NUEVO TESTAMENTO
EVANGELIO SEGUN LUCAS
CAPÍTULO 1
1Algunas personas han
hecho empeño por ordenar una narración de los acontecimientos que han ocurrido
entre nosotros, 2tal
como nos han sido transmitidos por aquellos que fueron los primeros testigos y
que después se hicieron servidores de la Palabra. 3Después de haber investigado
cuidadosamente todo desde el principio, también a mí me ha parecido bueno
escribir un relato ordenado para ti, ilustre Teófilo. 4De este modo podrás
verificar la solidez de las enseñanzas que has recibido.
UN ÁNGEL ANUNCIA EL
NACIMIENTO DE JUAN BAUTISTA
5Siendo Herodes rey de
Judea, vivía allí un sacerdote llamado Zacarías. Pertenecía al grupo sacerdotal
de Abías, y su esposa, llamada Isabel, era también descendiente de una familia
de sacerdotes. 6Ambos
eran personas muy cumplidoras a los ojos de Dios y se esmeraban en practicar
todos los mandamientos y leyes del Señor. 7No tenían hijos, pues Isabel no
podía tener familia, y los dos eran ya de edad avanzada. 8Mientras Zacarías y los
otros sacerdotes de su grupo estaban oficiando ante el Señor, 9le tocó a él en suerte,
según las costumbres de los sacerdotes, entrar en el Santuario del Señor para
ofrecer el incienso. 10Cuando llegó la hora del incienso, toda la gente estaba
orando afuera, en los patios. 11En esto se le apareció un ángel del Señor, de pie, al
lado derecho del altar del incienso. 12Zacarías se turbó al verlo y el
temor se apoderó de él. 13Pero el ángel le dijo: «No temas, Zacarías, porque tu
oración ha sido escuchada. Tu esposa Isabel te dará un hijo y le pondrás por
nombre Juan. 14Será para ti un gozo muy grande, y muchos más se alegrarán con su
nacimiento, 15porque este hijo tuyo será un gran servidor del Señor. No beberá vino
ni licor, y estará lleno del Espíritu Santo ya desde el seno de su madre. 16Por medio de él muchos
hijos de Israel volverán al Señor, su Dios. 17El mismo abrirá el camino al Señor
con el espíritu y el poder del profeta Elías, reconciliará a padres e hijos y
llevará a los rebeldes a la sabiduría de los buenos. De este modo preparará al
Señor un pueblo bien dispuesto». 18Zacarías dijo al ángel: «¿Quién me lo puede asegurar?
Yo ya soy viejo y mi esposa también». 19El ángel contestó: «Yo soy Gabriel,
el que tiene entrada al consejo de Dios, y he sido enviado para hablar contigo
y comunicarte esta buena noticia. 20Mis palabras se cumplirán a su
debido tiempo, pero tú, por no haber creído, te vas a quedar mudo y no podrás
hablar hasta el día en que todo esto ocurra». 21El pueblo estaba esperando a
Zacarías, y se extrañaban de que se demorase tanto en el Santuario. 22Cuando finalmente salió,
no podía hablarles, y comprendieron que había tenido alguna visión en el
Santuario. Intentaba comunicarse por señas, pues permanecía mudo. 23Al terminar el tiempo de
su servicio, Zacarías regresó a su casa, 24y poco después su esposa Isabel
quedó embarazada. Durante cinco meses permaneció retirada, pensando: 25«¡Qué no ha hecho por mí
el Señor! Es ahora cuando quiso liberarme de mi vergüenza».
LA ANUNCIACIÓN (MT 1,18)
26Al sexto mes el ángel
Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, 27a una joven virgen que
estaba comprometida en matrimonio con un hombre llamado José, de la familia de
David. La virgen se llamaba María. 28Llegó el ángel hasta ella y le dijo:
«Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo». 29María quedó muy conmovida
al oír estas palabras, y se preguntaba qué significaría tal saludo. 30Pero el ángel le dijo:
«No temas, María, porque has encontrado el favor de Dios. 31Concebirás en tu seno y
darás a luz un hijo, al que pondrás el nombre de Jesús. 32Será grande y justamente
será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de su antepasado
David; 33gobernará por siempre al
pueblo de Jacob y su reinado no terminará jamás». 34María entonces dijo al ángel: «¿Cómo
puede ser eso, si yo soy virgen?» 35Contestó el ángel: «El Espíritu
Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por
eso el niño santo que nacerá de ti será llamado Hijo de Dios. 36También tu parienta
Isabel está esperando un hijo en su vejez, y aunque no podía tener familia, se
encuentra ya en el sexto mes del embarazo. 37Para Dios, nada es imposible». 38Dijo María: «Yo soy la
servidora del Señor, hágase en mí tal como has dicho». Después la dejó el
ángel.
MARÍA VISITA A SU PRIMA
ISABEL
39Por entonces María tomó
su decisión y se fue, sin más demora, a una ciudad ubicada en los cerros de
Judá. 40Entró en la casa de
Zacarías y saludó a Isabel. 41Al oír Isabel su saludo, el niño dio saltos en su vientre.
Isabel se llenó del Espíritu Santo 42y exclamó en alta voz: «¡Bendita tú
eres entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! 43¿Cómo he merecido yo que
venga a mí la madre de mi Señor? 44Apenas llegó tu saludo a mis oídos, el niño saltó de
alegría en mis entrañas. 45¡Dichosa tú por haber creído que se cumplirían las promesas
del Señor!» 46María dijo entonces:
Proclama mi alma la
grandeza del Señor,
47y mi espíritu se alegra
en Dios mi Salvador,
48porque se fijó en su
humilde esclava,
y desde ahora todas las
generaciones me dirán feliz.
49El Poderoso ha hecho
grandes cosas por mí:
¡Santo es su Nombre!
50Muestra su misericordia
siglo tras siglo
a todos aquellos que
viven en su presencia.
51Dio un golpe con todo su
poder:
deshizo a los soberbios y
sus planes.
52Derribó a los poderosos
de sus tronos
y exaltó a los humildes.
53Colmó de bienes a los
hambrientos,
y despidió a los ricos
con las manos vacías.
54Socorrió a Israel, su
siervo,
se acordó de su
misericordia,
55como lo había prometido a
nuestros padres,
a Abraham y a sus
descendientes para siempre.
56María se quedó unos tres
meses con Isabel, y después volvió a su casa.
PRIMEROS PASOS DE JUAN
BAUTISTA
57Cuando le llegó a Isabel
su día, dio a luz un hijo, 58y sus vecinos y parientes se alegraron con ella al
enterarse de la misericordia tan grande que el Señor le había mostrado. 59Al octavo día vinieron
para cumplir con el niño el rito de la circuncisión, 60y querían ponerle por
nombre Zacarías, por llamarse así su padre. Pero la madre dijo: «No, se llamará
Juan». 61Los otros dijeron: «Pero
si no hay nadie en tu familia que se llame así». 62Preguntaron por señas al padre cómo
quería que lo llamasen. 63Zacarías pidió una tablilla y escribió: «Su nombre es
Juan», por lo que todos se quedaron extrañados. 64En ese mismo instante se le soltó la
lengua y comenzó a alabar a Dios. 65Un santo temor se apoderó del
vecindario, y estos acontecimientos se comentaban en toda la región montañosa
de Judea. 66La gente que lo oía
quedaba pensativa y decía: «¿Qué va a ser este niño?» Porque comprendían que la
mano del Señor estaba con él. 67Su padre, Zacarías, lleno del Espíritu Santo, empezó
a recitar estos versos proféticos:
68Bendito sea el Señor,
Dios de Israel,
porque ha visitado y
redimido a su pueblo.
69Ahora sale triunfante
nuestra salvación
en la casa de David, su
siervo,
70como lo había dicho desde
tiempos antiguos
por boca de sus santos
profetas:
71que nos salvaría de
nuestros enemigos
y de la mano de todos los
que nos odian;
72que nos mostraría el amor
que tiene a nuestros padres
y cómo recuerda su santa
alianza.
73Pues juró a nuestro padre
Abraham
74que nos libraría de
nuestros enemigos
para que lo sirvamos sin
temor, 75justos y santos,
todos los días de nuestra
vida.
76Y tú, niño, serás llamado
Profeta del Altísimo,
porque irás delante del
Señor para prepararle sus caminos,
77para decir a su pueblo lo
que será su salvación.
Pues van a recibir el
perdón de sus pecados,
78obra de la misericordia
de nuestro Dios,
cuando venga de lo alto
para visitarnos
cual sol naciente,
79iluminando a los que
viven en tinieblas,
sentados en la sombra de
la muerte,
y guiar nuestros pasos
por un sendero de paz.
80A medida que el niño iba
creciendo, le vino la fuerza del Espíritu. Vivió en lugares apartados hasta el
día en que se manifestó a Israel.
CAPÍTULO 2
JESÚS NACE EN BELÉN
1Por aquellos días salió
un decreto del emperador Augusto, por el que se debía proceder a un censo en
todo el imperio. 2Este fue el primer censo, siendo Quirino gobernador de
Siria. 3Todos, pues, empezaron a
moverse para ser registrados cada uno en su ciudad natal. 4José también, que estaba
en Galilea, en la ciudad de Nazaret, subió a Judea, a la ciudad de David,
llamada Belén, porque era descendiente de David; 5allí se inscribió con María, su
esposa, que estaba embarazada. 6Mientras estaban en Belén, llegó para María el momento del
parto, 7y dio a luz a su hijo
primogénito. Lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, pues no había
lugar para ellos en la sala principal de la casa.
8En la región había
pastores que vivían en el campo y que por la noche se turnaban para cuidar sus
rebaños. 9Se les apareció un ángel
del Señor, y la gloria del Señor los rodeó de claridad. Y quedaron muy
asustados. 10Pero el ángel les dijo: «No tengan miedo, pues yo vengo a comunicarles
una buena noticia, que será motivo de mucha alegría para todo el pueblo. 11Hoy, en la ciudad de
David, ha nacido para ustedes un Salvador, que es el Mesías y el Señor. 12Miren cómo lo
reconocerán: hallarán a un niño recién nacido, envuelto en pañales y acostado
en un pesebre». 13De pronto una multitud de seres celestiales aparecieron junto al ángel,
y alababan a Dios con estas palabras: 14«Gloria a Dios en lo más alto del
cielo y en la tierra paz a los hombres: ésta es la hora de su gracia». 15Después de que los
ángeles se volvieron al cielo, los pastores se dijeron unos a otros: «Vayamos,
pues, hasta Belén y veamos lo que ha sucedido y que el Señor nos ha dado a
conocer». 16Fueron apresuradamente y
hallaron a María y a José con el recién nacido acostado en el pesebre. 17Entonces contaron lo que
los ángeles les habían dicho del niño. 18Todos los que escucharon a los
pastores quedaron maravillados de lo que decían. 19María, por su parte, guardaba todos
estos acontecimientos y los volvía a meditar en su interior. 20Después los pastores
regresaron alabando y glorificando a Dios por todo lo que habían visto y oído,
tal como los ángeles se lo habían anunciado. 21Cumplidos los ocho días,
circuncidaron al niño y le pusieron el nombre de Jesús, nombre que había
indicado el ángel antes de que su madre quedara embarazada.
JESÚS ES PRESENTADO EN EL
TEMPLO
22Asimismo, cuando llegó el
día en que, de acuerdo a la Ley de Moisés, debían cumplir el rito de la
purificación, llevaron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor, 23tal como está escrito en
la Ley del Señor: Todo varón primogénito será consagrado al Señor. 24También ofrecieron el
sacrificio que ordena la Ley del Señor: una pareja de tórtolas o dos pichones. 25Había entonces en
Jerusalén un hombre muy piadoso y cumplidor a los ojos de Dios, llamado Simeón.
Este hombre esperaba el día en que Dios atendiera a Israel, y el Espíritu Santo
estaba con él. 26Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no moriría antes de
haber visto al Mesías del Señor. 27El Espíritu también lo llevó al Templo en aquel
momento. Como los padres traían al niño Jesús para cumplir con él lo que
mandaba la Ley, 28Simeón lo tomó en sus brazos y bendijo a Dios con estas palabras:
29Ahora, Señor, ya puedes
dejar
que tu servidor muera en
paz como le has dicho.
30Porque mis ojos han visto
a tu salvador,
31que has preparado y
ofreces a todos los pueblos,
32luz que se revelará a las
naciones
y gloria de tu pueblo,
Israel.
33Su padre y su madre
estaban maravillados por todo lo que se decía del niño. 34Simeón los bendijo y dijo
a María, su madre: «Mira, este niño traerá a la gente de Israel ya sea caída o
resurrección. Será una señal impugnada en cuanto se manifieste, 35mientras a ti misma una espada
te atravesará el alma. Por este medio, sin embargo, saldrán a la luz los
pensamientos íntimos de los hombres». 36Había también una profetisa muy
anciana, llamada Ana, hija de Fanuel de la tribu de Aser. No había conocido a
otro hombre que a su primer marido, muerto después de siete años de matrimonio.
37Permaneció viuda, y tenía
ya ochenta y cuatro años. No se apartaba del Templo, sirviendo día y noche al
Señor con ayunos y oraciones. 38Llegó en aquel momento y también comenzó a alabar a
Dios hablando del niño a todos los que esperaban la liberación de Jerusalén. 39Una vez que cumplieron
todo lo que ordenaba la Ley del Señor, volvieron a Galilea, a su ciudad de
Nazaret. 40El niño crecía y se
desarrollaba lleno de sabiduría, y la gracia de Dios permanecía con él.
PRIMERA INICIATIVA DEL
JOVEN JESÚS
41Los padres de Jesús iban
todos los años a Jerusalén para la fiesta de la Pascua. 42Cuando Jesús cumplió los
doce años, subió también con ellos a la fiesta, pues así había de ser. 43Al terminar los días de
la fiesta regresaron, pero el niño Jesús se quedó en Jerusalén sin que sus
padres lo supieran. 44Seguros de que estaba con la caravana de vuelta, caminaron
todo un día. Después se pusieron a buscarlo entre sus parientes y conocidos. 45Como no lo encontraran,
volvieron a Jerusalén en su búsqueda. 46Al tercer día lo hallaron en el
Templo, sentado en medio de los maestros de la Ley, escuchándolos y haciéndoles
preguntas. 47Todos los que le oían quedaban asombrados de su inteligencia y de sus
respuestas. 48Sus padres se emocionaron mucho al verlo; su madre le decía: «Hijo,
¿por qué nos has hecho esto? Tu padre y yo hemos estado muy angustiados
mientras te buscábamos». 49El les contestó: «¿Y por qué me buscaban? ¿No saben que yo
debo estar donde mi Padre?» 50Pero ellos no comprendieron esta respuesta. 51Jesús entonces regresó
con ellos, llegando a Nazaret. Posteriormente siguió obedeciéndoles. Su madre,
por su parte, guardaba todas estas cosas en su corazón. 52Mientras tanto, Jesús
crecía en sabiduría, en edad y en gracia, ante Dios y ante los hombres.
CAPÍTULO 3
JUAN BAUTISTA PREPARA EL
CAMINO AL SEÑOR
1Era el año quince del
reinado del emperador Tiberio. Poncio Pilato era gobernador de Judea, Herodes
gobernaba en Galilea, su hermano Filipo en Iturea y Traconítide, y Lisanias en
Abilene; 2Anás y Caifás eran los
jefes de los sacerdotes. En este tiempo la palabra de Dios le fue dirigida a
Juan, hijo de Zacarías, que estaba en el desierto. 3Juan empezó a recorrer
toda la región del río Jordán, predicando bautismo y conversión, para obtener
el perdón de los pecados. 4Esto ya estaba escrito en el libro del profeta Isaías:
Oigan ese grito en el desierto: Preparen el camino del Señor, enderecen sus
senderos. 5Las quebradas serán
rellenadas y los montes y cerros allanados. Lo torcido será enderezado, y serán
suavizadas las asperezas de los caminos. 6Todo mortal entonces verá la
salvación de Dios. 7Juan decía a las muchedumbres que venían a él de todas
partes para que las bautizara: «Raza de víboras, ¿cómo van a pensar que
escaparán del castigo que se acerca? 8Produzcan los frutos de una sincera
conversión, pues no es el momento de decir: "Nosotros somos hijos de
Abraham". Yo les aseguro que Dios puede sacar hijos de Abraham también de
estas piedras. 9El
hacha ya está puesta a la raíz de los árboles, y todo árbol que no dé buen
fruto será cortado y arrojado al fuego». 10La gente le preguntaba: «¿Qué
debemos hacer?» 11El les contestaba: «El que tenga dos capas, que dé una al que no tiene,
y el que tenga de comer, haga lo mismo». 12Vinieron también cobradores de
impuestos para que Juan los bautizara. Le dijeron: «Maestro, ¿qué tenemos que
hacer?» 13Respondió Juan: «No
cobren más de lo establecido». 14A su vez, unos soldados le preguntaron: «Y nosotros,
¿qué debemos hacer?» Juan les contestó: «No abusen de la gente, no hagan
denuncias falsas y conténtense con su sueldo». 15El pueblo estaba en la duda, y todos
se preguntaban interiormente si Juan no sería el Mesías, 16por lo que Juan hizo a
todos esta declaración: «Yo les bautizo con agua, pero está para llegar uno con
más poder que yo, y yo no soy digno de desatar las correas de su sandalia. El
los bautizará con el Espíritu Santo y el fuego. 17Tiene la pala en sus manos para
separar el trigo de la paja. Guardará el trigo en sus graneros, mientras que la
paja la quemará en el fuego que no se apaga». 18Con estas instrucciones y muchas
otras, Juan anunciaba la Buena Nueva al pueblo. 19Pero como reprochara al virrey
Herodes que estuviera viviendo con Herodías, esposa de su hermano, y también
por todo el mal que cometía, Herodes 20no dudó en apresar a Juan, con lo
que añadió otro crimen más a todos los anteriores.
JESÚS ES BAUTIZADO POR
JUAN
21Un día fue bautizado
también Jesús entre el pueblo que venía a recibir el bautismo. Y mientras
estaba en oración, se abrieron los cielos: 22el Espíritu Santo bajó sobre él y se
manifestó exteriormente en forma de paloma, y del cielo vino una voz: «Tú eres
mi Hijo, hoy te he dado a la vida».
23Jesús ya había pasado los
treinta años de edad cuando comenzó. Para todos era el hijo de José, hijo de
Helí, 24hijo de Matat, hijo de
Leví, hijo de Melquí, hijo de Janaí, hijo de José, 25hijo de Matatías, hijo de
Amós, hijo de Nahúm, hijo de Eslí, hijo de Nagai, 26hijo de Maat, hijo de Matatías, hijo
de Semeí, hijo de José, hijo de Judá, 27hijo de Joanán, hijo de Resí, hijo
de Zorobabel, hijo de Salatiel, hijo de Nerib, 28hijo de Melquí, hijo de Adí, hijo de
Koram, hijo de Elmada, hijo de Er, 29hijo de Jesús, hijo de Eliecer, hijo
de Jarim, hijo de Matat, hijo de Leví, 30hijo de Simeón, hijo de Judá, hijo
de José, hijo de Jonán, hijo de Eliaquim, 31hijo de Milea, hijo de Mená, hijo de
Matatá, hijo de Natán, 32hijo de David, hijo de Jesé, hijo de Obed, hijo de Booz,
hijo de Salomón, hijo de Najasón, 33hijo de Aminadab, hijo de Admín,
hijo de Arní, hijo de Esrón, hijo de Farés, hijo de Judá, 34hijo de Jacob, hijo de
Isaac, hijo de Abraham, hijo de Tara, hijo de Najor, 35hijo de Seruc, hijo de
Ragau, hijo de Falec, hijo de Eber, hijo de Sala, 36hijo de Cainam, hijo de Arfaxad,
hijo de Sem, hijo de Noé, hijo de Lamec, 37hijo de Matusalén, hijo de Henoc,
hijo de Jared, hijo de Malaleel, hijo de Cainam, 38hijo de Enós, hijo de Set, hijo de
Adán, que venía de Dios.
CAPÍTULO 4
TENTACIÓN DE JESÚS EN EL
DESIERTO
1Jesús volvió de las
orillas del Jordán lleno del Espíritu Santo y se dejó guiar por el Espíritu a
través del desierto, 2donde fue tentado por el demonio durante cuarenta días. En
todo ese tiempo no comió nada, y al final sintió hambre. 3Entonces el diablo le
dijo: «Si eres Hijo de Dios, manda a esta piedra que se convierta en pan». 4Jesús le contestó: «Dice
la Escritura: El hombre no vive solamente de pan». 5Lo llevó después el
diablo a un lugar más alto, le mostró en un instante todas las naciones del
mundo 6y le dijo: «Te daré poder
sobre estos pueblos, y sus riquezas serán tuyas, porque me las han entregado a
mí y yo las doy a quien quiero. 7Si te arrodillas y me adoras, todo será tuyo». 8Jesús le replicó: «La
Escritura dice: Adorarás al Señor tu Dios y a él sólo servirás». 9A continuación el diablo
lo llevó a Jerusalén, y lo puso en la muralla más alta del Templo, diciéndole:
«Si tú eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo, 10pues dice la Escritura: Dios
ordenará a sus ángeles que te protejan; 11y también: Ellos te llevarán en sus
manos, para que tu pie no tropiece en ninguna piedra». 12Jesús le replicó:
«También dice la Escritura: No tentarás al Señor, tu Dios». 13Al ver el diablo que
había agotado todas las formas de tentación, se alejó de Jesús, a la espera de
otra oportunidad.
EN NAZARET JESÚS PROCLAMA
SU MISIÓN
14Jesús volvió a Galilea
con el poder del Espíritu, y su fama corrió por toda aquella región. 15Enseñaba en las sinagogas
de los judíos y todos lo alababan. 16Llegó a Nazaret, donde se había
criado, y el sábado fue a la sinagoga, como era su costumbre. Se puso de pie
para hacer la lectura, 17y le pasaron el libro del profeta Isaías. Jesús desenrolló
el libro y encontró el pasaje donde estaba escrito: 18El Espíritu del Señor
está sobre mí. El me ha ungido para llevar buenas nuevas a los pobres, para
anunciar la libertad a los cautivos, y a los ciegos que pronto van a ver, para
despedir libres a los oprimidos 19y proclamar el año de gracia del Señor. 20Jesús entonces enrolló el
libro, lo devolvió al ayudante y se sentó, mientras todos los presentes tenían
los ojos fijos en él. 21Y empezó a decirles: «Hoy les llegan noticias de cómo se
cumplen estas palabras proféticas». 22Todos lo aprobaban y se quedaban
maravillados, mientras esta proclamación de la gracia de Dios salía de sus
labios. Y decían: «¡Pensar que es el hijo de José!» 23Jesús les dijo:
«Seguramente ustedes me van a recordar el dicho: Médico, cúrate a ti mismo.
Realiza también aquí, en tu patria, lo que nos cuentan que hiciste en
Cafarnaún». 24Y Jesús añadió: «Ningún profeta es bien recibido en su patria. 25En verdad les digo que
había muchas viudas en Israel en tiempos de Elías, cuando el cielo retuvo la
lluvia durante tres años y medio y un gran hambre asoló a todo el país. 26Sin embargo Elías no fue
enviado a ninguna de ellas, sino a una mujer de Sarepta, en tierras de Sidón. 27También había muchos
leprosos en Israel en tiempos del profeta Eliseo, y ninguno de ellos fue
curado, sino Naamán, el sirio». 28Todos en la sinagoga se indignaron al escuchar estas
palabras; 29se levantaron y lo
empujaron fuera del pueblo, llevándolo hacia un barranco del cerro sobre el que
está construido el pueblo, con intención de arrojarlo desde allí. 30Pero Jesús pasó por medio
de ellos y siguió su camino.
CON EL PODER DEL ESPÍRITU
31Jesús bajó a Cafarnaún,
pueblo de Galilea. Enseñaba a la gente en las reuniones de los sábados, 32y su enseñanza hacía gran
impacto sobre la gente, porque hablaba con autoridad. 33Se hallaba en la sinagoga
un hombre endemoniado, y empezó a gritar: 34«¿Qué quieres de nosotros, Jesús de
Nazaret? ¿Has venido a destruirnos? Yo sé quién eres: Tú eres el Santo de
Dios». 35Jesús amenazó al demonio,
ordenándole: «Cállate y sal de ese hombre». El demonio lo arrojó al suelo, pero
luego salió de él sin hacerle daño alguno. 36La gente quedó aterrada y se decían
unos a otros: «¿Qué significa esto? ¿Con qué autoridad y poder manda a los
demonios? ¡Y miren cómo se van!» 37Con esto, la fama de Jesús se propagaba por todos los
alrededores. 38Al salir Jesús de la sinagoga fue a casa de Simón. La suegra de Simón
estaba con fiebre muy alta, y le rogaron por ella. 39Jesús se inclinó hacia
ella, dio una orden a la fiebre y ésta desapareció. Ella se levantó al instante
y se puso a atenderlos. 40Al ponerse el sol, todos los que tenían enfermos de
diversos males se los llevaban a Jesús y él los sanaba imponiéndoles las manos
a cada uno. 41También salieron demonios de varias personas; ellos gritaban: «Tú eres
el Hijo de Dios», pero él los amenazaba y no les permitía decir que él era el
Mesías, porque lo sabían. 42Jesús salió al amanecer y se fue a un lugar solitario. La
gente lo andaba buscando, y los que pudieron dar con él le insistían para que
no se fuera de su pueblo. 43Pero Jesús les dijo: «Yo tengo que anunciar también a las
otras ciudades la Buena Nueva del Reino de Dios, porque para eso he sido
enviado». 44Salió, pues, a predicar
por las sinagogas del país judío.
CAPÍTULO 5
LA PESCA MILAGROSA
1Cierto día la gente se
agolpaba a su alrededor para escuchar la palabra de Dios, y él estaba de pie a
la orilla del lago de Genesaret. 2En eso vio dos barcas amarradas al borde del lago; los
pescadores habían bajado y lavaban las redes. 3Subió a una de las barcas, que era
la de Simón, y le pidió que se alejara un poco de la orilla; luego se sentó y
empezó a enseñar a la multitud desde la barca. 4Cuando terminó de hablar, dijo a
Simón: «Lleva la barca mar adentro y echen las redes para pescar». 5Simón respondió:
«Maestro, por más que lo hicimos durante toda la noche, no pescamos nada; pero,
si tú lo dices, echaré las redes». 6Así lo hicieron, y pescaron tal
cantidad de peces, que las redes casi se rompían. 7Entonces hicieron señas a sus
compañeros que estaban en la otra barca para que vinieran a ayudarles. Vinieron
y llenaron tanto las dos barcas, que por poco se hundían. 8Al ver esto, Simón Pedro
se arrodilló ante Jesús, diciendo: «Señor, apártate de mí, que soy un hombre
pecador». 9Pues tanto él como sus
ayudantes se habían quedado sin palabras por la pesca que acababan de hacer. 10Lo mismo les pasaba a
Santiago y a Juan, hijos de Zebedeo, compañeros de Simón. Jesús dijo a Simón:
«No temas; en adelante serás pescador de hombres». 11En seguida llevaron sus
barcas a tierra, lo dejaron todo y siguieron a Jesús.
EL LEPROSO SANADO
12Estando Jesús en uno de
esos pueblos, se presentó un hombre cubierto de lepra. Apenas vio a Jesús, se
postró con la cara en tierra y le suplicó: «Señor, si tú quieres, puedes
limpiarme». 13Jesús extendió la mano y lo tocó, diciendo: «Lo quiero, queda limpio». 14Y al instante le
desapareció la lepra. Jesús le dio aviso que no lo dijera a nadie. «Vete, le
dijo, preséntate al sacerdote y haz la ofrenda por tu purificación como ordenó
Moisés, pues tienes que hacerles tu declaración». 15La fama de Jesús crecía más y más, a
tal punto que multitudes acudían para oírle y ser curados de sus enfermedades. 16Pero él buscaba siempre
lugares solitarios donde orar.
EL PARALÍTICO
17Un día Jesús estaba
enseñando, y había allí entre los asistentes unos fariseos y maestros de la Ley
que habían venido de todas partes de Galilea, de Judea e incluso de Jerusalén.
El poder del Señor se manifestaba ante ellos, realizando curaciones. 18En ese momento llegaron
unos hombres que traían a un paralítico en su camilla. Querían entrar en la
casa para colocar al enfermo delante de Jesús, 19pero no lograron abrirse camino a
través de aquel gentío. Entonces subieron al tejado, quitaron tejas y bajaron
al enfermo en su camilla, poniéndolo en medio de la gente delante de Jesús. 20Viendo Jesús la fe de
estos hombres, dijo al paralítico: «Amigo, tus pecados quedan perdonados». 21De inmediato los maestros
de la Ley y los fariseos empezaron a pensar: «¿Cómo puede blasfemar de este
modo? ¿Quién puede perdonar los pecados fuera de Dios?» 22Jesús leyó sus
pensamientos y les dijo: 23«¿Por qué piensan ustedes así? ¿Qué es más fácil decir:
"Tus pecados te quedan perdonados", o decir: "Levántate y
anda"? 24Sepan, pues, que el Hijo del Hombre tiene poder en la tierra para
perdonar los pecados». Entonces dijo al paralítico: «Yo te lo ordeno:
levántate, toma tu camilla y vete a tu casa». 25Y al instante el hombre se levantó a
la vista de todos, tomó la camilla en que estaba tendido y se fue a su casa dando
gloria a Dios. 26Todos quedaron atónitos y alababan a Dios diciendo: «Hoy hemos visto
cosas increíbles». Pues todos estaban sobrecogidos de un santo temor.
LEVÍ SIGUE A JESÚS. «HE
VENIDO PARA LLAMAR A LOS PECADORES»
27Al salir, Jesús vio a un
cobrador de impuestos, llamado Leví, que estaba sentado en el puesto donde
cobraba. Jesús le dijo: «Sígueme». 28Leví se levantó; lo dejó todo y
empezó a seguirlo. 29Leví le ofreció un gran banquete en su casa, y con ellos se
sentaron a la mesa un buen número de cobradores de impuestos y gente de toda
clase. 30Al ver esto, los fariseos
y los maestros de la Ley que eran amigos suyos expresaban su descontento en
medio de los discípulos de Jesús: «¿Cómo es que ustedes comen y beben con los
cobradores de impuestos y con personas malas?» 31Pero Jesús tomó la palabra y les
dijo: «No son las personas sanas las que necesitan médico, sino las enfermas. 32No he venido para llamar
a los buenos, sino para invitar a los pecadores a que se arrepientan». 33Algunos le dijeron: «Los
discípulos de Juan ayunan a menudo y rezan sus oraciones, y lo mismo hacen los
discípulos de los fariseos, mientras que los tuyos comen y beben». 34Jesús les respondió:
«Ustedes no pueden obligar a los compañeros del novio a que ayunen mientras el
novio está con ellos. 35Llegará el momento en que les será quitado el novio, y
entonces ayunarán». 36Jesús les propuso además esta comparación: «Nadie saca un
pedazo de un vestido nuevo para remendar otro viejo. ¿Quién va a romper algo
nuevo, para que después el pedazo tomado del nuevo no le venga bien al vestido
viejo? 37Nadie echa tampoco vino
nuevo en envases de cuero viejos; si lo hace, el vino nuevo hará reventar los
envases, se derramará el vino y se perderán también los envases. 38Pongan el vino nuevo en
envases nuevos. 39Y miren: el que esté acostumbrado al añejo, no querrá vino nuevo, sino
que dirá: El añejo es el bueno».
CAPÍTULO 6
EL HIJO DEL HOMBRE ES
DUEÑO DEL SÁBADO
1Un sábado, Jesús
atravesaba unos sembrados, y sus discípulos cortaban espigas, las desgranaban
en las manos y se comían el grano. 2Algunos fariseos les dijeron: «¿Por
qué hacen lo que no está permitido hacer en día sábado?» 3Jesús les respondió:
«¿Ustedes no han leído lo que hizo David, y con él sus hombres, un día que
tuvieron hambre? 4Pues entró en la Casa de Dios, tomó los panes de la
ofrenda, los comió y les dio también a sus hombres, a pesar de que sólo estaba
permitido a los sacerdotes comer de ese pan». 5Y Jesús añadió: «El Hijo del Hombre
es Señor y tiene autoridad sobre el sábado». 6Otro sábado Jesús había entrado en
la sinagoga y enseñaba. Había allí un hombre que tenía paralizada la mano
derecha. 7Los maestros de la Ley y
los fariseos espiaban a Jesús para ver si hacía una curación en día sábado, y
encontrar así motivo para acusarlo. 8Pero Jesús, que conocía sus
pensamientos, dijo al hombre que tenía la mano paralizada: «Levántate y ponte
ahí en medio». El se levantó y permaneció de pie. 9Entonces Jesús les dijo: «A ustedes
les pregunto: ¿Qué permite hacer la Ley en día sábado: hacer el bien o hacer
daño, salvar una vida o destruirla?» 10Paseando entonces su mirada sobre
todos ellos, dijo al hombre: «Extiende tu mano». Lo hizo, y su mano quedó sana.
11Pero ellos se llenaron de
rabia y comenzaron a discutir entre sí qué podrían hacer contra Jesús.
JESÚS ELIGE A LOS DOCE
12En aquellos días se fue a
orar a un cerro y pasó toda la noche en oración con Dios. 13Al llegar el día llamó a
sus discípulos y escogió a doce de ellos, a los que llamó apóstoles: 14Simón, al que le dio el
nombre de Pedro, y su hermano Andrés, Santiago, Juan, Felipe, Bartolomé, 15Mateo, Tomás, Santiago,
hijo de Alfeo, Simón, apodado Zelote, 16Judas, hermano de Santiago, y Judas
Iscariote, que fue el traidor.
EL DISCURSO DEL MONTE
17Jesús bajó con ellos y se
detuvo en un lugar llano. Había allí un grupo impresionante de discípulos suyos
y una cantidad de gente procedente de toda Judea y de Jerusalén, y también de
la costa de Tiro y de Sidón. Habían venido para oírlo y para que los sanara de
sus enfermedades; 18también los atormentados por espíritus malos recibían
curación. 19Por eso cada cual trataba
de tocarlo, porque de él salía una fuerza que los sanaba a todos. 20El, entonces, levantó los
ojos hacia sus discípulos y les dijo: 21«Felices ustedes los pobres, porque
de ustedes es el Reino de Dios. Felices ustedes, los que ahora tienen hambre,
porque serán saciados. Felices ustedes, los que lloran, porque reirán.
22Felices ustedes, si los
hombres los odian, los expulsan, los insultan y los consideran unos
delincuentes a causa del Hijo del Hombre. 23Alégrense en ese momento y llénense
de gozo, porque les espera una recompensa grande en el cielo. Recuerden que de
esa manera trataron también a los profetas en tiempos de sus padres. 24Pero ¡pobres de ustedes,
los ricos, porque tienen ya su consuelo! 25¡Pobres de ustedes, los que ahora
están satisfechos, porque después tendrán hambre! ¡Pobres de ustedes, los que
ahora ríen, porque van a llorar de pena! 26¡Pobres de ustedes, cuando todos
hablen bien de ustedes, porque de esa misma manera trataron a los falsos
profetas en tiempos de sus antepasados!
EL AMOR A LOS ENEMIGOS
27Yo les digo a ustedes que
me escuchan: amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian, 28bendigan a los que los
maldicen, rueguen por los que los maltratan. 29Al que te golpea en una mejilla,
preséntale también la otra. Al que te arrebata el manto, entrégale también el
vestido. 30Da al que te pide, y al
que te quita lo tuyo, no se lo reclames. 31Traten a los demás como quieren que
ellos les traten a ustedes. 32Porque si ustedes aman a los que los aman, ¿qué mérito
tienen? Hasta los malos aman a los que los aman. 33Y si hacen bien a los que les hacen
bien, ¿qué gracia tiene? También los pecadores obran así. 34Y si prestan algo a los
que les pueden retribuir, ¿qué gracia tiene? También los pecadores prestan a
pecadores para que estos correspondan con algo. 35Amen a sus enemigos, hagan el bien y
presten sin esperar nada a cambio. Entonces la recompensa de ustedes será
grande, y serán hijos del Altísimo, que es bueno con los ingratos y los
pecadores. 36Sean compasivos como es compasivo el Padre de ustedes. 37No juzguen y no serán
juzgados; no condenen y no serán condenados; perdonen y serán perdonados. 38Den, y se les dará; se
les echará en su delantal una medida colmada, apretada y rebosante. Porque con
la medida que ustedes midan, serán medidos ustedes». 39Jesús les puso también
esta comparación: «¿Puede un ciego guiar a otro ciego? Ciertamente caerán ambos
en algún hoyo. 40El discípulo no está por encima de su maestro, pero si se deja formar,
se parecerá a su maestro. 41¿Y por qué te fijas en la pelusa que tiene tu hermano en un
ojo, si no eres consciente de la viga que tienes en el tuyo? 42¿Cómo puedes decir a tu
hermano: ''Hermano, deja que te saque la pelusa que tienes en el ojo'', si tú
no ves la viga en el tuyo? Hipócrita, saca primero la viga de tu propio ojo
para que veas con claridad, y entonces sacarás la pelusa del ojo de tu hermano.
43No hay árbol bueno que dé
frutos malos, ni tampoco árbol malo que dé frutos buenos. 44Cada árbol se conoce por
sus frutos. No se recogen higos de los espinos ni se sacan uvas de las zarzas. 45Así, el hombre bueno saca
cosas buenas del tesoro que tiene en su corazón, mientras que el malo, de su
fondo malo saca cosas malas. La boca habla de lo que está lleno el corazón. 46¿Por qué me llaman:
¡Señor! ¡Señor!, y no hacen lo que digo? 47Les voy a decir a quién se parece el
que viene a mí y escucha mis palabras y las practica. 48Se parece a un hombre que
construyó una casa; cavó profundamente y puso los cimientos sobre la roca. Vino
una inundación y la corriente se precipitó sobre la casa, pero no pudo
removerla porque estaba bien construida. 49Por el contrario, el que escucha,
pero no pone en práctica, se parece a un hombre que construyó su casa sobre
tierra, sin cimientos. La corriente se precipitó sobre ella y en seguida se
desmoronó, siendo grande el desastre de aquella casa.
CAPÍTULO 7
LA FE DE UN PAGANO
1Cuando terminó de enseñar
al pueblo con estas palabras, Jesús entró en Cafarnaún. 2Había allí un capitán que
tenía un sirviente muy enfermo al que quería mucho, y que estaba a punto de
morir. 3Habiendo oído hablar de
Jesús, le envió algunos judíos importantes para rogarle que viniera y salvara a
su siervo. 4Llegaron
donde Jesús y le rogaron insistentemente, diciéndole: «Este hombre se merece
que le hagas este favor, 5pues ama a nuestro pueblo y nos ha construido una
sinagoga». 6Jesús
se puso en camino con ellos. No estaban ya lejos de la casa, cuando el capitán
envió a unos amigos para que le dijeran: «Señor, no te molestes, pues ¿quién
soy yo, para que entres bajo mi techo? 7Por eso ni siquiera me atreví a ir
personalmente donde ti. Basta que tú digas una palabra y mi sirviente se
sanará. 8Yo mismo, a pesar de que
soy un subalterno, tengo soldados a mis órdenes, y cuando le ordeno a uno:
"Vete", va; y si le digo a otro: "Ven", viene; y si digo a
mi sirviente: "Haz esto", lo hace». 9Al oír estas palabras, Jesús quedó
admirado, y volviéndose hacia la gente que lo seguía, dijo: «Les aseguro, que
ni siquiera en Israel he hallado una fe tan grande». 10Y cuando los enviados
regresaron a casa, encontraron al sirviente totalmente restablecido.
JESÚS RESUCITA AL HIJO DE
UNA VIUDA
11Jesús se dirigió poco
después a un pueblo llamado Naím, y con él iban sus discípulos y un buen número
de personas. 12Cuando llegó a la puerta del pueblo, sacaban a enterrar a un muerto:
era el hijo único de su madre, que era viuda, y mucha gente del pueblo la acompañaba.
13Al verla, el Señor se
compadeció de ella y le dijo: «No llores». 14Después se acercó y tocó el féretro.
Los que lo llevaban se detuvieron. Dijo Jesús entonces: «Joven, yo te lo mando,
levántate». 15Se incorporó el muerto inmediatamente y se puso a hablar. Y Jesús se lo
entregó a su madre. 16Un santo temor se apoderó de todos y alababan a Dios,
diciendo: «Es un gran profeta el que nos ha llegado. Dios ha visitado a su
pueblo». 17Lo mismo se rumoreaba de
él en todo el país judío y en sus alrededores.
JESÚS RESPONDE A LOS
ENVIADOS DE JUAN BAUTISTA
18Los discípulos de Juan lo
tenían informado de todo aquello. Llamó, pues, a dos de sus discípulos 19y los envió a que
preguntaran al Señor: «¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a
otro?» 20Los hombres, al llegar
donde Jesús, dijeron: «Juan Bautista nos envía a preguntarte: ¿Eres tú el que
ha de venir o tenemos que esperar a otro?» 21En ese momento Jesús curó a varias
personas afligidas de enfermedades, de achaques y de espíritus malignos y
devolvió la vista a algunos ciegos. 22Contestó, pues, a los mensajeros:
«Vuelvan y cuéntenle a Juan lo que han visto y oído: los ciegos ven, los cojos
andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos se despiertan,
y una buena nueva llega a los pobres. 23Y ¡dichoso aquél para quien yo no
soy un motivo de escándalo!» 24Los mensajeros se fueron, y Jesús empezó a hablar de
Juan a la gente: «Cuando ustedes salieron al desierto, ¿qué iban a ver? ¿Una
caña agitada por el viento? 25¿Qué iban a ver? ¿Un hombre con ropas finas? Pero los que
visten ropas finas y tienen comida regia están en palacios. 26Entonces, ¿qué fueron a
ver? ¿Un profeta? Eso sí, y créanme, más que profeta. 27Este es el hombre de
quien la escritura dice: Ahora envío a mi mensajero delante de ti para que te
preceda y te abra el camino. 28Yo les digo que entre los hijos de mujer no hay
ninguno más grande que Juan Bautista; y sin embargo, el más pequeño en el Reino
de Dios es más que él. 29Todo el pueblo escuchó a Juan, incluso los publicanos;
confesaron sus faltas y recibieron su bautismo. 30En cambio, los fariseos y los
maestros de la Ley no pasaron por su bautismo, y con esto desoyeron el llamado
que Dios les dirigía. 31¿Con quién puedo comparar a los hombres del tiempo
presente? Son como niños sentados en la plaza, que se quejan unos de otros: 32''Les tocamos la flauta y
no han bailado; les cantamos canciones tristes y no han querido llorar.'' 33Porque vino Juan el
Bautista, que no comía pan ni bebía vino, y dijeron: 34Está endemoniado. Luego
vino el Hijo del Hombre, que come y bebe y dicen: Es un comilón y un borracho,
amigo de cobradores de impuestos y de pecadores. 35Sin embargo, los hijos de la
Sabiduría la reconocen en su manera de actuar».
EL FARISEO Y LA MUJER
PECADORA
36Un fariseo invitó a Jesús
a comer. Entró en casa del fariseo y se reclinó en el sofá para comer. 37En aquel pueblo había una
mujer conocida como una pecadora; al enterarse de que Jesús estaba comiendo en
casa del fariseo, tomó un frasco de perfume, se colocó detrás de él, a sus
pies, 38y se puso a llorar. Sus
lágrimas empezaron a regar los pies de Jesús y ella trató de secarlos con su
cabello. Luego le besaba los pies y derramaba sobre ellos el perfume. 39Al ver esto el fariseo
que lo había invitado, se dijo interiormente: «Si este hombre fuera profeta,
sabría que la mujer que lo está tocando es una pecadora, conocería a la mujer y
lo que vale». 40Pero Jesús, tomando la palabra, le dijo: «Simón, tengo algo que
decirte». Simón contestó: «Habla, Maestro». Y Jesús le dijo: 41«Un prestamista tenía dos
deudores: uno le debía quinientas monedas y el otro cincuenta. 42Como no tenían con qué
pagarle, les perdonó la deuda a ambos. ¿Cuál de los dos lo querrá más?» 43Simón le contestó:
«Pienso que aquel a quien le perdonó más». Y Jesús le dijo: «Has juzgado bien».
44Y volviéndose hacia la
mujer, dijo a Simón: «¿Ves a esta mujer? Cuando entré en tu casa, no me
ofreciste agua para los pies, mientras que ella me ha lavado los pies con sus
lágrimas y me los ha secado con sus cabellos. 45Tú no me has recibido con un beso,
pero ella, desde que entró, no ha dejado de cubrirme los pies de besos. 46Tú no me ungiste la
cabeza con aceite; ella, en cambio, ha derramado perfume sobre mis pies. 47Por eso te digo que sus
pecados, sus numerosos pecados, le quedan perdonados, por el mucho amor que ha
manifestado. En cambio aquel al que se le perdona poco, demuestra poco amor». 48Jesús dijo después a la
mujer: «Tus pecados te quedan perdonados». 49Y los que estaban con él a la mesa
empezaron a pensar: «¿Así que ahora pretende perdonar pecados?» 50Pero de nuevo Jesús se
dirigió a la mujer: «Tu fe te ha salvado, vete en paz».
CAPÍTULO 8
LAS MUJERES QUE
ACOMPAÑABAN A JESÚS
1Jesús iba recorriendo
ciudades y aldeas, predicando y anunciando la Buena Nueva del Reino de Dios. Lo
acompañaban los Doce 2y también algunas mujeres, a las que había curado de
espíritus malos o de enfermedades: María, por sobrenombre Magdalena, de la que
habían salido siete demonios; 3Juana, mujer de un administrador de Herodes, llamado Cuza;
Susana, y varias otras que los atendían con sus propios recursos.
LA COMPARACIÓN DEL
SEMBRADOR
4Un día se congregó un
gran número de personas, pues la gente venía a verlo de todas las ciudades, y
Jesús se puso a hablarles por medio de comparaciones o parábolas: 5«El sembrador salió a
sembrar. Al ir sembrando, una parte del grano cayó a lo largo del camino, lo
pisotearon, y las aves del cielo lo comieron. 6Otra parte cayó sobre rocas; brotó,
pero luego se secó por falta de humedad. 7Otra cayó entre espinos, y los
espinos crecieron con la semilla y la ahogaron. 8Y otra cayó en tierra buena, creció
y produjo el ciento por uno». Al terminar, Jesús exclamó: «Escuchen, pues, si
ustedes tienen oídos para oír». 9Sus discípulos le preguntaron qué quería decir aquella
comparación. 10Jesús les contestó: «A ustedes se les concede conocer los misterios del
Reino de Dios, mientras que a los demás les llega en parábolas. Así, pues,
mirando no ven y oyendo no comprenden. 11Aprendan lo que significa esta
comparación: La semilla es la palabra de Dios. 12Los que están a lo largo del camino
son los que han escuchado la palabra, pero después viene el diablo y la arranca
de su corazón, pues no quiere que crean y se salven. 13Lo que cayó sobre la roca
son los que, al escuchar la palabra, la acogen con alegría, pero no tienen
raíz; no creen más que por un tiempo y fallan en la hora de la prueba. 14Lo que cayó entre espinos
son los que han escuchado la palabra, pero las preocupaciones, la riquezas y
los placeres de la vida los ahogan con el paso del tiempo y no llegan a
madurar. 15Y lo que cae en tierra
buena son los que reciben la palabra con un corazón noble y generoso, la
guardan y, perseverando, dan fruto. 16Nadie enciende una lámpara para
cubrirla con una vasija o para colocarla debajo de la cama. Por el contrario,
la pone sobre un candelero para que los que entren vean la luz. 17No hay nada escondido que
no deba ser descubierto, ni nada tan secreto que no llegue a conocerse y salir
a la luz. 18Por tanto, fíjense bien
en la manera como escuchan. Porque al que produce se le dará, y al que no tiene
se le quitará hasta lo que cree tener».
ESTÁN TU MADRE Y TUS
HERMANOS
19Su madre y sus hermanos
querían verlo, pero no podían llegar hasta él por el gentío que había. 20Alguien dio a Jesús este
recado: «Tu madre y tus hermanos están fuera y quieren verte». 21Jesús respondió: «Mi
madre y mis hermanos son los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen».
LA TEMPESTAD CALMADA
22Un día subió Jesús a una
barca con sus discípulos y les dijo: «Crucemos a la otra orilla del lago». Y
remaron mar adentro. 23Mientras navegaban, Jesús se durmió. De repente se
desencadenó una tempestad sobre el lago y la barca se fue llenando de agua, a
tal punto que peligraban. 24Se acercaron a él y lo despertaron: «Maestro, Maestro,
¡estamos perdidos!» Jesús se levantó y amenazó al viento y a las olas
encrespadas; se tranquilizaron y todo quedó en calma. 25Después les dijo: «¿Dónde
está su fe?» Los discípulos se habían asustado, pero ahora estaban fuera de sí
y se decían el uno al otro: «¿Quién es éste? Manda a los vientos y a las olas,
y le obedecen».
EL ENDEMONIADO Y LOS
CERDOS
26Llegaron a la tierra de
los gerasenos, que se halla al otro lado del lago, frente a Galilea. 27Acababa Jesús de
desembarcar, cuando vino a su encuentro un hombre de la ciudad que estaba
poseído por demonios. Desde hacía mucho tiempo no se vestía ni vivía en casa
alguna, sino que habitaba en las tumbas. 28Al ver a Jesús se puso a gritar y se
echó a sus pies. Le decía a voces: «¿Qué quieres conmigo, Jesús, hijo del Dios
Altísimo? Te lo ruego, no me atormentes». 29Es que Jesús ordenaba al espíritu
malo que saliera de aquel hombre. En muchas ocasiones el espíritu se había
apoderado de él y lo había llevado al desierto. En esos momentos, por más que
lo ataran con cadenas y grillos para someterlo, rompía las ataduras. 30Jesús le preguntó: «¿Cuál
es tu nombre?» Y él contestó: «Multitud». Porque muchos demonios habían entrado
en él; 31y rogaban a Jesús que no
les ordenara volver al abismo. 32Había en ese lugar un gran número de cerdos comiendo
en el cerro. Los demonios suplicaron a Jesús que les permitiera entrar en los
cerdos, y él se lo permitió. 33Salieron, pues, del hombre para entrar en los cerdos,
y toda la piara se precipitó de lo alto del acantilado, ahogándose en el lago. 34Al ver los cuidadores lo
que había ocurrido, huyeron y llevaron la noticia a la ciudad y a los campos. 35La gente salió a ver qué
había pasado y llegaron a donde estaba Jesús. Encontraron junto a él al hombre
del que habían salido los demonios, sentado a sus pies, vestido y en su sano
juicio. Todos se asustaron. 36Entonces los que habían sido testigos les contaron cómo el
endemoniado había sido salvado. 37Un miedo muy fuerte se apoderó de ellos y todo el
pueblo del territorio de los gerasenos pidió a Jesús que se alejara. Cuando
Jesús subió a la barca para volver, 38el hombre del que habían salido los
demonios le rogaba que lo admitiera en su compañía. Pero Jesús lo despidió
diciéndole: 39«Vuélvete a tu casa y cuenta todo lo que Dios ha hecho por ti». El
hombre se fue y publicó en la ciudad entera todo lo que Jesús había hecho por
él.
JESÚS RESUCITA A LA HIJA
DE JAIRO
40Ya había gente para
recibir a Jesús a su regreso, pues todos estaban esperándolo. 41En esto se presentó un
hombre, llamado Jairo, que era dirigente de la sinagoga. Cayendo a los pies de
Jesús, le suplicaba que fuera a su casa, 42porque su hija única, de unos doce
años, se estaba muriendo. Y Jesús se dirigió a la casa de Jairo, rodeado de un
gentío que casi lo sofocaba. 43Entonces una mujer, que padecía hemorragias desde
hacía doce años y a la que nadie había podido curar, 44se acercó por detrás y
tocó el fleco de su manto. Al instante se le detuvo el derrame. 45Jesús preguntó: «¿Quién
me ha tocado?» Como todos decían: «Yo, no», Pedro le replicó: «Maestro, es toda
esta multitud que te rodea y te oprime». 46Pero Jesús le dijo: «Alguien me ha
tocado, pues he sentido que una fuerza ha salido de mí». 47La mujer, al verse
descubierta, se presentó temblando y se echó a los pies de Jesús. Después contó
delante de todos por qué lo había tocado y cómo había quedado instantáneamente
sana. 48Jesús le dijo: «Hija, tu
fe te ha salvado; vete en paz». 49Estaba aún Jesús hablando, cuando alguien vino a
decir al dirigente de la sinagoga: «Tu hija ha muerto; no tienes por qué
molestar más al Maestro». 50Jesús lo oyó y dijo al dirigente: «No temas: basta que
creas, y tu hija se salvará». 51Al llegar a la casa, no permitió entrar con él más
que a Pedro, Juan y Santiago, y al padre y la madre de la niña. 52Los demás se lamentaban y
lloraban en voz alta, pero Jesús les dijo: «No lloren; la niña no está muerta,
sino dormida». 53Pero la gente se burlaba de él, pues sabían que estaba muerta. 54Jesús la tomó de la mano
y le dijo: «Niña, levántate». 55Le volvió su espíritu; al instante se levantó y Jesús
insistió en que le dieran de comer. 56Sus padres estaban fuera de sí y
Jesús les ordenó que no dijeran a nadie lo que había sucedido.
CAPÍTULO 9
JESÚS ENVÍA A LOS DOCE
1Jesús reunió a los Doce y
les dio autoridad para expulsar todos los malos espíritus y poder para curar
enfermedades. 2Después
los envió a anunciar el Reino de Dios y devolver la salud a las personas. 3Les dijo: «No lleven nada
para el camino: ni bolsa colgada del bastón, ni pan, ni plata, ni siquiera
vestido de repuesto. 4Cuando los reciban en una casa, quédense en ella hasta que
se vayan de ese lugar. 5Pero donde no los quieran recibir, no salgan del pueblo sin
antes sacudir el polvo de sus pies: esto será un testimonio contra ellos». 6Ellos partieron a
recorrer los pueblos; predicaban la Buena Nueva y hacían curaciones en todos
los lugares. 7El
virrey Herodes se enteró de todo lo que estaba ocurriendo, y no sabía qué
pensar, porque unos decían: «Es Juan, que ha resucitado de entre los muertos»; 8y otros: «Es Elías que ha
reaparecido»; y otros: «Es alguno de los antiguos profetas que ha resucitado». 9Pero Herodes se decía: «A
Juan le hice cortar la cabeza. ¿Quién es entonces éste, del cual me cuentan
cosas tan raras?» Y tenía ganas de verlo. 10Al volver los apóstoles, contaron a
Jesús todo lo que habían hecho. El los tomó consigo y se retiró en dirección a
una ciudad llamada Betsaida, para estar a solas con ellos. 11Pero la gente lo supo y
partieron tras él. Jesús los acogió y volvió a hablarles del Reino de Dios
mientras devolvía la salud a los que necesitaban ser atendidos.
JESÚS MULTIPLICA EL PAN
12El día comenzaba a
declinar. Los Doce se acercaron para decirle: «Despide a la gente para que se
busquen alojamiento y comida en las aldeas y pueblecitos de los alrededores,
porque aquí estamos lejos de todo». 13Jesús les contestó: «Denles ustedes
mismos de comer». Ellos dijeron: «No tenemos más que cinco panes y dos
pescados. ¿O desearías, tal vez, que vayamos nosotros a comprar alimentos para
todo este gentío?» 14De hecho había unos cinco mil hombres. Pero Jesús dijo a
sus discípulos: «Hagan sentar a la gente en grupos de cincuenta». 15Así lo hicieron los
discípulos, y todos se sentaron. 16Jesús entonces tomó los cinco panes y los dos
pescados, levantó los ojos al cielo, pronunció la bendición, los partió y se
los entregó a sus discípulos para que los distribuyeran a la gente. 17Todos comieron hasta
saciarse. Después se recogieron los pedazos que habían sobrado, y llenaron doce
canastos.
PEDRO PROCLAMA SU FE EN
CRISTO
18Un día Jesús se había
apartado un poco para orar, pero sus discípulos estaban con él. Entonces les
preguntó: «Según el parecer de la gente ¿quién soy yo?» 19Ellos contestaron: «Unos
dicen que eres Juan Bautista, otros que Elías, y otros que eres alguno de los
profetas antiguos que ha resucitado». 20Entonces les preguntó: «Y ustedes,
¿quién dicen que soy yo?» Pedro respondió: «Tú eres el Cristo de Dios». 21Jesús les hizo esta
advertencia: «No se lo digan a nadie». 22Y les decía: «El Hijo del Hombre
tiene que sufrir mucho y ser rechazado por las autoridades judías, por los
jefes de los sacerdotes y por los maestros de la Ley. Lo condenarán a muerte,
pero tres días después resucitará». 23También Jesús decía a toda la gente:
«Si alguno quiere seguirme, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz de
cada día y que me siga. 24Les digo: el que quiera salvarse a sí mismo se perderá, y
el que pierda su vida por causa mía, se salvará. 25¿De qué le sirve al hombre ganar el
mundo entero si se pierde o se disminuye a sí mismo? 26Si alguien se avergüenza
de mí y de mis palabras, también el Hijo del Hombre se avergonzará de él cuando
venga en su gloria y en la gloria de su Padre con los ángeles santos. 27En verdad les digo que
algunos de los aquí presentes no morirán sin antes haber visto el Reino de
Dios».
LA TRANSFIGURACIÓN DE
JESÚS
28Unos ocho días después de
estos discursos, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan y subió a un
cerro a orar. 29Y mientras estaba orando, su cara cambió de aspecto y su ropa se volvió
de una blancura fulgurante. 30Dos hombres, que eran Moisés y Elías, conversaban con él. 31Se veían en un estado de
gloria y hablaban de su partida, que debía cumplirse en Jerusalén. 32Un sueño pesado se había
apoderado de Pedro y sus compañeros, pero se despertaron de repente y vieron la
gloria de Jesús y a los dos hombres que estaban con él. 33Como éstos estaban para
irse, Pedro dijo a Jesús: «Maestro, ¡qué bueno que estemos aquí! Levantemos
tres chozas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». Pero no sabía lo
que decía. 34Estaba todavía hablando, cuando se formó una nube que los cubrió con su
sombra, y al quedar envueltos en la nube se atemorizaron. 35Pero de la nube llegó una
voz que decía: «Este es mi Hijo, mi Elegido; escúchenlo». 36Después de oírse estas
palabras, Jesús estaba allí solo. Los
discípulos guardaron silencio por aquellos días, y no contaron nada a nadie de
lo que habían visto.
JESÚS SANA AL JOVEN
EPILÉPTICO
37Al día siguiente, cuando
bajaban del cerro, les salió al encuentro un tropel de gente. 38De pronto un hombre de
entre ellos empezó a gritar: «Maestro, te lo suplico, mira a este muchacho, el
único hijo que tengo. 39De repente un demonio se apodera de él y empieza a dar
gritos; lo hace retorcerse con violencia y echar espumarajos, y no lo suelta
sino cuando está totalmente molido. 40He pedido a tus discípulos que
echaran el demonio, pero no han sido capaces». 41Jesús respondió: «Gente incrédula y
extraviada, ¿hasta cuándo estaré entre ustedes y tendré que soportarlos? 42Trae acá a tu hijo».
Cuando el muchacho se acercaba, el demonio lo arrojó al suelo con violentas
sacudidas. Pero Jesús habló al espíritu malo en tono dominante, curó al
muchacho y se lo devolvió a su padre. 43Todos quedaron asombrados ante una
tal intervención de Dios.
Mientras todos quedaban
admirados por las cosas que hacía, Jesús dijo a sus discípulos: 44«Escuchen y recuerden lo
que ahora les digo: El Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de los
hombres». 45Pero ellos no entendieron
estas palabras. Algo les impedía comprender lo que significaban, y no se
atrevían a pedirle una aclaración.
¿QUIÉN ES EL MÁS
IMPORTANTE?
46A los discípulos se les
ocurrió preguntarse cuál de ellos era el más importante. 47Jesús, que conocía sus
pensamientos, tomó a un niño, lo puso a su lado, 48y les dijo: «El que recibe a este
niño en mi nombre, me recibe a mí, y el que me recibe a mí, recibe al que me
envió. El más pequeño entre todos ustedes, ése es realmente grande». 49En ese momento Juan tomó
la palabra y le dijo: «Maestro, hemos visto a uno que hacía uso de tu nombre
para echar fuera demonios, y le dijimos que no lo hiciera, pues no es discípulo
junto a nosotros». 50Pero Jesús le dijo: «No se lo impidan, pues el que no está
contra ustedes, está con ustedes».
NO QUIEREN ACOGER A JESÚS
EN UN PUEBLO
51Como ya se acercaba el
tiempo en que sería llevado al cielo, Jesús emprendió resueltamente el camino a
Jerusalén. 52Envió mensajeros delante de él, que fueron y entraron en un pueblo
samaritano para prepararle alojamiento. 53Pero los samaritanos no lo quisieron
recibir, porque se dirigía a Jerusalén. 54Al ver esto sus discípulos Santiago
y Juan, le dijeron: «Señor, ¿quieres que mandemos bajar fuego del cielo que los
consuma?» 55Pero Jesús se volvió y
los reprendió. 56Y continuaron el camino hacia otra aldea.
LAS EXIGENCIAS DEL
MAESTRO
57Mientras iban de camino,
alguien le dijo: «Maestro, te seguiré adondequiera que vayas». 58Jesús le contestó: «Los
zorros tienen cuevas y las aves tienen nidos, pero el Hijo del Hombre ni
siquiera tiene donde recostar la cabeza». 59Jesús dijo a otro: «Sígueme». El
contestó: «Señor, deja que me vaya y pueda primero enterrar a mi padre». 60Jesús le dijo: «Sígueme,
y deja que los muertos entierren a sus muertos. Tú ve a anunciar el Reino de
Dios». 61Otro le dijo: «Te
seguiré, Señor, pero antes déjame despedirme de mi familia». 62Jesús le contestó: «El
que pone la mano en el arado y mira hacia atrás, no sirve para el Reino de
Dios».
CAPÍTULO 10
JESÚS ENVÍA A LOS SETENTA
Y DOS DISCÍPULOS
1Después de esto, el Señor
eligió a otros setenta y dos discípulos y los envió de dos en dos delante de
él, a todas las ciudades y lugares adonde debía ir. 2Les dijo: «La cosecha es
abundante, pero los obreros son pocos. Rueguen, pues, al dueño de la cosecha
que envíe obreros a su cosecha. 3Vayan, pero sepan que los envío como corderos en medio de
lobos. 4No lleven monedero, ni
bolsón, ni sandalias, ni se detengan a visitar a conocidos. 5Al entrar en cualquier
casa, bendíganla antes diciendo: La paz sea en esta casa. 6Si en ella vive un hombre
de paz, recibirá la paz que ustedes le traen; de lo contrario, la bendición
volverá a ustedes. 7Mientras se queden en esa casa, coman y beban lo que les
ofrezcan, porque el obrero merece su salario. 8No vayan de casa en casa. Cuando
entren en una ciudad y sean bien recibidos, coman lo que les sirvan, 9sanen a los enfermos y
digan a su gente: El Reino de Dios ha venido a ustedes. 10Pero si entran en una
ciudad y no quieren recibirles, vayan a sus plazas y digan: 11Nos sacudimos y les
dejamos hasta el polvo de su ciudad que se ha pegado a nuestros pies. Con todo,
sépanlo bien: el Reino de Dios ha venido a ustedes. 12Yo les aseguro que, en el
día del juicio, Sodoma será tratada con menos rigor que esa ciudad. 13¡Pobre de ti, Corazaín!
¡Pobre de ti, Betsaida! Porque si los milagros que se han hecho en ustedes se
hubieran realizado en Tiro y Sidón, hace mucho tiempo que sus habitantes
habrían hecho penitencia, poniéndose vestidos de penitencia, y se habrían sentado
en la ceniza. 14Con toda seguridad Tiro y Sidón serán tratadas con menos rigor que
ustedes en el día del juicio. 15Y tú, Cafarnaún, ¿crees que te elevarás hasta el
cielo? No, serás precipitada hasta el lugar de los muertos. 16Quien les escucha a
ustedes, me escucha a mí; quien les rechaza a ustedes, me rechaza a mí; y el
que me rechaza a mí, rechaza al que me ha enviado».
JESÚS DA GRACIAS AL PADRE
17Los setenta y dos
discípulos volvieron muy contentos, diciendo: «Señor, hasta los demonios nos
obedecen al invocar tu nombre». 18Jesús les dijo: «Yo veía a Satanás caer del cielo
como un rayo. 19Miren que les he dado autoridad para pisotear serpientes y escorpiones
y poder sobre toda fuerza enemiga: no habrá arma que les haga daño a ustedes. 20Sin embargo, alégrense no
porque los demonios se someten a ustedes, sino más bien porque sus nombres
están escritos en los cielos». 21En ese momento Jesús se llenó del gozo del Espíritu
Santo y dijo: «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has
ocultado estas cosas a los sabios y entendidos y se las has dado a conocer a
los pequeñitos. Sí, Padre, pues tal ha sido tu voluntad. 22Mi Padre ha puesto todas
las cosas en mis manos; nadie sabe quién es el Hijo, sino el Padre; nadie sabe
quién es el Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quiera dárselo a
conocer». 23Después, volviéndose
hacia sus discípulos, Jesús les dijo a ellos solos: «¡Felices los ojos que ven
lo que ustedes ven! 24Porque yo les digo, que muchos profetas y reyes quisieron
ver lo que ustedes ven, y no lo vieron, y oír lo que ustedes oyen, y no lo
oyeron».
EL BUEN SAMARITANO
25Un maestro de la Ley, que
quería ponerlo a prueba, se levantó y le dijo: «Maestro, ¿qué debo hacer para
conseguir la vida eterna?» 26Jesús le dijo: «¿Qué está escrito en la Escritura? ¿Qué
lees en ella?» 27El hombre contestó: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con
toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente; y amarás a tu prójimo
como a ti mismo». 28Jesús le dijo: «¡Excelente respuesta! Haz eso y vivirás». 29El otro, que quería
justificar su pregunta, replicó: «¿Y quién es mi prójimo?» 30Jesús empezó a decir:
«Bajaba un hombre por el camino de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de unos
bandidos, que lo despojaron hasta de sus ropas, lo golpearon y se marcharon
dejándolo medio muerto. 31Por casualidad bajaba por ese camino un sacerdote; lo vio,
tomó el otro lado y siguió. 32Lo mismo hizo un levita que llegó a ese lugar: lo vio, tomó
el otro lado y pasó de largo. 33Un samaritano también pasó por aquel camino y lo vio;
pero éste se compadeció de él. 34Se acercó, curó sus heridas con aceite y vino y se
las vendó; después lo montó sobre el animal que él traía, lo condujo a una
posada y se encargó de cuidarlo. 35Al día siguiente sacó dos monedas y se las dio al
posadero diciéndole: «Cuídalo, y si gastas más, yo te lo pagaré a mi vuelta». 36Jesús entonces le
preguntó: «Según tu parecer, ¿cuál de estos tres fue el prójimo del hombre que
cayó en manos de los salteadores?» 37El maestro de la Ley contestó: «El
que se mostró compasivo con él». Y Jesús le dijo: «Vete y haz tú lo mismo».
MARTA Y MARÍA
38Siguiendo su camino,
entraron en un pueblo, y una mujer, llamada Marta, lo recibió en su casa. 39Tenía una hermana llamada
María, que se sentó a los pies del Señor y se quedó escuchando su palabra. 40Mientras tanto Marta
estaba absorbida por los muchos quehaceres de la casa. A cierto punto Marta se
acercó a Jesús y le dijo: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado
sola para atender? Dile que me ayude». 41Pero el Señor le respondió: «Marta,
Marta, tú andas preocupada y te pierdes en mil cosas: 42una sola es necesaria.
María ha elegido la mejor parte, que no le será quitada».
CAPÍTULO 11
JESÚS NOS ENSEÑA CÓMO
ORAR
1Un día estaba Jesús
orando en cierto lugar. Al terminar su oración, uno de sus discípulos le dijo:
«Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos». 2Les dijo: «Cuando recen,
digan: Padre, santificado sea tu Nombre,
venga tu Reino.
3Danos cada día el pan que
nos corresponde.
4Perdónanos nuestros
pecados,
porque también nosotros
perdonamos
a todo el que nos debe.
Y no nos dejes caer en la
tentación».
5Les dijo también:
«Supongan que uno de ustedes tiene un amigo y va a medianoche a su casa a
decirle: «Amigo, préstame tres panes, 6porque un amigo mío ha llegado de
viaje y no tengo nada que ofrecerle». 7Y el otro le responde a usted desde
adentro: «No me molestes; la puerta está cerrada y mis hijos y yo estamos ya
acostados; no puedo levantarme a dártelos». 8Yo les digo: aunque el hombre no se
levante para dárselo porque usted es amigo suyo, si usted se pone pesado, al
final le dará todo lo que necesita. 9Pues bien, yo les digo: Pidan y se
les dará, busquen y hallarán, llamen a la puerta y les abrirán. 10Porque todo el que pide
recibe, el que busca halla y al que llame a la puerta, se le abrirá. 11¿Habrá un padre entre
todos ustedes, que dé a su hijo una serpiente cuando le pide pan? 12Y si le pide un huevo,
¿le dará un escorpión? 13Si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus
hijos, ¡cuánto más el Padre del Cielo dará espíritu santo a los que se lo
pidan!».
JESÚS Y BEELZEBÚ
14Otro día Jesús estaba
expulsando un demonio: se trataba de un hombre mudo. Apenas salió el demonio,
el mudo empezó a hablar y la gente quedó admirada. 15Pero algunos de ellos
dijeron: «Este echa a los demonios con el poder de Belzebú, jefe de los
demonios». 16Y otros, para ponerlo a prueba, le pedían una señal que viniera del
cielo. 17Jesús, que conocía sus
pensamientos, les dijo: «Una nación dividida corre a la ruina, y los partidos
opuestos caen uno tras otro. 18Si Satanás también está dividido, ¿podrá mantenerse
su reino? ¿Cómo se les ocurre decir que yo echo a los demonios invocando a
Belzebú? 19Si yo echo los demonios
con la ayuda de Belzebú, los amigos de ustedes, ¿con ayuda de quién los echan?
Ellos apreciarán lo que ustedes acaban de decir. 20En cambio, si echo los demonios con
el dedo de Dios, comprendan que el Reino de Dios ha llegado a ustedes. 21Cuando el Fuerte, bien
armado, guarda su casa, todas sus cosas están seguras; 22pero si llega uno más
fuerte y lo vence, le quitará las armas en que confiaba y distribuirá todo lo
que tenía. 23El que no está conmigo, está contra mí; y el que no recoge conmigo,
desparrama. 24Cuando el espíritu malo sale del hombre, empieza a recorrer lugares
áridos, buscando un sitio donde descansar. Como no lo encuentra, se dice:
Volveré a mi casa de donde tuve que salir. 25Al llegar la encuentra bien barrida
y todo en orden. 26Se va, entonces, y regresa con otros siete espíritus peores
que él; entran y se quedan allí. De tal modo que la nueva condición de la
persona es peor que la primera». 27Mientras Jesús estaba hablando, una mujer levantó la
voz de entre la multitud y le dijo: «¡Feliz la que te dio a luz y te crió!» 28Jesús replicó: «¡Felices,
pues, los que escuchan la palabra de Dios y la observan!». 29Aumentaba la multitud por
la gente que llegaba y Jesús empezó a decir: «La gente de este tiempo es gente
mala. Piden una señal, pero no tendrán más señal que la señal de Jonás. 30Porque así como Jonás fue
una señal para los habitantes de Nínive, de igual manera el Hijo del Hombre
será una señal para esta generación. 31La reina del Sur resucitará en el
día del Juicio junto con la gente de hoy, y los acusará, porque ella vino desde
los confines de la tierra para escuchar la sabiduría de Salomón, y aquí tienen
ustedes mucho más que Salomón. 32Los habitantes de Nínive resucitarán en el día del
Juicio junto con la gente de hoy, y los acusarán, porque ellos se convirtieron
con la predicación de Jonás, y aquí ustedes tienen mucho más que Jonás. 33Nadie enciende una
lámpara para esconderla o taparla con un cajón, sino que la pone en un
candelero para que los que entren vean la claridad. 34Tu ojo es la lámpara de
tu cuerpo. Si tu ojo recibe la luz, toda tu persona tendrá luz; pero si tu ojo
está oscurecido, toda tu persona estará en oscuridad. 35Procura, pues, que la luz
que hay dentro de ti no se vuelva oscuridad. 36Si toda tu persona se abre a la luz
y no queda en ella ninguna parte oscura, llegará a ser radiante como bajo los
destellos de la lámpara».
¡POBRES DE USTEDES,
FARISEOS!
37Cuando Jesús terminó de
hablar, un fariseo lo invitó a comer a su casa. Entró y se sentó a la mesa. 38El fariseo entonces se
extrañó al ver que Jesús no se había lavado las manos antes de ponerse a comer.
39El Señor le dijo: «Así
son ustedes, los Fariseos. Ustedes limpian por fuera las copas y platos, pero
el interior de ustedes está lleno de rapiñas y perversidades. ¡Estúpidos! 40El que hizo lo exterior,
¿no hizo también lo interior? 41Pero, según ustedes, simplemente con dar limosnas
todo queda purificado. 42¡Pobres de ustedes, fariseos! Ustedes dan para el Templo la
décima parte de todo, sin olvidar la menta, la ruda y las otras hierbas, pero
descuidan la justicia y el amor a Dios. Esto es lo que tienen que practicar,
sin dejar de hacer lo otro. 43¡Pobres de ustedes, fariseos, que les gusta ocupar el
primer puesto en las sinagogas y ser saludados en las plazas! 44¡Pobres de ustedes!,
porque son como esas tumbas que apenas se notan : uno no se da cuenta sino
cuando ya las ha pisado». 45Un maestro de la Ley tomó entonces la palabra y dijo:
«Maestro, al hablar así nos ofendes también a nosotros». 46El contestó: «¡Pobres de
ustedes también, maestros de la Ley, porque imponen a los demás cargas
insoportables, y ustedes ni siquiera mueven un dedo para ayudarles! 47¡Pobres de ustedes, que
construyen monumentos a los profetas! ¿Quién los mató sino los padres de
ustedes? 48Así, pues, ustedes
reconocen lo que hicieron sus padres, pero siguen en lo mismo: ellos se
deshicieron de los profetas, y ustedes ahora pueden construir. 49La Sabiduría de Dios dice
también: Yo les voy a enviar profetas y apóstoles, pero esta gente matará o
perseguirá a varios de ellos. 50Por eso, a esta generación se le pedirá cuentas de la
sangre de todos los profetas derramada desde la creación del mundo: 51desde la sangre de Abel,
hasta la de Zacarías, que fue asesinado entre el altar y el Santuario. Sí, yo
se lo aseguro: la generación presente es la que tendrá que responder. 52¡Pobres de ustedes,
maestros de la Ley, que se adueñaron de la llave del saber! Ustedes mismos no
entraron, y cerraron el paso a los que estaban entrando. 53Cuando salió de allí, los
maestros de la Ley y los fariseos comenzaron a hostigarlo muy duramente. Le
pedían su parecer sobre un montón de cosas y le ponían trampas para
sorprenderlo en alguna de sus respuestas.
CAPÍTULO 12
NO TEMAN A LOS QUE MATAN
EL CUERPO
1Entre tanto se habían
reunido miles y miles de personas, hasta el punto de que se aplastaban unos a
otros. Entonces Jesús se puso a decir, especialmente para sus discípulos:
«Cuídense de la levadura de los fariseos, que es la hipocresía. 2Nada hay tan oculto que
no haya de ser descubierto o tan escondido que no haya de ser conocido. 3Por el contrario, todo lo
que hayan dicho en la oscuridad será oído a la luz del día, y lo que hayan
dicho al oído en las habitaciones será proclamado desde las azoteas. 4Yo les digo a ustedes,
mis amigos: No teman a los que matan el cuerpo y después ya no pueden hacer
nada más. 5Yo les voy a mostrar a
quién deben temer: teman a Aquel que, después de quitarle a uno la vida, tiene
poder para echarlo al infierno. Créanme que es a ése a quien deben temer. 6¿No se venden cinco
pajaritos por dos monedas? Pues bien, delante de Dios ninguno de ellos ha sido
olvidado. 7Incluso los cabellos de
ustedes están contados. No teman, pues ustedes valen más que un sinnúmero de
pajarillos. 8Yo
les digo: Si uno se pone de mi parte delante de los hombres, también el Hijo
del Hombre se pondrá de su parte delante de los ángeles de Dios; 9pero el que me niegue
delante de los hombres, será también negado él delante de los ángeles de Dios. 10Para el que critique al
Hijo del Hombre habrá perdón, pero no habrá perdón para el que calumnie al
Espíritu Santo. 11Cuando los lleven ante las sinagogas, los jueces y las autoridades, no
se preocupen de cómo se van a defender o qué van a decir; 12llegada la hora, el
Espíritu Santo les enseñará lo que tengan que decir».
NO ESTÁ LA VIDA EN EL
POSEER
13Uno de entre la gente
pidió a Jesús: «Maestro, dile a mi hermano que me dé mi parte de la herencia». 14Le contestó: «Amigo,
¿quién me ha nombrado juez o repartidor entre ustedes?» 15Después dijo a la gente:
«Eviten con gran cuidado toda clase de codicia, porque aunque uno lo tenga
todo, no son sus posesiones las que le dan vida». 16A continuación les propuso este
ejemplo: «Había un hombre rico, al que sus campos le habían producido mucho. 17Pensaba: ¿Qué voy a
hacer? No tengo dónde guardar mis cosechas. 18Y se dijo: Haré lo siguiente: echaré
abajo mis graneros y construiré otros más grandes; allí amontonaré todo mi
trigo, todas mis reservas. 19Entonces yo conmigo hablaré: Alma mía, tienes aquí muchas
cosas guardadas para muchos años; descansa, come, bebe, pásalo bien». 20Pero Dios le dijo:
"¡Pobre loco! Esta misma noche te reclaman tu alma. ¿Quién se quedará con
lo que has preparado?" 21Esto vale para toda persona que amontona para sí misma, en
vez de acumular para Dios».
NO SE INQUIETEN POR CÓMO
VIVIRÁN
22Jesús dijo a sus
discípulos: «No se atormenten por su vida con cuestiones de alimentos, ni por
su cuerpo con cuestiones de ropa. 23Miren que la vida es más que el
alimento y el cuerpo más que el vestido. 24Aprendan de los cuervos: no siembran
ni cosechan, no tienen bodegas ni graneros, y sin embargo Dios los alimenta. ¡Y
ustedes valen mucho más que las aves! 25¿Quién de ustedes, por más que se
preocupe, puede añadir algo a su estatura? 26Si ustedes no tienen poder sobre
cosas tan pequeñas, ¿cómo van a preocuparse por las demás? 27Aprendan de los lirios
del campo: no hilan ni tejen, pero yo les digo que ni Salomón, con todo su
lujo, se pudo vestir como uno de ellos. 28Y si Dios da tan lindo vestido a la
hierba del campo, que hoy está y mañana se echará al fuego, ¿qué no hará por
ustedes, gente de poca fe? 29No estén pendientes de lo que comerán o beberán: ¡no se
atormenten! 30Estas son cosas tras las cuales corren todas las naciones del mundo,
pero el Padre de ustedes sabe que ustedes las necesitan. 31Busquen más bien el
Reino, y se les darán también esas cosas. 32No temas, pequeño rebaño, porque al
Padre de ustedes le agradó darles el Reino. 33Vendan lo que tienen y repártanlo en
limosnas. Háganse junto a Dios bolsas que no se rompen de viejas y reservas que
no se acaban; allí no llega el ladrón, y no hay polilla que destroce. 34Porque donde está tu
tesoro, allí estará también tu corazón.
ESTÉN PREPARADOS
35Tengan puesta la ropa de
trabajo y sus lámparas encendidas. 36Sean como personas que esperan que
su patrón regrese de la boda para abrirle apenas llegue y golpee a la puerta. 37Felices los sirvientes a
los que el patrón encuentre velando a su llegada. Yo les aseguro que él mismo
se pondrá el delantal, los hará sentar a la mesa y los servirá uno por uno. 38Y si es la medianoche, o
la madrugada cuando llega y los encuentra así, ¡felices esos sirvientes! 39Si el dueño de casa
supiera a qué hora vendrá el ladrón, ustedes entienden que se mantendría
despierto y no le dejaría romper el muro. 40Estén también ustedes preparados,
porque el Hijo del Hombre llegará a la hora que menos esperan». 41Pedro preguntó: «Señor,
esta parábola que has contado, ¿es sólo para nosotros o es para todos?» 42El Señor contestó:
«Imagínense a un administrador digno de confianza y capaz. Su señor lo ha
puesto al frente de sus sirvientes y es él quien les repartirá a su debido
tiempo la ración de trigo. 43Afortunado ese servidor si al llegar su señor lo encuentra
cumpliendo su deber. 44En verdad les digo que le encomendará el cuidado de todo lo
que tiene. 45Pero puede ser que el administrador piense: «Mi patrón llegará tarde».
Si entonces empieza a maltratar a los sirvientes y sirvientas, a comer, a beber
y a emborracharse, 46llegará su patrón el día en que menos lo espera y a la hora
menos pensada, le quitará su cargo y lo mandará donde aquellos de los que no se
puede fiar. 47Este servidor conocía la voluntad de su patrón; si no ha cumplido las
órdenes de su patrón y no ha preparado nada, recibirá un severo castigo. 48En cambio, si es otro que
hizo sin saber algo que merece azotes, recibirá menos golpes. Al que se le ha
dado mucho, se le exigirá mucho; y cuanto más se le haya confiado, tanto más se
le pedirá cuentas. 49He venido a traer fuego a la tierra y ¡cuánto desearía que
ya estuviera ardiendo! 50Pero también he de recibir un bautismo y ¡qué angustia
siento hasta que no se haya cumplido! 51¿Creen ustedes que he venido para
establecer la paz en la tierra? Les digo que no; más bien he venido a traer
división. 52Pues de ahora en adelante
hasta en una casa de cinco personas habrá división: tres contra dos y dos
contra tres. 53El padre estará contra del hijo y el hijo contra el padre; la madre
contra la hija y la hija contra la madre; la suegra contra la nuera y la nuera
contra la suegra». 54También decía Jesús a la gente: «Cuando ustedes ven una
nube que se levanta por el poniente, inmediatamente dicen: "Va a
llover", y así sucede. 55Y cuando sopla el viento sur, dicen: "Hará
calor", y así sucede. 56¡Gente superficial! Ustedes saben interpretar el aspecto de
la tierra y del cielo, y ¿cómo es que no comprenden el tiempo presente? 57¿Cómo no son capaces de
juzgar por ustedes mismos lo que es justo? 58Mientras vas donde las autoridades
con tu adversario, aprovecha la caminata para reconciliarte con él, no sea que
te arrastre ante el juez y el juez te entregue al carcelero, y el carcelero te
encierre en la cárcel. 59Yo te aseguro que no saldrás de allí hasta que no hayas
pagado el último centavo.
CAPÍTULO 13
LA HIGUERA QUE NO DA
FRUTO
1En ese momento algunos le
contaron a Jesús una matanza de galileos. Pilato los había hecho matar en el
Templo, mezclando su sangre con la sangre de sus sacrificios. 2Jesús les replicó:
«¿Creen ustedes que esos galileos eran más pecadores que los demás porque
corrieron semejante suerte? 3Yo les digo que no. Y si ustedes no renuncian a sus
caminos, perecerán del mismo modo. 4Y aquellas dieciocho personas que
quedaron aplastadas cuando la torre de Siloé se derrumbó, ¿creen ustedes que
eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? 5Yo les aseguro que no. Y
si ustedes no renuncian a sus caminos, todos perecerán de igual modo». 6Jesús continuó con esta
comparación: «Un hombre tenía una higuera que crecía en medio de su viña. Fue a
buscar higos, pero no los halló. 7Dijo entonces al viñador: «Mira, hace tres años que vengo a
buscar higos a esta higuera, pero nunca encuentro nada. Córtala. ¿Para qué está
consumiendo la tierra inútilmente?» 8El viñador contestó: «Señor, déjala
un año más y mientras tanto cavaré alrededor y le echaré abono. 9Puede ser que así dé
fruto en adelante y, si no, la cortas».
UNA CURACIÓN EN DÍA
SÁBADO
10Un sábado Jesús estaba
enseñando en una sinagoga. 11Había allí una mujer que desde hacía dieciocho años estaba
poseída por un espíritu que la tenía enferma, y estaba tan encorvada que no
podía enderezarse de ninguna manera. 12Jesús la vio y la llamó. Luego le
dijo: «Mujer, quedas libre de tu mal». 13Y le impuso las manos. Al instante
se enderezó y se puso a alabar a Dios. 14Pero el presidente de la sinagoga se
enojó porque Jesús había hecho esta curación en día sábado, y dijo a la gente:
«Hay seis días en los que se puede trabajar; vengan, pues, en esos días para
que los sanen, pero no en día sábado». 15El Señor le replicó: «¡Ustedes son
unos falsos! ¿Acaso no desatan del pesebre a su buey o a su burro en día sábado
para llevarlo a la fuente? 16Esta es hija de Abraham, y Satanás la mantenía atada desde
hace dieciocho años; ¿no se la debía desatar precisamente en día sábado?» 17Mientras Jesús hablaba,
sus adversarios se sentían avergonzados; en cambio la gente se alegraba por las
muchas maravillas que le veían hacer.
DOS PARÁBOLAS
18Jesús continuó diciendo:
«¿A qué puedo comparar el Reino de Dios? ¿Con qué ejemplo podría ilustrarlo? 19Es semejante a un grano
de mostaza que un hombre tomó y sembró en su jardín. Creció y se convirtió en
un arbusto y los pájaros del cielo se refugiaron en sus ramas». 20Y dijo otra vez: «¿Con
qué ejemplo podría ilustrar el Reino de Dios? 21Es semejante a la levadura que tomó
una mujer y la metió en tres medidas de harina hasta que fermentó toda la
masa».
LA PUERTA ANGOSTA
22Jesús iba enseñando por
ciudades y pueblos mientras se dirigía a Jerusalén. 23Alguien le preguntó:
«Señor, ¿es verdad que son pocos los que se salvarán?» 24Jesús respondió:
«Esfuércense por entrar por la puerta angosta, porque yo les digo que muchos
tratarán de entrar y no lo lograrán. 25Si a ustedes les ha tocado estar
fuera cuando el dueño de casa se levante y cierre la puerta, entonces se pondrán
a golpearla y a gritar: ¡Señor, ábrenos! Pero les contestará: No sé de dónde
son ustedes. 26Entonces comenzarán a decir: Nosotros hemos comido y bebido contigo, y
tú has enseñado en nuestras plazas. 27Pero él les dirá de nuevo: No sé de
dónde son ustedes. ¡Aléjense de mí todos los malhechores! 28Habrá llanto y rechinar
de dientes cuando vean a Abraham, a Isaac, a Jacob y a todos los profetas en el
Reino de Dios, y ustedes, en cambio, sean echados fuera. 29Gente del oriente y del
poniente, del norte y del sur, vendrán a sentarse a la mesa en el Reino de
Dios. 30¡Qué sorpresa! Unos que
estaban entre los últimos son ahora primeros, mientras que los primeros han
pasado a ser últimos». 31En ese momento unos fariseos llegaron para avisarle:
«Márchate de aquí, porque Herodes quiere matarte». 32Jesús les contestó:
«Vayan a decir a ese zorro: Hoy y mañana expulso demonios y realizo curaciones,
y al tercer día llegaré a mi término. 33Pero tengo que seguir mi camino hoy,
mañana y un poco más, porque no es correcto que un profeta sea asesinado fuera
de Jerusalén. 34¡Jerusalén, Jerusalén! ¡Qué bien matas a los profetas y apedreas a los
que te son enviados! ¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos como la
gallina reúne a sus polluelos debajo de sus alas, y tú no has querido! 35Por eso se van a quedar
con su Templo vacío y no me volverán a ver hasta que llegue el tiempo en que
ustedes dirán: «¡Bendito sea el que viene en Nombre del Señor!»
CAPÍTULO 14
1Un sábado Jesús fue a
comer a la casa de uno de los fariseos más importantes, y ellos lo observaban. 2Por casualidad había
delante de él un hombre que sufría de hinchazón. 3Jesús preguntó a los maestros de la
Ley y a los fariseos: «¿Está permitido por la Ley curar en día sábado o no?» 4Pero ninguno respondió.
Jesús entonces se acercó al enfermo, lo curó y lo despidió. 5Después les dijo: «Si a
uno de ustedes se le cae su burro o su buey en un pozo en día sábado, ¿acaso no
va en seguida a sacarlo?» 6Y no pudieron contestarle.
LOS PRIMEROS ASIENTOS
7Jesús notó que los
invitados trataban de ocupar los puestos de honor, por lo que les dio esta
lección: 8«Cuando alguien te invite
a un banquete de bodas, no escojas el mejor lugar. Puede ocurrir que haya sido
invitado otro más importante que tú, 9y el que los invitó a los dos venga
y te diga: Deja tu lugar a esta persona. Y con gran vergüenza tendrás que ir a
ocupar el último lugar. 10Al contrario, cuando te inviten, ponte en el último lugar y
así, cuando llegue el que te invitó, te dirá: Amigo, ven más arriba. Esto será
un gran honor para ti ante los demás invitados. 11Porque el que se ensalza será
humillado y el que se humilla será ensalzado». 12Jesús dijo también al que lo había
invitado: «Cuando des un almuerzo o una comida, no invites a tus amigos,
hermanos, parientes o vecinos ricos, porque ellos a su vez te invitarán a ti y
así quedarás compensado. 13Cuando des un banquete, invita más bien a los pobres, a los
inválidos, a los cojos y a los ciegos. 14¡Qué suerte para ti, si ellos no
pueden compensarte! Pues tu recompensa la recibirás en la resurrección de los
justos».
LOS INVITADOS QUE SE
EXCUSAN
15Al oír estas palabras,
uno de los invitados le dijo: «Feliz el que tome parte en el banquete del Reino
de Dios». 16Jesús respondió: «Un
hombre dio un gran banquete e invitó a mucha gente. 17A la hora de la comida
envió a un sirviente a decir a los invitados: «Vengan, que ya está todo listo».
18Pero todos por igual
comenzaron a disculparse. El primero dijo: «Acabo de comprar un campo y tengo
que ir a verlo; te ruego que me disculpes». 19Otro dijo: «He comprado cinco yuntas
de bueyes y voy a probarlas; te ruego que me disculpes». 20Y otro dijo: «Acabo de
casarme y por lo tanto no puedo ir». 21Al regresar, el sirviente se lo
contó a su patrón, que se enojó. Pero dijo al sirviente: «Sal en seguida a las
plazas y calles de la ciudad y trae para acá a los pobres, a los inválidos, a
los ciegos y a los cojos». 22Volvió el sirviente y dijo: «Señor, se hizo lo que mandaste
y todavía queda lugar». 23El patrón entonces dijo al sirviente: «Vete por los caminos
y por los límites de las propiedades y obliga a la gente a entrar hasta que se
llene mi casa. 24En cuanto a esos señores que había invitado, yo les aseguro que ninguno
de ellos probará mi banquete».
LO QUE CUESTA SEGUIR A
JESÚS
25Caminaba con Jesús un
gran gentío. Se volvió hacia ellos y les dijo: 26«Si alguno quiere venir a mí y no se
desprende de su padre y madre, de su mujer e hijos, de sus hermanos y hermanas,
e incluso de su propia persona, no puede ser discípulo mío. 27El que no carga con su
propia cruz para seguirme luego, no puede ser discípulo mío. 28Cuando uno de ustedes
quiere construir una casa en el campo, ¿no comienza por sentarse y hacer las
cuentas, para ver si tendrá para terminarla? 29Porque si pone los cimientos y
después no puede acabar la obra, todos los que lo vean se burlarán de él 30diciendo: ¡Ese hombre
comenzó a edificar y no fue capaz de terminar! 31Y cuando un rey parte a pelear
contra otro rey, ¿no se sienta antes para pensarlo bien? ¿Podrá con sus diez
mil hombres hacer frente al otro que viene contra él con veinte mil? 32Y si no puede, envía
mensajeros mientras el otro está aún lejos para llegar a un arreglo. 33Esto vale para ustedes:
el que no renuncia a todo lo que tiene, no podrá ser discípulo mío. 34La sal es una cosa buena,
pero si la sal deja de ser sal, ¿con qué se la salará de nuevo? 35Ya no sirve para el campo
ni para estiércol; se la tirará fuera. Escuchen, pues, si tienen oídos».
CAPÍTULO 15
LA OVEJA PERDIDA
1Los publicanos y
pecadores se acercaban a Jesús para escucharle. 2Por esto los fariseos y los maestros
de la Ley lo criticaban entre sí: «Este hombre da buena acogida a los pecadores
y come con ellos». 3Entonces Jesús les dijo esta parábola: 4«Si alguno de ustedes
pierde una oveja de las cien que tiene, ¿no deja las otras noventa y nueve en
el desierto y se va en busca de la que se le perdió, hasta que la encuentra? 5Y cuando la encuentra se
la carga muy feliz sobre los hombros, 6y al llegar a su casa reúne a los
amigos y vecinos y les dice: "Alégrense conmigo, porque he encontrado la
oveja que se me había perdido." 7Yo les digo que de igual modo habrá
más alegría en el cielo por un solo pecador que vuelve a Dios que por noventa y
nueve justos que no tienen necesidad de convertirse. 8Y si una mujer pierde una
moneda de las diez que tiene, ¿no enciende una lámpara, barre la casa y busca
cuidadosamente hasta que la encuentra? 9Y apenas la encuentra, reúne a sus
amigas y vecinas y les dice: Alégrense conmigo, porque hallé la moneda que se
me había perdido. 10De igual manera, yo se lo digo, hay alegría entre los
ángeles de Dios por un solo pecador que se convierte».
EL HIJO PRÓDIGO
11Jesús continuó: «Había un
hombre que tenía dos hijos. 12El menor dijo a su padre: "Dame la parte de la
hacienda que me corresponde." Y el padre repartió sus bienes entre los
dos. 13El hijo menor juntó todos
sus haberes, y unos días después, se fue a un país lejano. Allí malgastó su
dinero llevando una vida desordenada. 14Cuando ya había gastado todo,
sobrevino en aquella región una escasez grande y comenzó a pasar necesidad. 15Fue a buscar trabajo, y
se puso al servicio de un habitante del lugar que lo envió a su campo a cuidar
cerdos. 16Hubiera deseado llenarse
el estómago con la comida que daban a los cerdos, pero nadie le daba algo. 17Finalmente recapacitó y
se dijo: ¡Cuántos asalariados de mi padre tienen pan de sobra, mientras yo aquí
me muero de hambre! 18Tengo que hacer algo: volveré donde mi padre y le diré:
«Padre, he pecado contra Dios y contra ti. 19Ya no merezco ser llamado hijo tuyo.
Trátame como a uno de tus asalariados». 20Se levantó, pues, y se fue donde su
padre. Estaba aún lejos, cuando su padre lo vio y sintió compasión; corrió a
echarse a su cuello y lo besó. 21Entonces el hijo le habló: «Padre, he pecado contra
Dios y ante ti. Ya no merezco ser llamado hijo tuyo». 22Pero el padre dijo a sus
servidores: «¡Rápido! Traigan el mejor vestido y pónganselo. Colóquenle un
anillo en el dedo y traigan calzado para sus pies. 23Traigan el ternero gordo
y mátenlo; comamos y hagamos fiesta, 24porque este hijo mío estaba muerto y
ha vuelto a la vida; estaba perdido y lo hemos encontrado». Y comenzaron la
fiesta. 25El hijo mayor estaba en
el campo. Al volver, cuando se acercaba a la casa, oyó la orquesta y el baile. 26Llamó a uno de los
muchachos y le preguntó qué significaba todo aquello. 27El le respondió: «Tu
hermano ha regresado a casa, y tu padre mandó matar el ternero gordo por
haberlo recobrado sano y salvo». 28El hijo mayor se enojó y no quiso entrar. Su padre
salió a suplicarle. 29Pero él le contestó: «Hace tantos años que te sirvo sin
haber desobedecido jamás ni una sola de tus órdenes, y a mí nunca me has dado
un cabrito para hacer una fiesta con mis amigos. 30Pero ahora que vuelve ese hijo tuyo,
que se ha gastado tu dinero con prostitutas, haces matar para él el ternero
gordo». 31El padre le dijo: «Hijo,
tú estás siempre conmigo y todo lo mío es tuyo. 32Pero había que hacer fiesta y
alegrarse, puesto que tu hermano estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba
perdido y ha sido encontrado».
CAPÍTULO 16
EL ADMINISTRADOR ASTUTO
1Jesús dijo también a sus
discípulos: «Había un hombre rico que tenía un administrador, y le vinieron a
decir que estaba malgastando sus bienes. 2Lo mandó llamar y le dijo: «¿Qué
oigo decir de ti? Dame cuenta de tu administración, porque ya no continuarás en
ese cargo». 3El
administrador se dijo: «¿Qué voy a hacer ahora que mi patrón me despide de mi
empleo? Para trabajar la tierra no tengo fuerzas, y pedir limosna me da
vergüenza. 4Ya
sé lo que voy a hacer para que, cuando me quiten el cargo, tenga gente que me
reciba en su casa». 5Llamó uno por uno a los que tenían deudas con su patrón, y
dijo al primero: 6«¿Cuánto debes a mi patrón?» Le contestó: «Cien barriles de
aceite». Le dijo el administrador: «Toma tu recibo, siéntate y escribe en
seguida cincuenta». 7Después dijo a otro: «Y tú, ¿cuánto le debes?» Contestó:
«Cuatrocientos quintales de trigo». Entonces le dijo: «Toma tu recibo y escribe
trescientos». 8El
patrón admiró la manera tan inteligente de actuar de ese administrador que lo
estafaba. Pues es cierto que los ciudadanos de este mundo sacan más provecho de
sus relaciones sociales que los hijos de la luz. 9Por eso les digo: Utilicen el sucio
dinero para hacerse amigos, para que cuando les llegue a faltar, los reciban a
ustedes en las viviendas eternas. 10El que ha sido digno de confianza en
cosas sin importancia, será digno de confianza también en las importantes y el
que no ha sido honrado en las cosas mínimas, tampoco será honrado en las cosas
importantes. 11Por lo tanto, si ustedes no han sido dignos de confianza en manejar el
sucio dinero, ¿quién les va a confiar los bienes verdaderos? 12Y si no se han mostrado
dignos de confianza con cosas ajenas, ¿quién les confiará los bienes que son
realmente nuestros? 13Ningún siervo puede servir a dos patrones, porque
necesariamente odiará a uno y amará al otro o bien será fiel a uno y
despreciará al otro. Ustedes no pueden servir al mismo tiempo a Dios y al Dinero.
14Los fariseos escuchaban
todo esto, pero se burlaban de Jesús porque eran personas apegadas al dinero.
El les dijo: 15«Ustedes aparentan ser gente perfecta, pero Dios conoce los corazones,
y lo que los hombres tienen por grande, lo aborrece Dios. 16La época de la Ley y de
los Profetas se cerró con Juan. Desde entonces se está proclamando el Reino de
Dios, y cada cual se esfuerza por conquistarlo. 17Más fácil es que pasen el Cielo y la
tierra, que no que deje de cumplirse una sola letra de la Ley. 18Todo hombre que se
divorcia de su mujer y se casa con otra, comete adulterio. Y el que se casa con
una mujer divorciada de su marido, también comete adulterio.
EL RICO Y LÁZARO
19Había un hombre rico que
se vestía con ropa finísima y comía regiamente todos los días. 20Había también un pobre,
llamado Lázaro, todo cubierto de llagas, que estaba tendido a la puerta del
rico. 21Hubiera deseado saciarse
con lo que caía de la mesa del rico, y hasta los perros venían a lamerle las
llagas. 22Pues bien, murió el pobre
y fue llevado por los ángeles al cielo junto a Abraham. También murió el rico,
y lo sepultaron. 23Estando en el infierno, en medio de los tormentos, el rico
levantó los ojos y vio a lo lejos a Abraham y a Lázaro con él en su regazo. 24Entonces gritó: «Padre
Abraham, ten piedad de mí, y manda a Lázaro que moje en agua la punta de su
dedo y me refresque la lengua, porque me atormentan estas llamas». 25Abraham le respondió:
«Hijo, recuerda que tú recibiste tus bienes durante la vida, mientras que Lázaro
recibió males. Ahora él encuentra aquí consuelo y tú, en cambio, tormentos. 26Además, mira que hay un
abismo tremendo entre ustedes y nosotros, y los que quieran cruzar desde aquí
hasta ustedes no podrían hacerlo, ni tampoco lo podrían hacer del lado de
ustedes al nuestro». 27El otro replicó: «Entonces te ruego, padre Abraham, que
envíes a Lázaro a la casa de mi padre, 28a mis cinco hermanos: que vaya a
darles su testimonio para que no vengan también ellos a parar a este lugar de
tormento». 29Abraham le contestó: «Tienen a Moisés y a los profetas; que los
escuchen». 30El rico insistió: «No lo harán, padre Abraham; pero si alguno de entre
los muertos fuera donde ellos, se arrepentirían». 31Abraham le replicó: «Si no escuchan
a Moisés y a los profetas, aunque resucite uno de entre los muertos, no se
convencerán».
CAPÍTULO 17
1Dijo Jesús a sus
discípulos: «Es imposible que no haya escándalos y caídas, pero ¡pobre del que
hace caer a los demás! 2Mejor sería que lo arrojaran al mar con una piedra de molino
atada al cuello, antes que hacer caer a uno de estos pequeños. 3Cuídense ustedes mismos.
Si tu hermano te ofende, repréndelo; y si se arrepiente, perdónalo. 4Si te ofende siete veces
al día y otras tantas vuelve arrepentido y te dice: "Lo siento",
perdónalo».
5Los apóstoles dijeron al
Señor: «Auméntanos la fe». 6El Señor respondió: «Si ustedes tienen un poco de fe, no
más grande que un granito de mostaza, dirán a ese árbol: Arráncate y plántate
en el mar, y el árbol les obedecerá. 7¿Acaso tienen un servidor que está
arando o cuidando el rebaño? Y cuando éste vuelve del campo, ¿le dicen acaso:
Entra y descansa? 8¿No le dirán más bien: Prepárame la comida y ponte el
delantal para servirme hasta que yo haya comido y bebido, y después comerás y
beberás tú? 9¿Y
quién de ustedes se sentirá agradecido con él porque hizo lo que le fue
mandado? 10Así también ustedes,
cuando hayan hecho todo lo que les ha sido mandado, digan: Somos servidores que
no hacíamos falta, hemos hecho lo que era nuestro deber».
LOS DIEZ LEPROSOS
11De camino a Jerusalén,
Jesús pasaba por los confines entre Samaría y Galilea, 12y al entrar en un pueblo,
le salieron al encuentro diez leprosos. Se detuvieron a cierta distancia 13y gritaban: «Jesús,
Maestro, ten compasión de nosotros». 14Jesús les dijo: «Vayan y preséntense
a los sacerdotes». 15Mientras iban quedaron sanos. Uno de ellos, al verse sano,
volvió de inmediato alabando a Dios en alta voz, 16y se echó a los pies de Jesús con el
rostro en tierra, dándole las gracias. Era un samaritano. 17Jesús entonces preguntó:
«¿No han sido sanados los diez? ¿Dónde están los otros nueve? 18¿Así que ninguno volvió a
glorificar a Dios fuera de este extranjero?» 19Y Jesús le dijo: «Levántate y vete;
tu fe te ha salvado».
LA VENIDA DEL REINO DE
DIOS
20Los fariseos estaban
preguntando a Jesús: «¿Cuándo llegará el Reino de Dios?» Les contestó: «La
venida del Reino de Dios no es cosa que se pueda verificar. 21No van a decir:
"Está aquí, o está allá". Y sepan que el Reino de Dios está en medio
de ustedes». 22Jesús dijo además a sus discípulos: «Llegará un tiempo en que ustedes
desearán ver alguna de las manifestaciones del Hijo del Hombre, pero no la
verán. 23Entonces les dirán:
"Está aquí, está allá." No vayan, no corran. 24En efecto, como el fulgor
del relámpago rasga el cielo desde un extremo hasta el otro, así sucederá con
el Hijo del Hombre cuando llegue su día. 25Pero antes tiene que sufrir mucho y
ser rechazado por esta gente. 26En los días del Hijo del Hombre sucederá lo mismo que
en tiempos de Noé: 27la gente comía, bebía, y se casaban hombres y mujeres,
hasta el día en que Noé entró en el arca y vino el diluvio que los hizo perecer
a todos. 28Ocurrirá lo mismo que en
tiempos de Lot: la gente comía y bebía, compraba y vendía, plantaba y
edificaba. 29Pero el día que salió Lot de Sodoma, cayó desde el cielo una lluvia de
fuego y azufre que los mató a todos. 30Lo mismo sucederá el día en que se
manifieste el Hijo del Hombre. 31Aquel día, el que esté en la terraza, que no baje a
buscar sus cosas al interior de la casa; y el que esté en el campo, que no se
vuelva atrás. 32Acuérdense de la mujer de Lot. 33El que intente guardar su vida la
perderá, pero el que la entregue, la hará nacer a nueva vida. 34Yo les declaro que
aquella noche, de dos personas que estén durmiendo en una misma cama, una será
llevada y la otra dejada; 35dos mujeres estarán moliendo juntas, pero una será llevada
y la otra dejada». 36Entonces preguntaron a Jesús: «¿Dónde sucederá eso, Señor?»
37Y él respondió: «Donde
esté el cuerpo, allí se juntarán los buitres».
CAPÍTULO 18
ORAR SIN DESANIMARSE
1Jesús les mostró con un
ejemplo que debían orar siempre, sin desanimarse jamás: 2«En una ciudad había un
juez que no temía a Dios ni le importaba la gente. 3En la misma ciudad había
también una viuda que acudía a él para decirle: Hazme justicia contra mi
adversario. 4Durante
bastante tiempo el juez no le hizo caso, pero al final pensó: Es cierto que no
temo a Dios y no me importa la gente, 5pero esta viuda ya me molesta tanto
que le voy a hacer justicia; de lo contrario acabará rompiéndome la cabeza». 6Y el Señor dijo: «¿Se han
fijado en las palabras de este juez malo? 7¿Acaso Dios no hará justicia a sus
elegidos, si claman a él día y noche, mientras él deja que esperen? 8Yo les aseguro que les
hará justicia, y lo hará pronto. Pero cuando venga el Hijo del Hombre,
¿encontrará fe sobre la tierra?».
EL FARISEO Y EL PUBLICANO
9Jesús dijo esta parábola
por algunos que estaban convencidos de ser justos y despreciaban a los demás. 10«Dos hombres subieron al
Templo a orar. Uno era fariseo y el otro publicano. 11El fariseo, puesto de
pie, oraba en su interior de esta manera: «Oh Dios, te doy gracias porque no
soy como los demás hombres, que son ladrones, injustos, adúlteros, o como ese
publicano. 12Ayuno dos veces por semana y doy la décima parte de todas mis
entradas». 13Mientras tanto el publicano se quedaba atrás y no se atrevía a levantar
los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: «Dios mío, ten
piedad de mí, que soy un pecador». 14Yo les digo que este último estaba
en gracia de Dios cuando volvió a su casa, pero el fariseo no. Porque el que se
hace grande será humillado, y el que se humilla será enaltecido». 15Le traían también niños
pequeñitos para que los tocara, pero los discípulos empezaron a reprender a
esas personas. 16Jesús pidió que se los trajeran, diciendo: «Dejen que los niños vengan
a mí y no se lo impidan, porque el Reino de Dios pertenece a los que son como
ellos. 17En verdad les digo que el
que no reciba el Reino de Dios como niño no entrará en él».
EL QUE NO QUISO SEGUIR A
JESÚS
18Cierto hombre importante
le preguntó: «Maestro bueno, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?»
19Jesús le dijo: «¿Por qué
me llamas bueno? Sólo Dios es bueno, nadie más. 20Ya sabes los mandamientos: No
cometas adulterio, no mates, no robes, no levantes falsos testimonios, honra a
tu padre y a tu madre». 21Pero él contestó: «Todo esto lo he cumplido ya desde
joven». 22Al oír esto, Jesús le
dijo: «Todavía te falta una cosa: vende todo lo que tienes, reparte el dinero
entre los pobres y tendrás un tesoro en el cielo; después ven y sígueme». 23Ante tal respuesta, el
hombre se puso triste, pues era muy rico. 24Al verlo, dijo Jesús: «¡Qué difícil
es, para los que tienen riquezas, entrar en el Reino de Dios! 25Es más fácil para un
camello pasar por el ojo de una aguja que para un rico entrar en el Reino de
Dios». 26Los presentes dijeron:
«¿Quién podrá salvarse entonces?» 27Jesús respondió: «Lo que es
imposible para los hombres es posible para Dios». 28En ese momento Pedro dijo: «Ya ves
que nosotros hemos dejado todo lo que teníamos y te hemos seguido». 29Jesús respondió: «Yo les
aseguro que ninguno dejará casa, esposa, hermanos, padre, o hijos a causa del
Reino de Dios 30sin que reciba mucho más en el tiempo presente y, en el mundo venidero,
la vida eterna». 31Jesús tomó aparte a los Doce y les dijo: «Estamos subiendo
a Jerusalén y allí se va a cumplir todo lo que escribieron los profetas sobre
el Hijo del Hombre: 32será entregado al poder extranjero; será burlado,
maltratado y escupido, 33y después de azotarlo lo matarán. Pero al tercer día
resucitará». 34Los Doce no entendieron nada de. Este era un lenguaje misterioso para
ellos y no comprendían lo que decía.
EL CIEGO DE JERICÓ
35Ya cerca de Jericó, había
un ciego sentado al borde del camino pidiendo limosna. 36Al oír que pasaba mucha
gente, preguntó qué era aquello, 37y le dieron la noticia: ¡Es Jesús, el nazareno, que
pasa por aquí! 38Entonces empezó a gritar: «¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!»
39Los que iban delante le
levantaron la voz para que se callara, pero él gritaba con más fuerza: «¡Jesús,
hijo de David, ten compasión de mí!» 40Jesús se detuvo y ordenó que se lo
trajeran, y cuando tuvo al ciego cerca, le preguntó: 41«¿Qué quieres que haga
por ti?» Le respondió: «Señor, haz que vea». 42Jesús le dijo: «Recobra la vista, tu
fe te ha salvado». 43Al instante el ciego pudo ver. El hombre seguía a Jesús,
glorificando a Dios, y toda la gente que lo presenció también bendecía a Dios.
CAPÍTULO 19
JESÚS Y ZAQUEO
1Habiendo entrado Jesús en
Jericó, atravesaba la ciudad. 2Había allí un hombre llamado Zaqueo, que era jefe de los
cobradores del impuesto y muy rico. 3Quería ver cómo era Jesús, pero no
lo conseguía en medio de tanta gente, pues era de baja estatura. 4Entonces se adelantó
corriendo y se subió a un árbol para verlo cuando pasara por allí. 5Cuando llegó Jesús al
lugar, miró hacia arriba y le dijo: «Zaqueo, baja en seguida, pues hoy tengo que
quedarme en tu casa». 6Zaqueo bajó rápidamente y lo recibió con alegría. 7Entonces todos empezaron
a criticar y a decir: «Se ha ido a casa de un rico que es un pecador». 8Pero Zaqueo dijo
resueltamente a Jesús: «Señor, voy a dar la mitad de mis bienes a los pobres, y
a quien le haya exigido algo injustamente le devolveré cuatro veces más». 9Jesús, pues, dijo con
respecto a él: «Hoy ha llegado la salvación a esta casa, pues también este
hombre es un hijo de Abraham. 10El Hijo del Hombre ha venido a buscar y a salvar lo
que estaba perdido».
LAS DIEZ MONEDAS
11Cuando Jesús estaba ya
cerca de Jerusalén, dijo esta parábola, pues los que lo escuchaban creían que
el Reino de Dios se iba a manifestar de un momento a otro. 12«Un hombre de una familia
noble se fue a un país lejano para ser nombrado rey y volver después. 13Llamó a diez de sus
servidores, les entregó una moneda de oro a cada uno y les dijo: «Comercien con
ese dinero hasta que vuelva». 14Pero sus compatriotas lo odiaban y mandaron detrás de
él una delegación para que dijera: «No queremos que éste sea nuestro rey». 15Cuando volvió, había sido
nombrado rey. Mandó, pues, llamar a aquellos servidores a quienes les había
entregado el dinero, para ver cuánto había ganado cada uno. 16Se presentó el primero y
dijo: «Señor, tu moneda ha producido diez más». 17Le contestó: «Está bien, servidor
bueno; ya que fuiste fiel en cosas muy pequeñas, ahora te confío el gobierno de
diez ciudades». 18Vino el segundo y le dijo: «Señor, tu moneda ha producido otras cinco
más». 19El rey le contestó: «Tú
también gobernarás cinco ciudades». 20Llegó el tercero y dijo: «Señor,
aquí tienes tu moneda. La he guardado envuelta en un pañuelo 21porque tuve miedo de ti.
Yo sabía que eres un hombre muy exigente: reclamas lo que no has depositado y
cosechas lo que no has sembrado». 22Le contestó el rey: «Por tus propias
palabras te juzgo, servidor inútil. Si tú sabías que soy un hombre exigente,
que reclamo lo que no he depositado y cosecho lo que no he sembrado, 23¿por qué no pusiste mi
dinero en el banco? Así a mi regreso lo habría cobrado con los intereses». 24Y dijo el rey a los
presentes: «Quítenle la moneda y dénsela al que tiene diez». 25«Pero, señor, le
contestaron, ya tiene diez monedas». 26Yo les digo que a todo el que
produce se le dará más, pero al que no tiene, se le quitará aun lo que tiene. 27En cuanto a esos enemigos
míos que no me quisieron por rey, tráiganlos aquí y mátenlos en mi presencia».
JESÚS ENTRA EN JERUSALÉN
28Dicho esto, Jesús pasó
adelante y emprendió la subida hacia Jerusalén. 29Cuando se acercaban a Betfagé y
Betania, al pie del monte llamado de los Olivos, Jesús envió a dos de sus
discípulos y les dijo: 30«Vayan al pueblo de enfrente y al entrar en él encontrarán
atado un burrito que no ha sido montado por nadie hasta ahora. Desátenlo y
tráiganmelo. 31Si alguien les pregunta por qué lo desatan, contéstenle que el Señor lo
necesita». 32Fueron los dos discípulos y hallaron todo tal como Jesús les había
dicho. 33Mientras soltaban el
burrito llegaron los dueños y les preguntaron: «¿Por qué desatan ese burrito?» 34Contestaron: «El Señor lo
necesita». 35Trajeron entonces el burrito y le echaron sus capas encima para que
Jesús se montara. 36La gente extendía sus mantos sobre el camino a medida que
iba avanzando. 37Al acercarse a la bajada del monte de los Olivos, la multitud de los
discípulos comenzó a alabar a Dios a gritos, con gran alegría, por todos los
milagros que habían visto. 38Decían: «¡Bendito el que viene como Rey, en el nombre del
Señor! ¡Paz en el cielo y gloria en lo más alto de los cielos!» 39Algunos fariseos que se
encontraban entre la gente dijeron a Jesús: «Maestro, reprende a tus
discípulos». 40Pero él contestó: «Yo les aseguro que si ellos se callan, gritarán las
piedras». 41Al acercarse y viendo la
ciudad, lloró por ella, 42y dijo: «¡Si al menos en este día tú conocieras los caminos
de la paz! Pero son cosas que tus ojos no pueden ver todavía. 43Vendrán días sobre ti en
que tus enemigos te cercarán de trincheras, te atacarán y te oprimirán por
todos los lados. 44Te estrellarán contra el suelo a ti y a tus hijos dentro de
ti, y no dejarán en ti piedra sobre piedra, porque no has reconocido el tiempo
ni la visita de tu Dios». 45Jesús entró después en el recinto del Templo y comenzó a
expulsar a los comerciantes que estaban allí actuando. 46Les declaró: «Dios dice
en la Escritura: Mi casa será casa de oración. Pero ustedes la han convertido
en un refugio de ladrones». 47Jesús enseñaba todos los días en el Templo. Los jefes de
los sacerdotes y los maestros de la Ley buscaban el modo de acabar con él, al
igual que las autoridades de los judíos, 48pero no sabían qué hacer, pues todo
el pueblo lo escuchaba y estaba pendiente de sus palabras.
CAPÍTULO 20
1Uno de esos días en que
Jesús enseñaba en el Templo anunciando la Buena Nueva al pueblo, se acercaron
los jefes de los sacerdotes y los maestros de la Ley con algunos jefes de los
judíos, y le dijeron: 2«Dinos con qué derecho haces estas cosas. ¿Quién te ha dado
autoridad para hacer lo que haces?» 3Jesús les contestó: «Yo también les
voy a hacer a ustedes una pregunta. Háblenme 4del bautismo de Juan. Este asunto
¿venía de Dios o era cosa de los hombres?» 5Ellos razonaron entre sí: «Si
contestamos que este asunto venía de Dios, él nos dirá: ¿Por qué entonces no le
creyeron? 6Y si respondemos que era
cosa de hombres, todo el pueblo nos apedreará, pues está convencido de que Juan
era un profeta». 7Por eso le contestaron: «No lo sabemos». 8Jesús les dijo entonces:
«Tampoco yo les diré a ustedes con qué autoridad hago estas cosas».
LOS TRABAJADORES ASESINOS
9Jesús se puso a contar a
la gente esta parábola: «Un hombre plantó una viña, la arrendó a unos
trabajadores y después se fue al extranjero por mucho tiempo. 10En el momento oportuno
envió a un servidor a los inquilinos para que le entregaran su parte del fruto
de la viña. Pero los inquilinos lo golpearon y lo hicieron volver con las manos
vacías. 11Volvió a mandar a otro
servidor, que también lo golpearon, lo insultaron y lo echaron con las manos
vacías. 12Todavía mandó a un
tercero, pero también a éste lo hirieron y lo echaron. 13El dueño de la viña se
dijo entonces: ¿Qué hacer? Enviaré a mi hijo querido, pues a él lo respetarán. 14Pero los trabajadores,
apenas lo vieron, se dijeron unos a otros: Este es el heredero, matémoslo y nos
quedaremos con la propiedad. 15Lo arrojaron, pues, fuera de la viña y lo mataron.
Ahora bien, ¿qué hará con ellos el dueño de la viña? 16Vendrá, hará morir a esos
trabajadores y entregará la viña a otros». Al oír esto, algunos dijeron: «¡No
lo quiera Dios!» 17Jesús, fijando su mirada en ellos, les dijo: «¿Qué
significan entonces esas palabras de la Escritura: La piedra que rechazaron los
constructores ha venido a ser la piedra principal. 18El que caiga sobre esta
piedra se hará pedazos, y al que le caiga encima quedará aplastado?» 19Los maestros de la Ley y
los jefes de los sacerdotes hubieran querido detenerlo en ese momento, pues
habían entendido muy bien que esta parábola de Jesús aludía a ellos, pero
tuvieron miedo de la multitud.
EL IMPUESTO DEL CÉSAR
20Entonces empezaron a
seguir a Jesús de cerca; le enviaron unos espías que fingieron buena fe para
aprovecharse de sus palabras y poder así entregarlo al gobernador y su
justicia. 21Le preguntaron: «Maestro,
sabemos que hablas y enseñas con rectitud, que no te dejas influenciar por
nadie, sino que enseñas con absoluta franqueza el camino de Dios. 22¿Está permitido pagar
impuestos al César o no?» 23Jesús vio su astucia y les dijo: «Muéstrenme una moneda. 24¿De quién es esa cara y
el nombre que tiene escrito?» Le contestaron: «Del César». 25Entonces les dijo: «Pues
bien, devuelvan al César las cosas del César, y a Dios lo que corresponde a
Dios». 26Con esto no pudieron
atraparlo en lo que decía en público, sino que quedaron muy sorprendidos por su
respuesta y se callaron.
LOS MUERTOS RESUCITARÁN
27Se acercaron a Jesús
algunos saduceos. Esta gente niega que haya resurrección, y por eso le
plantearon esta cuestión: 28«Maestro, Moisés nos dejó escrito: Si un hombre tiene
esposa y muere sin dejar hijos, el hermano del difunto debe tomar a la viuda
para darle un hijo, que tomará la sucesión del difunto. 29Había, pues, siete
hermanos. Se casó el primero y murió sin tener hijos. 30El segundo y el tercero
se casaron después con la viuda. 31Y así los siete, pues todos murieron sin dejar hijos.
32Finalmente murió también
la mujer. 33Si hay resurrección, ¿de
cuál de ellos será esposa esta mujer, puesto que los siete la tuvieron?» 34Jesús les respondió: «Los
de este mundo se casan, hombres y mujeres, 35pero los que sean juzgados dignos de
entrar en el otro mundo y de resucitar de entre los muertos, ya no toman marido
ni esposa. 36Además ya no pueden morir, sino que son como ángeles. Son también hijos
de Dios, por haber nacido de la resurrección. 37En cuanto a saber si los muertos
resucitan, el mismo Moisés lo dio a entender en el pasaje de la zarza, cuando
llama al Señor: Dios de Abraham, Dios de Isaac y Dios de Jacob. 38El no es Dios de muertos,
sino de vivos, y todos viven por él». 39Intervinieron algunos maestros de la
Ley, y le dijeron: «Maestro, has hablado bien». 40Pero en adelante no se atrevieron a
hacerle más preguntas. 41Entonces él les dijo: «¿Cómo dice la gente que el Mesías es
el hijo de David? 42Porque David mismo dice en el libro de los Salmos: Dijo el
Señor a mi Señor: Siéntate a mi derecha 43hasta que ponga a tus enemigos bajo
tus pies. 44Si David lo llama Señor,
¿cómo puede ser hijo suyo?» 45Jesús dijo también a sus discípulos ante toda la gente que
escuchaba: 46«Cuídense de esos maestros de la Ley a los que les gusta llevar largas
vestiduras, y ser saludados en las plazas, y ocupar los puestos reservados en
las sinagogas y los lugares de honor en los banquetes. 47Se introducen con sus
largas oraciones, y luego devoran los bienes de las viudas. Esos tendrán una
sentencia muy rigurosa».
CAPÍTULO 21
LA OFRENDA DE LA VIUDA
1Jesús levantó la mirada y
vio a unos ricos que depositaban sus ofrendas en el arca del tesoro del Templo.
2Vio también a una viuda
muy pobre que echaba dos moneditas. 3Entonces dijo: «En verdad les digo
que esa viuda sin recursos ha echado más que todos ellos, 4porque estos otros han
dado de lo que les sobra, mientras que ella, no teniendo recursos, ha echado
todo lo que tenía para vivir».
JESÚS PREDICE LA
DESTRUCCIÓN DE JERUSALÉN
5Como algunos estaban
hablando del Templo, con sus hermosas piedras y los adornos que le habían sido
regalados, 6Jesús
les dijo: «Mírenlo bien, porque llegarán días en que todo eso será arrasado y
no quedará piedra sobre piedra». 7Le preguntaron: «Maestro, ¿cuándo sucederá eso, y qué
señales habrá antes de que ocurran esas cosas?» 8Jesús contestó: «Estén sobre aviso y
no se dejen engañar; porque muchos usurparán mi nombre y dirán: Yo soy el
Mesías, el tiempo está cerca. No los sigan. 9No se asusten si oyen hablar de
guerras y disturbios, porque estas cosas tienen que ocurrir primero, pero el
fin no llegará tan de inmediato». 10Entonces Jesús les dijo: «Se
levantará una nación contra otra y un reino contra otro. 11Habrá grandes terremotos,
pestes y hambre en diversos lugares. Se verán también cosas espantosas y
señales terribles en el cielo. 12Pero antes de que eso ocurra los tomarán a ustedes
presos, los perseguirán, los entregarán a los tribunales judíos y los meterán
en sus cárceles. Los harán comparecer ante reyes y gobernadores por causa de mi
nombre, 13y ésa será para ustedes
la oportunidad de dar testimonio de mí. 14Tengan bien presente que no deberán
preocuparse entonces por su defensa. 15Pues yo mismo les daré palabras y
sabiduría, y ninguno de sus opositores podrá resistir ni contradecirles. 16Ustedes serán entregados
por sus padres, hermanos, parientes y amigos, 17y algunos de ustedes serán
ajusticiados. 18Serán odiados por todos a causa de mi nombre. Con todo, ni un cabello
de su cabeza se perderá. 19Manténganse firmes y se salvarán. 20Cuando vean a Jerusalén
rodeada por ejércitos, sepan que muy pronto será devastada. 21Los que estén en Judea,
que huyan a los montes; los que estén dentro de la ciudad, que salgan y se
alejen; y los que estén en los campos, que no vuelvan a la ciudad. 22Porque esos serán los
días en que se rendirán cuentas, y se cumplirán todas las cosas que fueron
anunciadas en la Escritura. 23¡Pobres de las mujeres embarazadas o que estén criando en
esos días! Porque una gran calamidad sobrevendrá al país y estallará sobre este
pueblo la cólera de Dios. 24Morirán al filo de la espada, serán llevados prisioneros a
todas las naciones, y Jerusalén será pisoteada por las naciones hasta que se
cumplan los tiempos de las naciones.
VENIDA DEL HIJO DEL
HOMBRE
25Entonces habrá señales en
el sol, en la luna y en las estrellas, y por toda la tierra los pueblos estarán
llenos de angustia, aterrados por el estruendo del mar embravecido. 26La gente se morirá de
espanto con sólo pensar en lo que va a caer sobre la humanidad, porque las
fuerzas del universo serán sacudidas. 27Y en ese preciso momento verán al
Hijo del Hombre viniendo en la Nube, con gran poder e infinita gloria».
LAS SEÑALES DE LOS
TIEMPOS
28«Cuando se presenten los
primeros signos, enderécense y levanten la cabeza, porque está cerca su
liberación». 29Y Jesús propuso esta comparación: «Fíjense en la higuera y en los demás
árboles. 30Cuando echan los primeros
brotes, ustedes saben que el verano ya está cerca. 31Así también, apenas vean
ustedes que suceden las cosas que les dije, sepan que el Reino de Dios está
cerca. 32Yo les aseguro que no
pasará esta generación hasta que todo eso suceda. 33El cielo y la tierra pasarán, pero
mis palabras no pasarán. 34Cuiden de ustedes mismos, no sea que una vida
materializada, las borracheras o las preocupaciones de este mundo los vuelvan
interiormente torpes y ese día caiga sobre ustedes de improviso, 35pues se cerrará como una
trampa sobre todos los habitantes de la tierra. 36Por eso estén vigilando y orando en
todo momento, para que se les conceda escapar de todo lo que debe suceder y
estar de pie ante el Hijo del Hombre». 37Durante el día Jesús enseñaba en el
Templo, y luego salía e iba a pasar la noche al aire libre al monte de los
Olivos. 38Y desde muy temprano todo
el pueblo acudía donde él al Templo para escucharlo.
CAPÍTULO 22
LA TRAICIÓN DE JUDAS
1Se acercaba la fiesta de
los Panes sin Levadura, llamada también fiesta de la Pascua. 2Los jefes de los
sacerdotes y los maestros de la Ley no encontraban la manera de hacer
desaparecer a Jesús, pues tenían miedo del pueblo. 3Pero Satanás entró en
Judas, por sobrenombre Iscariote, que era uno de los Doce, 4y fue a tratar con los
jefes de los sacerdotes y con los jefes de la policía del Templo sobre el modo
de entregarles a Jesús. 5Ellos se alegraron y acordaron darle una cantidad de
dinero. 6Judas aceptó el trato y
desde entonces buscaba una oportunidad para entregarlo cuando no estuviera el
pueblo. 7Llegó el día de la fiesta
de los Panes sin Levadura, en que se debía sacrificar el cordero de Pascua. 8Jesús, por su parte,
envió a Pedro y a Juan, diciéndoles: «Vayan a preparar lo necesario para que
celebremos la Cena de Pascua». 9Le preguntaron: «¿Dónde quieres que la preparemos?» 10Jesús les contestó:
«Cuando entren en la ciudad, encontrarán a un hombre que lleva un jarro de
agua. 11Síganlo hasta la casa
donde entre y digan al dueño de la casa: El Maestro manda a decirte: ¿Dónde
está la pieza en que comeré la Pascua con mis discípulos? 12El les mostrará una sala
grande y amueblada en el piso superior. Preparen allí lo necesario». 13Se fueron, pues, y
hallaron todo tal como Jesús les había dicho; y prepararon la Pascua.
LA CENA DEL SEÑOR
14Llegada la hora, Jesús se
sentó a la mesa con los apóstoles 15y les dijo: «Yo tenía gran deseo de
comer esta Pascua con ustedes antes de padecer. 16Porque, se lo digo, ya no la volveré
a comer hasta que sea la nueva y perfecta Pascua en el Reino de Dios». 17Jesús recibió una copa,
dio gracias y les dijo: «Tomen esto y repártanlo entre ustedes, 18porque les aseguro que ya
no volveré a beber del jugo de la uva hasta que llegue el Reino de Dios». 19Después tomó pan y, dando
gracias, lo partió y se lo dio diciendo: «Esto es mi cuerpo, que es entregado
por ustedes. Hagan esto en memoria mía». 20Hizo lo mismo con la copa después de
cenar, diciendo: «Esta copa es la alianza nueva sellada con mi sangre, que es
derramada por ustedes». 21Sepan que la mano del que me traiciona está aquí conmigo
sobre la mesa. 22El Hijo del Hombre se va por el camino trazado desde antes. Pero ¡pobre
del hombre que lo entrega!» 23Entonces empezaron a preguntarse unos a otros quién de
ellos iba a hacer tal cosa. 24Luego comenzaron a discutir sobre quién de ellos era el más
importante. 25Jesús les dijo: «Los reyes de las naciones las gobiernan como dueños, y
los mismos que las oprimen se hacen llamar bienhechores. 26Pero no será así entre
ustedes. Al contrario, el más importante entre ustedes debe portarse como si
fuera el último, y el que manda, como si fuera el que sirve. 27Porque ¿quién es más
importante: el que está a la mesa o el que está sirviendo? El que está sentado,
por supuesto. Y sin embargo yo estoy entre ustedes como el que sirve. 28Ustedes son los que han
permanecido conmigo, compartiendo mis pruebas. 29Por eso les doy autoridad como mi
Padre me la dio a mí haciéndome rey. 30Ustedes comerán y beberán a mi mesa
en mi Reino, y se sentarán en tronos para gobernar a las doce tribus de Israel.
31¡Simón, Simón! Mira que
Satanás ha pedido permiso para sacudirlos a ustedes como trigo que se limpia; 32pero yo he rogado por ti
para que tu fe no se venga abajo. Y tú, cuando hayas vuelto, tendrás que
fortalecer a tus hermanos». 33Pedro dijo: «Señor, estoy dispuesto a ir contigo a la
prisión y a la muerte». 34Pero Jesús le respondió: «Yo lo digo, Pedro, que antes de
que cante hoy el gallo, habrás negado tres veces que me conoces». 35Jesús también les dijo:
«Cuando les envié sin cartera ni equipaje ni calzado, ¿les faltó algo?» Ellos
contestaron: «Nada». 36Y Jesús agregó: «Pues ahora, el que tenga cartera, que la
tome, y lo mismo el equipaje. Y el que no tenga espada, que venda el manto para
comprarse una. 37Pues les aseguro que tiene que cumplirse en mi persona lo que dice la
Escritura: Ha sido contado entre los delincuentes. Ahora bien, todo lo que se
refiere a mí está llegando a su fin». 38Ellos le dijeron: «Mira, Señor, aquí
hay dos espadas». El les respondió: «¡Basta ya!»
JESÚS EN EL HUERTO DE
GETSEMANÍ
39Después Jesús salió y se
fue, como era su costumbre, al monte de los Olivos, y lo siguieron también sus
discípulos. 40Llegados al lugar, les dijo: «Oren para que no caigan en tentación». 41Después se alejó de ellos
como a la distancia de un tiro de piedra, y doblando las rodillas oraba 42con estas palabras:
«Padre, si quieres, aparta de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino
la tuya». 43(Entonces se le apareció
un ángel del cielo para animarlo. 44Entró en agonía y oraba con mayor
insistencia. Su sudor se convirtió en gotas de sangre que caían hasta el
suelo.) 45Después de orar, se
levantó y fue hacia donde estaban los discípulos. Pero los halló dormidos,
abatidos por la tristeza. 46Les dijo: «¿Ustedes duermen? Levántense y oren para que no
caigan en tentación». 47Todavía estaba hablando cuando llegó un grupo encabezado
por Judas, uno de los Doce. Como se acercaba a Jesús para darle un beso, 48Jesús le dijo: «Judas,
¿con un beso traicionas al Hijo del Hombre?» 49Los que estaban con Jesús vieron lo
que iba a pasar y le preguntaron: «Maestro, ¿sacamos la espada?» 50Y uno de ellos hirió al
servidor del sumo sacerdote cortándole la oreja derecha. 51Pero Jesús le dijo:
«¡Basta ya!» Y tocando la oreja del hombre, lo sanó. 52Jesús se dirigió después
a los que habían venido a tomarlo preso, a los jefes de los sacerdotes, de la
policía del Templo y de los judíos y les dijo: «Tal vez buscan a un ladrón, y
por eso han venido a detenerme con espadas y palos. 53¿Por qué no me detuvieron
cuando día tras día estaba entre ustedes en el Templo? Pero ahora reinan las
tinieblas, y es la hora de ustedes».
JESÚS ES PROCESADO
54Entonces lo apresaron y
lo llevaron a la casa del sumo sacerdote, donde entraron; Pedro los seguía a
distancia. 55Prendieron un fuego en medio del patio y luego se sentaron alrededor;
Pedro también se acercó y se sentó entre ellos. 56Como estaba ahí sentado en la
claridad del fuego, una muchachita de la casa lo vio y, después de mirarlo,
dijo: «Este también estaba con él» 57Pero él lo negó diciendo: «Mujer, yo
no lo conozco». 58Momentos después otro exclamó al verlo: «Tú también eres uno de ellos».
Pero Pedro respondió: «No, hombre, no lo soy». 59Como una hora más tarde, otro
afirmaba: «Seguramente éste estaba con él, pues además es galileo». 60De nuevo Pedro lo negó
diciendo: «Amigo, no sé de qué hablas». Todavía estaba hablando cuando un gallo
cantó. 61El Señor se volvió y fijó
la mirada en Pedro. Y Pedro se acordó de la palabra del Señor, que le había
dicho: «Antes de que cante hoy el gallo, me habrás negado tres veces». 62Y, saliendo afuera, lloró
amargamente. 63Los hombres que custodiaban a Jesús empezaron a burlarse de él y a
darle golpes. 64Le cubrieron la cara, y después le preguntaban: «Adivina quién te
pegó». 65Y proferían toda clase de
insultos contra él. 66Cuando amaneció, se reunieron los jefes de los judíos, los
jefes de los sacerdotes y los maestros de la Ley, y mandaron traer a Jesús ante
su Consejo. 67Le interrogaron: «¿Eres tú el Cristo? Respóndenos». Jesús respondió: «Si se lo digo, ustedes no
me creerán, 68y si les hago alguna pregunta, ustedes no me contestarán. 69Desde ahora, sin embargo,
el Hijo del Hombre estará sentado a la derecha del Dios Poderoso». 70Todos dijeron: «Entonces,
¿tú eres el Hijo de Dios?» Jesús contestó: «Dicen bien, yo soy». 71Ellos dijeron: «¿Para qué
buscar otro testimonio? Nosotros mismos lo hemos oído de su boca».
CAPÍTULO 23
JESÚS ANTE PILATO
1El Consejo en pleno se
levantó y llevaron a Jesús ante Pilato. 2Allí empezaron con sus acusaciones:
«Hemos comprobado que este hombre es un agitador. Se opone a que se paguen los
impuestos al César y pretende ser el rey enviado por Dios». 3Entonces Pilato lo
interrogó en estos términos: «¿Eres tú el rey de los judíos?» Jesús le contestó:
«Tú eres el que lo dice». 4Pilato se dirigió a los jefes de los sacerdotes y a la
multitud. Les dijo: «Yo no encuentro delito alguno en este hombre». 5Pero ellos insistieron:
«Está enseñando por todo el país de los judíos y sublevando al pueblo. Comenzó
en Galilea y ha llegado hasta aquí». 6Al oír esto, Pilato preguntó si
aquel hombre era galileo. 7Cuando supo que Jesús pertenecía a la jurisdicción de
Herodes, se lo envió, pues Herodes se hallaba también en Jerusalén por aquellos
días. 8Al ver a Jesús, Herodes
se alegró mucho. Hacía tiempo que deseaba verlo por las cosas que oía de él, y
esperaba que Jesús hiciera algún milagro en su presencia. 9Le hizo, pues, un montón
de preguntas. Pero Jesús no contestó nada, 10mientras los jefes de los sacerdotes
y los maestros de la Ley permanecían frente a él y reiteraban sus acusaciones. 11Herodes con su guardia lo
trató con desprecio; para burlarse de él lo cubrió con un manto espléndido y lo
devolvió a Pilato. 12Y ese mismo día Herodes y Pilato, que eran enemigos, se
hicieron amigos. 13Pilato convocó a los jefes de los sacerdotes, a los jefes
de los judíos y al pueblo 14y les dijo: «Ustedes han traído ante mí a este hombre
acusándolo de sublevar al pueblo. Pero después de interrogarlo en presencia de
ustedes, no he podido comprobar ninguno de los cargos que le hacen. 15Y tampoco Herodes, pues
me lo devolvió. Es evidente que este hombre no ha hecho nada que merezca la
muerte. 16Así que después de
castigarlo lo dejaré en libertad». (17) 18Pero todos ellos se pusieron a
gritar: «¡Elimina a éste y devuélvenos a Barrabás! 19Este Barrabás había sido
encarcelado por algunos disturbios y un asesinato en la ciudad. 20Pilato, que quería librar
a Jesús, les dirigió de nuevo la palabra, 21pero seguían gritando:
«¡Crucifícalo, crucifícalo!» 22Por tercera vez les dijo: «Pero, ¿qué mal ha hecho
este hombre? Yo no he encontrado nada que merezca la muerte; por eso, después
de azotarlo, lo dejaré en libertad». 23Pero ellos insistían a grandes voces
pidiendo que fuera crucificado, y el griterío iba en aumento. 24Entonces Pilato pronunció
la sentencia que ellos reclamaban. 25Soltó al que estaba preso por
agitador y asesino, pues a éste lo querían, y entregó a Jesús como ellos
pedían.
CAMINO DE LA CRUZ
26Cuando lo llevaban,
encontraron a un tal Simón de Cirene que volvía del campo, y le cargaron con la
cruz para que la llevara detrás de Jesús. 27Lo seguía muchísima gente,
especialmente mujeres que se golpeaban el pecho y se lamentaban por él. 28Jesús, volviéndose hacia
ellas, les dijo: «Hijas de Jerusalén, no lloren por mí. Lloren más bien por
ustedes mismas y por sus hijos. 29Porque llegarán días en que se dirá: «Felices las
mujeres que no tienen hijos. Felices las que no dieron a luz ni amamantaron». 30Entonces dirán: «¡Que
caigan sobre nosotros los montes, y nos sepulten los cerros!» 31Porque si así tratan al
árbol verde, qué harán con el seco?» 32Junto con Jesús llevaban también a
dos malhechores para ejecutarlos. 33Al llegar al lugar llamado de la
Calavera, lo crucificaron allí, y con él a los malhechores, uno a su derecha y
el otro a su izquierda. 34(Mientras tanto Jesús decía: «Padre, perdónalos, porque no
saben lo que hacen».) Después los soldados se repartieron sus ropas echándolas
a suerte. 35La gente estaba allí
mirando; los jefes, por su parte, se burlaban diciendo: «Si salvó a otros, que
se salve a sí mismo, ya que es el Mesías de Dios, el Elegido». 36También los soldados se
burlaban de él. Le ofrecieron vino agridulce 37diciendo: «Si tú eres el rey de los
judíos, sálvate a ti mismo». 38Porque había sobre la cruz un letrero que decía:
«Este es el rey de los judíos». 39Uno de los malhechores que estaban crucificados con
Jesús lo insultaba: «¿No eres tú el Mesías? ¡Sálvate a ti mismo y también a
nosotros». 40Pero el otro lo reprendió diciendo: «¿No temes a Dios tú, que estás en
el mismo suplicio? 41Nosotros lo hemos merecido y pagamos por lo que hemos
hecho, 42pero éste no ha hecho
nada malo». Y añadió: «Jesús, acuérdate de mí cuando entres en tu Reino». 43Jesús le respondió: «En
verdad te digo que hoy mismo estarás conmigo en el paraíso». 44Hacia el mediodía se
ocultó el sol y todo el país quedó en tinieblas hasta las tres de la tarde. 45En ese momento la cortina
del Templo se rasgó por la mitad, 46y Jesús gritó muy fuerte: «Padre, en
tus manos encomiendo mi espíritu». Y dichas estas palabras, expiró. 47El capitán, al ver lo que
había sucedido, reconoció la mano de Dios y dijo: «Realmente este hombre era un
justo». 48Y toda la gente que se
había reunido para ver este espectáculo, al ver lo ocurrido, comenzó a irse
golpeándose el pecho. 49Estaban a distancia los conocidos de Jesús, especialmente
las mujeres que lo habían acompañado desde Galilea, y todo esto lo presenciaron
ellas. 50Intervino entonces un
hombre bueno y justo llamado José, que era miembro del Consejo Supremo, 51pero que no había estado
de acuerdo con los planes ni actos de los otros. Era de Arimatea, una ciudad de
Judea, y esperaba el Reino de Dios. 52Se presentó, pues, ante Pilato y le
pidió el cuerpo de Jesús. 53Después de bajarlo de la cruz, lo envolvió en una sábana y
lo depositó en un sepulcro nuevo cavado en la roca, donde nadie había sido
enterrado aún. 54Era el día de la Preparación de la Pascua y ya estaba para comenzar el
día sábado. 55Las mujeres que habían venido desde Galilea con Jesús no se habían
alejado; vieron de cerca el sepulcro y cómo colocaban su cuerpo. 56Después que volvieron a
sus casas, prepararon perfumes y mirra, y el sábado descansaron, según manda la
Ley.
CAPÍTULO 24
EL SEÑOR HA RESUCITADO
1El primer día de la
semana, muy temprano, fueron las mujeres al sepulcro, llevando los perfumes que
habían preparado. 2Pero se encontraron con una novedad: la piedra que cerraba
el sepulcro había sido removida, 3y al entrar no encontraron el cuerpo del Señor Jesús. 4No sabían qué pensar,
pero en ese momento vieron a su lado a dos hombres con ropas fulgurantes. 5Estaban tan asustadas que
no se atrevían a levantar los ojos del suelo. Pero ellos les dijeron: «¿Por qué
buscan entre los muertos al que vive? 6No está aquí. Resucitó. Acuérdense
de lo que les dijo cuando todavía estaba en Galilea: 7el Hijo del Hombre debe
ser entregado en manos de los pecadores y ser crucificado, y al tercer día
resucitará». 8Ellas
entonces recordaron las palabras de Jesús. 9Al volver del sepulcro, les contaron
a los Once y a todos los demás lo que les había sucedido. 10Las que hablaban eran
María de Magdala, Juana y María, la madre de Santiago. También las demás
mujeres que estaban con ellas decían lo mismo a los apóstoles. 11Pero no les creyeron, y
esta novedad les pareció puros cuentos. 12Pedro, sin embargo, se levantó y fue
corriendo al sepulcro; se agachó y no vio más que los lienzos. Así que volvió a
casa preguntándose lo que había pasado.
LOS DISCÍPULOS DE EMAÚS
13Aquel mismo día dos
discípulos se dirigían a un pueblecito llamado Emaús, que está a unos doce
kilómetros de Jerusalén, 14e iban conversando sobre todo lo que había ocurrido. 15Mientras conversaban y
discutían, Jesús en persona se les acercó y se puso a caminar con ellos, 16pero algo impedía que sus
ojos lo reconocieran. 17El les dijo: «¿De qué van discutiendo por el camino?» Se
detuvieron, y parecían muy desanimados. 18Uno de ellos, llamado Cleofás, le
contestó: «¿Cómo? ¿Eres tú el único peregrino en Jerusalén que no está enterado
de lo que ha pasado aquí estos días?» 19«¿Qué pasó?», les preguntó. Le
contestaron: «¡Todo el asunto de Jesús Nazareno!» Era un profeta poderoso en
obras y palabras, reconocido por Dios y por todo el pueblo. 20Pero nuestros sumos
sacerdotes y nuestros jefes renegaron de él, lo hicieron condenar a muerte y
clavar en la cruz. 21Nosotros pensábamos que él sería el que debía libertar a
Israel. Pero todo está hecho, y ya van dos días que sucedieron estas cosas. 22En realidad, algunas
mujeres de nuestro grupo nos han inquietado, 23pues fueron muy de mañana al
sepulcro y, al no hallar su cuerpo, volvieron hablando de una aparición de
ángeles que decían que estaba vivo. 24Algunos de los nuestros fueron al
sepulcro y hallaron todo tal como habían dicho las mujeres, pero a él no lo
vieron». 25Entonces él les dijo:
«¡Qué poco entienden ustedes, y qué lentos son sus corazones para creer todo lo
que anunciaron los profetas! 26¿No tenía que ser así y que el Mesías padeciera para
entrar en su gloria?» 27Y les interpretó lo que se decía de él en todas las
Escrituras, comenzando por Moisés y luego todos los profetas. 28Al llegar cerca del
pueblo al que iban, hizo como que quisiera seguir adelante, 29pero ellos le insistieron
diciendo: «Quédate con nosotros, ya está cayendo la tarde y se termina el día».
Entró, pues, para quedarse con ellos. 30Y esto sucedió. Mientras estaba en
la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio, 31y en ese momento se les
abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero ya había desaparecido. 32Entonces se dijeron el
uno al otro: «¿No sentíamos arder nuestro corazón cuando nos hablaba en el
camino y nos explicaba las Escrituras?» 33De inmediato se levantaron y
volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once y a los de su
grupo. 34Estos les dijeron: «Es
verdad. El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón». 35Ellos, por su parte,
contaron lo sucedido en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.
JESÚS SE APARECE A LOS
APÓSTOLES
36Mientras estaban hablando
de todo esto, Jesús estuvo en medio de ellos (y les dijo: «Paz a ustedes»). 37Quedaron atónitos y
asustados, pensando que veían algún espíritu, 38pero él les dijo: «¿Por qué se
desconciertan? ¿Cómo se les ocurre pensar eso? 39Miren mis manos y mis pies: soy yo.
Tóquenme y fíjense bien que un espíritu no tiene carne ni huesos como ustedes
ven que yo tengo». 40(Y dicho esto les mostró las manos y los pies). 41Y como no acababan de
creerlo por su gran alegría y seguían maravillados, les dijo: «¿Tienen aquí
algo que comer?» 42Ellos, entonces, le ofrecieron un pedazo de pescado asado
(y una porción de miel); 43lo tomó y lo comió delante ellos.
LAS ÚLTIMAS INSTRUCCIONES
44Jesús les dijo: «Todo
esto se lo había dicho cuando estaba todavía con ustedes; tenía que cumplirse
todo lo que está escrito en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos
referente a mí». 45Entonces les abrió la mente para que entendieran las
Escrituras. 46Les dijo: «Todo esto estaba escrito: los padecimientos del Mesías y su
resurrección de entre los muertos al tercer día. 47Luego debe proclamarse en su nombre
el arrepentimiento y el perdón de los pecados, comenzando por Jerusalén, y
yendo después a todas las naciones, invitándolas a que se conviertan. 48Ustedes son testigos de
todo esto. 49Ahora yo voy a enviar sobre ustedes lo que mi Padre prometió.
Permanezcan, pues, en la ciudad hasta que sean revestidos de la fuerza que
viene de arriba». 50Jesús los llevó hasta cerca de Betania y, levantando las
manos, los bendijo. 51Y mientras los bendecía, se separó de ellos (y fue llevado
al cielo. 52Ellos se postraron ante
él.) Después volvieron llenos de gozo a Jerusalén, 53y continuamente estaban
en el Templo alabando a Dios.