las doctrinas que enseñan no son más que mandatos de hombres».
MANCHA AL HOMBRE LO QUE
SALE DE ÉL (MC 7,14; LC 6,39)
10Luego Jesús mandó
acercarse a la gente y les dijo: «Escuchen y entiendan: 11Lo que entra por la boca
no hace impura a la persona, pero sí mancha a la persona lo que sale de su
boca». 12Poco después los
discípulos se acercaron y le dijeron: «¿Sabes que los fariseos se han
escandalizado de tu declaración?» 13Jesús respondió: «Toda planta que no
haya plantado mi Padre celestial, será arrancada de raíz. 14¡No les hagan caso! Son
ciegos que guían a otros ciegos. Y si un ciego guía a otro ciego, los dos
caerán en el hoyo». 15Entonces Pedro tomó la palabra: «Explícanos esta
sentencia». 16Jesús le respondió: «¿También ustedes están todavía cerrados? 17¿No comprenden que todo
lo que entra por la boca va al estómago y después termina en el basural? 18En cambio lo que sale de
la boca procede del corazón, y eso es lo que hace impura a la persona. 19Del corazón proceden los
malos deseos, asesinatos, adulterios, inmoralidad sexual, robos, mentiras,
chismes. 20Estas son las cosas que
hacen impuro al hombre; pero el comer sin lavarse las manos, no hace impuro al
hombre».
JESÚS SANA A LA HIJA DE
UNA PAGANA (MC 7,24)
21Jesús marchó de allí y se
fue en dirección a las tierras de Tiro y Sidón. 22Una mujer cananea, que llegaba de
ese territorio, empezó a gritar: «¡Señor, hijo de David, ten compasión de mí!
Mi hija está atormentada por un demonio». 23Pero Jesús no le contestó ni una
palabra. Entonces sus discípulos se acercaron y le dijeron: «Atiéndela, mira
cómo grita detrás de nosotros». 24Jesús contestó: «No he sido enviado sino a las ovejas
perdidas del pueblo de Israel». 25Pero la mujer se acercó a Jesús; y, puesta de
rodillas, le decía: «¡Señor, ayúdame!» 26Jesús le dijo: «No se debe echar a
los perros el pan de los hijos». 27La mujer contestó: «Es verdad, Señor, pero también
los perritos comen las migajas que caen de la mesa de sus amos». 28Entonces Jesús le dijo:
«Mujer, ¡qué grande es tu fe! Que se cumpla tu deseo». Y en aquel momento quedó
sana su hija.
SEGUNDA MULTIPLICACIÓN
DEL PAN (MC 7,31)
29De allí Jesús volvió a la
orilla del mar de Galilea y, subiendo al cerro, se sentó en ese lugar. 30Un gentío muy numeroso se
acercó a él trayendo mudos, ciegos, cojos, mancos y personas con muchas otras
enfermedades. Los colocaron a los pies de Jesús y él los sanó. 31La gente quedó
maravillada al ver que hablaban los mudos y caminaban los cojos, que los
lisiados quedaban sanos y que los ciegos recuperaban la vista; todos
glorificaban al Dios de Israel. 32Jesús llamó a sus discípulos y les dijo: «Siento
compasión de esta gente, pues hace ya tres días que me siguen y no tienen
comida. Y no quiero despedirlos en ayunas, porque temo que se desmayen en el
camino». 33Sus discípulos le
respondieron: «Estamos en un desierto, ¿dónde vamos a encontrar suficiente pan
como para alimentar a tanta gente?» 34Jesús les dijo: «¿Cuántos panes
tienen ustedes?» Respondieron: «Siete, y algunos pescaditos». 35Entonces Jesús mandó a la
gente que se sentara en el suelo. 36Tomó luego los siete panes y los
pescaditos, dio gracias y los partió. Iba entregándolos a los discípulos, y
éstos los repartían a la gente. 37Todos comieron hasta saciarse y llenaron siete cestos
con los pedazos que sobraron. 38Los que habían comido eran cuatro mil hombres, sin
contar mujeres y niños. 39Después Jesús despidió a la muchedumbre, subió a la barca y
fue al territorio de Magadán.
CAPÍTULO 16
LOS FARISEOS PIDEN UNA
SEÑAL (MC 8,11; LC 11,16; 12,54)
1Los fariseos y los
saduceos se acercaron a Jesús. Querían ponerlo en apuros, y le pidieron una
señal milagrosa que viniera del Cielo. 2Jesús respondió: «Al atardecer
ustedes dicen: Hará buen tiempo, pues el cielo está rojo y encendido. 3Y por la mañana: Con este
cielo rojo obscuro, hoy habrá tormenta. Ustedes, pues, conocen e interpretan
los aspectos del cielo, ¿y no tienen capacidad para las señales de los tiempos?
4¡Generación mala y
adúltera! Ustedes piden una señal, pero señal no tendrán, sino la señal de
Jonás». Jesús, pues, los dejó y se marchó.
5Los discípulos, al pasar
a la otra orilla, se habían olvidado de llevar pan. 6Jesús les dijo: «Tengan
cuidado y desconfíen de la levadura de los fariseos y de los saduceos». 7Ellos empezaron a
comentar entre sí: «¡Caramba!, no trajimos pan». 8Jesús se dio cuenta y les dijo:
«¿Por qué se preocupan, hombres de poca fe? ¿Porque no tienen pan? 9¿Es que aún no
comprenden? ¿No se acuerdan de los cinco panes para los cinco mil hombres, y
cuántas canastas recogieron? 10¿Ni de los siete panes para los cuatro mil hombres, y
cuántos cestos llenaron con lo que sobró? 11Yo no me refería al pan cuando les
dije: Cuídense de la levadura de los fariseos y de los saduceos. ¿Cómo puede
ser que no me hayan comprendido?» 12Entonces entendieron a lo que Jesús
se refería: que debían tener los ojos abiertos, no para cosas de levadura, sino
para las enseñanzas de los fariseos y saduceos.
LA FE DE PEDRO Y LAS
PROMESAS DE JESÚS (MC 8,27; LC 9,18; JN 6,69)
13Jesús se fue a la región
de Cesarea de Filipo. Estando allí, preguntó a sus discípulos: «Según el
parecer de la gente, ¿quién soy yo? ¿Quién es el Hijo del Hombre?» 14Respondieron: «Unos dicen
que eres Juan el Bautista; otros que eres Elías, o bien Jeremías o alguno de
los profetas». 15Jesús les preguntó: «Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?» 16Pedro contestó: «Tú eres
el Mesías, el Hijo del Dios vivo». 17Jesús le replicó: «Feliz eres, Simón
Barjona, porque esto no te lo ha revelado la carne ni la sangre, sino mi Padre
que está en los Cielos. 18Y ahora yo te digo: Tú eres Pedro (o sea Piedra), y sobre
esta piedra edificaré mi Iglesia; los poderes de la muerte jamás la podrán
vencer. 19Yo te daré las llaves del
Reino de los Cielos: lo que ates en la tierra quedará atado en el Cielo, y lo
que desates en la tierra quedará desatado en el Cielo». 20Entonces Jesús les ordenó
a sus discípulos que no dijeran a nadie que él era el Mesías.
JESÚS ANUNCIA SU PASIÓN
(MC 8,31; LC 9,22; 12,9; 14,27)
21A partir de ese día,
Jesucristo comenzó a manifestar a sus discípulos que él debía ir a Jerusalén y
que las autoridades judías, los sumos sacerdotes y los maestros de la Ley lo
iban a hacer sufrir mucho. Que incluso debía ser muerto y que resucitaría al tercer
día. 22Pedro lo llevó aparte y
se puso a reprenderlo: «¡Dios no lo permita, Señor! Nunca te sucederán tales
cosas». 23Pero Jesús se volvió y le
dijo: «¡Pasa detrás de mí, Satanás! Tú me harías tropezar. Tus ambiciones no
son las de Dios, sino las de los hombres». 24Entonces dijo Jesús a sus
discípulos: «El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, cargue con su
cruz y me siga. 25Pues el que quiera asegurar su vida la perderá, pero el que sacrifique
su vida por causa mía, la hallará. 26¿De qué le serviría a uno ganar el
mundo entero si se destruye a sí mismo? ¿Qué dará para rescatarse a sí mismo? 27Sepan que el Hijo del
Hombre vendrá con la gloria de su Padre, rodeado de sus ángeles, y entonces
recompensará a cada uno según su conducta. 28En verdad les digo: algunos que
están aquí presentes no pasarán por la muerte sin antes haber visto al Hijo del
Hombre viniendo como Rey».
CAPÍTULO 17
LA TRANSFIGURACIÓN DE
JESÚS (MC 9,2; LC 9)
1Seis días después, Jesús
tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los llevó aparte a un
monte alto. 2A
la vista de ellos su aspecto cambió completamente: su cara brillaba como el sol
y su ropa se volvió blanca como la luz. 3En seguida vieron a Moisés y Elías
hablando con Jesús. 4Pedro tomó la palabra y dijo a Jesús: «Señor, ¡qué bueno es
que estemos aquí! Si quieres, levantaré aquí tres tiendas: una para ti, otra
para Moisés y otra para Elías». 5Estaba Pedro todavía hablando cuando una nube luminosa los
cubrió con su sombra y una voz que salía de la nube dijo: «¡Este es mi Hijo, el
Amado; éste es mi Elegido, escúchenlo!» 6Al oír la voz, los discípulos se
echaron al suelo, llenos de miedo. 7Pero Jesús se acercó, los tocó y les
dijo: «Levántense, no tengan miedo». 8Ellos levantaron los ojos, pero ya
no vieron a nadie más que a Jesús. 9Mientras bajaban del monte, Jesús
les ordenó: «No hablen a nadie de esta visión hasta que el Hijo del Hombre haya
resucitado de entre los muertos». 10Los discípulos le preguntaron: «¿Por
qué dicen los maestros de la Ley que Elías ha de venir primero?» 11Contestó Jesús: «Bien es
cierto que Elías ha de venir para reordenar todas las cosas. 12Pero créanme: ya vino
Elías y no lo reconocieron, sino que lo trataron como se les antojó. Y así
también harán sufrir al Hijo del Hombre». 13Entonces los discípulos
comprendieron que Jesús se refería a Juan el Bautista.
JESÚS SANA A UN
EPILÉPTICO (MC 9,14; LC 9,37)
14Cuando volvieron donde
estaba la gente, se acercó un hombre a Jesús y se arrodilló ante él. Le dijo: 15«Señor, ten piedad de mi
hijo, que es epiléptico y su estado es lastimoso. A menudo se nos cae al fuego,
y otras veces al agua. 16Lo he llevado a tus discípulos, pero no han podido
curarlo». 17Jesús respondió: «¡Qué
generación tan incrédula y malvada! ¿Hasta cuándo estaré entre ustedes? ¿Hasta
cuándo tendré que soportarlos? Tráiganmelo acá». 18En seguida Jesús dio una orden al
demonio, que salió, y desde ese momento el niño quedó sano. 19Entonces los discípulos
se acercaron a Jesús y le preguntaron en privado: «¿Por qué nosotros no pudimos
echar a ese demonio?» 20Jesús les dijo: «Porque ustedes tienen poca fe. En verdad
les digo: si tuvieran fe, del tamaño de un granito de mostaza, le dirían a este
cerro: Quítate de ahí y ponte más allá, y el cerro obedecería. Nada sería
imposible para ustedes. 21(Esta clase de demonios sólo se puede expulsar con la
oración y el ayuno)». 22Un día, estando Jesús en Galilea con los apóstoles, les
dijo: «El Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de los hombres, 23y le matarán. Pero
resucitará al tercer día». Ellos se pusieron muy tristes.
EL IMPUESTO PARA EL
TEMPLO
24Al volver a Cafarnaún, se
acercaron a Pedro los que cobran el impuesto para el Templo. Le preguntaron:
«El maestro de ustedes, ¿no paga el impuesto?» 25Pedro respondió: «Claro que sí». Y
se fue a casa. Cuando entraba, se anticipó Jesús y le dijo: «Dame tu parecer,
Simón. ¿Quiénes son los que pagan impuestos o tributos a los reyes de la
tierra: sus hijos o los que no son de la familia?» 26Pedro contestó: «Los que
no son de la familia». Y Jesús le dijo: «Entonces los hijos no pagan. 27Sin embargo, para no
escandalizar a esta gente, vete a la playa y echa el anzuelo. Al primer pez que
pesques ábrele la boca, y hallarás en ella una moneda de plata. Tómala y paga
por mí y por ti».
CAPÍTULO 18
¿QUIÉN ES EL MÁS GRANDE?
LOS ESCÁNDALOS
1En aquel momento los
discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron: «¿Quién es el más grande en
el Reino de los Cielos?» 2Jesús llamó a un niñito, lo colocó en medio de los
discípulos, 3y
declaró: «En verdad les digo: si no cambian y no llegan a ser como niños, nunca
entrarán en el Reino de los Cielos. 4El que se haga pequeño como este
niño, ése será el más grande en el Reino de los Cielos. 5Y el que recibe en mi
nombre a un niño como éste, a mí me recibe. 6El que hiciera caer a uno de estos
pequeños que creen en mí, mejor le sería que le amarraran al cuello una gran
piedra de moler y que lo hundieran en lo más profundo del mar. 7¡Ay del mundo a causa de
los escándalos! Tiene que haber escándalos, pero, ¡ay del que causa el
escándalo! 8Si
tu mano o tu pie te está haciendo caer, córtatelo y tíralo lejos. Pues es mejor
para ti entrar en la vida sin una mano o sin un pie que ser echado al fuego
eterno con las dos manos y los dos pies. 9Y si tu ojo te está haciendo caer,
arráncalo y tíralo lejos. Pues es mejor para ti entrar tuerto en la vida que
ser arrojado con los dos ojos al fuego del infierno. 10Cuídense, no desprecien a
ninguno de estos pequeños. Pues yo se lo digo: sus ángeles en el Cielo
contemplan sin cesar la cara de mi Padre del Cielo. 11 12¿Qué pasará, según
ustedes, si un hombre tiene cien ovejas y una de ellas se extravía? ¿No dejará
las noventa y nueve en los cerros para ir a buscar la extraviada? 13Y si logra encontrarla,
yo les digo que ésta le dará más alegría que las noventa y nueve que no se
extraviaron. 14Pasa lo mismo donde el Padre de ustedes, el Padre del Cielo: allá no
quieren que se pierda ni tan sólo uno de estos pequeñitos.
CÓMO CONVIVEN LOS
HERMANOS EN LA FE (LC 17,3)
15Si tu hermano ha pecado,
vete a hablar con él a solas para reprochárselo. Si te escucha, has ganado a tu
hermano. 16Si no te escucha, toma
contigo una o dos personas más, de modo que el caso se decida por la palabra de
dos o tres testigos. 17Si se niega a escucharlos, informa a la asamblea. Si
tampoco escucha a la iglesia, considéralo como un pagano o un publicano. 18Yo les digo: «Todo lo que
aten en la tierra, lo mantendrá atado el Cielo, y todo lo que desaten en la
tierra, lo mantendrá desatado el Cielo. 19Asimismo yo les digo: si en la
tierra dos de ustedes se ponen de acuerdo para pedir alguna cosa, mi Padre
Celestial se lo concederá. 20Pues donde están dos o tres reunidos en mi Nombre, allí
estoy yo en medio de ellos». 21Entonces Pedro se acercó con esta pregunta: «Señor,
¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas de mi hermano? ¿Hasta siete
veces?» 22Jesús le contestó: «No te
digo siete, sino setenta y siete veces».
EL QUE NO PERDONÓ A SU
COMPAÑERO
23«Aprendan algo sobre el
Reino de los Cielos. Un rey había decidido arreglar cuentas con sus empleados, 24y para empezar, le
trajeron a uno que le debía diez mil monedas de oro. 25Como el hombre no tenía
con qué pagar, el rey ordenó que fuera vendido como esclavo, junto con su
mujer, sus hijos y todo cuanto poseía, para así recobrar algo. 26El empleado, pues, se
arrojó a los pies del rey, suplicándole: «Dame un poco de tiempo, y yo te lo
pagaré todo». 27El rey se compadeció y lo dejó libre; más todavía, le perdonó la deuda.
28Pero apenas salió el
empleado de la presencia del rey, se encontró con uno de sus compañeros que le
debía cien monedas. Lo agarró del cuello y casi lo ahogaba, gritándole: «Págame
lo que me debes». 29El compañero se echó a sus pies y le rogaba: «Dame un poco
de tiempo, y yo te lo pagaré todo». 30Pero el otro no aceptó, sino que lo
mandó a la cárcel hasta que le pagara toda la deuda. 31Los compañeros, testigos
de esta escena, quedaron muy molestos y fueron a contárselo todo a su señor. 32Entonces el señor lo hizo
llamar y le dijo: «Siervo miserable, yo te perdoné toda la deuda cuando me lo
suplicaste. 33¿No debías también tú tener compasión de tu compañero como yo tuve
compasión de ti?» 34Y hasta tal punto se enojó el señor, que lo puso en manos
de los verdugos, hasta que pagara toda la deuda. 35Y Jesús añadió: «Lo mismo hará mi
Padre Celestial con ustedes, a no ser que cada uno perdone de corazón a su
hermano».
CAPÍTULO 19
MATRIMONIO, DIVORCIO Y
CONTINENCIA «POR EL REINO»
(MC 10,2; MT 5,31; LC
16,18)
1Después de terminar este
discurso, Jesús partió de Galilea y llegó a las fronteras de Judea por la otra
orilla del Jordán. 2También allí mucha gente vino a él y los sanó. 3Se le acercaron unos
fariseos, y lo pusieron a prueba con esta pregunta: «¿Está permitido a un
hombre divorciarse de su mujer por cualquier motivo?» 4Jesús respondió: «¿No han
leído que el Creador al principio los hizo hombre y mujer 5y dijo: El hombre dejará
a su padre y a su madre y se unirá con su mujer, y serán los dos una sola
carne? 6De manera que ya no son
dos, sino una sola carne. Pues bien, lo que Dios ha unido, no lo separe el
hombre». 7Los fariseos le
preguntaron: «Entonces, ¿por qué Moisés ordenó que se firme un certificado en
el caso de divorciarse?» 8Jesús contestó: «Moisés vio lo tercos que eran ustedes, y
por eso les permitió despedir a sus mujeres, pero al principio no fue así. 9Yo les digo: el que se
divorcia de su mujer, fuera del caso de infidelidad, y se casa con otra, comete
adulterio». 10Los discípulos le dijeron: «Si ésa es la condición del hombre que tiene
mujer, es mejor no casarse». 11Jesús les contestó: «No todos pueden captar lo que
acaban de decir, sino aquellos que han recibido este don. 12Hay hombres que han
nacido incapacitados para el sexo. Hay otros incapacitados, que fueron
mutilados por los hombres. Hay otros todavía, que se hicieron tales por el
Reino de los Cielos. ¡Entienda el que pueda!»
JESÚS Y LOS NIÑOS (MC
10,13; LC 18,15)
13Entonces trajeron a Jesús
algunos niños para que les impusiera las manos y rezara por ellos. Pero los
discípulos los recibían muy mal. 14Jesús les dijo: «Dejen a esos niños y no les impidan
que vengan a mí: el Reino de los Cielos pertenece a los que son como ellos». 15Jesús les impuso las
manos y continuó su camino.
EL JOVEN RICO (MC 10,17;
LC 18,18; 12,33; 22,29)
16Un hombre joven se le
acercó y le dijo: «Maestro, ¿qué es lo bueno que debo hacer para conseguir la
vida eterna?» 17Jesús contestó: «¿Por qué me preguntas sobre lo que es bueno? Uno solo
es el Bueno. Pero si quieres entrar en la vida, cumple los mandamientos». 18El joven dijo: «¿Cuáles?»
Jesús respondió: «No matar, no cometer adulterio, no hurtar, no levantar falso
testimonio, 19honrar al padre y a la madre y amar al prójimo como a sí mismo». 20El joven le dijo: «Todo
esto lo he guardado, ¿qué más me falta?» 21Jesús le dijo: «Si quieres ser
perfecto, vende todo lo que posees y reparte el dinero entre los pobres, para
que tengas un tesoro en el Cielo. Después ven y sígueme». 22Cuando el joven oyó esta
respuesta, se marchó triste, porque era un gran terrateniente. 23Entonces Jesús dijo a sus
discípulos: «En verdad les digo: el que es rico entrará muy difícilmente en el
Reino de los Cielos. 24Les aseguro: es más fácil para un camello pasar por el ojo
de una aguja que para un rico entrar en el Reino de los cielos». 25Los discípulos, al
escucharlo, se quedaron asombrados. Dijeron: «Entonces, ¿quién puede salvarse?»
26Fijando en ellos su
mirada, Jesús les dijo: «Para los hombres es imposible, pero para Dios todo es
posible». 27Entonces Pedro tomó la
palabra y dijo: «Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo para seguirte. ¿Qué
recibiremos?» 28Jesús contestó: «A ustedes que me han seguido, yo les digo: cuando todo
comience nuevamente, y el Hijo del Hombre se siente en su trono de gloria,
ustedes también se sentarán en doce tronos, para juzgar a las doce tribus de
Israel. 29Y todo el que haya dejado
casas, hermanos, hermanas, padre, madre, hijos o propiedades por causa de mi
Nombre, recibirá cien veces más y tendrá por herencia la vida eterna. 30Muchos que ahora son
primeros serán últimos, y otros que ahora son últimos, serán primeros».
CAPÍTULO 20
LOS TRABAJADORES DE LA
VIÑA
1Aprendan algo del Reino
de los Cielos. Un propietario salió de madrugada a contratar trabajadores para
su viña. 2Se puso de acuerdo con
ellos para pagarles una moneda de plata al día, y los envió a su viña. 3Salió de nuevo hacia las
nueve de la mañana, y al ver en la plaza a otros que estaban desocupados, 4les dijo: «Vayan ustedes
también a mi viña y les pagaré lo que sea justo». Y fueron a trabajar. 5Salió otra vez al
mediodía, y luego a las tres de la tarde, e hizo lo mismo. 6Ya era la última hora del
día, la undécima, cuando salió otra vez y vio a otros que estaban allí parados.
Les preguntó: «¿Por qué se han quedado todo el día sin hacer nada?» 7Contestaron ellos:
«Porque nadie nos ha contratado». Y les dijo: «Vayan también ustedes a trabajar
en mi viña». 8Al
anochecer, dijo el dueño de la viña a su mayordomo: «Llama a los trabajadores y
págales su jornal, empezando por los últimos y terminando por los primeros». 9Vinieron los que habían
ido a trabajar a última hora, y cada uno recibió un denario (una moneda de
plata). 10Cuando llegó el turno a
los primeros, pensaron que iban a recibir más, pero también recibieron cada uno
un denario. 11Por eso, mientras se les pagaba, protestaban contra el propietario. 12Decían: «Estos últimos
apenas trabajaron una hora, y los consideras igual que a nosotros, que hemos
aguantado el día entero y soportado lo más pesado del calor». 13El dueño contestó a uno
de ellos: «Amigo, yo no he sido injusto contigo. ¿No acordamos en un denario al
día? 14Toma lo que te
corresponde y márchate. Yo quiero dar al último lo mismo que a ti. 15¿No tengo derecho a
llevar mis cosas de la manera que quiero? ¿O será porque soy generoso, y tú
envidioso?» 16Así sucederá: los últimos serán primeros, y los primeros serán
últimos».
TERCER ANUNCIO DE LA
PASIÓN (MC 10,32; LC 18,31)
17Mientras iban subiendo a
Jerusalén, Jesús tomó aparte a los Doce y les dijo por el camino: 18«Ya estamos subiendo a
Jerusalén; el Hijo del Hombre va a ser entregado a los jefes de los sacerdotes
y a los maestros de la Ley, que lo condenarán a muerte. 19Ellos lo entregarán a los
extranjeros, que se burlarán de él, lo azotarán y lo crucificarán. Pero
resucitará al tercer día».
LA MADRE DE SANTIAGO Y
JUAN PIDE LOS PRIMEROS PUESTOS (MC 10,35)
20Entonces la madre de
Santiago y Juan se acercó con sus hijos a Jesús y se arrodilló para pedirle un
favor. 21Jesús le dijo: «¿Qué
quieres?» Y ella respondió: «Aquí tienes a mis dos hijos. Asegúrame que, cuando
estés en tu reino, se sentarán uno a tu derecha y otro a tu izquierda». 22Jesús dijo a los hermanos:
«No saben lo que piden. ¿Pueden ustedes beber la copa que yo tengo que beber?»
Ellos respondieron: «Podemos». 23Jesús replicó: «Ustedes sí beberán mi copa, pero no
me corresponde a mí el concederles que se sienten a mi derecha y a mi
izquierda. Eso será para quienes el Padre lo haya dispuesto». 24Los otros diez se
enojaron con los dos hermanos al oír esto. 25Jesús los llamó y les dijo: «Ustedes
saben que los gobernantes de las naciones actúan como dictadores y los que
ocupan cargos abusan de su autoridad. 26Pero no será así entre ustedes. Al
contrario, el de ustedes que quiera ser grande, que se haga el servidor de
ustedes, 27y si alguno de ustedes
quiere ser el primero entre ustedes, que se haga el esclavo de todos; 28hagan como el Hijo del
Hombre, que no vino a ser servido, sino a servir y dar su vida como rescate por
una muchedumbre». 29Al salir de Jericó, les iba siguiendo una gran multitud de
gente. 30En algún momento, dos
ciegos estaban sentados a la orilla del camino, y al enterarse de que pasaba Jesús,
comenzaron a gritar: «¡Señor, hijo de David, ten compasión de nosotros!» 31La gente les decía que se
callaran, pero ellos gritaban aun más fuerte: «¡Señor, hijo de David, ten
compasión de nosotros!» 32Jesús se detuvo, los llamó y les preguntó: «¿Qué quieren
que haga por ustedes?» 33Ellos dijeron: «Señor, que se abran nuestros ojos». 34Jesús sintió compasión y
les tocó los ojos. Y al momento recobraron la vista y lo siguieron.
CAPÍTULO 21
JESÚS ENTRA EN JERUSALÉN
(MC 11,1; JN 12,12; LC 19,12)
1Estaban ya cerca de
Jerusalén. Cuando llegaron a Betfagé, junto al monte de los Olivos, 2Jesús envió a dos
discípulos con esta misión: «Vayan al pueblecito que está al frente, y allí
encontrarán una burra atada con su burrito al lado. Desátenla y tráiganmela. 3Si alguien les dice algo,
contéstenle: El Señor los necesita, y los devolverá cuanto antes». 4Esto sucedió para que se
cumpliera lo dicho por el profeta: 5Digan a la hija de Sión: «Mira que
tu rey viene a ti con toda sencillez, montado en una burra, un animal de
carga». 6Los discípulos se fueron
e hicieron como Jesús les había mandado. 7Le trajeron la burra con su cría, le
colocaron sus mantos sobre el lomo y él se sentó encima. 8Había muchísima gente;
extendían sus mantos en el camino, o bien cortaban ramas de árboles, con las
que cubrían el suelo. 9Y el gentío que iba delante de Jesús, así como los que le
seguían, empezaron a gritar: «¡Hosanna al hijo de David! ¡Bendito sea el que
viene en el nombre del Señor! ¡Hosanna en lo más alto de los cielos!» 10Cuando Jesús entró en
Jerusalén, toda la ciudad se alborotó y preguntaban: «¿Quién es éste?» 11Y la muchedumbre
respondía: «¡Este es el profeta Jesús, de Nazaret de Galilea!»
JESÚS EXPULSA A LOS
VENDEDORES (MC 11,11; LC 19,45; JN 2,14)
12Jesús entró en el Templo
y echó fuera a todos los que vendían y compraban en el Templo. Derribó las
mesas de los que cambiaban monedas y los puestos de los vendedores de palomas.
Les dijo: 13«Está escrito: Mi casa
será llamada Casa de Oración. Pero ustedes la han convertido en una cueva de
ladrones». 14También en el Templo se le acercaron algunos ciegos y cojos, y Jesús
los sanó. 15Los sacerdotes
principales y los maestros de la Ley vieron las cosas tan asombrosas que Jesús
acababa de hacer y a los niños que clamaban en el Templo: «¡Hosanna al hijo de
David!». Estaban furiosos 16y le dijeron: «¿Oyes lo que dicen ésos?» Les respondió
Jesús: «Por supuesto. ¿No han leído, por casualidad, esa Escritura que dice: Tú
mismo has puesto tus alabanzas en la boca de los niños y de los que aún maman?»
17En seguida Jesús los dejó
y salió de la ciudad en dirección a Betania, donde pasó la noche.
MALDICIÓN DE LA HIGUERA
(MC 11,12; LC 13,6)
18Al regresar a la ciudad,
muy de mañana, Jesús sintió hambre. 19Divisando una higuera cerca del
camino, se acercó, pero no encontró más que hojas. Entonces dijo a la higuera:
«¡Nunca jamás volverás a dar fruto!» Y al instante la higuera se secó. 20Al ver esto, los
discípulos se maravillaron: «¿Cómo pudo secarse la higuera, y tan rápido?» 21Jesús les declaró: «En
verdad les digo: si tienen tanta fe como para no vacilar, ustedes harán mucho
más que secar una higuera. Ustedes dirán a ese cerro: 22¡Quítate de ahí y échate
al mar!, y así sucederá. Todo lo que pidan en la oración, con tal de que crean,
lo recibirán». Jesús responde a las autoridades (Mc 11,27; Lc 20,1)
23Jesús había entrado al
Templo y estaba enseñando, cuando los sumos sacerdotes y las autoridades judías
fueron a su encuentro para preguntarle: «¿Con qué derecho haces todas estas cosas?
¿Quién te lo ha encargado?» 24Jesús les contestó: «Yo también les voy a hacer a ustedes
una pregunta. Si me la contestan, yo también les diré con qué autoridad hago
todo esto. 25Háblenme del bautismo que daba Juan: este asunto ¿de dónde venía, de
Dios, o de los hombres?» Ellos reflexionaron: «Si decimos que este asunto venía
de Dios, él nos replicará: Pues ¿por qué no le creyeron? 26Y si decimos que era cosa
de hombres, ¡cuidado con el pueblo!, pues todos consideran a Juan como un
profeta». 27Entonces contestaron a
Jesús: «No lo sabemos». Y Jesús les replicó: «Pues yo tampoco les diré con qué
autoridad hago estas cosas».
LA PARÁBOLA DE LOS DOS
HIJOS
28Jesús agregó: «Pero,
díganme su parecer: Un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero para
decirle: "Hijo, hoy tienes que ir a trabajar en la viña." 29Y él le respondió:
"No quiero". Pero después se arrepintió y fue. 30Luego el padre se acercó
al segundo y le mandó lo mismo. Este respondió: "Ya voy, señor." Pero
no fue. 31Ahora bien, ¿cuál de los dos
hizo lo que quería el padre?» Ellos contestaron: «El primero». Entonces Jesús
les dijo: «En verdad se lo digo: en el camino al Reino de los Cielos, los
publicanos y las prostitutas andan mejor que ustedes. 32Porque Juan vino a
abrirles el camino derecho, y ustedes no le creyeron, mientras que los
publicanos y las prostitutas le creyeron. Ustedes fueron testigos, pero ni con
esto se arrepintieron y le creyeron.
LOS VIÑADORES ASESINOS
(MC 12.1; LC 20)
33Escuchen este otro
ejemplo: Había un propietario que plantó una viña. La rodeó con una cerca, cavó
en ella un lagar y levantó una torre para vigilarla. Después la alquiló a unos
labradores y se marchó a un país lejano. 34Cuando llegó el tiempo de la
vendimia, el dueño mandó a sus sirvientes que fueran donde aquellos labradores
y cobraran su parte de la cosecha. 35Pero los labradores tomaron a los
enviados, apalearon a uno, mataron a otro y a otro lo apedrearon. 36El propietario volvió a
enviar a otros servidores más numerosos que la primera vez, pero los trataron
de la misma manera. 37Por último envió a su hijo, pensando: A mi hijo lo
respetarán. 38Pero los trabajadores, al ver al hijo, se dijeron: Ese es el heredero.
Lo matamos y así nos quedamos con su herencia. 39Lo tomaron, pues, lo echaron fuera
de la viña y lo mataron. 40Ahora bien, cuando venga el dueño de la viña, ¿qué hará con
esos labradores?» 41Le contestaron: «Hará morir sin compasión a esa gente tan
mala, y arrendará la viña a otros labradores que le paguen a su debido tiempo».
42Jesús agregó: «¿No han
leído cierta Escritura? Dice así: La piedra que los constructores desecharon
llegó a ser la piedra principal del edificio; ésa fue la obra del Señor y nos
dejó maravillados. 43Ahora yo les digo a ustedes: Se les quitará el Reino de los
Cielos, y será entregado a un pueblo que le hará producir sus frutos». (44), 45Al oír estos ejemplos,
los jefes de los sacerdotes y los fariseos comprendieron que Jesús se refería a
ellos. 46Hubieran deseado
arrestarlo, pero tuvieron miedo del pueblo que lo consideraba como un profeta.
CAPÍTULO 22
EL BANQUETE DE BODAS (LC
14,15)
1Jesús siguió hablándoles
por medio de parábolas: 2«Aprendan algo del Reino de los Cielos. Un rey preparaba
las bodas de su hijo, 3por lo que mandó a sus servidores a llamar a los invitados
a la fiesta. Pero éstos no quisieron venir. 4De nuevo envió a otros servidores,
con orden de decir a los invitados: He preparado un banquete, ya hice matar
terneras y otros animales gordos y todo está a punto. Vengan, pues, a la fiesta
de la boda. 5Pero
ellos no hicieron caso, sino que se fueron, unos a sus campos y otros a sus
negocios. 6Los demás tomaron a los
servidores del rey, los maltrataron y los mataron. 7El rey se enojó y envió a
sus tropas, que dieron muerte a aquellos asesinos e incendiaron su ciudad. 8Después dijo a sus
servidores: El banquete de bodas sigue esperando, pero los que habían sido
invitados no eran dignos. 9Vayan, pues, a las esquinas de las calles e inviten a la
fiesta a todos los que encuentren. 10Los servidores salieron
inmediatamente a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y
buenos, de modo que la sala se llenó de invitados. 11Después entró el rey para
conocer a los que estaban sentados a la mesa, y vio un hombre que no se había
puesto el traje de fiesta. 12Le dijo: Amigo, ¿cómo es que has entrado sin traje de
bodas? El hombre se quedó callado. 13Entonces el rey dijo a sus
servidores: Atenlo de pies y manos y échenlo a las tinieblas de fuera. Allí
será el llorar y el rechinar de dientes. 14Sepan que muchos son llamados, pero
pocos son elegidos».
EL IMPUESTO DEBIDO AL
CÉSAR (MC 12,13; LC 20,20)
15Los fariseos se movieron
para ver juntos el modo de atrapar a Jesús en sus propias palabras. 16Le enviaron, pues,
discípulos suyos junto con algunos partidarios de Herodes a decirle: «Maestro,
sabemos que eres honrado, y que enseñas con sinceridad el camino de Dios. No te
preocupas por quién te escucha, ni te dejas influenciar por nadie. 17Danos, pues, tu parecer:
¿Está contra la Ley pagar el impuesto al César? ¿Debemos pagarlo o no?» 18Jesús se dio cuenta de
sus malas intenciones y les contestó: «¡Hipócritas! ¿Por qué me ponen trampas? 19Muéstrenme la moneda que
se les cobra». Y ellos le mostraron un denario. 20Entonces Jesús preguntó: «¿De quién
es esta cara y el nombre que lleva escrito?» Contestaron: «Del César». 21Jesús les replicó:
«Devuelvan, pues, al César las cosas del César, y a Dios lo que corresponde a
Dios». 22Con esta respuesta
quedaron muy sorprendidos. Dejaron a Jesús y se marcharon.
LA RESURRECCIÓN DE LOS
MUERTOS (MC 12,18; LC 20,27)
23Ese mismo día vinieron a
él algunos saduceos. Según ellos, no hay resurrección de los muertos, y por eso
mismo le propusieron este caso: 24«Maestro, Moisés dijo que si alguno muere sin tener
hijos, el hermano del difunto debe casarse con la viuda para darle un hijo, que
será considerado descendiente del difunto. 25Sucedió que había entre nosotros
siete hermanos. Se casó el mayor y murió, y al no tener hijos, dejó su mujer a
su hermano. 26Lo mismo pasó con el segundo y el tercero, hasta el séptimo. 27Después de todos ellos
murió también la mujer. 28Ahora bien, cuando venga la resurrección de los muertos,
¿cuál de los siete se quedará con esta mujer, si todos la tuvieron?» 29Jesús contestó: «Ustedes
andan muy equivocados. Ustedes no entienden ni las Escrituras ni el poder de
Dios. 30Primeramente, en la
resurrección no se toma mujer ni esposo, sino que son como ángeles en el Cielo.
31Y en cuanto a saber si
hay resurrección de los muertos, ¿no han leído lo que Dios les dijo: 32Yo soy el Dios de
Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob? Él no es un Dios de muertos, sino
de vivos». 33Era mucha la gente que escuchaba a Jesús, y estaba asombrada de sus
enseñanzas. 34Cuando los fariseos supieron que Jesús había hecho callar a los
saduceos, se juntaron en torno a él. 35Uno de ellos, que era maestro de la
Ley, trató de ponerlo a prueba con esta pregunta: 36«Maestro, ¿cuál es el mandamiento
más importante de la Ley?». 37Jesús le dijo: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu
corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. 38Este es el gran mandamiento, el
primero. 39Pero hay otro muy
parecido: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. 40Toda la Ley y los Profetas se
fundamentan en estos dos mandamientos».
EL MESÍAS, HIJO Y SEÑOR
DE DAVID (MC 12,35; LC 20,41)
41Aprovechando que los
fariseos estaban allí reunidos, 42Jesús les preguntó: «¿Qué piensan ustedes del Mesías?
¿De quién tiene que ser hijo?» Contestaron: «De David». 43Jesús entonces añadió:
«¿Cómo es que David llama al Mesías su Señor en un texto inspirado? 44En un salmo dice: El
Señor ha dicho a mi Señor: Siéntate a mi derecha hasta que ponga a tus enemigos
bajo tus pies. 45Si David lo llama su Señor, ¿cómo puede ser hijo suyo?» 46Y nadie supo qué
contestarle. Desde ese día nadie se atrevió a hacerle más preguntas.
CAPÍTULO 23
NO IMITEN A LOS MAESTROS
DE LA LEY (LC 20,45; MC 12,38)
1Entonces Jesús habló
tanto para el pueblo como para sus discípulos: 2«Los maestros de la Ley y los
fariseos han ocupado el puesto que dejó Moisés. 3Hagan y cumplan todo lo que ellos
dicen, pero no los imiten, porque ellos enseñan y no practican. 4Preparan pesadas cargas,
muy difíciles de llevar, y las echan sobre las espaldas de la gente, pero ellos
ni siquiera levantan un dedo para moverlas. 5Todo lo hacen para ser vistos por
los hombres. Miren esas largas citas de la Ley que llevan en la frente, y los
largos flecos de su manto. 6Les gusta ocupar los primeros lugares en los banquetes y
los asientos reservados en las sinagogas. 7Les agrada que los saluden en las
plazas y que la gente los llame Maestro. 8Lo que es ustedes, no se dejen
llamar Maestro, porque no tienen más que un Maestro, y todos ustedes son
hermanos. 9No llamen Padre a nadie
en la tierra, porque ustedes tienen un solo Padre, el que está en el Cielo. 10Tampoco se dejen ustedes
llamar Guía, porque ustedes no tienen más Guía que Cristo. 11El más grande entre
ustedes se hará el servidor de todos. 12Porque el que se pone por encima,
será humillado, y el que se rebaja, será puesto en alto.
SIETE MALDICIONES CONTRA
LOS FARISEOS (LC 11,39)
13Por lo tanto, ¡ay de
ustedes, maestros de la Ley y fariseos, que son unos hipócritas! Ustedes
cierran a la gente el Reino de los Cielos. No entran ustedes, ni dejan entrar a
los que querrían hacerlo. 14¡Ay de ustedes, maestros de la Ley y fariseos, que son unos
hipócritas! 15Ustedes recorren mar y tierra para ganar un pagano, y cuando se ha
convertido, lo transforman en un hijo del demonio, mucho peor que ustedes. 16¡Ay de ustedes, que son
guías ciegos! Ustedes dicen: Jurar por el Templo no obliga, pero jurar por el
tesoro del Templo, sí. 17¡Torpes y ciegos! ¿Qué vale más, el oro mismo, o el Templo
que hace del oro una cosa sagrada? 18Ustedes dicen: Si alguno jura por el
altar, no queda obligado; pero si jura por las ofrendas puestas sobre el altar,
queda obligado. ¡Ciegos! 19¿Qué vale más, lo que se ofrece sobre el altar, o el altar
que hace santa la ofrenda? 20El que jura por el altar, jura por el altar y por lo que se
pone sobre él. 21El que jura por el Templo, jura por él y por Dios que habita en el
Templo. 22El que jura por el Cielo,
jura por el trono de Dios y por Aquel que está sentado en él. 23¡Ay de ustedes, maestros
de la Ley y fariseos, que son unos hipócritas! Ustedes pagan el diezmo hasta
sobre la menta, el anís y el comino, pero no cumplen la Ley en lo que realmente
tiene peso: la justicia, la misericordia y la fe. Ahí está lo que ustedes
debían poner por obra, sin descartar lo otro. 24¡Guías ciegos! Ustedes cuelan un
mosquito, pero se tragan un camello. 25¡Ay de ustedes, maestros de la Ley y
fariseos, que son unos hipócritas! Ustedes purifican el exterior del plato y de
la copa, después que la llenaron de robos y violencias. 26¡Fariseo ciego! Purifica
primero lo que está dentro, y después purificarás también el exterior. 27¡Ay de ustedes, maestros
de la Ley y fariseos, que son unos hipócritas! Ustedes son como sepulcros bien
pintados, que se ven maravillosos, pero que por dentro están llenos de huesos y
de toda clase de podredumbre. 28Ustedes también aparentan como que fueran personas
muy correctas, pero en su interior están llenos de falsedad y de maldad. 29¡Ay de ustedes, maestros
de la Ley y fariseos, que son unos hipócritas! Ustedes construyen sepulcros
para los profetas y adornan los monumentos de los hombres santos. 30También dicen: Si
nosotros hubiéramos vivido en tiempos de nuestros padres, no habríamos
consentido que mataran a los profetas. 31Así ustedes se proclaman hijos de
quienes asesinaron a los profetas. 32¡Terminen, pues, de hacer lo que sus
padres comenzaron! 33¡Serpientes, raza de víboras!, ¿cómo lograrán escapar de la
condenación del infierno? 34Desde ahora les voy a enviar profetas, sabios y maestros,
pero ustedes los degollarán y crucificarán, y a otros los azotarán en las
sinagogas o los perseguirán de una ciudad a otra. 35Al final recaerá sobre ustedes toda
la sangre inocente que ha sido derramada sobre la tierra, desde la sangre del
justo Abel hasta la sangre de Zacarías, hijo de Baraquías, al que ustedes
mataron ante el altar, dentro del Templo. 36En verdad les digo: esta generación
pagará por todo eso. 37¡Jerusalén, Jerusalén! ¡Qué bien matas a los profetas y
apedreas a los que Dios te envía! ¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos,
como la gallina reúne a sus pollitos bajo las alas, y tú no has querido! 38Por eso se van a quedar
ustedes con su templo vacío. 39Y les digo que ya no me volverán a ver hasta que
digan: ¡Bendito sea el que viene en nombre del Señor!»
CAPÍTULO 24
LA DESTRUCCIÓN DE JERUSALÉN
Y EL FIN DEL MUNDO
(MC 13; LC 21; 17,23;
12,36)
1Jesús salió del Templo, y
mientras caminaba, sus discípulos le hacían notar las imponentes construcciones
del Templo. 2Jesús
les dijo: «¿Ven todo eso? En verdad les digo: no quedará ahí piedra sobre
piedra. Todo será destruido». 3Como Jesús después se sentara en el monte de los Olivos,
los discípulos se acercaron y le preguntaron en privado: «Dinos cuándo ocurrirá
todo eso. ¿Qué señales anunciarán tu venida y el fin de la historia?» 4Jesús les contestó: «No
se dejen engañar 5cuando varios usurpen mi nombre y digan: Yo soy el Mesías.
Pues engañarán a mucha gente. 6Ustedes oirán hablar de guerras y de rumores de guerra.
Pero no se alarmen; todo eso tiene que pasar, pero no será todavía el fin. 7Unas naciones lucharán
contra otras y se levantará un reino contra otro reino; habrá hambre y
terremotos en diversos lugares. 8Esos serán los primeros dolores del parto. 9Entonces los denunciarán
a ustedes, y serán torturados y asesinados. Todas las naciones los odiarán por
mi causa. 10En esos días muchos
tropezarán y caerán; de repente se odiarán y se traicionarán unos a otros. 11Aparecerán falsos
profetas, que engañarán a mucha gente, 12y tanta será la maldad, que el amor
se enfriará en muchos. 13Pero el que se mantenga firme hasta el fin, ése se salvará.
14Esta Buena Nueva del
Reino será proclamada en el mundo entero, y todas las naciones oirán el
mensaje; después vendrá el fin. 15Cuando ustedes vean lo anunciado por el profeta
Daniel: el ídolo del invasor instalado en el Templo (que el lector sepa
entender), 16entonces los que estén en Judea huyan a los montes. 17Si estás en la azotea de
tu casa, no te demores ni vayas dentro a buscar tus cosas. 18Si te hallas en el campo,
no vuelvas a buscar tu manto. 19¡Pobres de las que, en esos días, se hallen
embarazadas o estén criando! 20Rueguen para que no les toque huir en invierno o en
día sábado. 21Porque será una prueba tan enorme como no ha habido igual desde el
principio del mundo hasta ahora, ni jamás la volverá a haber. 22Y si ese tiempo no fuera
acortado, nadie saldría con vida. Pero Dios lo acortará en consideración a sus
elegidos. 23Entonces, si alguien les
dice: Miren, el Mesías está aquí o está allá, no le crean. 24Porque se presentarán
falsos mesías y falsos profetas, que harán cosas maravillosas y prodigios
capaces de engañar, si fuera posible, aun a los elegidos de Dios. 25Miren que yo se lo he
advertido de antemano. 26Por tanto, si alguien les dice: ¡Está en el desierto!, no
vayan. Si dicen: ¡Está en tal lugar retirado!, no lo crean. 27Pues así como refulge el
relámpago desde el oriente e inflama el cielo hasta el poniente, así será la
venida del Hijo del Hombre. 28En otras palabras: «Donde hay un cadáver, allí se juntan
los buitres».
LA VENIDA DEL HIJO DEL
HOMBRE (MC 12,38; LC 17,29)
29Después de esos días de
angustia, el sol se oscurecerá, la luna perderá su brillo, caerán las estrellas
del cielo y se bambolearán los mecanismos del universo. 30Entonces aparecerá en el
cielo la señal del Hijo del Hombre. Mientras todas las razas de la tierra se
golpearán el pecho, verán al Hijo del Hombre viniendo sobre las nubes del cielo
con el poder divino y la plenitud de la gloria. 31Enviará a sus ángeles, que tocarán
la trompeta y reunirán a los elegidos de los cuatro puntos cardinales, de un
extremo al otro del mundo. 32Aprendan esta lección de la higuera: Cuando están ya
tiernas sus ramas y empiezan a brotar las hojas, ustedes saben que se acerca el
verano. 33Asimismo, cuando ustedes
noten todas estas cosas que les he dicho, sepan que el tiempo ya está cerca, a
las puertas. 34En verdad les digo: No pasará esta generación, hasta que sucedan todas
estas cosas. 35Pasarán el cielo y la tierra, pero mis palabras no pasarán. 36Por lo que se refiere a
ese Día y cuándo vendrá, nadie lo sabe, ni siquiera los ángeles de Dios, ni aun
el Hijo, sino solamente el Padre. 37La venida del Hijo del Hombre
recordará los tiempos de Noé. 38Unos pocos días antes del diluvio, la gente seguía
comiendo y bebiendo, y se casaban hombres y mujeres, hasta el día en que Noé
entró en el arca. 39No se dieron cuenta de nada hasta que vino el diluvio y se
los llevó a todos. Lo mismo sucederá con la venida del Hijo del Hombre: 40de dos hombres que estén
juntos en el campo, uno será tomado, y el otro no; 41de dos mujeres que estén
juntas moliendo trigo, una será tomada, y la otra no.
ESTÉN ALERTA
42Por eso estén despiertos,
porque no saben en qué día vendrá su Señor. 43Fíjense en esto: si un dueño de casa
supiera a qué hora de la noche lo va a asaltar un ladrón, seguramente
permanecería despierto para impedir el asalto a su casa. 44Por eso, estén también
ustedes preparados, porque el Hijo del Hombre vendrá a la hora que menos
esperan. 45Imagínense un
administrador digno de confianza y capaz. Su señor lo ha puesto al frente de su
familia, y es él quien les reparte el alimento a su debido tiempo. 46Afortunado será este
servidor si, al venir su señor, lo encuentra cumpliendo su deber. 47En verdad les digo: su
señor lo pondrá al cuidado de todo lo que tiene. 48No será así con el servidor malo que
piensa: «Mi señor se ha retrasado», 49y empieza a maltratar a sus
compañeros y a comer y a beber con borrachos. 50El patrón de ese servidor vendrá en
el día que no lo espera y a la hora que menos piensa. 51Le quitará el puesto y lo
mandará donde los hipócritas: allí será el llorar y el rechinar de dientes.
CAPÍTULO 25
PARÁBOLA DE LAS DIEZ
JÓVENES (MC 13,35; LC 13,25)
1Escuchen, pues, lo que
pasará entonces en el Reino de los Cielos. Diez jóvenes salieron con sus
lámparas para salir al encuentro del novio. 2Cinco de ellas eran descuidadas y
las otras cinco precavidas. 3Las descuidadas tomaron sus lámparas como estaban, sin
llevar más aceite consigo. 4Las precavidas, en cambio, junto con las lámparas, llevaron
sus botellas de aceite. 5Como el novio se demoraba en llegar, se adormecieron todas
y al fin se quedaron dormidas. 6Al llegar la medianoche, se oyó un gritó: «¡Viene el novio,
salgan a su encuentro!» 7Todas las jóvenes se despertaron y prepararon sus lámparas.
8Entonces las descuidadas
dijeron a las precavidas: «Dennos un poco de su aceite, porque nuestras
lámparas se están apagando». 9Las precavidas dijeron: «No habría bastante para ustedes y
para nosotras; vayan mejor a donde lo venden, y compren para ustedes». 10Mientras fueron a comprar
el aceite, llegó el novio; las que estaban listas entraron con él a la fiesta
de las bodas, y se cerró la puerta. 11Más tarde llegaron las otras jóvenes
y llamaron: «Señor, Señor, ábrenos». 12Pero él respondió: «En verdad, se lo
digo: no las conozco». 13Por tanto, estén despiertos, porque no saben el día ni la
hora.
PARÁBOLA DE LOS TALENTOS
(LC 19,12; MC 4,25; 13,34)
14Escuchen también esto. Un
hombre estaba a punto de partir a tierras lejanas, y reunió a sus servidores
para confiarles todas sus pertenencias. 15Al primero le dio cinco talentos de
oro, a otro le dio dos, y al tercero solamente uno, a cada cual según su
capacidad. Después se marchó. 16El que recibió cinco talentos negoció en seguida con
el dinero y ganó otros cinco. 17El que recibió dos hizo otro tanto, y ganó otros dos.
18Pero el que recibió uno
cavó un hoyo en la tierra y escondió el dinero de su patrón. 19Después de mucho tiempo,
vino el señor de esos servidores, y les pidió cuentas. 20El que había recibido
cinco talentos le presentó otros cinco más, diciéndole: «Señor, tú me
entregaste cinco talentos, pero aquí están otros cinco más que gané con ellos».
21El patrón le contestó:
«Muy bien, servidor bueno y honrado; ya que has sido fiel en lo poco, yo te voy
a confiar mucho más. Ven a compartir la alegría de tu patrón». 22Vino después el que
recibió dos, y dijo: «Señor, tú me entregaste dos talentos, pero aquí tienes
otros dos más que gané con ellos». 23El patrón le dijo: «Muy bien,
servidor bueno y honrado; ya que has sido fiel en lo poco, yo te confiaré mucho
más. Ven a compartir la alegría de tu patrón». 24Por último vino el que había
recibido un solo talento y dijo: «Señor, yo sabía que eres un hombre exigente,
que cosechas donde no has sembrado y recoges donde no has invertido. 25Por eso yo tuve miedo y
escondí en la tierra tu dinero. Aquí tienes lo que es tuyo». 26Pero su patrón le
contestó: «¡Servidor malo y perezoso! Si sabías que cosecho donde no he
sembrado y recojo donde no he invertido, 27debías haber colocado mi dinero en
el banco. A mi regreso yo lo habría recuperado con los intereses. 28Quítenle, pues, el
talento y entréguenselo al que tiene diez. 29Porque al que produce se le dará y
tendrá en abundancia, pero al que no produce se le quitará hasta lo que tiene. 30Y a ese servidor inútil,
échenlo a la oscuridad de afuera: allí será el llorar y el rechinar de
dientes».
EL JUICIO FINAL (LC 9,26)
31Cuando el Hijo del Hombre
venga en su gloria rodeado de todos sus ángeles, se sentará en el trono de
Gloria, que es suyo. 32Todas las naciones serán llevadas a su presencia, y
separará a unos de otros, al igual que el pastor separa las ovejas de los
chivos. 33Colocará a las ovejas a
su derecha y a los chivos a su izquierda. 34Entonces el Rey dirá a los que están
a su derecha: «Vengan, benditos de mi Padre, y tomen posesión del reino que ha
sido preparado para ustedes desde el principio del mundo. 35Porque tuve hambre y
ustedes me dieron de comer; tuve sed y ustedes me dieron de beber. Fui
forastero y ustedes me recibieron en su casa. 36Anduve sin ropas y me vistieron.
Estuve enfermo y fueron a visitarme. Estuve en la cárcel y me fueron a ver». 37Entonces los justos
dirán: «Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te dimos de comer, o sediento y te
dimos de beber? 38¿Cuándo te vimos forastero y te recibimos, o sin ropa y te vestimos? 39¿Cuándo te vimos enfermo
o en la cárcel, y te fuimos a ver? 40El Rey responderá: «En verdad les
digo que, cuando lo hicieron con alguno de los más pequeños de estos mis
hermanos, me lo hicieron a mí». 41Dirá después a los que estén a la izquierda:
«¡Malditos, aléjense de mí y vayan al fuego eterno, que ha sido preparado para
el diablo y para sus ángeles! 42Porque tuve hambre y ustedes no me dieron de comer;
tuve sed y no me dieron de beber; 43era forastero y no me recibieron en
su casa; estaba sin ropa y no me vistieron; estuve enfermo y encarcelado y no
me visitaron». 44Estos preguntarán también: «Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o
sediento, desnudo o forastero, enfermo o encarcelado, y no te ayudamos?» 45El Rey les responderá:
«En verdad les digo: siempre que no lo hicieron con alguno de estos más
pequeños, ustedes dejaron de hacérmelo a mí». 46Y éstos irán a un suplicio eterno, y
los buenos a la vida eterna».
CAPÍTULO 26
1Cuando Jesús terminó
todos estos discursos, dijo a sus discípulos: 2«Ustedes saben que la Pascua cae
dentro de dos días, y el Hijo del Hombre será entregado para ser crucificado». 3Por entonces, los jefes
de los sacerdotes y las autoridades judías se reunieron en el palacio del sumo
sacerdote, que se llamaba Caifás, 4y se pusieron de acuerdo para
detener a Jesús con artimaña y darle muerte. 5Pero se decían: «No será durante la
fiesta, para que el pueblo no se alborote».
LA UNCIÓN EN BETANIA (JN
12; MC 14,9)
6Jesús se encontraba en
Betania, en casa de Simón el leproso. 7Se acercó a él una mujer mientras
estaba a la mesa, con un frasco de mármol precioso lleno de un perfume muy
caro, y se lo derramó en la cabeza. 8Al ver esto, los discípulos
protestaban: «¿Para qué tanto derroche? 9Este perfume se podía haber vendido
muy caro, para ayudar a los pobres». 10Jesús se dio cuenta y les dijo:
«¿Por qué molestan a esta mujer? Lo que ha hecho conmigo es realmente una buena
obra. 11Siempre tienen a los
pobres con ustedes, pero a mí no me tendrán siempre. 12Al derramar este perfume
sobre mi cuerpo, ella preparaba mi entierro. 13En verdad les digo: dondequiera que
se proclame el Evangelio, en todo el mundo, se contará también su gesto, y será
su gloria». 14Entonces uno de los Doce, que se llamaba Judas Iscariote, se presentó a
los jefes de los sacerdotes 15y les dijo: «¿Cuánto me darán si se lo entrego?» Ellos
prometieron darle treinta monedas de plata. 16Y a partir de ese momento, Judas
andaba buscando una oportunidad para entregárselo.
LA ULTIMA CENA (MC 14,12;
LC 22,7; JN 13,1)
17El primer día de la
Fiesta en que se comía el pan sin levadura, los discípulos se acercaron a Jesús
y le dijeron: «¿Dónde quieres que preparemos la comida de la Pascua?» 18Jesús contestó: «Vayan a
la ciudad, a casa de tal hombre, y díganle: El Maestro te manda decir: Mi hora
se acerca y quiero celebrar la Pascua con mis discípulos en tu casa». 19Los discípulos hicieron
tal como Jesús les había ordenado y prepararon la Pascua. 20Llegada la tarde, Jesús
se sentó a la mesa con los Doce. 21Y mientras comían, les dijo: «En verdad les digo: uno
de ustedes me va a traicionar». 22Se sintieron profundamente afligidos, y uno a uno
comenzaron a preguntarle: «¿Seré yo, Señor?» 23El contestó: «El que me va a
entregar es uno de los que mojan su pan conmigo en el plato. 24El Hijo del Hombre se va,
como dicen las Escrituras, pero ¡pobre de aquel que entrega al Hijo del Hombre!
¡Sería mejor para él no haber nacido!». 25Judas, el que lo iba a entregar, le
preguntó también: «¿Seré yo acaso, Maestro?» Jesús respondió: «Tú lo has
dicho». 26Mientras comían, Jesús
tomó pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos,
diciendo: «Tomen y coman; esto es mi cuerpo». 27Después tomó una copa, dio gracias y
se la pasó diciendo: «Beban todos de ella: 28esto es mi sangre, la sangre de la
Alianza, que es derramada por una muchedumbre, para el perdón de sus pecados. 29Y les digo que desde
ahora no volveré a beber del zumo de cepas, hasta el día en que lo beba nuevo
con ustedes en el Reino de mi Padre». 30Después de cantar los salmos,
partieron para el monte de los Olivos. 31Entonces Jesús les dijo: «Todos
ustedes caerán esta noche: ya no sabrán qué pensar de mí. Pues dice la
Escritura: Heriré al Pastor y se dispersarán las ovejas. 32Pero después de mi
resurrección iré delante de ustedes a Galilea». 33Pedro empezó a decirle: «Aunque
todos tropiecen, yo nunca dudaré de ti». 34Jesús le replicó: «Yo te aseguro que
esta misma noche, antes de que cante el gallo, me habrás negado tres veces». 35Pedro insistió: «Aunque
tenga que morir contigo, jamás te negaré». Y los demás discípulos le aseguraban
lo mismo.
EN EL HUERTO DE GETSEMANÍ
(MC 14,26; LC 22,39)
36Llegó Jesús con ellos a
un lugar llamado Getsemaní y dijo a sus discípulos: «Siéntense aquí, mientras
yo voy más allá a orar». 37Tomó consigo a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo y comenzó
a sentir tristeza y angustia. 38Y les dijo: «Siento una tristeza de muerte. Quédense
aquí conmigo y permanezcan despiertos». 39Fue un poco más adelante y,
postrándose hasta tocar la tierra con su cara, oró así: «Padre, si es posible,
que esta copa se aleje de mí. Pero no se haga lo que yo quiero, sino lo que
quieres tú». 40Volvió donde sus discípulos, y los halló dormidos; y dijo a Pedro: «¿De
modo que no pudieron permanecer despiertos ni una hora conmigo? 41Estén despiertos y recen
para que no caigan en la tentación. El espíritu es animoso, pero la carne es
débil». 42De nuevo se apartó por
segunda vez a orar: «Padre, si esta copa no puede ser apartada de mí sin que yo
la beba, que se haga tu voluntad». 43Volvió otra vez donde los discípulos
y los encontró dormidos, pues se les cerraban los ojos de sueño. 44Los dejó, pues, y fue de
nuevo a orar por tercera vez repitiendo las mismas palabras. 45Entonces volvió donde los
discípulos y les dijo: «¡Ahora pueden dormir y descansar! Ha llegado la hora y
el Hijo del Hombre es entregado en manos de pecadores. 46¡Levántense, vamos! El
traidor ya está por llegar».
TOMAN PRESO A JESÚS
47Estaba todavía hablando,
cuando llegó Judas, uno de los Doce. Iba acompañado de una chusma armada con
espadas y garrotes, enviada por los jefes de los sacerdotes y por las
autoridades judías. 48El traidor les había dado esta señal: «Al que yo dé un
beso, ése es; arréstenlo». 49Se fue directamente donde Jesús y le dijo: «Buenas noches,
Maestro». Y le dio un beso. 50Jesús le dijo: «Amigo, haz lo que vienes a hacer». Entonces
se acercaron a Jesús y lo arrestaron. 51Uno de los que estaban con Jesús
sacó la espada e hirió al sirviente del sumo sacerdote, cortándole una oreja. 52Entonces Jesús le dijo:
«Vuelve la espada a su sitio, pues quien usa la espada, perecerá por la espada.
53¿No sabes que podría
invocar a mi Padre y él, al momento, me mandaría más de doce ejércitos de
ángeles? 54Pero así había de
suceder, y tienen que cumplirse las Escrituras». 55En ese momento, Jesús dijo a la
gente: «A lo mejor buscan un ladrón y por eso salieron a detenerme con espadas
y palos. Yo sin embargo me sentaba diariamente entre ustedes en el Templo para
enseñar, y no me detuvieron. 56Pero todo ha pasado para que así se cumpliera lo
escrito en los Profetas». Entonces todos los discípulos abandonaron a Jesús y
huyeron.
JESÚS COMPARECE ANTE EL
CONSEJO JUDÍO (MC 14,53; LC 22,54)
57Los que tomaron preso a
Jesús lo llevaron a casa del sumo sacerdote Caifás, donde se habían reunido los
maestros de la Ley y las autoridades judías. 58Pedro lo iba siguiendo de lejos,
hasta llegar al palacio del sumo sacerdote. Entró en el patio y se sentó con
los policías del Templo, para ver en qué terminaba todo. 59Los jefes de los
sacerdotes y el Consejo Supremo andaban buscando alguna declaración falsa
contra Jesús, para poderlo condenar a muerte. 60Pero pasaban los falsos testigos y
no se encontraba nada. Al fin llegaron dos 61que declararon: «Este hombre dijo:
Yo soy capaz de destruir el Templo de Dios y de reconstruirlo en tres días». 62Entonces el sumo
sacerdote se puso de pie y preguntó a Jesús: «¿No tienes nada que responder?
¿Qué es esto que declaran en contra tuya?» 63Pero Jesús se quedó callado. Entonces el sumo sacerdote le dijo: «En el
nombre del Dios vivo te ordeno que nos contestes: ¿Eres tú el Mesías, el Hijo
de Dios?» 64Jesús le respondió: «Así es, tal como tú lo has dicho. Y yo les
digo más: a partir de ahora ustedes contemplarán al Hijo del Hombre sentado a
la derecha del Dios Todopoderoso, y lo verán venir sobre las nubes del cielo». 65Entonces el sumo
sacerdote se rasgó las ropas, diciendo: «¡Ha blasfemado! ¿Para qué necesitamos
más testigos? Ustedes mismos acaban de oír estas palabras blasfemas. 66¿Qué deciden ustedes?»
Ellos contestaron: «¡Merece la muerte!» 67Luego comenzaron a escupirle en la
cara y a darle bofetadas, mientras otros lo golpeaban 68diciéndole: «Mesías,
¡adivina quién te pegó!»
LAS NEGACIONES DE PEDRO
(MC 14,66; LC 22,56)
69Mientras Pedro estaba
sentado fuera, en el patio, se le acercó una sirvienta de la casa y le dijo:
«Tú también estabas con Jesús de Galilea». 70Pero él lo negó delante de todos,
diciendo: «No sé de qué estás hablando». 71Y como Pedro se dirigiera hacia la
salida, lo vio otra sirvienta, que dijo a los presentes: «Este hombre andaba
con Jesús de Nazaret». 72Pedro lo negó por segunda vez, jurando: «Yo no conozco a
ese hombre». 73Un poco después se acercaron los que estaban allí y dijeron a Pedro:
«Sin duda que eres uno de los galileos: se nota por tu modo de hablar». 74Entonces Pedro empezó a
proferir maldiciones y a afirmar con juramento que no conocía a aquel hombre. Y
en aquel mismo momento cantó un gallo. 75Entonces Pedro se acordó de las
palabras que Jesús le había dicho: «Antes de que cante el gallo me negarás tres
veces». Y saliendo fuera, lloró amargamente.
CAPÍTULO 27
1Al amanecer, todos los
jefes de los sacerdotes y las autoridades judías celebraron una reunión para
decidir la manera de hacer morir a Jesús. 2Luego lo ataron y lo llevaron para
entregárselo a Pilato, el gobernador.
LA MUERTE DE JUDAS
3Cuando Judas, el traidor,
supo que Jesús había sido condenado, se llenó de remordimientos y devolvió las
treinta monedas de plata a los jefes de los sacerdotes y a los jefes judíos. 4Les dijo: «He pecado: he
entregado a la muerte a un inocente». Ellos le contestaron: «¿Qué nos importa
eso a nosotros? Es asunto tuyo». 5Entonces él, arrojando las monedas en el Templo, se marchó
y fue a ahorcarse. 6Los jefes de los sacerdotes recogieron las monedas, pero
dijeron: «No se puede echar este dinero en el tesoro del Templo, porque es
precio de sangre». 7Entonces se pusieron de acuerdo para comprar con aquel
dinero el Campo del Alfarero y lo destinaron para cementerio de extranjeros. 8Por eso ese lugar es
llamado Campo de Sangre hasta el día de hoy. 9Así se cumplió lo que había dicho el
profeta Jeremías: Tomaron las treinta monedas de plata, que fue el precio en
que lo tasaron los hijos de Israel, 10y las dieron por el Campo del
Alfarero, tal como el Señor me lo ordenó.
JESÚS COMPARECE ANTE
PILATO (MC 15,1; LC 23,2; JN 18,29)
11Jesús compareció ante el
gobernador, y éste comenzó a interrogarlo. Le preguntó: «¿Eres tú el rey de los
judíos?» Jesús contestó: «Tú eres el que lo dice». 12Los jefes de los
sacerdotes y las autoridades judías lo acusaban, pero Jesús no contestó nada. 13Pilato le dijo: «¿No oyes
todos los cargos que presentan contra ti?» 14Pero Jesús no dijo ni una palabra,
de modo que el gobernador se sorprendió mucho. 15Con ocasión de la Pascua, el
gobernador tenía la costumbre de dejar en libertad a un condenado, a elección
de la gente. 16De hecho el pueblo tenía entonces un detenido famoso, llamado Barrabás.
17Cuando se juntó toda la
gente, Pilato les dijo: «¿A quién quieren que deje libre, a Barrabás o a Jesús,
llamado el Cristo?» 18Porque sabía que le habían entregado a Jesús por envidia. 19Mientras Pilato estaba en
el tribunal, su mujer le mandó a decir: «No te metas con ese hombre porque es
un santo, y anoche tuve un sueño horrible por causa de él». 20Mientras tanto, los jefes
de los sacerdotes y los jefes de los judíos persuadieron al gentío a que pidieran
la libertad de Barrabás y la muerte de Jesús. 21Cuando el gobernador volvió a
preguntarles: «¿A cuál de los dos quieren que les suelte?», ellos contestaron:
«A Barrabás». 22Pilato les dijo: «¿Y qué hago con Jesús, llamado el Cristo?» Todos
contestaron: «¡Crucifícalo!» 23Pilato insistió: «¿Qué ha hecho de malo?» Pero ellos
gritaban cada vez con más fuerza: «¡Que sea crucificado!» 24Al darse cuenta Pilato de
que no conseguía nada, sino que más bien aumentaba el alboroto, pidió agua y se
lavó las manos delante del pueblo. Y les dijo: «Ustedes responderán por su
sangre, yo no tengo la culpa». 25Y todo el pueblo contestó: «¡Que su sangre caiga
sobre nosotros y sobre nuestros hijos!» 26Entonces Pilato les soltó a
Barrabás. Mandó azotar a Jesús y lo entregó a los que debían crucificarlo.
EL CAMINO DE LA CRUZ (MC
15,16; LC 23,11)
27Los soldados romanos
llevaron a Jesús al patio del palacio y reunieron a toda la tropa en torno a
él. 28Le quitaron sus vestidos
y le pusieron una capa de soldado de color rojo. 29Después le colocaron en la cabeza
una corona que habían trenzado con espinos y en la mano derecha le pusieron una
caña. Doblaban la rodilla ante Jesús y se burlaban de él, diciendo: «¡Viva el
rey de los judíos!» 30Le escupían en la cara, y con la caña le golpeaban en la
cabeza. 31Cuando terminaron de
burlarse de él, le quitaron la capa de soldado, le pusieron de nuevo sus ropas
y lo llevaron a crucificar. 32Por el camino se encontraron con un hombre de Cirene,
llamado Simón, y le obligaron a que cargara con la cruz de Jesús. 33Cuando llegaron al lugar
que se llama Gólgota (o Calvario), o sea, «calavera», 34le dieron a beber vino
mezclado con hiel. Jesús lo probó, pero no lo quiso beber. 35Allí lo crucificaron y
después se repartieron entre ellos la ropa de Jesús, echándola a suertes. 36Luego se sentaron a
vigilarlo. 37Encima de su cabeza habían puesto un letrero con el motivo de su
condena, en el que se leía: «Este es Jesús, el rey de los judíos». 38También crucificaron con
él a dos ladrones, uno a su derecha y el otro a su izquierda. 39Los que pasaban por allí
lo insultaban; movían la cabeza 40y decían: «¡Vaya! ¡Tú que destruyes el Templo y lo
levantas de nuevo en tres días! Si eres el Hijo de Dios, líbrate del suplicio y
baja de la cruz». 41Los jefes de los sacerdotes, los jefes de los judíos y los
maestros de la Ley también se burlaban de él. Decían: 42«¡Ha salvado a otros y no
es capaz de salvarse a sí mismo! ¡Que baje de la cruz el Rey de Israel y
creeremos en él! 43Ha puesto su confianza en Dios. Si Dios lo ama, que lo
salve, pues él mismo dijo: Soy hijo de Dios». 44Hasta los ladrones que habían sido
crucificados con él lo insultaban. 45Desde el mediodía hasta las tres de
la tarde todo el país se cubrió de tinieblas. 46A eso de las tres, Jesús gritó con
fuerza: Elí, Elí, lamá sabactani, que quiere decir: «Dios mío, Dios mío, ¿por
qué me has abandonado?» 47Al oírlo, algunos de los presentes decían: «Está llamando a
Elías». 48Uno de ellos corrió, tomó
una esponja, la empapó en vinagre y la puso en la punta de una caña para darle
de beber. 49Los otros le decían:
«Déjalo, veamos si viene Elías a salvarlo». 50Pero nuevamente Jesús dio un fuerte
grito y entregó su espíritu.
DESPUÉS DE LA MUERTE DE
JESÚS
51En ese mismo instante la
cortina del Santuario se rasgó de arriba abajo, en dos partes. 52La tierra tembló, las
rocas se partieron, los sepulcros se abrieron y resucitaron varias personas
santas que habían llegado ya al descanso. 53Estas salieron de las sepulturas
después de la resurrección de Jesús, fueron a la Ciudad Santa y se aparecieron
a mucha gente. 54El capitán y los soldados que custodiaban a Jesús, al ver el temblor y
todo lo que estaba pasando, se llenaron de terror y decían: «Verdaderamente
este hombre era Hijo de Dios». 55También estaban allí, observándolo todo, algunas
mujeres que desde Galilea habían seguido a Jesús para servirlo. 56Entre ellas estaban María
Magdalena, María, madre de Santiago y de José, y la madre de los hijos de
Zebedeo.
SEPULTAN A JESÚS (MC
15,42; LC 23,50; JN 19,38)
57Siendo ya tarde, llegó un
hombre rico de Arimatea, llamado José, que también se había hecho discípulo de
Jesús. 58Se presentó a Pilato y le
pidió el cuerpo de Jesús, y el gobernador ordenó que se lo entregaran. 59José tomó entonces el
cuerpo de Jesús, lo envolvió en una sábana limpia 60y lo colocó en el sepulcro nuevo que
se había hecho excavar en la roca. Después hizo rodar una gran piedra sobre la
entrada del sepulcro y se fue. 61Mientras tanto, María Magdalena y la otra María
estaban allí, sentadas frente al sepulcro.
ASEGURAN EL SEPULCRO
62Al día siguiente (el día
después de la Preparación de la Pascua), los jefes de los sacerdotes y los
fariseos se presentaron a Pilato 63y le dijeron: «Señor, nos hemos acordado que ese
mentiroso dijo cuando aún vivía: Después de tres días resucitaré. 64Ordena, pues, que sea
asegurado el sepulcro hasta el tercer día, no sea que vayan sus discípulos,
roben el cuerpo y digan al pueblo: Resucitó de entre los muertos. Este sería un
engaño más perjudicial que el primero». 65Pilato les respondió: «Ahí tienen
una guardia. Vayan ustedes y tomen todas las precauciones que crean
convenientes». 66Ellos, pues, fueron al sepulcro y lo aseguraron. Sellaron la piedra que
cerraba la entrada y pusieron guardia.
CAPÍTULO 28
JESÚS RESUCITADO SE
APARECE A LAS MUJERES (MC 16,1; LC 24,1; JN 20,1)
1Pasado el sábado, al
aclarar el primer día de la semana, fueron María Magdalena y la otra María a
visitar el sepulcro. 2De repente se produjo un violento temblor: el Angel del
Señor bajó del cielo, se dirigió al sepulcro, hizo rodar la piedra de la
entrada y se sentó sobre ella. 3Su aspecto era como el relámpago y sus ropas blancas como
la nieve. 4Al ver al Angel, los
guardias temblaron de miedo y se quedaron como muertos. 5El Angel dijo a las
mujeres: «Ustedes no tienen por qué temer. Yo sé que buscan a Jesús, que fue
crucificado. 6No
está aquí, pues ha resucitado, tal como lo había anunciado. Vengan a ver el
lugar donde lo habían puesto, 7pero vuelvan en seguida y digan a sus discípulos: Ha
resucitado de entre los muertos y ya se les adelanta camino a Galilea. Allí lo
verán ustedes. Con esto ya se lo dije todo». 8Ellas se fueron al instante del
sepulcro, con temor, pero con una alegría inmensa a la vez, y corrieron a
llevar la noticia a los discípulos. 9En eso Jesús les salió al encuentro
en el camino y les dijo: «Paz a ustedes». Las mujeres se acercaron, se
abrazaron a sus pies y lo adoraron. 10Jesús les dijo en seguida: «No
tengan miedo. Vayan ahora y digan a mis hermanos que se dirijan a Galilea. Allí
me verán». 11Mientras las mujeres iban, unos guardias corrieron a la ciudad y
contaron a los jefes de los sacerdotes todo lo que había pasado. 12Estos se reunieron con
las autoridades judías y acordaron dar a los soldados una buena cantidad de
dinero 13para que dijeran: «Los
discípulos de Jesús vinieron de noche y, como estábamos dormidos, se robaron el
cuerpo. 14Si esto llega a oídos de
Pilato, nosotros lo arreglaremos para que no tengan problemas». Los soldados
recibieron el dinero e hicieron como les habían dicho. 15De ahí salió la mentira
que ha corrido entre los judíos hasta el día de hoy.
JESÚS ENVÍA A SUS
APÓSTOLES
16Por su parte, los Once
discípulos partieron para Galilea, al monte que Jesús les había indicado. 17Cuando vieron a Jesús, se
postraron ante él, aunque algunos todavía dudaban. 18Jesús se acercó y les
habló así: «Me ha sido dada toda autoridad en el Cielo y en la tierra. 19Vayan, pues, y hagan que
todos los pueblos sean mis discípulos. Bautícenlos en el Nombre del Padre y del
Hijo y del Espíritu Santo, 20y enséñenles a cumplir todo lo que yo les he encomendado a
ustedes. Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin de la historia».