Porque
nos mueve la firme voluntad de construir el bien común
Porque
queremos dedicar unas semanas a otras personas... "los necesitados"
Porque
queremos tener una experiencia de comunidad dedicada a construir
el bien común
Porque
queremos intercambiar lo vivido día a día
Porque
queremos tener un encuentro con una comunidad inserta entre los
necesitados
Porque
necesitamos momentos de oración y compartir desde este
compromiso por los demás
¿Cómo
queremos
vivirlo?
- en
comunidad
-
en servicio gratuito
-
compartiendo todo: comida, limpieza de la casa, trabajo, oración...
- con
apertura y disponibilidad hacia el otro
-
con sentido de familia y espíritu marianista
-
con austeridad y entrega
-
con alegría y gozo
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La
Línea de la Concepción (Cádiz)

Destinatarios:
jóvenes a partir de 18 años, con preferencia miembros
de las Comunidades Laicas Marianistas.
Fechas 2006:
15 a 30 de julio.
Plazo de inscripción: hasta el 10 de junio.
Actividades:
HOGAR MARILLAC: atención a enfermos terminales de SIDA.
Es bueno que el voluntario sepa conducir.
RESIDENCIA DE ANCIANOS: acompañamiento a los ancianos y
colaboración en las diversas tareas de la residencia.
ALBERGUE BETANIA para transeúntes.

Gastos de
estancia: los voluntarios pagan su viaje; la comunidad
marianista costea los gastos de alimentación. Los voluntarios
colaboran en la casa (comida, limpieza...)
Inscripción:
dirigirse a:
Lucio
Bezana /
Javier Berraquero
C/ Cartagena
38
11300 La
Línea (Cádiz)
Tfno
956 64 36 38 y 617 586 445
lucio.bezana@marianistas.org
javier.berraquero@marianistas.org

TESTIMONIOS
de voluntarios (2004)
Un tiempo de compartir la vida,
de mar y de sencillos .
En el verano de 2004, tuve la gran oportunidad
de compartir unos días con la Comunidad Marianista de
la Línea
(Cádiz) al lado de la playa, del mar, en la Atunara,
un barrio deprimido de la pequeña ciudad linense, dónde los
sencillos fueron los protagonistas de aquellos días
que me llenaron el corazón.
Cada mañana, con
las sábanas pegadas, nos levantábamos
Inés, Borja, Javi y yo, para rezar y compartir el
pan de vida en la Iglesia del Carmen, un precioso templo
a las orillas del Mediterráneo, donde pese al cansancio,
el amanecer era motivador.
Tras la oración preparábamos juntos el desayuno
que compartíamos con Pachi, Juan Lecue y Javier Berraquero,
entre risas, y platos con frutas y tostadas.
Después recogíamos la habitación y deprisa
acudíamos al Hogar Marillac, un hogar habitado por Hijas
de la Caridad que con su labor, ayudan a personas para que
abandonen la droga y cuiden su salud, porque muchos de ellos
son enfermos con VIH.
La estancia en el hogar se desarrollaba
entre dominós,
parchises, alegrías, canciones, excursiones a la playa
y ayuda con las tareas de la casa a Sor Ana, Sor Sole y Sor
Alberta, todas mujeres coraje y que pese a su avanzada
edad, no perdían su ilusión por ayudar a los
demás, soñando un mundo mejor, con su vida y
su trabajo.
Tras la mañana en el Hogar Marillac, volvíamos
a casa, a la casa de la esquina, compartíamos la mesa,
y las experiencias diferentes a las que vivíamos en
nuestra vida cotidiana en Madrid. También ayudábamos
en las tareas domésticas y entre todos, recogíamos
para luego echarnos una siestecilla agostera para
reponer fuerzas para la tarea de después. Tras la siesta,
café, preparábamos el cuerpo para ir
a Betania, un hogar de Cáritas-La Línea, que
acoge a transeúntes, ofreciendo cena y cama donde reposar
los cansados cuerpos del camino de tanto transitar, a veces
a la deriva, a veces buscando una vida mejor. En Betania, pudimos
conocer la realidad de los sin techo , las sonrisas
de agradecimiento, las ganas de charlar y compartir las cosas
cotidianas que pasaban en La Línea. Ahí estaban
Mercedes, Óscar, la pareja de novios, los chicos polacos
cuyo nombre era impronunciable, y tantos otros.
Tras la cena
en Betania, limpiábamos la cocina y marchábamos
a casa (la de la esquina) y cenábamos con nuestros Marianistas,
contrastando el resto del día, contando chistes y llenando
platos de comida sin que el de al lado se percatase de aquello
que restaba en el plato. Risas, debates, propuestas para mejorar
el barrio, historias de vecinos de La Atunara, de pescadores
con manos encalladas y corazones mansos como el mar que amanece
cada día en la Atunara, al lado la parroquia del Carmen.
Muchas cosas más pasaron.
Ana
Fraterndiad Genesaret
Hay
muchos prejuicios que deberían ir desapareciendo
Yo la verdad es que sigo
valorando la experiencia allí como algo muy positivo
y enriquecedor, tanto para ellos como para nosotros.
Ver que puedes arrancar sonrisas y afectos a personas que
están
malitas, y que le cuesta tanto abrirse a los demás,
es algo muy reconfortante.
Son poquitos días quizá, pero sé que para
ellos resultan algo maravilloso, porque les ayuda a salir de
la rutina del centro y abren su interior para mostrarte aquello
que llevan tan dentro, y que en pocas ocasiones pueden compartir,
si no es de forma fría, con los psicólogos
y terapeutas, o de forma circunstancial, cuando pueden
hablar con otra persona.
Que alguien así te cuente cómo se siente, demuestra
que deposita su confianza en ti, y, de alguna manera, ellos
necesitan confiar y apoyarse en alguien que les dé ánimos
y mucha fuerza interior, transmitiendo la paz y la entrega que
precisan para seguir adelante cada nuevo día, a pesar
de su complicada situación.
Por eso es tan importante la labor que hacen las Hermanas
y los voluntarios en el centro y es una pena que durante
el resto del año no se animen más personas, por allí por
la zona, para pasar unos ratitos con ellos en el centro.
La escucha atenta, la compañía, la compresión
de su situación y el afecto que reciben de los voluntarios
les hacen sentirse queridos y valorados, y eso es algo muy importante
para ellos, porque la mayor parte de su vida se han sentido
rechazados y despreciados y para ellos es un gran consuelo y
una gran ayuda el poder sentirse de ese modo, acompañados
y atendidos, en los momentos que más los necesitan.
La gente tiene miedo de acercarse a su mundo, pero es porque
desconocen que, esas personas, también tienen una vida
interior, que debemos enriquecer y hacer más grande de
la forma más sencilla y efectiva que existe: dándoles
AMOR, y que eso, no contagia el SIDA.
Hay muchos prejuicios que deberían ir desapareciendo,
pero es algo que costará erradicar, hasta que en todos
los ámbitos sociales se muestre a las personas marginadas
como seres humanos, con identidad y sentimientos propios, que
únicamente precisan ayuda, paciencia, y mucho apoyo
y AMOR para salir adelante.
Yo lo veo diariamente en mi trabajo, con enfermos o personas
sin recursos a las que la sociedad ya no valora prácticamente
para nada... Puedo asegurar que, con ese apoyo y acompañamiento
constante, se van recuperando poquito a poco y de nuevo son
capaces de afrontar la vida con nuevas ilusiones, retos, y proyectos.
No todos quizá, pero sí la gran mayoría.
Aunque sean personas terminales, algunas ya desahuciadas
por los médicos, jamás debemos negarles la posibilidad
de tener retos. y de afrontar la dureza de la situación
con el apoyo necesario. Lo digo porque he acompañado
a muchas personas hasta el final, en los tres años que
llevo trabajando con ellos, y siento que es algo muy importante
para ellos y que resulta muy triste que la gente se aparte o
desentienda de ellos en esos momentos tan difíciles,
que es cuando más necesitan sentirse acompañados.
Ojalá poquito a poco vaya creciendo el número
de voluntarios, y la gente se vaya haciendo más
consciente de las necesidades de estas personas, que se
pueden cubrir de una forma tan sencilla como compartiendo
unas horas semanales o diarias con ellos.
En otro lado de la carta,
quería agradeceros a toda la comunidad lo bien que nos
acogisteis, el cariño que derrochabais en todo momento
y las atenciones que constantemente teníais para con
nosotras.
Yo me sentí como en mi casa, ya os lo decía el
año pasado, y este año también he sentido
la misma sensación, la de formar parte de la gran Familia
Marianista.
María
José Mallo Payá es voluntaria durante el año
en un centro de Barcelona donde convive con la realidad diaria
del marginado enfermo y abandonado.
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